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Comodín

octubre 8, 2019

 

 

Joker, de Todd Phillips, promete contar los orígenes del archienemigo de Batman, el “Payaso del Crimen”; un personaje que siempre ha sido un misterio, un enigma cuyos orígenes son desconocidos. Es el caos personificado, una fuerza de la naturaleza. Esta película es un intento por contar su historia dentro de un contexto más realista, con un pie metido en nuestra realidad y otro en el universo de fantasía que lo vio nacer.

El Guasón en este caso es Arthur Fleck (Joaquín Phoenix, en una demoledora actuación tan impactante que te hace cuestionar si el actor no tendrá algún desequilibrio en la vida real), un loser, fracasado y patético aspirante a cómico stand-up que se gana la vida de payaso triste mientras cuida de una madre enferma. Es principios de los 80 y Arthur recorre cabizbajo una Ciudad Gótica bastante parecida a la Nueva York de la época, antes de ser la gran metrópolis multicultural que es hoy: un nido de ratas lleno de delincuencia, con basura acumulada en las calles, un persistente olor a orina y los vagones del metro llenos de pintas. Las mismas calles que recorría Travis Bickle en su taxi, un testigo privilegiado de la decadencia urbana, las mismas que alguna vez abrumaron al inocente vaquero Joe Buck en Midnight Cowboy, o donde Frank Serpico combatió la corrupción policíaca poniendo en riesgo su propia vida, o por donde tuvieron que huir The Warriors para llegar a su refugio de Coney Island. Esta cinta bebe más del cine setentero que de las historietas mismas y las referencias están ahí para quien las quiera buscar.

Arthur Fleck es sometido a una humillación tras otra, hasta que estalla y su ya bastante frágil psiquis se va al tacho, emprendiendo un recorrido de muerte y anarquía que más adelante lo enfrentarán cara a cara con otro tipo psicológicamente dañado disfrazado de murciélago. Esto último, eso sí, es secundario; si bien la película incluye elementos del celebrado superhéroe, no es una “película de Batman” y fácilmente pudo tratarse sobre cualquier psicópata en potencia vestido de payaso; esto por el incómodo nivel de realismo que puede alcanzar.

Una vez que Arthur empieza a perder contacto con la realidad, el filme de Phillips nos sumerge en un dilema moral bastante complejo: una parte nuestra quiere tener simpatía por Arthur, darle la razón debido a las injusticias, protestar en contra de un sistema que lo ha abandonado; pero en el fondo sabemos que eso es cuestionable, que el tipo no es un producto de su ambiente como tantas veces se suele decir, él ya era así y el entorno no tiene nada que ver y nada justifica sus irracionales acciones. Cuando un Robert De Niro en modo de anfitrión late night, con su siempre eficiente cara de avinagrado fastidio le increpa esto, Arthur no tiene respuesta, sólo se limita a lloriquear y a decir “nadie me quiere” sin asumir que él es parte del problema.

Esto es un reflejo de tantas sociedades, particularmente la norteamericana, sumergida como está en constantes tiroteos y muertes sin sentido; cuando hay una crisis, es necesario buscar culpables y resulta más fácil responsabilizar a terceros – “ay,  es la música, las películas violentas, la ropa negra, los tatuajes” y un largo etcétera – que ver el problema real, el de fondo y solucionarlo. De ahí a que uno se cuestione si celebrar a este payaso dañado – ya más de uno debe tener listo su próximo disfraz de Halloween – es lo correcto o si sólo obedece al morbo que tenemos todos.

Joker es un descenso a la locura, el colapso psicológico de un hombre que ya se encuentra al borde; Phoenix se sumerge de lleno en un personaje intenso y desagradable, apareciendo en todas las escenas y opacando de tal manera al resto que se convierte en el eje de todo el film. Va más allá de ser el enemigo de un superhéroe; podría ser cualquier persona con la que te cruzas en la calle, este disfrazado de payaso o no.

No se trata de una película “basada en un cómic”. Hay elementos de esto para los fans; un giro algo ambiguo le da fuerza a esa popular idea de que Batman y el Guasón son dos caras de la misma moneda, el yin y el yang, ambos víctimas de la locura que no existirían sin el otro, pero esto es secundario. Tachar a Joker de ser otra película de historietas es no darle el crédito suficiente. Es un drama que trasciende el género que se le ha impuesto para hablar de otros temas, algunos incómodamente cercanos a la realidad.

 

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