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Perro Guardián

septiembre 4, 2014

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Carlos Alcántara es uno de nuestros intérpretes más queridos. Desde las épocas de Pataclaun que la gente lo admira por ser un tipo gracioso, con chispa, carismático y a todas luces sencillo. Pero todos los que vayan a ver Perro Guardián porque “¡Sale Cachín!” se van a llevar tremenda sorpresa: este es un drama sombrío y totalmente serio, sin ningún atisbo de humor, donde Machín Alberto decide pasarse al lado oscuro sin ningún reparo.

Alcántara interpreta a Perro, un ex militar convertido en sicario. Solitario y de pocas palabras, trabaja para un misterioso grupo de ex colegas sin hacer muchas preguntas. Es el año 2001, durante el gobierno transitorio de Valentín Paniagua y mientras espera a que se apruebe la mentada Ley de Amnistía para los militares, Perro vive en la clandestinidad, alejado de su familia.

Su existencia dará un giro cuando uno de sus trabajos lo pone en contacto con una secta religiosa liderada por un histriónico predicador (Reynaldo Arenas). Mientras se adentra más en la religión, trabará una incierta amistad con una aproblemada joven (Mayra Goñi). Esto remite inevitablemente a El Profesional de Luc Besson, pero las intenciones de la dupla Bacha Caravedo-Daniel Higashionna son otras, mucho más arriesgadas.

Alcántara ha dicho más de una vez que este es el papel más complejo que le ha tocado interpretar. No se equivoca: Perro es un personaje hermético, de pocas palabras; en su mirada intensa se ve a alguien traumado por las experiencias que le ha tocado vivir durante sus épocas de soldado. A su manera, recuerda al Travis Bickle de Taxi Driver, excepto que Bickle era el alma de la fiesta al costado. Perro resulta tan cerrado que a veces es difícil de leer; cuesta entender su mentalidad, su rollo. Alcántara se sumerge de lleno en el papel; fue un gran riesgo el enterrar el gran carisma por el que se le conoce, pero da buenos resultados, aún si se trata de un personaje tan ambiguo que puede resultar frustrante.

La trama minimalista, sugiriendo muchas cosas sin mostrarlas, no se va por lugares comunes. Perro no es precisamente una buena persona y no está dentro de sus cabales. Tampoco busca la redención, como tantos otros protagonistas de este tipo de historias. Lo suyo no es ser un ángel de la guardia. La relación con la joven, que se debate entre su fe y la rebeldía adolescente, pasa a un segundo plano; la joven Goñi cumple muy bien en un papel que fácilmente pudo caer en la exageración.

Una vez que descubre su lado espiritual, el último refugio para alguien atormentado por su propio pasado, Perro se convierte en otra cosa, acaso algo tan o más peligroso de lo que ya era. No es una crítica directa a la religión, pero tampoco es una celebración de lo espiritual.

La publicidad está vendiendo mal esta película; el avance sugiere un thriller lleno de acción y ciertamente tiene su cuota de violencia cuando Perro lleva a cabo sus trabajos de manera casi robótica, pero en realidad, estamos ante un drama pausado que nos muestra el estado psicológico de un personaje dañado que está perdiendo su humanidad. A pesar de no desarrollar del todo sus ideas, es un film peruano bien hecho que toma riesgos. Vale la pena.

 

 

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