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Mentalidad Televisiva II

 

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Continúa de la primera parte…

 

Creada por Vince Gilligan, Breaking Bad es la historia de Walter White, un profesor de secundaria convertido en capo de la droga cuando descubre que tiene cáncer. Lo que empieza como una comedia negra con el inofensivo, correcto e inoperante Walter y su inútil ex alumno drogadicto Jesse Pinkman inmersos en un peligroso mundo que no conocen, se convierte en una oscura tragedia digna de Tony Montana. Walter adquiere poder y deja aflorar al frío y calculador capo que siempre llevó dentro; su aparatosa caída es inevitable. Un drama lleno de giros inesperados que descubrió el talento escondido del gran Bryan Cranston, quien pagó piso apareciendo en todas las series y películas habidas y por haber desde los 80s, siempre en papeles chicos. Antes de BB, era más conocido como el papá tarado de Malcolm in the Middle y aquí se reinventó  como el hombre de familia metido a intimidante émulo de Pablo Escobar; desde entonces, es una sólida presencia dondequiera que aparezca. Vi Breaking Bad en un mes y desde entonces, es recomendación fija para cualquiera que pregunte “¿Qué veo ahora?”.

Lo mismo para su inesperadamente genial spinoff, Better Call Saul, que se centra en el abogado de Walter, Saul Goodman (“It’s all good, man!”), quien detrás de su estrafalaria pinta de payaso arrepentido, se sabe todos los trucos de la profesión. Esta nueva serie relata su transformación de Jimmy McGill – un vivo que aún así sólo quiere hacer el bien – al inescrupuloso leguleyo Saul, el abogado de los bajos fondos. En dos temporadas, esta historia se ha convertido en otra gran tragedia, especialmente en lo que respecta a la relación de Jimmy con su hermano Chuck, un manipulador nato que se ha mostrado como el peor villano de todos. Aunque repleta de referencias a su antecesora, BCS funciona por sí sola como un gran drama.

De la desértica Alburquerque nos vamos al mágico mundo medieval de Westeros. Desde su debut hace seis años, Game of Thrones se ha convertido en parte esencial de la cultura pop actual, la serie que todos comentan semana a semana y que nadie quiere que le espoileen en redes sociales, famosa por sus momentos chocantes (Sólo basta con decir “Boda Roja” para que a un fan le den escalofríos). Es una delicia ver un mundo de fantasía donde todos se apuñalan por la espalda y tejen intrigas, sólo para poder ocupar el Trono de Hierro; esta serie ha demostrado que se pueden hacer historias fantásticas con magia y dragones para un público adulto. Este año, luego de una quinta temporada lenta y donde parecía no sucedió mucho, GoT pisó el acelerador: Cersei Lannister se vengó de todos, descubrimos por qué Hodor sólo dice “Hodor” (Maldita puerta) y la Batalla de los Bastardos nos regaló un combate épico al mejor estilo de Corazón Valiente (William Wallace, vete a casa). Todo queda listo para los 13 capítulos finales y desde ya corren las apuestas sobre quien ocupará el Trono. ¿Será Daenerys Targaryen, la Reina de Dragones (y un sinfín de títulos honoríficos más que necesitarían un párrafo aparte)? ¿O Jon Snow, el torturado emo que sigue sin saber mucho? ¿O hasta Tyrion Lannister, el enano que se ha vuelto un ídolo de multitudes? Habrá que ver… lo cierto es que Game of Thrones ya se ganó un lugar en el imaginario colectivo.

 

 

Mi afición por los zombies también me ha vuelto otro incauto que sigue, semana a semana, las aventuras de Rick Grimes y el resto de los sobrevivientes post-apocalipticos de The Walking Dead, la historia de muertos vivientes que nunca termina y que ha contribuido a que los cadáveres ambulatorios se vuelvan mainstream (ya todos se han olvidado que se trata de monstruos que comen cerebros). Una serie que juega a la ruleta rusa con las vidas de sus personajes y que de cuando en cuando le falta el respeto al espectador con trucos sucios para conseguir más rating – esperar tres capítulos para confirmar que sí se puede sobrevivir a una horda de zombies escondiéndose debajo de un basurero, o reventar a alguien a batazos y hacernos esperar medio año para saber quién fue la víctima – pero a la que uno no puede evitar estar pegado. Y aunque recibió una inyección de energía esta temporada al introducir al personaje de Negan, el sociópata que se inclina hacia atrás cada vez que habla y no puede decir nada sin antes soltar un colorido y extenso monólogo que dejaría chico a Adal Ramones, lo que esta serie pide a gritos es un norte, una meta, un propósito, más allá del consabido refrán de “los humanos somos el verdadero peligro”. De lo contrario, se reduce a esperar que muera alguien de manera cruel y todo lo demás es relleno. TWD tiene altibajos, pero de vez en cuando cumple con chocar y hasta hacerte soltar una lágrima.

