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Epidemia Limeña

febrero 27, 2013

El Limpiador

El Limpiador, opera prima del joven director Adrián Saba, parte con una distópica premisa: Lima es azotada por una misteriosa epidemia que cobra víctimas a ritmo acelerado. Dentro de la ciudad casi abandonada encontramos a Eusebio (Víctor Prada), un limpiador forense que cumple con su solitario trabajo de limpiar lo dejado por los fallecidos, mientras espera el inevitable final. Hasta que encuentra a Joaquín (Adrián Du Bois), un niño con el que se verá obligado a vivir mientras lo ayuda a buscar a su familia.

Es una trama propia del cine de ciencia ficción, pero este no es un trabajo de género como tal; aunque fascinante, la enfermedad y sus orígenes son un misterio, un mero detalle de fondo ante la relación que se da entre el limpiador, acostumbrado a hacer sus cosas solo y sin poder relacionarse con las pocas personas que quedan en la ciudad, y un niño huérfano de madre que no tiene a quien más acudir. Ambos logran forjar una inesperada aunque tierna amistad dentro de un mundo donde esto no parece posible, donde la esperanza ya se perdió y sólo queda esperar el final.

Lima se convierte aquí en una urbe post-apocaliptica. Eusebio y Joaquín visitan varios lugares conocidos: el tren eléctrico, el Planetario, el aeropuerto Jorge Chávez, entre otros – pero aquí están desprovistos de vida, en total abandono. Recuerda a un film como Exterminio de Danny Boyle, que en sus primeros minutos mostró a Londres totalmente desierta a causa de una epidemia. El efecto es el mismo: una ciudad vacía y silenciosa, donde la poca gente que queda se ha resignado a tratar de sobrevivir el día a día. El haber logrado esta ambientación es todo un mérito para Adrián Saba, en especial dentro de una urbe tan caótica y desordenada como Lima: ni siquiera hay el omnipresente ruido de combis o bocinazos para romper la ilusión. Es un retrato de la ciudad poco visto en el cine.

El Limpiador no es un film comercial: es de ritmo lento y pausado, más preocupado en construir la amistad entre dos personajes solitarios, en hacer una reflexión acerca de la muerte, en vez de recurrir a las imágenes de ciencia ficción o terror que su premisa podría sugerir (aquí no hay zombies, ni gore, ni nada por el estilo). Aún así, es justamente el tipo de película que se debería realizar en el país: una que no recurre a los temas comunes que se espera de nuestro cine (terrorismo, corrupción política, delincuencia o los omnipresentes desnudos), sino más bien se atreve a presentar algo nuevo, que se adentra en convenciones de género pero con su propia voz, hecho sin concesiones y mostrando un claro ojo cinematográfico. Adrián Saba está dentro de un grupo de nuevos cineastas que buscan renovar el cine peruano: esta película es un buen primer paso y merece todo el apoyo posible.

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