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Las Mejores Actuaciones de 2017

Cada vez que toca destacar algunas de las mejores actuaciones del año, surge la duda de que si uno está honrando el trabajo actoral o los personajes en sí; tal vez la solución sería llamar a este conteo “Los Personajes Más Memorables del Año” (según mi opinión personal, claro). Lo cierto es que estas son las figuras que se me vienen a la mente luego de doce meses, los que motivaron a tener los ojos pegados a la pantalla, desde héroes nobles hasta canallas irredimibles. Ha sido un año de descubrimientos, de figuras que uno espera tengan fructíferas carreras hasta aquellas que sorprendieron saliendo de su zona de confort.

Han sido tantos que es menester mencionar algunas menciones honrosas: Kenneth Branagh y su insuperable mostacho como el gran detective Hercule Poirot en Asesinato en el Expreso de Oriente, un personaje al que valdría la pena seguir en futuras aventuras; Jeff Bridges haciendo de una variación de sí mismo (y es que le sale tan bien) como el deslenguado y veterano policía de Nada Que Perder; Woody Harrelson, el padre bienintencionado pero incapaz de superar sus demonios en El Castillo de Cristal; el gran Michael Keaton como el amoral Ray Kroc, el “fundador” de McDonalds en Hambre de Poder (es todo un privilegio el ver que un actor de su calibre esté de nuevo recibiendo grandes papeles); Trevante Rhodes, la parte más sensible y afectiva del trío protagónico de la galardonada Moonlight; y Liliana Trujillo, comunicando con gestos más que con palabras la difícil búsqueda de redención de la oficial Rosa Chumbe.

En ningún orden de preferencia, salvo el alfabético:

 

 

 

Jessica Chastain, Miss Sloane

Chastain, que duda cabe, es una de las mejores actrices de la actualidad y se luce como Elizabeth Sloane, una hábil lobista de Washington D.C. Decidida y con pocos escrúpulos, Sloane sabe moverse dentro de la incierta fauna política de la capital estadounidense, una jungla casi siempre reservada para hombres. Un personaje inmoral pero fascinante, que adquiere lo que nunca se recomienda tener en política: una conciencia. Es casi seguro que Chastain traerá la misma fiera personalidad y carisma a la próxima Molly’s Game de Aaron Sorkin.

 

 

Michael Fassbender, Alien: Covenant

Covenant fue una decepción en comparación a Prometeo, su antecesora, tirando por la borda muchas de sus buenas ideas a favor de una efectiva aunque menor película de monstruos. Pero si algo motivaba a seguir viendo, era Fassbender en el doble papel de los androides Walter y David; un inocente el primero, un manipulador que esconde secretos el segundo. La versatilidad del intérprete alemán no queda en duda y él solo carga con buena parte de la película; al final, el verdadero villano no es el xenomorfo que escupe ácido.

 

 

Tom Holland, Spider-Man: De Regreso a Casa

La tercera es la vencida: para cuando hizo Spider-Man 2, Tobey Maguire ya se veía muy mayor para ser el colegial Peter Parker, y Andrew Garfield era más mocoso rebelde que nerd inocente. Tom Holland logra capturar a la perfección a Spider-Man: un chiquillo soñador, algo torpe, de buen corazón, que no sólo debe aprender a utilizar sus poderes de manera responsable sino que además tiene que pasar de curso y conseguir pareja para la prom. Este ES Spider-Man y ojalá Holland se quede un tiempo más en el papel.

 

 

Óscar Martínez, El Ciudadano Ilustre

El escritor Daniel Mantovani acaba de ganar el Nobel y vuelve a su pueblito natal a recibir un homenaje. Algunos de sus vecinos no le pueden ver la cara y el hombre de letras apenas puede ocultar su profundo desdén al tener que pisar de nuevo un lugar que abandonó hace más de 30 años. Óscar Martínez encarna a este intelectual con todo y falencias, un tipo difícil de llevar, arrogante y que se vale de las vidas ajenas para construir su propia carrera. No se le puede tener pena a Mantovani, simpatía a duras penas; un retrato del escritor como un vampiro chupasangre.

