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Mentalidad Televisiva I

diciembre 24, 2016

 

Watching TV in dark

 

Mi intención en estos últimos días del 2016 era ponerme al día con las películas que no he visto en el año; en vez de eso, me he quedado pegado viendo la serie inglesa Black Mirror, una torcida y delirante antología que en cada capítulo nos lanza a la cara los peligros latentes de un mundo cada vez más dependiente en la tecnología. Ya sea con una situación límite que involucra actos impuros con un animal de granja, o con la pena capital convertida en un sádico parque de diversiones, esta serie critica todo lo que está podrido en nuestra sociedad actual con ese fino humor negro que los ingleses han sabido perfeccionar; “me rayó el cerebro” es una frase común, pero se aplica a cada capítulo de esta notable serie.

La televisión, que duda cabe, está pasando por su mejor momento; además de las series que se dejan ver semana a semana por la caja boba, los servicios de streaming como Amazon, Hulu o, el papi de todos, Netflix – que ha estrenado hasta 40 series en cuatro años – han ampliado una oferta que abarca mucho más que las típicas historias de detectives, médicos y abogados.

La tele de hoy no tiene nada que envidiarle a Hollywood, y la Fábrica de Sueños está sintiendo el golpe; mientras los estudios se la pasan filmando secuelas, remakes y blockbusters especialmente diseñados para el público asiático y su caritativa billetera, todo el talento está migrando hacia la caja chica. David Fincher creó el drama político House of Cards, con un inmejorable Kevin Spacey haciendo lo que mejor le sale: ser un bastardo sin escrúpulos. Mientras tanto, fans de todos los países (incluyendo el nuestro, claro está) se han apurado en afirmar que las intrigas del inmoral Frank Underwood son un fiel y triste reflejo de su sistema político.

 

original

 

Steven Soderbergh salió de su auto-impuesto retiro para crear The Knick, una serie de época sobre doctores ingleses. Martin Scorsese lleva dos series en su haber, la saga gangsteril Boardwalk Empire y más recientemente – y con mucha menor fortuna – Vinyl, ambientada en los años 70s y con harto sexo, drogas y rocanrol. Hasta un tipo tan huraño e inamovible en sus ideas como Woody Allen quiso experimentar y entregó este año Crisis in Six Scenes, miniserie que no gustó a casi nadie; fiel a sus varias neurosis, el neoyorquino aseguró que todo había sido una estresante pérdida de tiempo y estaba más cómodo en su acostumbrado ritmo de una película por año.

Incluso varias sagas fílmicas han hecho el salto a la pantalla chica, con diferentes resultados. Hannibal Lecter tuvo su propia serie de tres temporadas y quien mejor que el genial actor danés Mads Mikkelsen para ponerse en los zapatos de Anthony Hopkins; muchos fans siguen llorando su temprana cancelación. Bates Motel nos muestra la infancia del futuro asesino y voyerista hijito de mamá creado por Alfred Hitchcock, aunque la decisión de ambientarla en la actualidad resulta bastante extraña; ver a Norman Bates tomándose selfies no termina de cuadrar. Otros filmes convertidos en series (y antes que un malhablado me diga que me sobra el tiempo, no he visto todas) incluyen 12 Monos, La Profecía (llamada Damien, aunque esa no la vio nadie), El Exorcista, El Transportador (si no vas a poner a Jason Statham ni lo intentes), Del Crepúsculo al Amanecer, Rush Hour (de nuevo, sin Jackie Chan y Chris Tucker no eres nada), Arma Mortal (reemplazar a Mel Gibson y Danny Glover debería considerarse pecado) y Westworld, la nueva joya de HBO, pioneros en series.

 

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Un remake de la cinta de Michael Crichton sobre los robots de un parque de diversiones futuristas que se rebelan contra los humanos (que dio pie a uno de los mejores capítulos de los Simpsons, cuando van a la Tierra de Tomy y Daly), esta supera con creces a su antecesora al ampliar su concepto y universo. Además de jugar con los típicos clichés del western, la serie se convierte en una reflexión acerca de las máquinas y su búsqueda de autonomía y pensamiento propio. Densa, enredada y repleta de intrigantes conceptos, Westworld le pide paciencia de santo al espectador; pero al término de su primera temporada, habrá valido la pena, en gran parte gracias a un reparto por el que cualquier director de cine mataría, que incluye al mencionado Hopkins, Jeffrey “Peoples Hernández” Wright y el siempre genial Ed Harris, entre otros.

La televisión también le ha dado una segunda oportunidad a estrellas de Hollywood caídas en desgracia. Cuba Gooding Jr., ganador del Oscar a Mejor Actor de Reparto en 1996 por gritar “Show me the money” repetidas veces en Jerry Maguire, se encontraba hasta hace poco en el infierno del directo-al-video, con una seguidilla de thrillers olvidables; no estaba filmando películas baratas en algún lejano país de Europa del Este como otras luminarias, pero estaba peligrosamente cerca. Sin embargo, sus bonos renacieron este año cual Ave Fénix gracias a American Crime Story, donde interpretó al ex estrella de futbol americano convertido en asesino O.J. Simpson, una de las personas más odiadas del País del Norte (detrás de Donald Trump, claro). A pesar de no parecerse en nada a la persona real, Cuba demostró que su talento da para más que ser el segundón de una manada de perros husky (véase Snow Dogs, o mejor no).

Acompañando a Gooding Jr. está John Travolta, quien cada vez más se asemeja a un muñeco de cera y a quien era casi imposible de tomar en serio. Pero el actor logra superar un maquillaje algo ridículo para interpretar con solvencia al abogado Robert Shapiro, un tiburón de saco y corbata; así, el recordado Tony Manero vio renacer su carrera por segunda vez. ACS recrea con fidelidad el llamado “Trial of the Century” que tuvo en vilo a todo un país. Cuando el caso dejó de tratarse de dos asesinatos a sangre fría para concentrarse en un estúpido tema racial, se convirtió en un circo mediático sin precedentes. Esta notable miniserie no escatima en detalles, retratando una injusticia que te hace querer patear el televisor; más de 20 años después, el veredicto que dejó en libertad a Simpson a pesar de toda la evidencia en su contra es indignante; menos mal que hoy, esta escoria humana ya se encuentra tras las rejas. Como tantas otras series, ACS ha permitido descubrir (o en algunos casos, redescubrir) a  buenos talentos, como es el caso de Courtney B. Vance (como el teatrero Johnnie Cochran) o Sarah Paulson, que de ser esa cara conocida que siempre sale fumando en papeles secundarios, se muestra como una actriz de cuidado en el papel de la sufrida y maltratada fiscal Marcia Clark.

 

 

Con todo esto, Hollywood se encuentra perdiendo piso frente a la televisión; mientras tanto, los espectadores están siendo engreídos con un sinfín de opciones, tal vez demasiadas – no hay manera de ver todo lo que está disponible, por lo que hay que seleccionar con pinzas. Lo cierto es que cada vez más, la gente está optando por quedarse en el sillón en vez de ir a sentarse en una butaca. Y yo, que solía afirmar que no veía nada de televisión, he caído redondo, aún si me veo forzado a ver casi todo en la pantalla de la laptop. Y esta conversión a las series se la debo sólo a aquella joyita llamada Breaking Bad.

 

Continuará…

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