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Así Es El Fútbol

junio 18, 2014

Empezó la gran fiesta del fútbol; cada cuatro años, la gente deja de trabajar y la productividad baja a cero cuando todos se pegan a sus televisores por un mes para ver a 22 compadres correr de un lado a otro de la cancha, pateando pelotas y a veces, a sí mismos. Es la Copa del Mundo.

Debo confesar que no sé nada de fútbol y soy de palo para patear pelotas. En la universidad, mis amigos chilenos pensaron que siendo peruano, seguramente movía el balón como (Ella era un travesti) Flavio Maestri; luego de un par de pases, fui invitado amablemente a volver a mi casa y no regresar. Lo único que me queda es desquitarme jugando PES o Winning Eleven y vaya que me demoró aprender para que sirve cada botón.

Aún así, me gusta ver el Mundial. No sólo porque el deporte se juega a su más alto nivel, sino por el ambiente festivo que se crea (tienen razón cuando dicen que este deporte junta a todos los pueblos) y por la cantidad de anécdotas que quedan para la historia.

Está La Batalla de Santiago en 1962, un partido entre Chile e Italia que se convirtió en un combate digno de una pandilla callejera, con los jugadores ignorando la pelota para repartir patadas y puñetazos; el espectacular Gol del Siglo de Diego Maradona, que hizo olvidar a todos que el 10 había metido un gol con la mano con toda la concha del mundo sólo minutos antes; la aparición de Corea del Norte y sus 60 hinchas uniformados en el mundial pasado, lo cual gatilló mi excesivo interés por conocer la historia del problemático país.

La lista sigue: un partido entre Kuwait y Francia en 1982 que fue interrumpido por un jeque millonario, miembro del comité olímpico, que ordenó a sus jugadores no moverse hasta que el árbitro no permitiese un gol francés. La soberana goleada 6-0 que nos metió Argentina en 1978 (una época muy, muy lejana en la que teníamos un buen equipo capaz de dar pelea a nivel global), un resultado que hasta hoy se rumorea fue comprado por el régimen de Jorge Rafael Videla.

Pero uno de los hitos del balompié, la historia que todos hemos escuchado, seamos hinchas o no, es la del inolvidable Maracanazo de 1950, cuando Uruguay y Brasil se enfrentaron por la copa en Rio de Janeiro. Maracaná, de Sebastián Bednarik y Andrés Varela, nos lleva a revivir aquel fatídico campeonato a través de imágenes de archivo de la época y testimonios de los participantes.

 

Afiche_Maracana_-_La_Pelicula

 

Es una verdadera historia de David y Goliat. A pesar de haber organizado la primera copa del mundo y haber sido campeones, Uruguay estaba en una crisis futbolística de proporciones, con muchos dirigentes y jugadores en paro; incluso, el capitán Obdulio Varela sólo aceptó volver al equipo luego de que se le prometiera un trabajo en oficina pública. Brasil, mientras tanto, era anfitrión por primera vez, su selección era favorita y el país se había convertido en una fiesta.

Ambos equipos llegaron a la final. Nadie daba un peso por Uruguay, mientras que Brasil ya se consideraba campeón. La gente organizó carnavales improvisados afuera del estadio y todos se sentían ganadores. Luego de 90 minutos, las caras de los más de 200,000 asistentes eran de terror: los charrúas lograron un milagro y levantaron la copa tras un 2-1 de infarto. El entonces presidente de la FIFA, Jules Rimet, había preparado un discurso en portugués para los ganadores y fue dejado solo en la cancha con el trofeo en la mano. La Federación carioca había fabricado 22 medallas de oro con los nombres de los jugadores que terminaron en la basura; hasta se compuso una canción de victoria para los brasileños que nunca se tocó.

Brasil fue bajado de las nubes en un instante y el país entero cayó en una depresión severa (el gran Pelé se encargaría de devolverles la sonrisa algunos años después). Tras observar la cara de derrota de la poca gente que quedó en la calle, Varela aseguró arrepentirse de la victoria; el arquero Barbosa comparó los años siguientes al Mundial como estar en la cárcel. Los uruguayos, mientras tanto, volvieron a casa como héroes, aún si muchos terminaron sus días en la miseria. La hazaña es algo que no se ha vuelto a repetir y es algo que la selección charrúa sigue tratando de igualar desde entonces.

El fútbol nunca ha sido muy bien representado en el cine; recordemos a Escape a la Victoria de John Huston, donde unos prisioneros de guerra jugaban un partido contra los Nazis. Stallone era el único que no jugaba a nada, así que terminó en el arco (hasta Michael Caine, como buen inglés, movía su pelota) y al menos, es una oportunidad para ver las proezas de figuras de la época como Bobby Moore, Pelé u Osvaldo Ardiles; pero toda la idea detrás de esta película es un poco ridícula, aún si está basada en la verdadera historia de los ucranianos del Dinamo Kiev, que ganaron a los Nazis en una serie de partidos de exhibición (la diferencia es que fueron ejecutados después). La lista de películas buenas sobre fútbol es bastante corta.

¿Por qué será? Pues simplemente porque la emoción de un buen partido de fútbol es algo que no se puede reproducir. Lo vivido aquel 16 de julio en el Maracaná es tan o más emocionante que cualquier película deportiva y no necesita de la ficción para contarse. Y el fútbol tiene miles de historias de este corte, porque en el Deporte Rey, nada está escrito y siempre hay sorpresas. Por eso es que los actuales campeones España acaban de ser humillados por los holandeses, Costa Rica ha logrado meterle tres goles a los uruguayos y los brasileros están prendiendo velitas para que la historia no se repita este año.

 

 

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