 

 

James McAvoy, Split

McAvoy se divierte como nunca en su vida interpretando a Kevin, un tipo con 23 personalidades, de las cuales sólo vemos unas cuantas: un diseñador de modas, un sobreexcitado chiquillo de nueve años, un académico, una mujer mayor y “La Bestia”, la monstruosa personalidad oculta a la que todos parecen tenerle miedo. Gran excusa para ver al actor escocés saltar de una figura a otra cambiando su voz y gestos, trayendo a la vida a media docena de personajes únicos entre sí.

 

 

Pedro Pascal, Kingsman: El Círculo Dorado                  

El marketing de la secuela de Kingsman ignoró por completo al chileno Pascal – no se le menciona ni en el trailer, ni en el afiche – pero fue tal vez el mejor de los nuevos personajes de esta segunda parte (mención especial para Elton John y sus patadas voladoras). El Agente Whiskey, diestro con el látigo, confirma que el recordado Oberyn Martell tiene méritos de sobra para ser una carismática estrella de acción, algo que ya había demostrado como el moralmente comprometido agente de la DEA Javier Peña en Narcos. Ojalá que este papel lo lleve a cosas más grandes.

 

 

Leonardo Sbaraglia, El Otro Hermano

En un pueblito argentino venido a menos, si necesitas realizar trámites engorrosos, si necesitas hacer contactos, si necesitas hacer estafas para ganarte algún dinero o si necesitas secuestrar a alguien, sólo tienes que buscar a Duarte. Con la boca llena de dientes podridos y una seductora labia de serpiente, Sbaraglia compone a un amoral aunque enormemente carismático criminal del cual no te puedes fiar, pero al cual no puedes dejar de ver, el titiritero que maneja la intriga de este thriller de Israel Adrián Caetano. Un sociópata de aquellos y tal vez el elemento más memorable de todo el film.

 

 

Jason Sudeikis, Colosal

Encasillado en papeles cómicos, Sudeikis se ha hecho de un nicho haciendo de patanes arrogantes; y al principio, pareciera que sólo está haciendo más de lo mismo en Colosal, el payaso que hace reír pero irrita al mismo tiempo. Pero la película de Nacho Vigalondo tiene más que decir y detrás de su carisma, Sudeikis nos da a un tipo dañado y cercano a la psicopatía que incluso, llega a dar miedo. El actor se mete de lleno en un papel serio y complejo, algo de lo que probablemente muchos no lo creían capaz.

 

 

Vince Vaughn, Brawl in Cell Block 99

Al igual que Sudeikis, Vaughn ha sido encasillado en papeles cómicos donde parece tener un motor en la lengua y nunca cierra la boca. Pero al fin alguien cayó en la cuenta de que este chistoso también es un tronco de más de dos metros de altura y decidió sacarle todo el provecho a su presencia física. Aquí se reinventa por completo como Bradley Thomas, un matón que emprende una misión de venganza dentro del sistema carcelario gringo. A primera vista un lerdo algo limitado, Bradley en realidad tiene un plan para todo y arrolla con todo el que se le cruce. Tremenda transformación la de Vaughn y de lejos, el mejor papel de su carrera.

 

YAPA: Pedro Pascal rompiendo caras a punta de látigo.

 

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Walter y la Inclusión

 

 

Walter Hill hace películas para hombres. Las que se conocen como guy movies, las que ves con tus amigotes mientras toman cerveza y cuentan chistes rojos. Tienen exceso de testosterona y están hechas para un público masculino, aún más que esas comedias bromance de Judd Apatow que le rinden culto a ser un vago fumón y sin rumbo.

Los protagonistas de los filmes de Hill son tipos rudos, curtidos por la experiencia, duros, de pocas palabras y tan secos como su creador, quien filma lo justo y necesario, sin mayores adornos. Nada de excesos, todo al grano; de ahí a que buena parte de sus películas no pasen de los 90 minutos.

Lo que distingue al cine de Hill es su celebración de la masculinidad en su estado más puro; algunos reaccionarios dirán, en su estado más cavernícola y retrograda y acusarán al veterano director de machista y hasta misógino, pero esa es una exageración injusta. Sus protagonistas son siempre matones, mafiosos, criminales de toda índole, soldados, músicos de blues cascarrabias, luchadores callejeros, cowboys (no hay género más masculino y de pelo en pecho que el western, y Hill ha echado mano de sus códigos siempre que ha podido), en fin; todo un imaginario de macho men.

