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Cuadernos

abril 10, 2013

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Dicen que la mejor manera de desahogarse es escribir. Si es que tienes algún problema, algo que no te deja dormir, que ocupa tus pensamientos todo el día y no puedes expresarlo con palabras, entonces lo más sano es plasmarlo en papel. Coge un lápiz y déjate llevar.

En mi primer año de universidad, yo tenía varias cosas dándome vueltas en la cabeza: de la caótica y desordenada urbe limeña, me trasladé a una ciudad provinciana chilena, más chica y tranquila. Estaba estudiando en otro país, conociendo gente nueva, casi todos mayores que yo. Cargaba con el infaltable amor platónico no correspondido de juventud, extrañaba mi casa y amigos y me sentía solo – algo que disminuyó gradualmente conforme conocí más a mis compañeros.

En un afán de desahogarme, compré un cuaderno marca Torre de tapa roja y me puse a escribir. Cualquier cosa que se me viniese a la mente. La idea era escribir una novela, interminable, sin estructura clara, un relato en primera persona lleno de inseguridades, cuestionamientos, anécdotas divertidas y nostalgia. Lo cierto es que uno siempre termina escribiendo sobre sí mismo, sobre lo que ha vivido y lo que siente: de lo que sabe. Así, sin darme cuenta, estaba escribiendo un diario que quería ser ficción pero era demasiado personal. “Este soy yo y esto es lo que estoy sintiendo ahora – ¡Novela, las huevas!”

Mis amigos sabían de mi veta literaria, por eso no les extrañaba verme sentado solo en una banca meditando frente a una página en blanco. Si una clase se ponía demasiado aburrida, garabateaba algunas líneas para pasar el rato. ¿Qué habrán pensado los profes? “Que aplicado es, no para de tomar apuntes este chiquillo.”

En un momento, cayó en mis manos un volumen del diario personal de Julio Ramón Ribeyro, un recuento de los pensamientos del célebre y huraño cuentista peruano, uno de mis ídolos. Fue a raíz de ese libro que empecé a ponerle fechas a mis escritos, tal vez pensando que eso me convertiría en el próximo Ribeyro.

Pronto, mi fiel Torre de tapa roja paso a la historia, carcomido y lleno de dibujitos por todas partes (cuando no tenía que escribir, me la pasaba dibujando caricaturas deformes). Y a este le siguieron un Torre Uno naranja y un Isofit negro.

A la par con escribir, me volví cinéfilo y el Torre Uno pasó a tener doble función: escribía pequeñas reseñas de cada pelicula que veia y en un arranque deportista que no sé de donde me salió, también comentaba los partidos de futbol del Mundial Corea-Japón, al menos los que lograba ver porque los transmitían de madrugada y había que trasnocharse. Como El Veco pero sin saber nada.

Cuando me di cuenta que escribía más sobre películas que sobre mi mismo – al final, se supone que para eso son los diarios – las trasladé a otro cuaderno y a otra serie de escritos. Lo del fútbol nunca se volvió a repetir; como relator deportivo me moría de hambre

Pasaron los años y varios cuadernos desfilaron por mis manos; el mejor de todos fue uno de tapa dura que compré en una tienda en Santiago que vendía manualidades – lámparas de papel, tableros de ajedrez tallados en madera, maceteros de céramica y demás cosas raras y artesas para decorar el hogar.

Hasta que volví a Lima y de repente, ya no escribía tanto como antes. En parte fue por engreído: me acostumbré a los cuadernos Torre y al no encontrarlos en casa, no fue lo mismo. No sentía el mismo cariño por los Minerva grandes, incómodos, con renglones poco espaciados y tan chicos que tuve que encoger aún más mi letra, que de por sí ya es microscópica; un querido profesor de la universidad decía que parecía una cagada de mosca. “Señor Zelaya, parece que a usted le enseñaron caligrafía en un boleto de micro.”

También me ganó la flojera y con el Internet, me dediqué a chatear y escribir mails más que otra cosa. El teclado reemplazó al lapicero. Debo admitir que mi diario quedó un poco en el olvido, y no porque no tuviese cosas que escribir, de las cuales desahogarme (varias de las cuales tuvieron que pasar por el ojo clínico de la terapia). Fue por flojera.

Eso es algo que trato de rectificar escribiendo estas líneas. Si me propongo ser escritor, debo hacerlo más seguido. Y para eso estaban esos cuadernos, los mismos cinco vólumenes que ahora están en un cajón esperando algún día ser publicados, al más puro estilo ribeyriano, los pensamientos de un escritor que no fuma como chimenea ni vive frente al mar, pero que tiene cosas que contar.

 

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