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En Tierras Gauchas

noviembre 24, 2013

Virtual Records Latin Fest

 

Corría el año 2008. En aquel entonces, ver bandas de rock grandes pisar tierras nacionales era una fantasía; el único recurso era darse un salto a países vecinos como Chile o Argentina para poder ver un concierto como Dios manda. Fue así que, acompañado por unos primos, emprendí una travesía  a tierras gauchas a ver a Iron Maiden en la gira Somewhere Back In Time, previo paso por Santa Cruz, Bolivia, donde visitamos la casa de Tony Montana y algunos garajes parecían del porte de una cancha de fulbito.

No fue un viaje de turismo, por lo que no conocí mucho esa vez. En el Luna Park, Dream Theater dio cátedra musical frente a cientos de personas que no atinaron a más que mirar con la boca abierta y aplaudir (estoy casi seguro que Jordan Rudess estaba poseído por alguna fuerza desconocida); hicimos vigilia en el Sheraton esperando que Bruce Dickinson y compañía le extiendan un saludo a los pobres mortales; caminamos las calles del centro hasta que se nos gastaron las suelas (tenías que ser Usain Bolt para poder cruzar la 9 de Julio de un solo viaje); entramos al Kilkennys y sentí una gran alegría al estar en un bar donde tocaban Soundgarden; y compartimos con gente de todo el mundo en el Hostal Recoleta, incluido un viejito enternado de 120 años que se parecía a Mister Burns y nadie sabía como había ido a parar ahí.

Pasamos toda una mañana haciendo cola afuera del estadio Ferrocarril Oeste,  adonde llegué en un vagón de metro hecho de madera que estaba seguro se desarmaba en cualquier momento. Era mi primer concierto; no contaba con que la gente iba a hacer un pogo por cinco horas ininterrumpidas. Para cuando empezó la música, estaba al borde del colapso y pidiendo a gritos un vaso de agua. Maiden fue todo un espectáculo, eso sí; al poco tiempo de esta visita llegaron a Lima precedidos por Megadeth (que en aquel entonces era Dave Mustaine y sus Amigos) y fue otro conciertazo en donde ya no hubo peligro de morir aplastado. El viaje fue un éxito, pero siempre quedé con las ganas de volver y conocer más de la ciudad.

Cinco años después y luego de este preambulo, volví a Buenos Aires acompañando a los Flor de Loto a dar un concierto y a grabar lo que será su sexto disco, Nuevo Mesías. Con algunos días de más, pude conocer más de la capital argentina y comprobar además, que cuenta con una escena rock/metal bastante saludable, una que provoca sana envidia en esta Lima que lamentablemente para los que tocamos guitarra aérea y hacemos headbanging hasta que nos duela el cuello, no es una ciudad muy rockera.

La cita fue en el Gier Music Club, un bar adornado con fotos de luminarias del rock como Jim Morrison o Gene Simmons. Desde el backstage, donde el buen ambiente entraba en calor con inacabables vasos de fernet con Coca-Cola, se pudo escuchar el inicio de la fiesta con Escapist, banda al estilo Nightwish; un especial saludo para Luciana Queirolo y su operática y armoniosa voz, que le dio sentimiento a la música y nada tiene que envidiar a otras sirenas del metal. Siguió Drako Brujo, cuyo sonido particular tiene algo de Pantera, y que derrochan tanta energía y decibeles altos que es difícil creer que sean sólo un trío. Se encontraban presentando su disco Il Messaggero Non E Importante; cualquier referencia a la injustamente poco valorada Stigmata es un punto a favor.

 

 

Para los que extrañaban las épocas del hair metal ochentero estaban los chicos de AfterDreams, a medio camino entre el power metal y el mejor glam; un rock potente, de coros pegajosos, sin mayores complicaciones más que pasar un buen rato; la banda no sólo toca con energía y convicción, sino que tienen la actitud necesaria para hacerse dueños del escenario.

