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La Alegría Ya Viene

febrero 8, 2013

Cuando me mudé a Chile en el 2000, recibí un consejo de tener cuidado a la hora de tocar el tema de la dictadura de Pinochet; era un tema muy sensible que dividía bastante al país y tratarlo en conversación me exponía a que o me abracen o me metan un golpe por partes iguales.

Mi primera visita a Santiago coincidió con la llegada de Pinochet, expatriado desde Inglaterra, recuperándose de una operación y en delicado estado de salud; fue ahí que pude comprobar cuan dividido estaba el país en cuanto al tema. Estábamos yo y mi padre en una farmacia del centro, mientras que un televisor mostraba imágenes del militar saliendo del avión en camilla, custodiado por guardias. Una anciana estaba arrodillada frente al aparato, llorando a lágrimas y con los brazos abiertos, dándole las gracias al Señor por cuidar de su “general adorado”. El dependiente sacudía la cabeza y le dirigía una mirada helada que era al mismo tiempo de burla, pena, o de “lárgate de mi local, vieja loca”.

Salimos de ahí para encontrarnos con las calles del centro vacías, cosa extraña para ser el mediodía de un fin de semana, hasta que desembocamos en una avenida principal, justo en medio de dos grupos de manifestantes a cada lado de la calle, anti y pro Pinochet, que pancartas en mano y gritando arengas, se enfrentaban como dos ejércitos antes del combate. Fue necesario salir corriendo y volver a refugiarse en el hotel.

La magnitud de la situación me era ajena en ese entonces; era extranjero y no había vivido en carne propia la historia previa del país. Lo que me faltó fue un contexto para poder entender porque el país se dividía en dos bandos.  Aunque sea años después, No de Pablo Larraín es un buen punto de partida.

 

No

 

El 5 de octubre de 1988, tras 15 años de dictadura militar, Pinochet cedió a presiones internacionales para legitimar su gobierno y convocó a un plebiscito, dándole la oportunidad a la población de escoger si querían o no extender su régimen por ocho años más. Los partidarios del No, creyendo que todo el asunto estaría arreglado, lo veían más como una oportunidad de crear conciencia de lo que sucedía en el país frente a la comunidad internacional; para el gobierno, era una mera formalidad dentro de unas elecciones que estaban ganadas de antemano.

René Saavedra (un sólido aunque algo fuera de lugar Gael García Bernal) es el creador de la campaña del No, dándole al asunto otro matiz al enfocarse en un mensaje positivo y esperanzador, en vez de hacer hincapié en los abusos y violencia del régimen. Es aquí donde la división se hace aparente; nadie quiere ignorar las torturas y desapariciones y todos quieren apuntar el dedo acusador. René, sin embargo, prefiere enfocarse en el elemento humano y mostrar a la gente dispuesta al cambio y todo lo positivo que esto puede traer al país. Su énfasis en la alegría y felicidad, junto a un pegajoso jingle (“La alegría ya viene”) saca ronchas entre los militantes del No, que buscan hacer justicia más que presentar lo que les parece una “campaña de Coca-Cola”. Los efectos de la dictadura son una herida abierta que no se pueden ignorar, hasta hoy.

Al ver que la campaña del No está dando resultados con su irreverente mensaje de unidad, el gobierno hace lo imposible por detenerlos, iniciando una guerra sucia que no es muy diferente a las campañas políticas de hoy en día, donde todos se tiran dardos y todos los trapos sucios salen a la luz. Y es que al final, el plebiscito, tal y como muestra la película, dejó de ser una simple campaña publicitaria para convertirse en un asunto político que al final, decidió la suerte de un país, algo en lo que dependía toda la población.

Larraín recrea la época con mucha fidelidad: está filmada como si se estuviese viendo en formato VHS, o en algún televisor antiguo de diales. Utiliza además tantas imágenes de archivo (incluidos los comerciales de la época) que a ratos parece un documental. Incluso podía funcionar como uno; si bien la trama corresponde a René y su reacción ante la situación, siendo un exiliado que no vivió los peores años de la dictadura, son secundarios frente a una historia que busca retratar un momento específico dentro de la historia chilena, que marcó un antes y un después en el desarrollo del país, además de un hito en la publicidad – la campaña del No es un ejemplo de publicidad política bien hecha y del efecto que puede tener en la población.

No es ante todo, una fascinante lección de historia que llega a cartelera justo cuando Lima se encuentra en su propia campaña del Si y el No – a juzgar por la cantidad de memes que han aparecido en cuestión de un par de días, pareciera que preferimos no tomarlo muy en serio.

 

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