 

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Narcos, de Netflix, ha demostrado a lo largo de dos temporadas que si de horrores se trata, cualquier monstruo de fantasía queda chico frente a lo real. Una crónica sobre cómo el Cartel de Medellín tuvo en jaque a todo Colombia en los años 80 y principios de los 90, nos presenta a un Pablo Escobar sin ningún escrúpulo, un tipo que se sabía intocable. Como toda persona acostumbrada a tenerlo todo y que se haga siempre lo que él quiere, inevitablemente tuvo su caída, abatido a balazos huyendo de la policía sobre los techos, luego de que su imperio de cocaína se derrumbara. Anteriormente, la  serie colombiana El Patrón del Mal ahondó más en la historia de Escobar, con un genial Andrés Parra poniéndose en la piel del capo. Dejando de lado algunos edulcorados momentos de telenovela, la serie fue tremendamente efectiva en retratar una oscura aunque importante etapa en la historia del país cafetero. Narcos aborda el tema desde el punto de vista de la DEA y los dos agentes que se enfrentaron al cartel, lo que limita su enfoque. No entra tanto en detalle cómo su antecesora, pero resulta una sólida crónica policial que además le ha dado trabajo a un buen número de directores y actores latinoamericanos. Palmas para el brasileño Wagner Moura; a pesar de que resulta muy obvio que el español no es su lengua materna, logra meterse de lleno en el personaje de Escobar, captando su frialdad y facilidad para intimidar.

 

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Una serie que no mira al pasado es Mr. Robot; en estos tiempos de dependencia tecnológica, de Anonymous, de protestas y de descontento social generalizado, esta alucinada historia sobre un hacker resulta más que actual. Desde su primera temporada, la serie nos ha puesto en los zapatos de Elliot Alderson – genial el trabajo del egipcio Rami Malek, el de la mirada a lo Mesut Ozil y a quien pronto veremos interpretando a Freddie Mercury en un biopic – un maestro computín, socialmente limitado, levemente autista y bastante dañado que cuestiona su propia realidad. Vemos el mundo desde el filtro de su protagonista y como todo buen proyecto que altera la realidad (mindfuck, como se les suele llamar), pronto no sabemos que es real y que es producto de la paranoica imaginación de Elliot, dando como resultados unos giros que hacen a uno caer de espaldas. Mr. Robot es un tecno thriller lleno de misterios aún por revelar y que logra lo imposible, hacer tolerable a Christian Slater.

Al igual que en el cine, los superhéroes también están dominando la televisión. Marvel siguió ampliando su cada vez más masivo universo, primero con Daredevil, oscura serie sobre el vigilante ciego con niveles de seriedad y violencia que sus pares fílmicos nunca se permitirían. La productora ha sido criticada más de una vez por malgastar a buenos actores en descoloridos papeles de villano, con el Loki de Tom Hiddleston la única excepción; sumen al Wilson Fisk de Vincent D’Onofrio a esa corta lista. La segunda temporada introdujo además a Frank Castle, alias Punisher, al fin dándonos una interpretación digna del ex militar convertido en máquina de matar, tras tres fallidos intentos en la gran pantalla.

 

 

A Daredevil le siguieron Jessica Jones y este año, Luke Cage, que ganó puntos al enfocarse en la comunidad afroamericana de Harlem, sus costumbres y su cultura pero que no termina de cuajar cuando uno se da cuenta que Luke, un ropero de casi dos metros con fuerza sobrehumana y piel irrompible, es prácticamente inmortal y podría resolver todo conflicto en cuestión de segundos en vez de 13 capítulos. El próximo año llega el maestro de artes marciales Iron Fist y  Marvel, fiel a su fórmula, parece estar a punto de explotar al querer abarcar demasiado.

Mientras DC, el eterno rival, sigue metiendo la pata hasta el fondo en la gran pantalla luego de aquel innombrable desperdicio que fue Escuadrón Suicida, han logrado construir un simpático universo de superhéroes en la pantalla chica. Arrow era muy parecido a otras series de la cadena juvenil CW como para tomarla en serio – actores físicamente perfectos sacados de un catálogo, drama cebollero digno de telenovela – pero Flash ha funcionado al lograr el balance perfecto entre el drama y lo netamente ridículo; es una representación perfecta de lo que debería ser un cómic en la pantalla, aventuras entretenidas que no se toman demasiado en serio y que sirven para pasar el rato. Y todo a pesar de que el velocista de rojo tiene tal vez los enemigos más inútiles de todo el medio el cómic, teniendo sus puntos más bajos en la chica que controla a un enjambre de abejas robot por computadora o el monstruo al estilo Cloverfield que resulta ser un holograma creado por un gordito nerd y virgen.

 

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Este año, la CW estrenó Legends of Tomorrow, reuniendo a un grupo de héroes de quinta categoría y dándoles su momento de gloria en un sinfín de aventuras a través del tiempo; una serie ligera y despreocupada que funciona mucho mejor de lo que debería. DC está haciendo agua llevando a la Liga de la Justicia al cine, pero parecen estar dominando la pantalla chica.

Muchas series y muy poco tiempo; lo cierto es que la pantalla chica tiene mucho que ofrecer para los que piensan que el cine no está innovando lo suficiente. Antes de lanzarme a hacer una tercera parte para explicar que Stranger Things es una joya, como Los Goonies hecha por John Carpenter, un tributo al cine de los 80s que nos dará nostalgia por las épocas de E.T. y John Hughes, recuerdo que las trilogías casi nunca resultan bien, así que detendré este texto aquí. Como dice un columnista de un diario local: apago el televisor.

Mentalidad Televisiva I

 

Watching TV in dark

 

Mi intención en estos últimos días del 2016 era ponerme al día con las películas que no he visto en el año; en vez de eso, me he quedado pegado viendo la serie inglesa Black Mirror, una torcida y delirante antología que en cada capítulo nos lanza a la cara los peligros latentes de un mundo cada vez más dependiente en la tecnología. Ya sea con una situación límite que involucra actos impuros con un animal de granja, o con la pena capital convertida en un sádico parque de diversiones, esta serie critica todo lo que está podrido en nuestra sociedad actual con ese fino humor negro que los ingleses han sabido perfeccionar; “me rayó el cerebro” es una frase común, pero se aplica a cada capítulo de esta notable serie.

