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Detrás de Cámaras

septiembre 15, 2014

A veces, las historias detrás de la filmación de una película pueden resultar igual, o incluso más, de interesantes. Ya sea por los caprichos de la naturaleza, peleas dentro del equipo realizador o un sinfín de razones, siempre existe gran curiosidad por saber como una película se llevó a la pantalla. Miren si no la problemática filmación de Apocalipsis Ahora de Coppola: una odisea en las Filipinas que demoró más de un año, donde el director tuvo que lidiar con el paro cardíaco que casi fulmina al actor Martin Sheen, con un huracán que destruyó buena parte del set, con la incomodidad tremenda de filmar en un clima tropical, con un Laurence Fishburne de 14 años que mintió sobre su edad para no perder su trabajo, y con los caprichos del errático aunque brillante Marlon Brando, quien era legendario por ser un dolor de cabeza para cualquier director. A través de los 16 meses de filmación, el estrés fue tal que Coppola consideró el suicidio más de una vez; al final, le esperaba la bonita tarea de editar casi 200 horas de metraje y una montaña de deudas que demoró años en pagar. La película es un justo clásico, pero la historia de su realización es igual de fascinante.

 

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Los detrás de cámaras son de interés para cualquier cinéfilo, ya sea por simple morbo o por aprendizaje. Una figura que tiene más de un relato que contar es el productor inglés Michael Deeley, cuyo libro de memorias, Blade Runners, Deer Hunters, And Blowing The Bloody Doors Off es una colección de anécdotas de los 60s, 70s y 80s donde el autor profesa su admiración por algunos realizadores y su total antipatía por otros. Si algo me enseñó este libro, es que el productor es mucho más que “el tipo que pone la plata”: es el encargado de juntar todos los elementos de una filmación, el que hace los acuerdos para que una película reciba distribución, el responsable de que el proyecto se lleve a buen puerto y el que debe lidiar con cualquier capricho o problema que tengan directores o actores; y vaya que le ha tocado lidiar con algunos personajes.

El Francotirador es tal vez el momento cumbre en la carrera de Deeley y si bien el inglés asegura estar orgulloso de haber ganado el Oscar, lo que le incomoda es ver en la estatuilla el nombre de Michael Cimino junto al suyo. La película partió como algo muy distinto, un drama centrado en unos hombres que se ganan la vida jugando a la ruleta rusa. Fue Cimino quien decidió ambientarla en la época de Vietnam, cambiando el enfoque de la historia y de paso negando cualquier crédito a los dos escritores que crearon la historia original. Cimino solía contar que el film estaba basado en sus propias experiencias como soldado; luego quedó comprobado que nunca puso pie en un cuartel. Tenía además una manía inexplicable de rebajarse la edad.

El perfeccionismo del director alargó la filmación hasta el infinito, inflando el presupuesto y dándoles canas prematuras a los productores. Lo que se suponía sería una película de dos horas terminó durando tres; la introducción de casi 60 minutos puso nervioso a más de un distribuidor. Cimino también se dio maña para adjudicarse todo el crédito por la cinta, incluso usurpando las labores de productor; el gran insulto para Deeley fue ver el nombre del director en solitario durante todos los créditos, como si hubiese hecho la película por sí solo. Esto después de que todo el equipo técnico confesó odiar a Cimino, sintiendo que no apreciaba el trabajo de nadie. El Francotirador es otro justo clásico, pero Michael Cimino resultó ser problemático: su siguiente obra, La Puerta del Cielo, se ha vuelto famosa por sus excesos, una filmación eterna y repleta de problemas cuyo fracaso dejó en bancarrota al estudio United Artists y borró a su director del mapa.

 

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Otras “joyas” con las que Deeley tuvo que lidiar fueron: Sam Peckinpah, con quien se encontró en un momento en la que la afinidad del director por las drogas y el alcohol ya era cosa conocida, cuyo hobby era hacer todo lo posible por joder a sus productores y equipo técnico, desde darle cargos “fantasmas” a sus amistades hasta desaparecer por días enteros sólo para regresar con feroz resaca y rehusándose a trabajar; y el gran Christopher Lee, estrella de la cinta de culto The Wicker Man en 1973; la única manera de lograr que los cines la muestren en Inglaterra fue en funciones dobles de cine B y editando gran parte del contenido, incluyendo un discurso del actor sobre manzanas. Lee consideraba su papel en este film como el mejor de su carrera y creía indigno tener que tomar el segundo lugar en una función doble; luego de ver removido gran parte de su papel, montó en cólera y hasta hoy detesta a su productor junto a varios fans de la cinta que consideran que Deeley nunca hizo lo suficiente por darle el lugar en salas que merecía.

Junto a experiencias malas también las hay buenas: Deeley fue el responsable de popularizar el Mini Cooper al llevar a la pantalla The Italian Job en 1969, con Michael Caine en sus épocas de galán absoluto: la filmación en Turin recibió gran ayuda de Gianni Agnelli, presidente de Fiat y quien prácticamente controlaba la ciudad. Luego está su profesa admiración por Ridley Scott, con quien trabajó en Blade Runner, incomprendido clásico de ciencia ficción. Esta fue otra película que cambió mucho en su camino a los cines: empezó como una simple historia de amor entre un hombre y una cyborg. Fue Scott, detallista y perfeccionista hasta decir basta, quien la convirtió en la alucinada visión de una Los Ángeles futurista que es ahora. Tuvo sus problemas: una trama confusa que tuvo que ser retocada varias veces (existen hasta seis versiones diferentes de este film), exceso de costos, problemas entre Harrison Ford y su director, peleas con el estudio que no tenía idea de como vender una obra así, hasta un episodio en el que Deeley echó del set a Steven Spielberg sin reconocerlo, lo que le valió varios enemigos en Hollywood. Aún así, el productor está orgulloso de su trabajo y si bien la película tuvo la mala suerte de ser estrenada el mismo año que E.T., hoy en día es un clásico en su género.

 

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Luego de sufrir con Blade Runner, a la cual le dedica tres extensos capítulos en su libro, Deeley se retiró de Hollywood, sólo trabajando en televisión un par de veces más; dice ya no saber que hacer dentro del cine actual, donde los remakes se han vuelto cosa común y las peliculas se hacen mayormente pensando en generar ingresos. Así, el inglés da cierre a un libro que detalla el trabajo de un productor y da cuenta del alucinante e impredecible proceso de realizar una película, un trabajo de años donde se puede tener éxito como fracasar; es casi como jugar a los dados. Deeley, a pesar de su impresionante currículum, también admite errores. Él y su director fetiche, Peter Yates, rechazaron hacer la adaptación de una novela de “un autor ítalo-americano que no conocía nadie”, por considerarla muy difícil de traducir a la pantalla. Fue así que Coppola terminó consagrándose con El Padrino, mientras que Deeley se fue al Orinoco a filmar un filme bélico con Peter O’Toole que pasó sin pena ni gloria, donde tuvo que lidiar, entre otras cosas, con la caprichosa naturaleza, un submarino antiguo prestado por el gobierno que amenazaba con hundirse si lo sumergían, y el haberse salvado por un pelo de morir en un accidente de avión, luego de que el tráfico de Caracas y el mal clima le impidieran llegar a tiempo al aeropuerto. Errar es humano, como dicen.

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