Pues parece que hasta alguien como Hill debe admitir que los tiempos han cambiado y que, hoy por hoy, las mujeres también pueden ser rudas protagonistas de la acción; ya no están para ser sólo objetos de deseo o la novia de turno que el héroe debe rescatar. Personajes como Ellen Ripley o Sarah Connor sentaron las bases; la posta hoy en día ha sido tomada por la Alice de Resident Evil (Milla Jovovich), La Novia de Kill Bill (Uma Thurman) y todos los últimos papeles que ha hecho Charlize Theron, por dar algunos ejemplos.

 

 

The Assignment (2016) es Walter Hill siendo más inclusivo. Es la historia de Frank Kitchen, un asesino a sueldo – de esos parcos que tanto gustan al realizador – interpretado por Michelle Rodríguez, a quien siempre se le ha tildado de machona desde que hiciera de boxeadora en Girlfight (2000); pero, a pesar de su cara de “mírame bonito o te reviento”, es muy pero muy femenina y eso es algo que una barba postiza, un pecho (postizo) lleno de pelos y una prótesis digna de Peter North no pueden disimular.

Kitchen mata a un tipo algo ambiguo que resulta ser hermano de una doctora megalomaniaca del mercado negro interpretada por Sigourney Weaver, siempre con porte y autoridad, siempre con ese aire de que te va a ir mal si no la obedeces: una badass en toda regla. La doctora decide cobrárselas haciéndole a Kitchen un apurado cambio de sexo, desobedeciendo de paso toda lógica respecto a lo que implica un proceso quirúrgico como este.

Probablemente no sea verídico, pero Hill desde The Warriors (e incluso, puede que antes) siempre se ha movido en el mundo de la ficción estilizada, un universo de cómics, novelas gráficas, historias de detectives a lo Raymond Chandler, novelitas pulp impresas en papel barato, relatos tan de Serie B que uno siente el olor a tabaco rancio, el papel ajado por tantas manos sudorosas que le dieron vuelta a las páginas, el aroma a whisky; esta es la realidad de Hill.

Volviendo al tema: hecho el cambio, Frank emprende una rápida y brutal venganza mientras trata de adaptarse a vivir como mujer, en un cuerpo que no es el suyo. Y Hill le da un nuevo protagonismo al género femenino, dejando en claro que las mujeres ya no están para ser salvadas sino para ser protagonistas, tomar las riendas y ensuciarse las manos. Es una inversión de los tradicionales roles de género en los filmes de acción; Frank no pierde nada de su efectividad como asesino en las circunstancias, no se vuelve vulnerable ni sensible (Rodríguez nunca ha aparentado serlo, aun conservando su femineidad; para sus fans, se deja ver hasta el alma, así que al menos ahí tienen una razón para darle un vistazo). Y es que se trata de un hombre atrapado en el cuerpo de una mujer, adaptándose a este gran cambio y descubriendo sus límites.

Weaver, mientras tanto, está siempre en control, contándole esta alucinada historia al psiquiatra inocente y algo tonto que revisa su caso, interpretado por Tony Shalhoub, un actor preciso para hacer de loser, del tipo al que están dejando en ridículo sin que se dé cuenta. Aquí, las mujeres ya no son el sexo débil, están en cancha nivelada y con igualdad de condiciones.

Puede considerarse una premisa de mal gusto, de cine trash; The Assignment es incluso el tipo de título genérico que remite a cintas de acción baratas de Directo-al-Video protagonizadas por Dolph Lundgren, Wesley Snipes u otra reliquia noventera venida a menos (el título original, (Re)Assignment, era mucho más intrigante y prometedor). Pero dentro de su aparente sencillez, hay un comentario (alucinado, engrandecido, caricaturizado, pero comentario al fin y al cabo) acerca de los cambiantes roles de género en la sociedad y en el cine, ya sea de acción u otros géneros. Una reivindicación con la femineidad mal representada en el pasado. Y Walter Hill, el director más macho y hombrón de todos, ha asumido este cambio.

 

Apuntes al Vuelo

 

 

Breve reflexión escrita en una libreta de notas en un gélido parque en pleno invierno limeño. Todo es opinión mía, claro; y es un tema que se irá desarrollando de a pocos. Este es un primer intento de explicar qué es el cine para mí y porque soy tan obsesivo con él.

