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Armando Broncas

octubre 10, 2014

Su nombre era Armando Flores, pero nadie nunca lo conoció así. A la tierna edad de 12 años, durante un inocente partido de fútbol en el recreo, Armandito le dio tremendo chutazo al balón, atravesando la ventana del director que estaba en un tercer piso con la fuerza de un meteorito cayendo a la tierra. Fue aquí que todos – sus compañeros, sus profesores – se dieron cuenta que se iba a dedicar inevitablemente al fútbol. Cuando el mismo director apareció en el campo buscando al mocoso irresponsable que había hecho le lloviese vidrio encima mientras tomaba una taza de té y Armando le propinó una patada en la canilla que lo dejó tirado en el suelo, todos se dieron cuenta además que tenía un genio de cuidado. Fue así como se ganó el mote de Armando Broncas, por el que sería conocido y venerado el resto de su vida.

Luego de su paso por la secundaria, donde convirtió las pichanguitas de los recreos en unas batallas campales dignas de romanos y sajones y se volvió parroquiano asiduo de la oficina del director – el moretón que le quedó  a este en la canilla empezaba a pulsar cada vez que Armando tocaba a la puerta, como una alarma – este chico problema probó suerte en varios trabajos menores, hasta que su supervisor en el McDonalds lo reprendió por no trapear bien el piso del local y fue respondido con un balde de metal en la cara. Armando no quiso saber nada de la universidad y sus padres no querían que acabe matando a algún jefe de carrera luego de recibir un 11 en parciales. Necesitaba una vía para desfogar su ira, canalizar sus impulsos violentos hacia algo constructivo. El fútbol se presentó así como una oportunidad dorada.

Broncas pasó a formar parte de las divisiones de menores de Alianza Lima. En su primer día de entrenamiento, a los 18 años, una formidable patada suya hizo que el balón volara por sobre el muro de la cancha, aterrizando como una piedra sobre el parabrisas del Audi último modelo que se acababa de comprar Chocolatín González, estrella indiscutible del cuadro íntimo. En el subsiguiente altercado, González quedó con una leve cojera que le duró un par de meses y Broncas se ganó el respeto de todos sus compañeros.

Tras un año de lesionar a las menores de equipos rivales y a sus propios compañeros cuando no le daban el pase correcto, Broncas se graduó al primer equipo. Gracias a su liderazgo – nadie se atrevía ni a mirar feo a este moreno y macizo ropero andante – y a sus potentes y furiosos remates de media cancha que no paraba ni Richard Tex Tex, Alianza conquistó el título nacional tres años seguidos. Broncas se volvió un ídolo para la hinchada; su semblante aparecía en los grafitis, la Trinchera coreaba su nombre, se le compusieron canciones: Broncas, de patada fina; Broncas, te rompe la chimba. En un ambiente futbolístico que celebraba la indisciplina y las indiscreciones, se pudo ver a Broncas en los videos inéditos de los programas de espectáculos, agarrando a combos al simio de la seguridad que no lo dejó entrar al club, o al pobre hincha de Universitario que se atrevía a encararlo en medio de una noche de copas.

Pronto, Broncas tocó un techo en el fútbol nacional y contra todo pronóstico, un club alemán de tercera división tomó interés por él. Así, el máximo artillero del fútbol nacional hizo maletas y viajó a Berlín, donde pasó a formar parte de las reservas del Goebbelstrasse FC. El cuerpo técnico pasó más de un dolor de cabeza tratando de inculcar disciplina a este descarriado, aunque supieron apreciar sus potentes cañonazos. Sin embargo, el fútbol europeo tenía poca paciencia con sus exabruptos violentos, por lo que Broncas se pasó buena parte de la temporada en la banca, de vez en cuando entrando al campo para darle la victoria a su equipo de tiro libre.

Uno que no quedó impresionado con esta nueva figura del fútbol teutón fue Helmut Reinhardt, el goleador del equipo rival,  Sauerkrautt FC. Alto, fornido, rubio, de ojos azules y con piernas del ancho de las de un elefante, era un vivo representante de la raza aria pura, un Ubermensch hecho y derecho, célebre por su mal genio y ganas de reventar a quien se le cruzara en la cancha.  Hizo de Armando Broncas, aquel foráneo que venía a usurpar su lugar como el Rey de los Fouls, su proyecto personal.

Tras meses de repartirse insultos y ataques en cuanto programa deportivo existiese en tierras alemanas – una especie de telenovela en tiempo real que la fanaticada seguía con fervor – Broncas y el Ubersoldaten Reinhardt se encontraron en la final del campeonato de tercera. Entre remates y corridas, se buscaron durante todo el partido, pero fue el alemán quien supo aprovechar la oportunidad: Broncas empezó una imparable corrida desde su propia área, pasando por encima de sus rivales como una locomotora – ninguno quería meterle pierna, o serían merecedores de su ira, de proporciones bíblicas – hasta que, a pocos metros del arco, la colosal pierna de Reinhardt chocó contra la suya, un golpe seco que resonó en todo el estadio. Broncas voló por los aires y aterrizó de cara en el pasto, la pierna partida en tres lugares. Está lesión significó el fin de su carrera futbolística, un momento que pasó a formar parte de las jugadas más criminales en la historia del fútbol, superando incluso al cabezazo del pelado Zidane.

Broncas rápidamente desapareció del ojo público. Nunca se supo que pasó con él, pero corrían los rumores: se dedicó a hacer taxi en Lima, teniendo el récord de ser el único conductor que nunca fue asaltado; se fue a vivir a la selva, donde le enseñó fútbol a las tribus del Amazonas; buscando la paz interior, se enclaustró con los monjes budistas de Chosica; otros decían que se había quedado en Europa como guardaespaldas de algún anónimo miembro de la corona española, de esos que no salían en la portada de Hola.

La figura de Armando “Broncas” Flores pronto se volvió un mito dentro del fútbol nacional, una leyenda urbana que era celebrada por los fervientes devotos de la Trinchera. En una de las esquinas del estadio, sobrevivió por muchos años un grafiti que mostraba a un macizo Broncas desnucando a Adolfo Hitler de una certera patada. Broncas, de patada fina, se siguió coreando hasta en versión cumbia en los estadios y fiestas populares. Mientras tanto, tal como el jugador en sus inicios, los chiquillos aprendían a patear la pelota con todas sus fuerzas, al mejor estilo de Armando Broncas, el ídolo que pasó a la historia por su mal genio.

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