La televisión, que duda cabe, está pasando por su mejor momento; además de las series que se dejan ver semana a semana por la caja boba, los servicios de streaming como Amazon, Hulu o, el papi de todos, Netflix – que ha estrenado hasta 40 series en cuatro años – han ampliado una oferta que abarca mucho más que las típicas historias de detectives, médicos y abogados.

La tele de hoy no tiene nada que envidiarle a Hollywood, y la Fábrica de Sueños está sintiendo el golpe; mientras los estudios se la pasan filmando secuelas, remakes y blockbusters especialmente diseñados para el público asiático y su caritativa billetera, todo el talento está migrando hacia la caja chica. David Fincher creó el drama político House of Cards, con un inmejorable Kevin Spacey haciendo lo que mejor le sale: ser un bastardo sin escrúpulos. Mientras tanto, fans de todos los países (incluyendo el nuestro, claro está) se han apurado en afirmar que las intrigas del inmoral Frank Underwood son un fiel y triste reflejo de su sistema político.

 

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Steven Soderbergh salió de su auto-impuesto retiro para crear The Knick, una serie de época sobre doctores ingleses. Martin Scorsese lleva dos series en su haber, la saga gangsteril Boardwalk Empire y más recientemente – y con mucha menor fortuna – Vinyl, ambientada en los años 70s y con harto sexo, drogas y rocanrol. Hasta un tipo tan huraño e inamovible en sus ideas como Woody Allen quiso experimentar y entregó este año Crisis in Six Scenes, miniserie que no gustó a casi nadie; fiel a sus varias neurosis, el neoyorquino aseguró que todo había sido una estresante pérdida de tiempo y estaba más cómodo en su acostumbrado ritmo de una película por año.

Incluso varias sagas fílmicas han hecho el salto a la pantalla chica, con diferentes resultados. Hannibal Lecter tuvo su propia serie de tres temporadas y quien mejor que el genial actor danés Mads Mikkelsen para ponerse en los zapatos de Anthony Hopkins; muchos fans siguen llorando su temprana cancelación. Bates Motel nos muestra la infancia del futuro asesino y voyerista hijito de mamá creado por Alfred Hitchcock, aunque la decisión de ambientarla en la actualidad resulta bastante extraña; ver a Norman Bates tomándose selfies no termina de cuadrar. Otros filmes convertidos en series (y antes que un malhablado me diga que me sobra el tiempo, no he visto todas) incluyen 12 Monos, La Profecía (llamada Damien, aunque esa no la vio nadie), El Exorcista, El Transportador (si no vas a poner a Jason Statham ni lo intentes), Del Crepúsculo al Amanecer, Rush Hour (de nuevo, sin Jackie Chan y Chris Tucker no eres nada), Arma Mortal (reemplazar a Mel Gibson y Danny Glover debería considerarse pecado) y Westworld, la nueva joya de HBO, pioneros en series.

 

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Un remake de la cinta de Michael Crichton sobre los robots de un parque de diversiones futuristas que se rebelan contra los humanos (que dio pie a uno de los mejores capítulos de los Simpsons, cuando van a la Tierra de Tomy y Daly), esta supera con creces a su antecesora al ampliar su concepto y universo. Además de jugar con los típicos clichés del western, la serie se convierte en una reflexión acerca de las máquinas y su búsqueda de autonomía y pensamiento propio. Densa, enredada y repleta de intrigantes conceptos, Westworld le pide paciencia de santo al espectador; pero al término de su primera temporada, habrá valido la pena, en gran parte gracias a un reparto por el que cualquier director de cine mataría, que incluye al mencionado Hopkins, Jeffrey “Peoples Hernández” Wright y el siempre genial Ed Harris, entre otros.

La televisión también le ha dado una segunda oportunidad a estrellas de Hollywood caídas en desgracia. Cuba Gooding Jr., ganador del Oscar a Mejor Actor de Reparto en 1996 por gritar “Show me the money” repetidas veces en Jerry Maguire, se encontraba hasta hace poco en el infierno del directo-al-video, con una seguidilla de thrillers olvidables; no estaba filmando películas baratas en algún lejano país de Europa del Este como otras luminarias, pero estaba peligrosamente cerca. Sin embargo, sus bonos renacieron este año cual Ave Fénix gracias a American Crime Story, donde interpretó al ex estrella de futbol americano convertido en asesino O.J. Simpson, una de las personas más odiadas del País del Norte (detrás de Donald Trump, claro). A pesar de no parecerse en nada a la persona real, Cuba demostró que su talento da para más que ser el segundón de una manada de perros husky (véase Snow Dogs, o mejor no).

Acompañando a Gooding Jr. está John Travolta, quien cada vez más se asemeja a un muñeco de cera y a quien era casi imposible de tomar en serio. Pero el actor logra superar un maquillaje algo ridículo para interpretar con solvencia al abogado Robert Shapiro, un tiburón de saco y corbata; así, el recordado Tony Manero vio renacer su carrera por segunda vez. ACS recrea con fidelidad el llamado “Trial of the Century” que tuvo en vilo a todo un país. Cuando el caso dejó de tratarse de dos asesinatos a sangre fría para concentrarse en un estúpido tema racial, se convirtió en un circo mediático sin precedentes. Esta notable miniserie no escatima en detalles, retratando una injusticia que te hace querer patear el televisor; más de 20 años después, el veredicto que dejó en libertad a Simpson a pesar de toda la evidencia en su contra es indignante; menos mal que hoy, esta escoria humana ya se encuentra tras las rejas. Como tantas otras series, ACS ha permitido descubrir (o en algunos casos, redescubrir) a  buenos talentos, como es el caso de Courtney B. Vance (como el teatrero Johnnie Cochran) o Sarah Paulson, que de ser esa cara conocida que siempre sale fumando en papeles secundarios, se muestra como una actriz de cuidado en el papel de la sufrida y maltratada fiscal Marcia Clark.

