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Apta Para Todo Público

enero 9, 2016

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“Buenos tardes, don Manuel.”

“Hola Juanito, mi buen hombre. ¿Cómo te trata la vida?”

“Aquí estamos, pues caballero. Dándole nomás.”

Juanito siempre lo saludaba con una sonrisa. Todos los lunes, don Manuel Vargas llegaba a las siete de la noche al Centro Cultural Ricardo Palma, listo para otra función de cine clásico e internacional, programado con fino gusto por Anselmo, uno de los pocos en los que Don Manuel confiaba, puesto que compartían los mismos refinados gustos en el séptimo arte.

Antes de esto, pasaba la tarde sentado en su escritorio, disfrutando una buena copa de vino tinto y un libro de su variada biblioteca; tenía una pequeña colección de autores latinoamericanos, pero su verdadera pasión eran los libros de viaje. Bastaba con hojear algunas páginas para sentirse transportado a todos los rincones del mundo.

Todo era parte de un rutina fija, la de hombre y maduro y soltero que seguía religiosamente todos los días. En las mañanas, solía caminar por los parques de Miraflores, observando a las parejas, a los jóvenes que salían a correr, a las mascotas; siempre en silencio, de vez en cuando ofreciéndoles alguna sonrisa. Solía recaer luego en el café Chez Latte, a almorzar y tomarse una taza de té mientras leía los diarios; le gustaba estar informado de todo lo que sucedía en el mundo, aunque entre atentados, disputas religiosas y guerras sin sentido, cada vez se sentía más decepcionado del resto de las personas.

Luego de esto, volvía a casa a pasar la tarde en compañía de sus libros. Tras la obligada copa de vino y una cena ligera, a lo mucho una sopa o ensalada debido a sus pocas dotes culinarias, se iba a acostar.

Don Manuel no frecuentaba mucha gente. Nunca se había casado ni tenía hijos. Huraño por naturaleza, no había hecho muchas amistades en sus años de empleado público, a lo más compartir una taza de té con sus colegas en la cafetería de la oficina por unos minutos, hasta que sus conversaciones sobre sus matrimonios, hijos y viajes lo confundían y debía excusarse.

Su mayor contacto con otras personas era en los lunes por la noche, cuando Juanito el vigilante lo saludaba sin falta antes de entrar a la Sala Ribeyro a disfrutar del buen cine de antaño. Don Manuel no pisaba otra sala; no entendía las películas modernas, bulliciosas, frenéticas, muy coloridas, ni tampoco al público, adolescentes hiperactivos que se la pasaban hablando por esos benditos aparatos que parecían llevar pegados a la oreja. Ni que decir de la canchita, tan indigesta, que para él era como masticar cartón.

La Sala Ribeyro era diferente; ahí se respiraba buen cine y entre los asistentes, en su mayoría señores jubilados como él, don Manuel era respetado. Todos lo saludaban con cordialidad, todos le pedían su opinión sobre las películas debido a su condición de hombre de mundo. Esto a pesar de que nunca había viajado fuera del país; para eso tenía sus libros, para llevarlo a las Pirámides de Egipto, a la Gran Muralla China, en fin, a todas partes sin necesidad de salir de su casa.

En el Centro Cultural, Don Manuel se sentía cómodo y satisfecho, una persona importante. Era su santuario, su refugio del caótico mundo moderno que acechaba al otro lado de la puerta, en la congestionada avenida Larco.

Ese día se venía un programa insuperable: función doble del gran Federico Fellini, 8 ½ y La Dolce Vita, casi una visita guiada a Italia. Don Manuel ingresó a la sala, encontrándose con los parroquianos de siempre: hombres mayores que aprovechaban la oscuridad para dormir la siesta, una pareja de universitarios con pinta de intelectuales, el infaltable Chito La Rosa con sus audífonos y walkman.

“¿Cómo te va, Chito?” A pesar de no ser amigos, Don Manuel nunca se olvidaba de las buenas costumbres.

“Gusto en verlo, Don Manuel. Aquí me ve, tratando de entender esto de la música moderna. A mis nietos les encanta esto del… ¿Cómo se dice? ¿Ragú, creo? Regatón, algo así…”

“No tengo idea a que te refieres.” Don Manuel soltó una carcajada. “La juventud de hoy me supera, querido Chito. Hoy me alejo de la modernidad; hoy vuelvo gratamente a la Italia de los años 60, a la mirada poética y personal del grandioso Federico.”

