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El Fundador

abril 14, 2017

Todos, hasta los más sanos, hemos comido McDonalds. ¿A quien no le ha provocado embutirse una royale con queso alguna vez (doble, de preferencia), al diablo la buena salud? Es, como tantas películas de acción ochenteras, un placer culposo.

Claro, McDonalds no es precisamente sano; el mote de “MierDonalds” se lo han ganado a pulso. Ya lo sabíamos desde Super Size Me, el documental donde Morgan Spurlock casi se mata comiendo McDs por un mes entero. Tal vez no sea carne lo que estemos comiendo; quien sabe de qué estarán hechas las papas fritas de esta veterana cadena de comida rápida que parece nunca se descomponen; en el futuro, cuando la Tierra sea inevitablemente arrasada por bombas nucleares – como nos ha enseñado todo un subgénero de cine apocalíptico – los únicos sobrevivientes serán los quequitos Twinkies, las cucarachas y las papas del McDonalds.

Pero los Arcos Dorados siguen siendo un placer culposo que se consume rápido y te saca del apuro cuando el estómago te está gruñendo y no tienes ni tiempo ni mucho dinero en el bolsillo. No por nada esos arcos son tan reconocibles en el mundo entero (y no por nada me provoca darle una patada al payaso Ronald McDonald vez que lo veo). Hoy McDonalds es comida chatarra, otra cadena de comida rápida más, pero no siempre fue así; tal y como vemos en Hambre de Poder (The Founder) de John Lee Hancock, hubo una época en que lo que hacían era algo novedoso, hasta revolucionario.

 

 

McDonalds nació de los hermanos del mismo nombre, Mac y Dick, dos tipos sencillos de California que en los años 50 manejaban un local de hamburguesas al paso. Sin mesas, sin cubiertos, sin nada que uno asocie con un restaurante tradicional, perfeccionaron un estilo de preparación que apuntaba a la eficiencia por sobre todo lo demás, sin sacrificar la calidad de los alimentos. Y les estaba yendo de lo más bien hasta que Ray Kroc visitó su local.

Kroc es aquí un oportunista, un tiburón de saco y corbata que se asoció con los hermanos al ver el potencial de su local como una franquicia. Y al hacerlo famoso a nivel nacional, popularizando el concepto de “comida rápida” hasta convertirlo en algo cotidiano, terminó traicionando a dos hermanos que no estaban preparados para meterse de lleno en el mundo de los negocios. Kroc era, al menos según esta película, una rata que le robó la idea a dos inocentes y los dejó sin nada.

Pero, de cierta manera, es alguien a quien se puede admirar y no sólo por estar interpretado por el gran Michael Keaton (es una gran alegría ver a este sólido actor recibiendo buenos papeles otra vez; los días de darle voz a un muñeco de nieve han quedado atrás). Kroc es alguien que vio una oportunidad donde nadie más lo hizo y supo aprovecharla. Tuvo la ambición suficiente para convertir a McDonalds en el gigante que es hoy y todo porque supo jugar el juego y ganar. Los hermanos no tenían esta ambición o no sabían cómo ponerla en marcha; eran sólo dos tipos sencillos que servían hamburguesas y de haber continuado, no habrían pasado de uno o dos locales y McDs no se hubiese convertido en lo que hoy se considera, tal y como la llama Kroc, la nueva Iglesia norteamericana.

A ratos esta película parece un curso de marketing, de cómo tomar una marca y convertirla en algo reconocible a nivel mundial. Pero hay que reconocerle el poder partir de una premisa aburrida sobre el papel y convertirla en una historia interesante sobre lo difícil que es navegar el mundo de los negocios; a veces, para lograr grandes cosas y cambiar el mundo, se tiene que dejar atrás a algunos y pasar por encima de otros, una lección que figuras como Ray Kroc, Steve Jobs o Mark Zuckerberg aprendieron de sobra.

Hay toda una historia detrás de McDonalds que aquella placa con la cara sonriente del fundador que uno ve cada vez que va a uno de sus locales (al menos en Estados Unidos) no dice y que Hambre de Poder nos cuenta; una muy parecida a la de todos los grandes negocios, en todas partes del mundo. La comida puede ser de lo peor (aunque de seguro a algunos se les esté antojando una Big Mac en este momento), pero hay que reconocer que no todas las marcas tienen el reconocimiento global de esta.

 

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