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Buscando a Rodríguez

octubre 8, 2014

Los años 60 y 70 en Estados Unidos fueron una época de cambio social que quedó plasmado, entre otras cosas, en la música: cantautores de protesta como Bob Dylan dieron voz a toda una generación insatisfecha con el status quo y que necesitaba un gran cambio. El folk rock se convirtió en el género predilecto de varios “poetas callejeros”, que sólo necesitaban una guitarra y los ojos bien abiertos para notar lo que sucedía a su alrededor. Una de estas figuras fue Sixto Rodríguez.

De ascendencia mexicana, afincado en Detroit, Rodríguez logró editar dos discos: Cold Fact (1970) y Coming From Reality (1971)A pesar de su prometedor talento, no fueron un éxito de ventas y el músico desapareció, rápidamente olvidado por una industria musical que no perdona los fracasos. Sin embargo, su historia tomó un giro cuando sus canciones viajaron por diferentes medios hasta el otro lado del mundo, a Ciudad del Cabo, Sudáfrica. En un país dividido por el apartheid, la juventud encontró en las melancólicas letras de Rodríguez un reflejo de su propia realidad, una convulsionada sociedad llena de represión por parte del gobierno. Así, el artista se convirtió en un ídolo en la tierra de Mandela, casi sin saberlo. Fue aquí donde dos eternos fans – Stephen “Sugar” Segerman, dueño de una tienda de discos y el periodista Craig Bartholomew Strydom – se propusieron encontrar a Rodríguez en los 90s, una odisea que quedó plasmada en Searching For Sugar Man de Malik Bendjelloul, que ganó el premio Oscar al Mejor Documental en el 2012.

 

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Es una de esas historias increíbles que uno no se puede inventar. A pesar de que prometía ser uno de los mejores artistas dentro de su género – un productor musical dice no haber escuchado música más emotiva en su vida – Rodríguez pasó sin pena ni gloria por Estados Unidos, uno de tantos artistas olvidados. Su música terminó pegando en el lugar menos pensado, convirtiéndolo en una megaestrella que se decía en un momento llegó a ser más grande en Sudáfrica que el mítico Elvis Presley. En Ciudad del Cabo persistía el rumor de que Rodríguez se había suicidado en el escenario al terminar su último concierto, ya sea con un balazo en la cabeza o echándose gasolina y prendiéndose a lo bonzo. El hombre se convirtió en un mito, una leyenda urbana y nadie lo buscó, hasta que Segerman y Strydom quisieron darle un punto final a su historia.

Tras una larga investigación, en la que la dupla se contactó con las casas disqueras que editaron los discos de Rodríguez, además de analizar sus letras como si se tratasen de jeroglíficos, tratando de buscar pistas sobre su lugar de origen, el músico fue encontrado viviendo con sus tres hijas en Detroit, una vida normal de trabajador de construcción (incluyendo un breve paso por la política, cuando postuló al consejo municipal), totalmente ajeno al mito creado alrededor de su persona. Sus mismos colegas no podían creer que el tipo de los anteojos oscuros con el que se tomaban una cerveza luego de una jornada laboral era un músico con dos álbumes a cuestas y una fanaticada rabiosa en otro continente.

El documental es una crónica de este viaje, una oportunidad de reivindicar a Rodríguez frente a un público masivo que tal vez no supo apreciarlo en su momento. Cuando el artista es llevado a Sudáfrica, es recibido como un ídolo, tocando emotivos conciertos donde todos corean las letras. Un momento de triunfo, prueba de que el reconocimiento llega para todos los que se dedican al arte, aunque sea de manera tardía. Como se ve aquí, el destino tiene sus mañas, pero las cosas pasan por algo. Se podría decir que Rodríguez sabía que esto pasaría tarde o temprano, tomando todo con gran humildad y sin dejar su sencillo estilo de vida; sigue viviendo en la misma casa desde hace 40 años.

La historia de Sixto Rodríguez trae a la mente la de los metaleros canadienses Anvil, considerados pioneros del thrash metal en los 80s que luego cayeron en el olvido total, hasta que un documental los encontró y logró darles el reconocimiento que tenían largamente merecido; pero esa es una historia para otro artículo.

Trágicamente, Malik Bendjelloul se suicidó un año después de ganar la estatuilla dorada, pero dejó para la posteridad este fascinante documental sobre una figura que merece ser mucho más conocida. Es el tipo de historia que te hace querer ponerte de pie y aplaudir al final, además de buscar la banda sonora, claro; detrás de su sencillez, son canciones emotivas y reales.

 

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