“Siempre tan poético usted, don Manuel.” Chito se sentó en una butaca y estiró las piernas. “Parece que le gusta vivir en el pasado.”

“La gente de hoy no sabe lo que se pierde, Chito. No saben todo lo grande que han dejado pasar.”

Una vez sentado Don Manuel, casi con su venia, se apagaron las luces y empezó la película. Mastroianni  una figura intrigante detrás de sus impenetrables lentes oscuros y como todos los lunes, Don Manuel se sentía en paz dentro de su refugio.

Casi al final de la película, sin embargo, notó un movimiento: un jovenzuelo de unos veintitantos años, escondido bajo una capucha roja, entró corriendo a la sala y se dejó caer un par de butacas delante de él. Se desparramó en el asiento, puso los pies sobre el espaldar de la silla delantera y apuró una bolsa de papitas fritas.

El leve sonido del masticar puso intranquilo a Don Manuel. Claramente, este mocoso no era parte del público acostumbrado del local. La pequeña luz azul lo delataba; parecía estar prestando más atención a su móvil que a la pantalla, donde la travesía de Mastroianni llegaba a su fin.

El joven empezó a reír de buena gana y a Don Manuel se le pusieron los pelos de punta; que falta de respeto al gran Fellini. ¿Quién se creía que era este chiquillo insolente? Había irrumpido en su tranquilidad, en su única salida de la semana. A nadie más parecía importarle, pero Don Manuel estaba entrando en cólera.

 

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La cosa no mejoró durante La Dolce Vita; Anita Ekberg junto a Mastroianni en la majestuosa Fontana Di Trevi era un momento sublime, icónico – “Tantos recuerdos y emociones, mi querida Anita” – y el chiquillo no hacía más que reír y hacer comentarios lascivos: “No se vaya a resfriar la flaca”. Don Manuel lo sintió como una total falta de respeto hacia su persona, una afrenta a su tranquilidad.

Mocoso maleducado e inculto, pensó Don Manuel; no sabe de cultura, no debería estar aquí. Capaz que sólo ha venido a hacer tiempo para irse de farra con sus amigotes, a hacer alguna maldad, pequeño delincuente. Lo quiero fuera de mi sala.

Una vez terminada la película, la gente empezó a salir lentamente de la sala, mientras que el chico, siempre con la cara pegada a la pantalla del celular, se levantó de un salto y salió dando trancos. Don Manuel lo siguió, colérico; ya me va a escuchar este insolente, me arruinó al gran Fellini, hay que ponerlo en su sitio.

En la calle, el anciano se detuvo; vio como el chico se encontraba con un gran grupo de jóvenes de su edad, todos sonriendo y bromeando. Se le acercó una chica alta, delgada, de cabello negro, mirándolo con ojos llenos de admiración.  El chico la abrazó con calidez, dándole un tierno beso en los labios, señal del primer amor.

Casi sin darse cuenta, Don Manuel se había acercado. El chico de la capucha lo observó con curiosidad. “¿Sucede algo, señor?” Preguntó con inesperada cortesía. “¿Se siente bien?”

Don Manuel se quedó mudo; sólo atinó a sacudir la cabeza y retroceder. Los chicos, en medio de palmadas en la espalda y risas, el tipo de confianza que sólo puede venir de las amistades duraderas, se dieron media vuelta y emprendieron su camino, bromeando entre ellos y sonriendo. Ya tenían un plan para la noche y no era leer libros en soledad.

De repente, Don Manuel sintió un gran cansancio. Observó a su alrededor. La gente salía de la sala sin mirarlo, nadie le pedía su opinión. Anselmo apenas le dirigió una rápida sonrisa antes de seguir su camino. Hasta Chito La Rosa, absorto en su música moderna, pasó de largo. Solo, el anciano emprendió en silencio la caminata de vuelta a su departamento de soltero, a su escritorio abarrotado de libros, a su rutina solitaria de todos los días; pensando en todo el camino que podría dar vuelta, alcanzar a ese grupo de jóvenes y pedirles que lo dejen invitarles un café y conversar.

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