Luego del trío inicial le tocó el turno a Flor de Loto, la única banda visitante. Muchos de los metaleros presentes estaban acostumbrados a un metal más tradicional: guitarras, bajo, batería, voces, teclados; para algunos, era la primera vez escuchando a la distorsión de las guitarras fusionada con instrumentos andinos y folclóricos. Alonso Herrera (guitarras y voces), Alejandro Jarrín (Bajo), Álvaro Escobar (batería), Junior Pacora (vientos), Ignacio Florez (guitarras), Agustina Gonzalez (coros) y Daniel Lopez Gutierrez (teclados) tocan con una potencia y soltura que sólo pueden traer una alineación estable y años de experiencia sobre los escenarios. El público que no los conocía quedó convencido y no pasó mucho tiempo hasta que se encontraban coreando los temas a viva voz, demostrando que dentro del rock y el metal hay lugar para todos los estilos; lo hecho por Flor de Loto, aunque bastante apegado a sus raíces peruanas, resulta ser bastante universal. Esta fue la segunda presentación de la banda en Argentina y ya cuentan con un buen número de fans; no en vano este es el segundo álbum grabado íntegramente en Buenos Aires, de la mano de Virtual Studios y Emiliano Obregón.

Fue justamente este el encargado de cerrar la noche junto a su banda Lorihen, héroes locales con 15 años de carrera a cuestas. Un heavy metal melódico y acelerado, de esos que te hacen lanzar puños al aire, esta banda se siente cómoda en un escenario y cuentan con una gran fanaticada que se sabe todos los temas y les dan el mismo respeto que se le daría a músicos internacionales. Lorihen empezó con el bombazo de Bajo La Cruz y no bajó las revoluciones por más de una hora. Es una banda que se ha hecho una gran carrera en Buenos Aires y cuyo potente sonido merece ser escuchado en todas partes.

 

 

Los fans de Lorihen dan fe de una escena local masiva, que busca promover y apoyar a sus artistas. Durante las jornadas en el estudio de grabación, encontré una joya en blanco y negro llamada Metalica, un fanzine de metal que devoré con tanta avidez que uno pensaría recién estaba aprendiendo a leer. Me topé de lleno con una escena cargada de bandas, algunas ya legendarias (más de una vez se repetía el nombre de Norberto “Pappo” Napolitano y RIFF con reverencia) y otras que recién daban sus primeros pasos en el género musical. Hay rock y metal para todos los gustos; conciertos con regularidad, donde se dan cita todos los fans de la ciudad; y unas grandes ganas de promover y dar a conocer la música. El metal puede ser underground, pero en Buenos Aires se ha ganado un lugar junto a la música popular, gracias al trabajo de las bandas, los fanáticos y publicaciones como Metalica o la revista Jedbangers.

Ante todo, se siente un ambiente de camaradería y fraternidad; los fans apoyan a las bandas locales como si de Iron Maiden se tratase. Aún compran y coleccionan discos, con varias tiendas pequeñas y escondidas en la ciudad encargadas de traer las más recientes novedades; toda una sorpresa para los que hace tiempo quedamos esclavizados al iTunes. En los conciertos se siente la buena onda y las bandas se sienten queridas. La gente vive la música, sin importar su edad. No hubo imagen más tierna que un padre y su hijo de nueve años con la misma camiseta metal haciendo headbanging y cantando las canciones de Lorihen juntos. La escena rock en Buenos Aires es grande y con mucha buena música por descubrir.

Más allá de las guitarras y los punteos, hubo tiempo de conocer más a fondo la ciudad. Pasear por Puerto Madero y sus puestos callejeros de parrilla, con choripanes del porte de mi brazo y aquella genialidad llamada bondiola (las dietas deben ser un concepto foráneo en el país);  obligado paso por el Ateneo, donde una vez más quise comprarme todo y donde podría pasar días enteros; una visita al zoo de Luján, donde me atreví a acariciar a leones, pero con mucho cuidado, no vaya a ser que termine usando la nariz para tipear. Pasar por el Estadio Monumental de River trajo a la mente al ídolo Tano Pasman agarrando a puteadas a su televisor y arriesgando un paro cardíaco épico. Fue una oportunidad de descansar en Tigre y San Fernando, dos sitios pintorescos en las afueras de Buenos Aires – ¡que diferente se siente estar en un lugar donde no hay edificios!

No podía faltar la vida nocturna en el barrio de Palermo, aunque aquí y en la China las discotecas no sean lo mío. Sí puedo decir que recreé lo suficiente la vista; increíble como no me gané una torticolis volteando tanto el cuello. Por último, está el simple placer de caminar por las calles del centro bonaerense, o como decía Fito Paéz, salir a caminar por Corrientes. Visitar tiendas, comer, andar, ver gente, por ahí encontrarse con un espectáculo de tango.

Buena música, buen ambiente, parrillas al por mayor y mucho por ver; se podría decir que por fin conocí Buenos Aires como debe ser. Ojalá me queden muchas más visitas.

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