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Apuntes al Vuelo

junio 24, 2017

 

 

Breve reflexión escrita en una libreta de notas en un gélido parque en pleno invierno limeño. Todo es opinión mía, claro; y es un tema que se irá desarrollando de a pocos. Este es un primer intento de explicar qué es el cine para mí y porque soy tan obsesivo con él.

 

¿Por qué me gusta el cine? Pregunta sencilla, directa, pero con un sinfín de respuestas. Más fácil y oportuno sería decir, ¿Qué es el cine para mí?

Ante todo, el cine es entretenimiento.

Hora y media, dos horas, tres horas que te permiten escapar de la realidad y (aunque suene a gigantesco cliché) dejarte llevar por la fantasía. El cine es otro medio para contar historias, así como la literatura o incluso la música.

Así como un buen libro hace que pases las páginas compulsivamente hasta terminar, una buena película debe hacer que te quedes sentado las dos horas (o tres, u hora y media… bueno, se entiende), dándole toda tu atención. Entretenimiento, en otras palabras.

Es aún mejor cuando una película te afecta emocionalmente, en un nivel más profundo. Cuando te hace llorar como niña. Cuando te hace reír tanto que te empiezan a doler los costados y te quedas sin voz. Cuando te pone tan tenso que te olvidas hasta de respirar. Cuando te hace sudar frío del miedo. Cuando te hace celebrar un triunfo. Cuando te una tremenda inyección de adrenalina y tienes ganas de hacerle una llave de judo a algún maleante, o hacer parkour por los techos.

También están esas películas que te cuentan algo que no sabías, que te presentan otras culturas y realidades que, sentado en tu butaca, ignorabas. Las que te hacen tomar conciencia de temas mayores, serios, películas que ni a balas volverías a ver pero se te quedaron grabadas a fuego (que gran película es Requiém por un Sueño, que genio maldito es Darren Aronofsky, que manera tan cruda y directa de condenar la adicción a las drogas, muestrala en el Centro Victoria y al toque se limpian todos, de todas maneras está en mi Top 100 de la vida y nunca pienso volverla a ver).

No hay nada mejor que una película logre generarte todo esto; es lo que separa a una más del montón, que sirve para pasar el rato y no limitarse a mirar el techo y no mucho más, de una película verdaderamente  buena, notable. Y es aquí cuando te das cuenta de que estos filmes imprescindibles son muy pocos.

Lo cierto también es que todo lo mencionado es un plus; es algo que el guionista va descubriendo mientras escribe, que el cineasta descubre mientras filma y que el espectador descubre mientras la ve. Una película parte – o debería partir – con el simple propósito de entretener, de contar una historia. Nada más sencillo, nada más humilde.

Si vas a hacer una película, no empieces pensando en los premios de festivales, o en los sesudos ensayos que van a escribir los entendidos sobre tu gran aporte a las artes. no te preocupes por gustarle a los críticos. Ni siquiera te preocupes por la taquilla, o el número de salas que te van a dar. Antes que nada, cuenta una buena historia. Es un buen punto donde empezar.

Porque no importa cuantos trofeos tengas, o cuantos te hayan puesto en su lista de las Mejores del Año; si tu película hace que le ponga pausa al DVD a los veinte minutos para ver cuanto tiempo le queda, o me hace querer ver mi reloj en la sala de cine (y no uso reloj), algo has hecho mal durante todo el proceso.

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