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Blanco y Azul

enero 18, 2015

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Blanquiazul, el primer estreno nacional del año, es casi una anomalía en nuestra cartelera. El género documental ha sido largamente ignorado por el público y las distribuidoras; ver uno en nuestros cines fuera de festivales o ciclos especializados es tan raro como encontrar agua en el desierto. En el caso de documentales peruanos, es un caso aún más raro; los más recientes que se recuerden son Sigo Siendo de Javier Corcuera, estrenado en el 2013 y Buscando a Gastón de Patricia Pérez, que tuvo un paso efímero por los cines el año pasado. Resulta grato entonces encontrarse con el debut de Luis Castro Serrano, aun si uno no sigue el Deporte Rey.

Es necesario hacer una aclaración: no sé casi nada de fútbol y tampoco lo sigo. Soy hincha del Sporting Cristal, pero eso es más que nada una herencia, ya que casi todos en mi familia son cerveceros. Ya hace tiempo que no veo los partidos, desde los tiempos en los que llegamos a la final de la Libertadores, que pareciera fue hace siglos, la época dorada del SC. Aún así, hay mucho que apreciar en el filme.

Blanquiazul es un sencillo y afectivo tributo al verdadero motor de cualquier equipo: su hinchada incondicional. Esa gente que sigue a los jugadores en las buenas y en las malas, que se ponen la camiseta todas las semanas y van al estadio a echar vivas. Arranca con un breve repaso de los orígenes de la barra; una que nació en la calle, en el corazón del barrio y que siempre se ha sentido identificada con elementos de nuestra cultura, como la música criolla (aunque seguro que los hinchas de los demás equipos dirán lo mismo).

Castro trabajó ocho años en el filme, viajando por todo el Perú contando las historias de los aliancistas. Está la familia López, cuya casa en Urubamba ha sido convertida en un monumento al equipo, con las paredes tapizadas de afiches y fotos y todos los objetos adornados con el escudo. Es un lugar donde se respira fútbol, llamado Matute por los fans. Un grupo de hinchas en Cuzco le reza a los apus por el bienestar de la escuadra. Los hinchas de Iquitos no ven al equipo en su estadio desde que el CNI bajó a segunda, por lo que se tienen que contentar con ver los partidos por televisión. Y así; es una serie de anécdotas sobre lo que es ser hincha.

Las barras de fútbol se han ganado una pésima reputación como una mera excusa para que algunos delincuentes hagan de las suyas. Se les considera a ratos peligrosas y ciertamente están casos como el de Walter Oyarce como prueba. Pero las intenciones de Castro son otras. Ignora el aspecto oscuro para centrarse en el fanatismo futbolero como algo positivo, que une a las personas y les da un sentido de fraternidad. De cierta manera, Blanquiazul es una reivindicación del verdadero hincha, el que vive el fútbol con pasión todos los días como una parte esencial de su propia vida. Algunos incluso llegan a considerarlo una experiencia religiosa.

Este documental está hecho para los aliancistas: son ellos los que van a vibrar y celebrar con sus historias. Para el resto, es una mirada al fanatismo deportivo y como algunos lo viven en carne propia. Es un filme para un público muy específico, pero que ya en sus primeros días de estreno ha tenido una presencia muy saludable en salas. Es de esperar que esto continúe; así, el pequeño boom que está viviendo el cine peruano se daría también para los documentales, un formato del que se suele ver muy poco.

 

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