 

 

Con todo esto, Hollywood se encuentra perdiendo piso frente a la televisión; mientras tanto, los espectadores están siendo engreídos con un sinfín de opciones, tal vez demasiadas – no hay manera de ver todo lo que está disponible, por lo que hay que seleccionar con pinzas. Lo cierto es que cada vez más, la gente está optando por quedarse en el sillón en vez de ir a sentarse en una butaca. Y yo, que solía afirmar que no veía nada de televisión, he caído redondo, aún si me veo forzado a ver casi todo en la pantalla de la laptop. Y esta conversión a las series se la debo sólo a aquella joyita llamada Breaking Bad.

 

Continuará…

Doblar o No Doblar

 

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Hoy se estrena Moana, la más reciente superproducción de Disney y otro intento del estudio en presentar historias más progresistas y étnicamente diversas. Como era de esperarse, todas las funciones son dobladas al español, por lo que no podremos escuchar las voces originales de la debutante Auli’i Cravalho o La Roca, interpretando un papel basado en sus propios orígenes polinésicos. Lo mismo para las canciones de Lin-Manuel Miranda, la nueva sensación del mundo teatral estadounidense que está en boca de todos y no sólo porque le dijo un par de cosas al vicepresidente de Donald Trump en una función.

No debería ser un problema; Disney lleva siglos sin variar su fórmula y esta es otra bienintencionada historia que se puede seguir sin problemas; además, la animación es tan detallada y realista que puede dejar a uno con la boca abierta aun siendo una película muda.

Es una pena que ya no podamos contar con versiones subtituladas de estas películas, pero no debería sorprender; ya se ha vuelto costumbre que todos los filmes infantiles lleguen a nuestras salas en su versión en español, porque los niños pueden perder la paciencia teniendo que mirar seguido las letritas en la parte baja de la pantalla (“¡Ya pues, papi, ya me hacen leer cosas aburridas en el cole!”). Hace bastante tiempo, tuve la suerte de ver Shrek subtitulada en el cine El Pacífico y conforme pasan los años, me convenzo más de que se trató de un espejismo.

El problema está cuando el doblaje también empieza a abarcar todas las películas que llegan a nuestras salas, sean infantiles o no; hace tiempo, escribí una carta de protesta (que nunca mandé a ningún lado y sólo leyeron cuatro gatos, pero valía la intención), publicada en este mismo blog, porque sólo cinco salas en toda la ciudad estrenaron Iron Man 3 en versión subtitulada y sin el costo adicional de los pesados lentes 3D. El blockbuster de Marvel pudo haber estado en chino, portugués o sánscrito e igual hubiese sido una decepción, es cierto; pero el que no le hayan dado al espectador otra opción más que verla doblada, era una ofensa. Tres años después, esa mala costumbre sigue e incluso está empeorando cada vez más.

Si bien gran parte del público no tiene problema con los doblajes, existen muchos que prefieren ver la película en su idioma original;  y es que por más buenas que sean tus voces en español, inevitablemente algo de la magia se pierde en la traducción. O será que en el fondo tememos que el doblaje – la gran mayoría de las veces hecho en México – se ponga muy localista y llene la película de “gueys”, “chidos” y “pinches”. No pretendo ofender a ese país, pero basta un poco de jerga local para romper completamente la inmersión. Prueben ver una película como The Hangover 2 – que de por sí es sólo regular – doblada al español y se encontrarán con una experiencia surreal y hasta incómoda.

 

 

Ni siquiera el Perú se salva de esto, porque a partir de este año algunas películas están siendo dobladas en casa, como es el caso de El Aro vs. La Maldición, el gran enfrentamiento entre los dos clichés de terror japoneses, que no vi, pero estoy seguro que bastaba con unos cuantos carajos para que el espectador se desconecte de todo. Esto también explica porque en la cinta animada española Los Súper Agentes Locos tenemos a un villano pelirrojo, de ojos virolos y nariz deforme llamado Jimmy el Cachondo hablando como Melcochita y soltando sus acostumbrados y coloridos insultos.

 

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Tanto el doblaje como el subtitulado son opciones para el espectador; pero cada vez más, están siendo dejada de lado. El querer obligar a todos a ver las películas dobladas es una falta de respeto hacia el espectador, así como asumir que sólo los cines de los barrios “de clase alta”, como se les dice, se merecen copias subtituladas (aunque esto da pie a toda una discusión de desigualdad social en la que prefiero no ahondar). No estamos aún al nivel de España, que dobla absolutamente todo al castellano, a veces con resultados hilarantes – nos han dado joyas como A Todo Gas, La Salchicha Peleona, Un Canguro Superduro, Tu Madre se Comió a Mi Perro y un larguísimo etcétera – pero estamos peligrosamente cerca.

