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¡Fui Traumatizado Por Payasos de Otro Planeta!

enero 26, 2013

El siguiente artículo se publicó por primera vez en la Revista Paquidermos de la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica del Norte, en noviembre del 2003. El tema de toda la edición era “el circo”, contando con redactores como El Arlequín, La Mujer Manguera, El Malabarista con Parkinson, El Niño Bala, El Payaso Tribulado y El Pan Que Habla. Nueve años después, fue necesario hacerle algunas pequeñas correcciones: de partida, esta película es mucho más divertida de lo que la hago parecer.

 

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Las luces se apagan bajo esta gran carpa multicolor. Ante un ansioso público, en su mayoría infantil, desfilan animales exóticos de la selva, trapecistas kamikazes, magos con trucos aprendidos en algún lejano lugar del oriente, en fin, toda la fauna que uno asocia con los circos. Y de repente, secundados por una música festiva, ellos hacen su aparición. Sentado en primera fila, siento un escalofrío.

Hombres con la cara pintada, el pelo desordenado, sonrisas de oreja a oreja, vistiendo pantalones anchos y zapatos grandes, salen corriendo a la arena y se dedican a agarrarse a pastelazos y contar chistes malos por los próximos 20 minutos. Todos ríen, aplauden, se divierten. Todos menos yo. Por más que quiera burlarme de personas mayores haciendo el ridículo, no puedo evitar verlos con desconfianza, recelo y tal vez algo de temor, producto de algún lejano trauma infantil. Sólo tengo unas personas a las cuales culpar por este infundado miedo que conocí hace ya tantos años mientras zapeaba en el televisor a altas horas de la noche: los hermanos Chiodo.

Charles, Edward y Stephen Chiodo son amantes del cine B, aquel donde abunda el gore y otros elementos freak. En los años 80 dieron rienda suelta a su imaginación trabajando en películas como la recordada Critters, entre otras. Pero los hermanitos tenían planes propios, una idea que tenían en la cabeza desde su juventud y que no podían realizar por falta de fondos. Hasta que, reuniendo el dinero a través de mucho esfuerzo y aliándose con alguna productora de cine B, pusieron manos a la obra. El resultado fue una película rara, ridícula, pero extrañamente divertida: Los Payasos Asesinos del Espacio Exterior.

Estoy seguro que muchos en este momento están teniendo recuerdos de esta pieza de culto: una enorme carpa fosforescente haciendo las veces de nave espacial aterriza en las afueras de un pueblucho de Estados Unidos, de aquellos por donde pasa la bola de paja (típico escenario de los filmes sobre extraterrestres, repleto de policías incrédulos y alguna pareja de jóvenes amantes que harán las veces de héroes) y de su interior emergen unos payasos deformes con una meta: convertir a la gente en su alimento.

 

 

No vayan a cometer el error de confundir esta película con una ganadora del Oscar: bajo todo criterio convencional, es mala. Plagada de pésimos actores (treintones tratando de hacerse pasar por adolescentes), una premisa a todas luces ridícula y un presupuesto casi equivalente al de El Balcón de La Fama, sirve para burlarse de lo bajo que podía caer el cine de horror en los ochenta. Pero imagínense a un niño de seis o siete años enfrentado a las imágenes grotescas de esos hombres pintarrajeados pero festivos, que animan sus fiestas de cumpleaños convertidos en monstruos arrugados, con colmillos afilados y asquerosamente feos, como si alguien hubiese lanzado a una tropa de payasos a un contenedor de ácido: estoy seguro que muchos acabarían traumados.  En mi caso, el miedo a estas criaturas me hizo desconfiar de ellos por largo tiempo y además me daba el salvaje impulso de agarrar a golpes al Payaso Tilín de juguete que mi hermana guardaba en su habitación.

Y todo esto producto de la retorcida imaginación de los Chiodo, quienes tomaron todos los elementos inofensivos que uno asocia con los payasos para convertirlos en armas de terror: palomitas de maíz que mutan en animalitos carnívoros; pastelazos cargados de ácido; cornetas capaces de volarle la cabeza al pobre que se someta a sus decibeles; perros globo que sirven de hábiles rastreadores, y un largo etcétera. Esto y un excelente trabajo de maquillaje hicieron que varios en aquella época les tengan miedo a estos sufridos cultivadores de la risa, sentimiento que aumentaría después con filmes como It, basado en una novela de Stephen King (estoy seguro que el malévolo payaso Pennywise da más miedo que las creaciones de los Chiodo, pero como todavía no me quiero someter a un filme de cuatro horas, no lo menciono en este espacio).

Hoy en día, los Chiodo han mantenido un perfil bajo en el mundo del cine, aunque acaban de anunciar una secuela para el 2013 – ¡en 3D! Los Payasos Asesinos ha sido finalmente reconocida como una película pésima, pero poseedora de una imaginación de la que muy pocas pueden hacer gala. Se ha convertido así en una rara pieza de culto, una película que sirve para matarse de la risa por unas dos horas con un grupo de amigos y una sólida disposición a ver cine clase Z.

Y yo, desde un niño escondido bajo las sabanas huyendo de un grupo de payasos mutantes, he pasado a ser un espectador bajo una carpa de circo que de vez en cuando sonríe con las ridiculeces de estos cómicos, pero no puedo evitar recordar aquella película freak que vi hace tantos  años y que me hace preguntarme si la presencia de payasos en los circos no será parte de un complot interestelar para convertir a la raza humana en dulce de algodón.

Por supuesto, trátandose de una película ochentera, no podía faltar un barato y algo anticuado video musical enfermo de pegajoso.

 

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