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La Casa de Lars

abril 19, 2019

El cine, dentro de sus muchas interpretaciones, es catarsis. No sólo para el público (esa idea de querer escapar de tus problemas por dos horas), sino también para los realizadores, que utilizan su trabajo para expresar sus ideas, su manera de ser, su propia vida y así poder desahogarse. Hace un par de años, un enigma como lo fue Mother! dejó al descubierto el proceso creativo de Darren Aronofsky, al mismo tiempo poniendo en pantalla sus rollos personales y dejando a todo el mundo ver el tamaño del ego de este gran artista “torturado” (aunque todo depende cual de todas las 542 interpretaciones de esa película uno decida creer; desde “reinterpretación de la Biblia” pasando por “hierba de la buena” hasta “mensaje ecológico”, todas se aplican).

 

 

Lars von Trier realiza algo parecido en La Casa que Jack Construyó, mostrándose tal cual es. Pero el danés no pide que lo comprendan, ni mucho menos. En realidad, eso parece importarle poco y nada.

El consenso popular sobre Lars von Trier parece ser: buen cineasta, desastre como persona. Un tipo neurótico, depresivo, pretencioso, lleno de fobias (conocida es su aversión a volar, por lo que nunca sale de Europa), con una visión pesimista de la humanidad en general. Enfermo de perfeccionista – basta con ver el documental Las Cinco Obstrucciones, donde casi vuelve loco a su colega y mentor Jorgen Leth con sus exigencias para un experimento fílmico emprendido por ambos – y misógino, lo que le ha valido acusaciones de abuso por parte de sus actrices, como es el caso de Bjork, que quedó tan perturbada en el rodaje de Bailando en la Oscuridad que prometió nunca más volver a actuar; una pena haberse perdido su desarrollo como actriz por culpa del danés.

Von Trier es además un provocador nato; sus películas están hechas para incomodar, pensadas más como pruebas de resistencia que como filmes “disfrutables”, para ver cuánto puede aguantar el público antes de ponerse de pie y huir; para el director, esto es seguramente un cumplido. El danés disfruta de la controversia; inolvidables sus comentarios pro-Hitler en el Festival de Cannes de 2011, lo que le valió ser vetado del evento por seis años. Todo eso y más queda al descubierto en su nuevo filme, que es a la vez una cinta de serial killers, una confesión y un retrato de su a ratos demencial proceso creativo.

 

 

Es la historia de Jack (Matt Dillon metiéndose de lleno en el papel de un sociópata), un asesino en serie relatando cinco episodios en su larga carrera cobrando víctimas. Jack es arrogante, tiene OCD y ve sus macabros asesinatos como incomprendidas y magníficas obras de arte, en las cuales siempre busca la perfección absoluta. Sus víctimas casi siempre son mujeres y para Jack, matar es apenas una expresión de sí mismo, un arte superior; y todo aquel que no lo asume como tal es ignorante, un inferior. No hay que pensar mucho para darse cuenta a quien representa Jack.

En un principio, pareciera que von Trier está usando esta película para pedir disculpas por la controversia acumulada durante años, o por lo menos intentar que uno comprenda por qué hace las cosas como las hace. Pero rápidamente se convierte en una defensa, una justificación no sólo de su cine sino también de sus actitudes. Cuando Verge (interpretado por el fallecido Bruno Ganz en lo que sería su último papel), su interlocutor invisible, le enrostra su afán de querer pintar a todos como idiotas, o su preferencia por víctimas femeninas, Jack  – y por extensión su director – lo justifica de tal manera que no hará que von Trier gane muchos adeptos.

Al final, cuando a Jack se le ofrece la oportunidad de cambiar, de siquiera intentar encontrar la salvación, él prefiere obedecer a su propio ego y permanecer en el fondo. De la misma manera, Lars parece aceptar su condición de director maldito y va a seguir haciendo el mismo cine sin concesiones, aunque esto signifique ser condenado por todos y permanecer siempre en el infierno que él mismo se ha creado.

La Casa que Jack Construyó, como casi todas las películas del danés, no se disfruta como tal: es oscura, es incómodamente brutal, es pretenciosa – pero pocos directores optan por exponerse en pantalla de esta manera; y son aún menos los que se atreven a comparar su arte con genocidios. Puede que Lars se esté burlando de todo el mundo, fiel a su estilo. Pero lo cierto es que este es un profundo viaje dentro de la psiquis de un director muy particular y perturbado, un autoretrato de Lars von Trier que no deja de ser de interés.

 

 

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