Sin embargo y a pesar de la situación, hay que admitir que hay películas que sí merecen verse dobladas. Así como algunos nunca han visto Los Simpsons en su idioma original y ya se acostumbraron a las voces de Humberto Vélez y compañía como las reales – al menos hasta que las reemplazaron por unas más chillonas e insoportables – este humilde redactor ya se ha acostumbrado a ver ciertas películas en español. La Historia sin Fin es un clásico de la infancia y con un lugar reservado en mi Top 20 de todos los tiempos, pero nunca la he visto en su idioma original, ni tampoco quiero. Como olvidar también las noches de Cine Millonario riendo con los doblajes de Robocop (“¡Trabajo para Dick Jones!”), Depredador (“¡Se lo llevó la jungla!”) o Comando, donde las frases para el bronce del gran Arnoldo se convierten en algo inolvidable.

 

 

Así como yo decidí ver estas películas en determinado idioma, el ver una película subtitulada o doblada debería ser opción del espectador, pero a veces no se les otorga; y por esto, las distribuidoras se merecen un buen jalón de orejas. Seguramente La Roca no debe cantar bien, pero al menos nos podrían dar la opción de comprobarlo.

Cine Sobre Cine

 

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Solos de Joanna Lombardi es una road movie, de esas donde – esto es una frase conocida pero se aplica – el viaje importa más que el destino. Pero también es un oportuno comentario sobre el estado actual del cine peruano y las dificultades que enfrenta en su eterna batalla para encontrar un espacio en nuestra cada vez más abultada – y a veces limitada – cartelera.

Diego Lombardi, Wendy Vásquez, Rodrigo Palacios y Alberto Rojas Apel interpretan a unas versiones ficticias de sí mismos (o al menos eso se debe entender, porque usan los mismos nombres), cuatro cineastas que, provistos de una pantalla inflable, equipos, una camioneta y una paciencia de santo, viajan por la sierra y selva proyectando su película en los pueblos remotos. El film – que nunca vemos – fue un fracaso, los cines de la capital les han cerrado las puertas y no queda otra que irse de gira y encontrar un público.

Esta situación será tristemente conocida por más de un cineasta local que ha tenido dificultades para encontrar un espacio en salas, o siquiera para poder durar más de una semana sin que los manden a mudar; y es que el cine peruano en este momento se encuentra explotando una veta comercial que no deja mucho lugar para otro tipo de propuestas. Lo ideal sería que los proyectos hechos específicamente para ganar en taquilla puedan coexistir con películas más personales, de autor; después de todo, ambas son válidas. En este caso, aún no hemos alcanzado ese equilibrio – pero ese ya es tema para otro texto.

Solos reflexiona sobre esta situación y, por esas cuestiones del destino que sólo entienden nuestros Seres Supremos, termina comentando su propia situación luego de que algunos cines la removieran de circulación tras apenas un día de estreno. Por ello, va a ser imposible divorciar el filme de la controversia. Termina siendo una película que casi nadie fue a ver… sobre una película que casi nadie fue a ver. Todo un ejercicio metatextual que tal vez no se proponían, pero que le da al proyecto otra dimensión.

El maltrato hacia el segundo filme de Lombardi es, en todo caso, una gran injusticia, ya que se trata de una propuesta interesante. Como toda road movie, no tiene un destino trazado; es una serie de viñetas donde vemos a cuatro amigos viajando por carretera y conversando sobre el cine, la vida, o simplemente tonteando. Este aire improvisado y relajado le da a todo gran naturalidad, algo que podría poner a prueba la paciencia de varios (a juzgar por la pareja en el cine que lo consideró un buen momento para ponerse a conversar a gritos). Ciertamente, un filme que dedica una escena de más de diez minutos a sus personajes detallando uno de esos juegos sencillos que aparecen en todos los viajes de carretera para paliar el aburrimiento (“Con quien cruzo el puente”, “Ha llegado un barco cargado de…”, “cuenta cuantos autos son azules”, etc.) puede no ser del gusto de todos, pero aun así es un viaje que vale la pena, lleno de frescura y buen humor y que de seguro motivará a más de uno a ponerse la mochila en la espalda y salir a la aventura y a lo que venga, grabándolo todo para la posteridad, claro está.

Solos es una película sobre cine hecha para todos los cineastas, los que han vivido la situación de estos personajes en carne propia y los que, al igual que el Rodrigo Palacios en la ficción, se debaten entre dedicarse de lleno a su arte, asumiendo todos los obstáculos que de seguro aparecerán o echar la toalla y ser un trabajador de saco y corbata en un horario de oficina que probablemente odien, pero que les da seguridad.

Es una película que se plantea una eterna interrogante: ¿Cómo hacer que un público acostumbrado a lo comercial – o en el caso de las personas que nuestros intrépidos cineastas entrevistan a lo largo de su viaje, a películas de artes marciales en la tele o el cine de Bollywood (una industria que hace tiempo asumió su faceta comercial y hace todo lo posible por agradar al público más masivo posible) – enganchen con propuestas diferentes, más personales, de autor? No se trata de que el espectador promedio sea un consumidor sin cerebro, sino que muy rara vez se le da otra opción aparte de los multicines y blockbusters, que mal que mal es el referente con el que crecimos casi todos; ¿Quién no recuerda una infancia viendo a Jackie Chan con doblaje en los canales nacionales, o yendo al estreno de Día de la Independencia para ver como los extraterrestres destruían la Casa Blanca? De nuevo, este es un tema para otro texto.

