Skip to content

Sucio

diciembre 22, 2012

Pigpen

No es que Raül fuese una mala persona. Era conocido por ser respetuoso y amable, siempre dispuesto a ayudar a los demás. Nadie ponía en duda su carácter intachable; el problema era su severa falta de higiene. Raúl era de esas personas sucias que de seguro se hubiese sentido más cómodo en un corralón.

Su suciedad se debía a un conjunto de manías, que aparecidas una tras otra, le dieron una imborrable imagen de cochino, casi tan imborrable como los restos de salsa boloñesa que aparecían en sus camisas sin falta todos los meses. La lavandería de su barrio consideró seriamente darle un carnet  de socio vitalicio.

El problema se manifestó por primera vez a la tierna edad de cinco años, cuando Raúl cogió la costumbre de estar siempre con el dedo metido en su nariz, escarbando mocos, los cuales luego botaba al piso, a menos que acabasen atrapados bajo sus uñas. De tanto meter el dedo, su nariz acabó roja e hinchada. El tío Pedro, hermano de su padre y oveja negra de la familia, asiduo a la juerga y conocedor de cuanta sustancia nociva hubiese sobre la tierra, creyó al principio haber encontrado un discípulo para sus correrías:

“Fernandito, tu muchacho no puede dejar de sobarse la nariz… ¡tan niño y ya se ha vuelto hincha de la caspa de Dios!”

Lo de los mocos fue empeorando conforme pasaron los años; a Raúl ya no le bastaba con sacarlos y contemplarlos con expresión neutra, sino que, en un arranque de experimentación cosmética, fueron a parar a su cabeza. Este reflejo involuntario le hacía tener los pelos parados en punta a toda hora, cosa que a él le divertía, ante las miradas de horror de sus amigos adolescentes, que no podían evitar acordarse de una película de moda donde una chica se ponía semen en el cabello y terminaba igual.

“Por lo menos ahorro dinero en gel para el pelo.” Decía.

Como toda persona sensible y reservada, Raúl era además nervioso; no podía evitar morderse las uñas de las manos. No podían pedirle que abra latas y nunca pudo jugar un Raspa y Gana; las mordía hasta hacerlas desaparecer. Durante toda su infancia, casi nunca uso un cortaúñas, lo cual le hacía olvidarse que las uñas también crecían en los pies. Las garras de oso que tenía podían esconderse fácilmente con unos zapatos, pero era un problema  en épocas de verano, donde era menester usar sandalias a menos que uno quisiese que los pies le suden a chorro.

La gente contemplaba con asombro aquellos cascos, que hundidos en la arena se confundían con relucientes conchitas blancas, y se ofrecían caritativamente a correr a la farmacia más cercana y comprar un cortaúñas. Raúl se las cortaba ocasionalmente, cuando tenía uno de esos aparatos a la mano o cuando se acordaba.

Sus costumbres adicionales de limpiarse la boca con el brazo, o de prescindir casi por completo del cuchillo a la hora de comer (prefería hacer malabares con el tenedor para juntar la comida, o en emergencias, usar las manos) tenían preocupados a sus padres, que no podían explicarse a que se debía la falta de consideración de su querido hijo hacia su propia persona. Desistieron de llamar a Frieda Holler para así no provocarle una crisis nerviosa.

sucio

La Tía Gladys, asidua a los pensamientos new age, feng shui, el yoga y un sinfín de disciplinas mentales y estilos de vida alternativos, les urgía a relajarse.

“Fernando, Teresa, no se deberían preocupar tanto por Raulito. Creo que estas manías suyas son señales de una personalidad inconformista, de alguien que no quiere sentirse presionado por los códigos de la sociedad, alguien que prefiere ser su propia persona. Esto debería celebrarse e incentivarse; recordemos que casi todos los genios en diferentes disciplinas artísticas han sido diferentes e incomprendidos. Para mí, es señal de que Raulito tiene un gran talento, una forma diferente de ver las cosas.”

Para el padre, la tía Gladys era una señora que le cantaba canciones de la Nueva Ola a sus plantas y sostenía largas conversaciones con los gatos del vecindario, por lo que prefirió no hacerle caso. No hubo más remedio que enviar a Raúl con un psiquiatra, y luego otro, y luego otro. Todos llegaron a la misma conclusión: salvo sus manías, no tenía nada de malo.

Y es que Raúl era, a todas luces, un chico normal: respetuoso, amigable y uno de los mejores alumnos de su clase, bastante aplicado, inteligente y querido por todos sus compañeros, que atribuían sus manías a una personalidad algo excéntrica.

Pronto, llegó a la edad en que las mujeres dejan de ser una curiosidad para convertirse en el motor de los adolescentes. Y si bien muchas se interesaban por conocer a aquel chico “callado y buen mozo”, una vez que lo veían metiéndose el dedo en la nariz cuando creía que nadie lo estaba viendo, o manchándose la ropa de cuanta sustancia encontrase, pareciendo un cuadro de Picasso con brazos y piernas, u olvidándose de cubrirse la boca a la hora de soltar un sonoro y extendido eructo, salían corriendo despavoridas.

Raúl se lamentaba de su mala suerte, pensando que mejor hubiese sido salir con una chica francesa, ya que ellas estaban acostumbradas a los olores fuertes y eran mucho más liberales con temas de salubridad, pero a pesar de merodear de cuando en cuando por las aulas de la Alianza Francesa, la suerte le fue esquiva. Con aquella puerta cerrada, se volcó de lleno a los estudios, y su paso por la secundaria y la posterior universidad fue siempre entre los mejores de su clase, una etapa fugaz que superó sin problemas.

Al incorporarse al mundo laboral como flamante administrador de empresas, Raúl tuvo que hacer esfuerzos por ocultar sus manías, en especial ahora que le exigían usar saco y corbata, que lo hacían sentir incómodo; había pasado buena parte de su juventud en pantalones rotosos de jean, sandalias y camisetas viejas de fútbol manchadas de cerveza. Por aquellas ironías de la vida, Raúl terminó en un buen puesto dentro de una empresa que fabricaba jabones y demás artículos de tocador – la primera vez que tuvo que probar el producto que vendía, fue como encontrar un tesoro enterrado.

El destino le tenía más sorpresas preparadas: en una época fue llevado a la lejana y exótica India en un viaje de negocios, y ahí, en sus calles desordenadas sin pavimentar, cargadas de gente sufriendo los embates de un calor calcinante, un lugar donde las vacas andaban libremente por la calle y se comía una comida tan condimentada que causaba largas colas en los baños, fue que Raúl conoció a Sharma, una belleza morena de cabello negro y ojos verdes que, por esas casualidades de la vida, ya conocía Sudamérica y hablaba un perfecto español.

Fue un cortejo rápido y fue así como Raúl el Cochino, el mismo que nunca usaba desodorante, no se echaba talco y a veces se lavaba los dientes con los dedos para ahorrar tiempo, encontró el amor en el lugar menos esperado. Y pudo sentirse cómodo con sus manías al integrarse a una cultura donde todos despedían un fuerte olor producto del exceso de sudor y no tenían ningún problema en comer con las manos y ensuciarse enteros. Sólo ahí, pudo sentirse cómodo.

Eso sí, nunca se atrevió a comentarle a su esposa la repugnancia que le causaba la costumbre de su gente de no usar papel higiénico.

From → Uncategorized

Dejar un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: