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Réquiem Por Un Video

marzo 5, 2013

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Estoy seguro que actualmente deben haber muchos niños preguntandole a sus padres: ¿Papá, que es un VHS? Es un formato prácticamente desaparecido, salvo por algunos aficionados a la cultura retro que le atribuyen cierta mística. Ha ido a parar al cementerio de la tecnología junto con los cassettes de audio, los walkman, los diskettes y los celulares con antena.

Como muchos, mi cinefilia empezó con el video. En Honduras teníamos una nada desdeñable colección, armada más que nada por mi padre y que consistía en su mayoría de cine épico y péliculas de guerra. Quedé fascinado viendo Los Intocables, tratando de convencer a mis amigos de que escuchen y disfruten la música de Ennio Morricone que se me quedó grabada a fuego. Vi Naked Gun 2 1/2 tantas veces que me la llegué a memorizar. En Lima, unos amigos de lo ajeno entraron a la casa y se llevaron todas las cintas – estoy seguro que Sliver con Sharon Stone fue la primera en desaparecer, malditos sean.

Fue a mediados de los 90 que descubrí las ventajas de grabar películas para la posteridad. Fue así que una noche obligué a todos en casa a ver esa película familiar por excelencia, Del Crepúsculo Al Amanecer, sólo para tenerla en video (nunca aprendí a programar el aparato). La cara de mi madre al ver a un cuerpo decapitado transformarse en una rata gigante fue de antología.

Me volví un obseso: pasaba horas frente al televisor, control en mano y estudiaba en detalle la programación del cable con la dedicación de un egiptologo descifrando jeroglíficos. Mis amigos venían a buscarme para salir y yo los sometía a ver Cyborg con Jean-Claude Van Damme, aquel hilarante monumento a la ineptitud donde todos tenían nombre de instrumentos (¡Gibson Rickenbacker!) y que resulta ser una comedia perfecta si es que uno se fuma un bate gordo antes.

Fue en estas épocas que me volví caserito de Polvos Azules, cuando no era más que unos toldos armados en plena calle. Íbamos en grupo con mis amigos del cole y cada uno tenía su especialidad: uno buscaba películas o series japonesas, otro se especializaba en porno (“¿Esta tiene doble penetración o no?”) y lo mio eran las películas de artes marciales; esto fue cuando se empezaron a estrenar películas de Jackie Chan en cartelera. La pelea en el techo en Who Am I? me sigue pareciendo épica.

Cuando me fui a estudiar a Chile, me llevé todas mis cintas a Antofagasta, lo cual triplicó el peso de mi maleta y me hizo pagar una millonada. Pero mi obsesión continuaba: ahora andaba con una libretita donde tenía anotados todos mis títulos, lo que me convirtió en una suerte de Blockbuster casero para mis compañeros. Y ya que hablamos sobre la difunta cadena de alquiler, me volví una presencia constante todas las semanas, y no sólo porque tenía que escribir críticas para el periódico local (me llevaba las películas gratis y los empleados me miraban con odio). Una vez me robaron mi VHS y fue como perder una extremidad.

Pero las cosas cambiaron y pronto el DVD (o mejor dicho, el DVD pirata) hizo su aparición. Me resistí por largo tiempo: no quería botar al tacho una colección que me había tomado tanto tiempo construir. Pero los discos tenían sus ventajas: ocupaban menos espacio, duraban mucho más, la imagen no se gastaba y no destruías el cabezal de tu aparato. Tenía dos cajas del porte de un televisor (de los antiguos) llenas de cintas, estaba pronto a volver a Lima y hubiese sido una pérdida de tiempo andar transportando todo eso. Era hora de decir adiós: dejé las cajas en la sala de mi pensión y pronto los demás inquilinos les cayeron encima como aves de carroña.

Una pena, porque mi colección no estaba exenta de algunas joyas: La Historia Sin Fin, grabada del Canal 4 (y doblada al español; nunca la he visto en otro idioma); They Live de John Carpenter en uno de esos enormes estuches de plástico, regalo de un amigo que tenía parientes que antes manejaban un alquiler de videos; Vampire Hunter D, la primera película de anime que recuerdo haber visto y que me dejó traumado con sus escenas gore; y tal vez mi más bizarra pieza de culto, Six String Samurai: en los años 50, Rusia aniquila a los Estados Unidos con bombas atómicas. Las Vegas es la única ciudad que queda, donde reina Elvis Presley. Pero el Rey del Rock ha muerto y todo tipo de guerreros se disputan el trono, entre ellos un tipo que podría ser o no Buddy Holly, tocando rockabilly y  empuñando una espada samurai, perseguido de cerca por La Muerte, un clon de Slash de Guns n’ Roses que toca metal. Admítanlo: quieren verla.

A veces extraño mis videos; habían muchas películas que nunca más volví a ver (aunque YouTube se ha encargado de llenar ese vacío). No he tenido problemas con los DVDs, pero lo cierto es que, con lo rápido que progresa la tecnología, ya están prontos a quedar extintos también, a juzgar por la cantidad de Blu-Rays que todo el mundo está comprando. Ya no me queda espacio donde meter tanto disco, pero no voy a botarlos, a menos que sean filmes tan malos que me da urticaria el sólo pensar en verlos de nuevo: Ghost Rider, a la basura.

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