El cuarteto de Solos no encuentra una respuesta a esta pregunta y el cine peruano actual tampoco; pero esta película es un buen lugar para empezar a pensar en el tema. Se trata de una road movie sencilla pero que tiene mucho que decir sobre una industria que en este momento, se encuentra en pañales. Se merece una mejor suerte de la que le han dado los cines; así como otros filmes que han sido maltratados por las cadenas – El Espacio Entre las Cosas y Gloria del Pacífico (que ha hecho una meritoria gira a nivel nacional los últimos dos años, con buenos resultados) son dos ejemplos recientes – eventualmente han encontrado un público, Solos también lo tiene más que merecido.

 

El Poder de la X

Eliminar Amigo (Unfriended en idioma original) fue uno de los estrenos más singulares del año pasado. En esencia, era otra rutinaria película de terror donde un grupo de adolescentes es asesinado uno a uno por una presencia maligna. La única diferencia era que todo el film era una conversación en tiempo real via Skype (así es: pagaron una entrada para ver un chat de 90 minutos).

A pesar de algunas falencias (y las tenía), Eliminar Amigo mostró las nuevas posibilidades narrativas que existen en estos tiempos que corren. Y en una época donde nos hemos vuelto esclavos de nuestros teléfonos y donde tener Internet es prácticamente un requisito para vivir, resultó ser una película muy actual, que sólo pudo haber sido hecha hoy; un verdadero producto de su tiempo.

 

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De la misma manera, El Poder de la X, mediometraje nacional de José Miguel Vizcarra, es un film muy actual, simulando la travesía de dos hackers que se entrometen en los servidores – y en la privacidad – de otras personas. Es un reflejo de nuestra modernidad, donde la presencia en redes es tal que llega a suplantar nuestras propias vidas, un lugar donde estamos conectados a todo pero a nada a la vez y donde no existe el concepto de lo privado. Nuestros hackers protagonistas lo llaman un “estudio psicológico”, pero un nombre más apropiado sería “invasión de la privacidad”.

Todo esto alrededor de la misteriosa cinta del título, un objeto de culto convertido en leyenda urbana al mejor estilo de Videodrome de Cronenberg; en esa rara y hasta hoy relevante joya ochentera, todos hablaban del mentado programa de televisión pero nadie sabía explicar que era. Su significado dependía de cada uno, tal vez un reflejo de toda la televisión basura que dicen “nos atrofia el cerebro” pero de la cual al parecer no nos podemos despegar, que nos fascina de la misma manera como lo haría un accidente de autos. Es algo tan cierto hoy como hace más de 20 años, o sino pregúntenle a Mayimbú.

Así como en Videodrome, la pregunta es: ¿Qué es El Poder de la X? (La película dentro de la película, ojo) Es una cinta tan misteriosa y críptica que ni siquiera su anciano y algo volado realizador puede explicarla sin usar adivinanzas. O es, como rezan los trogloditas de los foros del IMDB, una “arthouse Peruvian shit” a la que ni siquiera hay que prestarle atención (y no hay mejor reflejo de la ruina moral y social de la Internet que los foros de esta venerable fuente de información online, una cloaca con más trolls que un libro de Tolkien). Las interpretaciones son varias.

El Poder de la X es más que eso. Es un reflejo de la Internet y de todo lo que se puede encontrar en ella, de todo lo oscuro y misterioso que esconde, en las páginas que vemos y en el llamado deep web, el rincón más anónimo  e impredecible del ciberespacio donde la moral queda de lado. Nos muestra que el acceso total a la información no es garantía de nada y que, a medida que dependamos cada vez más de la red y la tecnología, perderemos contacto con la realidad. La modernidad ha simplificado nuestras vidas y nos ha permitido estar conectado con todo y con todos, pero al mismo tiene fallas, está llena de glitches que más que otra cosa, han sacrificado el aspecto humano. El Poder de la X (la verdadera, esta vez), nos dice que más nos valdría despegar el rostro de la pantalla y salir a caminar de cuando en cuando, ver la calle y de repente, hasta saludar a la persona que tenemos al lado, y no con mensajito de Whatsapp.

Algunas cintas experimentales no son más que ejercicios indulgentes y densos que sólo entienden sus propios autores. Pero en el caso de este breve y alucinado “ciber-drama”, José Miguel Vizcarra tiene algo que decir y lo dice con buen humor. La pueden ver como parte de la Competencia Nacional del Festival Lima Independiente, hoy y el día 8 de julio a las 8pm en el Centro Cultural de España.

 

El Hombre de las Mil Razas

Hay actores que son reconocidos más por su nombre que por sus papeles. Ethan Hunt no es Ethan Hunt; es Tom Cruise siendo cool y pateando el trasero a los malos, siempre con esa permanente sonrisa Kolynos. Will Smith suele interpretar variaciones de sí mismo, salvo excepciones. Y así sucesivamente; actores con una personalidad pública tan grande y reconocida, que opaca algunos de sus papeles.

La otra cara de la moneda son aquellos intérpretes que no uno no conoce de nombre, que ha visto en todas partes pero aún así no se acuerda de como se llaman. Los héroes anónimos del cine, los secundarios de lujo, los actores sólidos que tal vez no reciben el reconocimiento de las grandes estrellas pero que siempre son una grata presencia. Y hay un caso bastante particular.

 

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Se trata del neozelandés Cliff Curtis. Tuvo sus primeros papeles en El Piano de Jane Campion y en Once Were Warriors de Lee Tamahori, un fuerte y crudo drama sobre abuso doméstico donde el director además presentó las dificultades sociales que enfrentaban los maoríes sin ningún adorno. Curtis llamó la atención como el detestable Bully y Tamahori posteriormente fue a Hollywood a tirar su prometedora carrera al tacho; es dificil de creer que la persona detrás de este drama realista e impactante fue el mismo de XXX 2, al que poco le faltaba para ser un film de superhéroes (y no de los buenos).