 

¿Por qué me gusta el cine? Pregunta sencilla, directa, pero con un sinfín de respuestas. Más fácil y oportuno sería decir, ¿Qué es el cine para mí?

Ante todo, el cine es entretenimiento.

Hora y media, dos horas, tres horas que te permiten escapar de la realidad y (aunque suene a gigantesco cliché) dejarte llevar por la fantasía. El cine es otro medio para contar historias, así como la literatura o incluso la música.

Así como un buen libro hace que pases las páginas compulsivamente hasta terminar, una buena película debe hacer que te quedes sentado las dos horas (o tres, u hora y media… bueno, se entiende), dándole toda tu atención. Entretenimiento, en otras palabras.

Es aún mejor cuando una película te afecta emocionalmente, en un nivel más profundo. Cuando te hace llorar como niña. Cuando te hace reír tanto que te empiezan a doler los costados y te quedas sin voz. Cuando te pone tan tenso que te olvidas hasta de respirar. Cuando te hace sudar frío del miedo. Cuando te hace celebrar un triunfo. Cuando te una tremenda inyección de adrenalina y tienes ganas de hacerle una llave de judo a algún maleante, o hacer parkour por los techos.

También están esas películas que te cuentan algo que no sabías, que te presentan otras culturas y realidades que, sentado en tu butaca, ignorabas. Las que te hacen tomar conciencia de temas mayores, serios, películas que ni a balas volverías a ver pero se te quedaron grabadas a fuego (que gran película es Requiém por un Sueño, que genio maldito es Darren Aronofsky, que manera tan cruda y directa de condenar la adicción a las drogas, muestrala en el Centro Victoria y al toque se limpian todos, de todas maneras está en mi Top 100 de la vida y nunca pienso volverla a ver).

No hay nada mejor que una película logre generarte todo esto; es lo que separa a una más del montón, que sirve para pasar el rato y no limitarse a mirar el techo y no mucho más, de una película verdaderamente  buena, notable. Y es aquí cuando te das cuenta de que estos filmes imprescindibles son muy pocos.

Lo cierto también es que todo lo mencionado es un plus; es algo que el guionista va descubriendo mientras escribe, que el cineasta descubre mientras filma y que el espectador descubre mientras la ve. Una película parte – o debería partir – con el simple propósito de entretener, de contar una historia. Nada más sencillo, nada más humilde.

Si vas a hacer una película, no empieces pensando en los premios de festivales, o en los sesudos ensayos que van a escribir los entendidos sobre tu gran aporte a las artes. no te preocupes por gustarle a los críticos. Ni siquiera te preocupes por la taquilla, o el número de salas que te van a dar. Antes que nada, cuenta una buena historia. Es un buen punto donde empezar.

Porque no importa cuantos trofeos tengas, o cuantos te hayan puesto en su lista de las Mejores del Año; si tu película hace que le ponga pausa al DVD a los veinte minutos para ver cuanto tiempo le queda, o me hace querer ver mi reloj en la sala de cine (y no uso reloj), algo has hecho mal durante todo el proceso.

Pesadillas

 

 

“Tus ojos quieren abrirse – tú mismo se los ordenas, que se abran esos párpados y puedas ver el cuarto en el que has vivido toda tu vida, con todos sus muebles y afiches extraños. Pero esos ojos se sienten pesados, como de plomo; no abren. (…) tu cerebro imparte órdenes al organismo como debe ser: abre los ojos, mueve los brazos, levántate. Pero tus extremidades no responden… (…) Te entra el miedo y piensas en lo peor: algún ataque o parálisis, no sabes que es lo que pasa. (…) Sientes ganas de gritar; por favor, ayúdenme, no sé qué diablos pasa, estoy paralizado y lo único que quiero es despertar, todo se vuelve negro, estás consciente pero en un vacío… (…) Te despiertas de golpe, como un resorte estás sentado sobre tu cama, pegas un alarido, te caes de lado, sobre el piso frío.”

 

Escribí estas afiebradas palabras hace muchos años, luego de varias noches en vela debido a un fenómeno que mi imaginación llamaba “desdoblamiento”, o el momento en el que supuestamente el alma se sale del cuerpo de uno y se va de paseo. No encontré otra forma de explicar noches llenas de ataques de pánico y ansiedad, donde terminaba bañado en sudor, atemorizado y en una desafortunada ocasión, cayendo de cara al suelo cual resorte.

