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Mañoso

julio 29, 2013

Tiburcio Reyes era un don nadie.  En palabras de Ribeyro, lo habían excluido del festín de la vida. Había pasado buena parte de su vida como un anónimo empleado de una entidad pública, sellando documentos uno tras otro detrás de una ventanilla. No tenía amigos ni novia. Nunca la había tenido. Era un hombre bajito, flaco y calvo, poco agraciado y que no llamaba la atención. Su libido se había apagado hace años; no sentía deseo ni atracción por nadie y el sentir de una caricia femenina le era foráneo. Ni siquiera tenía las ganas de contratar prostitutas; se había resignado a ser una persona anónima, que no resaltaba en ningún contexto.

Tras otra jornada de sentarse en un cubículo, Tiburcio se subió al microbús atestado de gente que lo llevaría a su cuarto alquilado en un edificio en Jesús María que se caía a pedazos. Al no encontrar asiento, cogió la baranda sobre su cabeza y trató de acomodarse lo mejor posible entre los oficinistas y estudiantes empaquetados juntos como sardinas en lata.

Delante de él, una chica joven, de pelo castaño recogido en moño y lentes, trataba de no caerse por las violentas frenadas del vehículo. Vestía un traje gris con apretada falda y en uno de sus balanceos, su generosa cintura quedó pegada a la de Tiburcio. Este sintió un repentino calor en la entrepierna; lo envolvió una ráfaga de deseo que hacía años había dado por perdido.

Avergonzado por su miembro viril en posición de alerta, inmediatamente despertado tras décadas de hibernación, Tiburcio se alejó de la chica, a la cual dedicó una débil sonrisa cuando se dio la vuelta y pareció estar viendo a través de él. Sin decir nada, se apresuró a bajar. Fue durante la caminata a su casa que decidió que tenía que volver a sentir aquel deseo que lo llenó de vitalidad.

Desde entonces, apenas se subía al bus, Tiburcio se ubicaba detrás de cualquier mujer solitaria y se acercaba a ella lo más que podía. Pronto volvía a sentir la ráfaga de calor en la entrepierna, una especie de corriente eléctrica que llegaba a su cerebro de golpe y lo hacía renacer. A veces, totalmente ajeno al riesgo, se frotaba lentamente contra la mujer, un movimiento imperceptible que nadie parecía captar. Sus manos ansiaban tocar, sentir y sujetar, pero Tiburcio se contenía, apenas un leve roce con los dedos. A veces, la víctima volteaba y él sólo atinaba a mirar sus zapatos; algunas se cambiaban rápidamente de lugar, presas de los nervios.

Un día, Tiburcio divisó a la mujer más hermosa que había visto en su vida: joven, de cabello largo y rubio, ojos claros, una sonrisa luminosa e inocente, una generosa figura enfundada en apretados jeans y blusa roja. Se acercó a ella y tomó su acostumbrado lugar. No se movió; el sentir a ese ángel, con su claro olor a almendras, fue más que suficiente para hacerlo entrar en trance. El deseo fue violento y repentino; Tiburcio se acercó más, aprovechando los empujones de la gente al frenar el bus.

No se podía contener más; tenía que poseerla de alguna forma. Embobado, sin ningún pudor, Tiburcio se bajó el cierre de la bragueta, pero justo cuando se disponía a revelar su miembro viril, ella se dio vuelta y horrorizada, pegó un alarido que llamó la atención de todos los demás pasajeros.

Por primera vez en su vida, Tiburcio era el centro de la atención. No supo como reaccionar cuando empezaron a sonar los insultos: asqueroso, enfermo mental, violador. La cachetada que la chica le propinó lo sacó de su parálisis, seguida por una lluvia de patadas y puñetazos de parte de los iracundos pasajeros. Cuando el bus paró, Tiburcio fue arrojado violentamente, cayendo de cabeza sobre la vereda. Dos de sus dientes salieron disparados.

La camisa ensangrentada, el saco roto, un ojo morado y varios moretones; los transeúntes lo miraban con curiosidad y espanto o lo sorteaban para seguir apurados su camino. Justo cuando algunos se decidían a ayudarlo, Tiburcio se puso de pie y sin decir nada ni mirar a nadie, se cerró la bragueta y empezó a caminar hacia su casa. Seguía pensando en su belleza rubia del bus, deseando volverla a ver. La próxima vez traería flores.

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