Sin embargo, para los que no vieron estas dos películas, no había forma de saber de donde provenía Curtis. Y es que este actor se ha vuelto célebre por interpretar a todas las razas existentes. En Tres Reyes de David O. Russell, fue un rebelde iraquí. En La Fuente de la Vida de Darren Aronofsky, un conquistador español. Ha hecho de colombiano tres veces: interpretó a Pablo Escobar en Blow con Johnny Depp y luego hizo de un émulo del infame capo de la droga en Daño Colateral, la película donde el gran Arnoldo elimina por sí solo a todo el Cartel de Medellín.

Uno de sus papeles más memorables fue como el chicano Smiley en Día de Entrenamiento, en la que es tal vez la escena más tensa de toda la película donde Ethan Hawke se salva de morir sólo por la gracia del Señor. Denzel Washington, que hasta ese momento había opacado a todo el mundo como el corrupto policía Alonzo Harris, se ausentó de la escena y dejó a sus coestrellas brillar con luz propia siquiera por unos minutos.

 

 

Curtis apareció en la fantástica El Último Maestro del Aire de Shyamalan, aunque vaya uno a saber a que raza pertenecían unos guerreros con poderes mágicos. Hasta hizo de cavernícola en  la pésima 10,000 A.C. de Roland Emmerich; supongo que determinar la raza exacta del hombre prehistórico no fue de vital importancia. Una de las pocas veces que se le permitió a Curtis representar su propia raza fue en la olvidable cinta de terror Virus, donde aparecía con uno de esos tatuajes faciales que para los maoríes son un símbolo de su cultura (y para Mike Tyson, una forma de llamar la atención).

Sin embargo, el que Curtis tenga que interpretar a todas las razas (por ahí se cuelan también papeles de árabe o afroamericano) no debería molestar; y es que el tipo es una de esos actores sólidos que siempre entregan una buena actuación. Actualmente, interpreta a Jesús en Risen, película religioso que probablemente veamos en Semana Santa y además se le puede ver en Fear The Walking Dead, el spinoff de la serie zombie. Mejor disfrutarlo mientras se pueda porque, sabiendo como AMC maneja su popular serial, no pasará mucho tiempo antes de que sea devorado por un cadáver ambulatorio.

Más adelante hablaremos de más de estos actores anónimos; en el video de arriba incluso hay otro que no pasa desapercibido.

Apta Para Todo Público

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“Buenos tardes, don Manuel.”

“Hola Juanito, mi buen hombre. ¿Cómo te trata la vida?”

“Aquí estamos, pues caballero. Dándole nomás.”

Juanito siempre lo saludaba con una sonrisa. Todos los lunes, don Manuel Vargas llegaba a las siete de la noche al Centro Cultural Ricardo Palma, listo para otra función de cine clásico e internacional, programado con fino gusto por Anselmo, uno de los pocos en los que Don Manuel confiaba, puesto que compartían los mismos refinados gustos en el séptimo arte.

Antes de esto, pasaba la tarde sentado en su escritorio, disfrutando una buena copa de vino tinto y un libro de su variada biblioteca; tenía una pequeña colección de autores latinoamericanos, pero su verdadera pasión eran los libros de viaje. Bastaba con hojear algunas páginas para sentirse transportado a todos los rincones del mundo.

Todo era parte de un rutina fija, la de hombre y maduro y soltero que seguía religiosamente todos los días. En las mañanas, solía caminar por los parques de Miraflores, observando a las parejas, a los jóvenes que salían a correr, a las mascotas; siempre en silencio, de vez en cuando ofreciéndoles alguna sonrisa. Solía recaer luego en el café Chez Latte, a almorzar y tomarse una taza de té mientras leía los diarios; le gustaba estar informado de todo lo que sucedía en el mundo, aunque entre atentados, disputas religiosas y guerras sin sentido, cada vez se sentía más decepcionado del resto de las personas.

Luego de esto, volvía a casa a pasar la tarde en compañía de sus libros. Tras la obligada copa de vino y una cena ligera, a lo mucho una sopa o ensalada debido a sus pocas dotes culinarias, se iba a acostar.

Don Manuel no frecuentaba mucha gente. Nunca se había casado ni tenía hijos. Huraño por naturaleza, no había hecho muchas amistades en sus años de empleado público, a lo más compartir una taza de té con sus colegas en la cafetería de la oficina por unos minutos, hasta que sus conversaciones sobre sus matrimonios, hijos y viajes lo confundían y debía excusarse.

Su mayor contacto con otras personas era en los lunes por la noche, cuando Juanito el vigilante lo saludaba sin falta antes de entrar a la Sala Ribeyro a disfrutar del buen cine de antaño. Don Manuel no pisaba otra sala; no entendía las películas modernas, bulliciosas, frenéticas, muy coloridas, ni tampoco al público, adolescentes hiperactivos que se la pasaban hablando por esos benditos aparatos que parecían llevar pegados a la oreja. Ni que decir de la canchita, tan indigesta, que para él era como masticar cartón.

La Sala Ribeyro era diferente; ahí se respiraba buen cine y entre los asistentes, en su mayoría señores jubilados como él, don Manuel era respetado. Todos lo saludaban con cordialidad, todos le pedían su opinión sobre las películas debido a su condición de hombre de mundo. Esto a pesar de que nunca había viajado fuera del país; para eso tenía sus libros, para llevarlo a las Pirámides de Egipto, a la Gran Muralla China, en fin, a todas partes sin necesidad de salir de su casa.