Una vez que Google y Wikipedia se convirtieron en herramientas indispensables para saber cualquier cosa, pude investigar más sobre el tema; no era, como había supuesto mi imaginación de niño lector de cómics, una proyección astral a lo Doctor Strange, sino algo menos esotérico y más real: la parálisis de sueño. Un fenómeno que al parecer es más común de lo que se piensa, a juzgar por el documental The Nightmare de Rodney Ascher, sobre ocho personas que también han visto sus noches de descanso interrumpidas por algo difícil de explicar.

 

 

No es necesaria la presencia de un doctor, psiquiatra o cualquier otro especialista para describir lo que se siente: es estar plenamente consciente, en la oscuridad, pero con el cuerpo completamente paralizado, incapaz de moverse. Por más que la mente dé ordenes – “levántate”, “grita ‘auxilio’”, “mueve un brazo”, lo que sea, uno está inerte y propenso a ataques de pánico provenientes del temor de que pueda ser permanente o que, de tanto esfuerzo, pueda romperse algo. Levantarse sudado y presa de la ansiedad es cosa común. Las causas son muchas, pero la más común es los altos niveles de estrés – no es coincidencia que esto me ocurrió durante mi etapa australiana, donde la preocupación por la falta de recursos y la urgente necesidad de un empleo (al menos al principio, recién bajado del avión) era constante.

Pero para los ocho protagonistas de este modesto documental, la cosa va mucho más allá. A la parálisis se suman encuentros cercanos con lo que sea que resida en la oscuridad, que va desde sombras humanas inamovibles con sombrero de copa, hasta extraterrestres. Momentos que Ascher recrea como si se tratase de una película de terror, con la mano de un experto. Y si funcionan es porque están basados en la realidad. Algunos lo comparan a Pesadilla, a Freddy Krueger acechando víctimas en sueños con su guante de cuchillas; no podía ser de otra forma cuando el propio Wes Craven afirmaba haber basado la historia del violador de niños de la cara quemada en casos reales de refugiados asiáticos en los 70s, post-Guerra de Vietnam, que sufrían de pesadillas tan vívidas y reales que no los dejaban dormir.

Lo cierto es que las ocho personas en este documental han quedado profundamente afectadas por una experiencia que llegó a los límites del terror para algunos – una mujer afirma haber sido violada por algo desconocido y otro tipo recuerda con lujo de detalles el haber sentido que le mutilaban los genitales. Las secuelas saltan a la vista: está ahí un tipo de barba, siempre mirando tras de sí, con la única compañía de un gato (y no cuesta mucho imaginar a varios más habitando su casa fuera del alcance de la cámara, como la Loca de los Gatos de Los Simpsons); o el inglés nervioso, incapaz de mirar directamente a su interlocutor durante toda la entrevista, con la mirada extraviada, tal vez contemplando algo que no está ahí o que sólo él puede ver. No todo es malo, sin embargo; para una mujer, la experiencia sirvió para recordar a seres queridos ya fallecidos y darles un merecido adiós.

The Nightmare no intenta dar una explicación definitiva de la parálisis de sueño porque no la hay; es simplemente prueba de lo impredecible e insondable que es nuestro propio subconsciente, escondiendo secretos que tal vez nunca lleguemos a comprender. Podrían ser meras alucinaciones, o quizás, como se ha afirmado alguna vez, sean un punto de entrada a una dimensión paralela. Las posibilidades son infinitas. Este documental acerca el tema más al cine de terror porque, de cierta manera, es como vivir una de esas películas en la vida real.

En cuanto a su humilde servidor, si bien el tema económico/laboral sigue siendo una constante preocupación (algunas canas rebeldes son la prueba), al menos ahora puedo dormir tranquilo. Y si alguna vez la dichosa puerta a la Dimensión X se vuelve a abrir, al menos ya sabré a que me enfrento.

 

El Fundador

Todos, hasta los más sanos, hemos comido McDonalds. ¿A quien no le ha provocado embutirse una royale con queso alguna vez (doble, de preferencia), al diablo la buena salud? Es, como tantas películas de acción ochenteras, un placer culposo.