En el Centro Cultural, Don Manuel se sentía cómodo y satisfecho, una persona importante. Era su santuario, su refugio del caótico mundo moderno que acechaba al otro lado de la puerta, en la congestionada avenida Larco.

Ese día se venía un programa insuperable: función doble del gran Federico Fellini, 8 ½ y La Dolce Vita, casi una visita guiada a Italia. Don Manuel ingresó a la sala, encontrándose con los parroquianos de siempre: hombres mayores que aprovechaban la oscuridad para dormir la siesta, una pareja de universitarios con pinta de intelectuales, el infaltable Chito La Rosa con sus audífonos y walkman.

“¿Cómo te va, Chito?” A pesar de no ser amigos, Don Manuel nunca se olvidaba de las buenas costumbres.

“Gusto en verlo, Don Manuel. Aquí me ve, tratando de entender esto de la música moderna. A mis nietos les encanta esto del… ¿Cómo se dice? ¿Ragú, creo? Regatón, algo así…”

“No tengo idea a que te refieres.” Don Manuel soltó una carcajada. “La juventud de hoy me supera, querido Chito. Hoy me alejo de la modernidad; hoy vuelvo gratamente a la Italia de los años 60, a la mirada poética y personal del grandioso Federico.”

“Siempre tan poético usted, don Manuel.” Chito se sentó en una butaca y estiró las piernas. “Parece que le gusta vivir en el pasado.”

“La gente de hoy no sabe lo que se pierde, Chito. No saben todo lo grande que han dejado pasar.”

Una vez sentado Don Manuel, casi con su venia, se apagaron las luces y empezó la película. Mastroianni  una figura intrigante detrás de sus impenetrables lentes oscuros y como todos los lunes, Don Manuel se sentía en paz dentro de su refugio.

Casi al final de la película, sin embargo, notó un movimiento: un jovenzuelo de unos veintitantos años, escondido bajo una capucha roja, entró corriendo a la sala y se dejó caer un par de butacas delante de él. Se desparramó en el asiento, puso los pies sobre el espaldar de la silla delantera y apuró una bolsa de papitas fritas.

El leve sonido del masticar puso intranquilo a Don Manuel. Claramente, este mocoso no era parte del público acostumbrado del local. La pequeña luz azul lo delataba; parecía estar prestando más atención a su móvil que a la pantalla, donde la travesía de Mastroianni llegaba a su fin.

El joven empezó a reír de buena gana y a Don Manuel se le pusieron los pelos de punta; que falta de respeto al gran Fellini. ¿Quién se creía que era este chiquillo insolente? Había irrumpido en su tranquilidad, en su única salida de la semana. A nadie más parecía importarle, pero Don Manuel estaba entrando en cólera.

 

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La cosa no mejoró durante La Dolce Vita; Anita Ekberg junto a Mastroianni en la majestuosa Fontana Di Trevi era un momento sublime, icónico – “Tantos recuerdos y emociones, mi querida Anita” – y el chiquillo no hacía más que reír y hacer comentarios lascivos: “No se vaya a resfriar la flaca”. Don Manuel lo sintió como una total falta de respeto hacia su persona, una afrenta a su tranquilidad.

Mocoso maleducado e inculto, pensó Don Manuel; no sabe de cultura, no debería estar aquí. Capaz que sólo ha venido a hacer tiempo para irse de farra con sus amigotes, a hacer alguna maldad, pequeño delincuente. Lo quiero fuera de mi sala.

Una vez terminada la película, la gente empezó a salir lentamente de la sala, mientras que el chico, siempre con la cara pegada a la pantalla del celular, se levantó de un salto y salió dando trancos. Don Manuel lo siguió, colérico; ya me va a escuchar este insolente, me arruinó al gran Fellini, hay que ponerlo en su sitio.

En la calle, el anciano se detuvo; vio como el chico se encontraba con un gran grupo de jóvenes de su edad, todos sonriendo y bromeando. Se le acercó una chica alta, delgada, de cabello negro, mirándolo con ojos llenos de admiración.  El chico la abrazó con calidez, dándole un tierno beso en los labios, señal del primer amor.

Casi sin darse cuenta, Don Manuel se había acercado. El chico de la capucha lo observó con curiosidad. “¿Sucede algo, señor?” Preguntó con inesperada cortesía. “¿Se siente bien?”

Don Manuel se quedó mudo; sólo atinó a sacudir la cabeza y retroceder. Los chicos, en medio de palmadas en la espalda y risas, el tipo de confianza que sólo puede venir de las amistades duraderas, se dieron media vuelta y emprendieron su camino, bromeando entre ellos y sonriendo. Ya tenían un plan para la noche y no era leer libros en soledad.

De repente, Don Manuel sintió un gran cansancio. Observó a su alrededor. La gente salía de la sala sin mirarlo, nadie le pedía su opinión. Anselmo apenas le dirigió una rápida sonrisa antes de seguir su camino. Hasta Chito La Rosa, absorto en su música moderna, pasó de largo. Solo, el anciano emprendió en silencio la caminata de vuelta a su departamento de soltero, a su escritorio abarrotado de libros, a su rutina solitaria de todos los días; pensando en todo el camino que podría dar vuelta, alcanzar a ese grupo de jóvenes y pedirles que lo dejen invitarles un café y conversar.