Claro, McDonalds no es precisamente sano; el mote de “MierDonalds” se lo han ganado a pulso. Ya lo sabíamos desde Super Size Me, el documental donde Morgan Spurlock casi se mata comiendo McDs por un mes entero. Tal vez no sea carne lo que estemos comiendo; quien sabe de qué estarán hechas las papas fritas de esta veterana cadena de comida rápida que parece nunca se descomponen; en el futuro, cuando la Tierra sea inevitablemente arrasada por bombas nucleares – como nos ha enseñado todo un subgénero de cine apocalíptico – los únicos sobrevivientes serán los quequitos Twinkies, las cucarachas y las papas del McDonalds.

Pero los Arcos Dorados siguen siendo un placer culposo que se consume rápido y te saca del apuro cuando el estómago te está gruñendo y no tienes ni tiempo ni mucho dinero en el bolsillo. No por nada esos arcos son tan reconocibles en el mundo entero (y no por nada me provoca darle una patada al payaso Ronald McDonald vez que lo veo). Hoy McDonalds es comida chatarra, otra cadena de comida rápida más, pero no siempre fue así; tal y como vemos en Hambre de Poder (The Founder) de John Lee Hancock, hubo una época en que lo que hacían era algo novedoso, hasta revolucionario.

 

 

McDonalds nació de los hermanos del mismo nombre, Mac y Dick, dos tipos sencillos de California que en los años 50 manejaban un local de hamburguesas al paso. Sin mesas, sin cubiertos, sin nada que uno asocie con un restaurante tradicional, perfeccionaron un estilo de preparación que apuntaba a la eficiencia por sobre todo lo demás, sin sacrificar la calidad de los alimentos. Y les estaba yendo de lo más bien hasta que Ray Kroc visitó su local.

Kroc es aquí un oportunista, un tiburón de saco y corbata que se asoció con los hermanos al ver el potencial de su local como una franquicia. Y al hacerlo famoso a nivel nacional, popularizando el concepto de “comida rápida” hasta convertirlo en algo cotidiano, terminó traicionando a dos hermanos que no estaban preparados para meterse de lleno en el mundo de los negocios. Kroc era, al menos según esta película, una rata que le robó la idea a dos inocentes y los dejó sin nada.

Pero, de cierta manera, es alguien a quien se puede admirar y no sólo por estar interpretado por el gran Michael Keaton (es una gran alegría ver a este sólido actor recibiendo buenos papeles otra vez; los días de darle voz a un muñeco de nieve han quedado atrás). Kroc es alguien que vio una oportunidad donde nadie más lo hizo y supo aprovecharla. Tuvo la ambición suficiente para convertir a McDonalds en el gigante que es hoy y todo porque supo jugar el juego y ganar. Los hermanos no tenían esta ambición o no sabían cómo ponerla en marcha; eran sólo dos tipos sencillos que servían hamburguesas y de haber continuado, no habrían pasado de uno o dos locales y McDs no se hubiese convertido en lo que hoy se considera, tal y como la llama Kroc, la nueva Iglesia norteamericana.

A ratos esta película parece un curso de marketing, de cómo tomar una marca y convertirla en algo reconocible a nivel mundial. Pero hay que reconocerle el poder partir de una premisa aburrida sobre el papel y convertirla en una historia interesante sobre lo difícil que es navegar el mundo de los negocios; a veces, para lograr grandes cosas y cambiar el mundo, se tiene que dejar atrás a algunos y pasar por encima de otros, una lección que figuras como Ray Kroc, Steve Jobs o Mark Zuckerberg aprendieron de sobra.

Hay toda una historia detrás de McDonalds que aquella placa con la cara sonriente del fundador que uno ve cada vez que va a uno de sus locales (al menos en Estados Unidos) no dice y que Hambre de Poder nos cuenta; una muy parecida a la de todos los grandes negocios, en todas partes del mundo. La comida puede ser de lo peor (aunque de seguro a algunos se les esté antojando una Big Mac en este momento), pero hay que reconocer que no todas las marcas tienen el reconocimiento global de esta.

 

El Piano

Todos los grandes tienen que empezar en algún lado. Tom Hanks hacía sitcoms antes de convertirse en el actor ganador de premios que es ahora. Ryan Gosling empezó como púber bailarín del Club de Mickey Mouse antes de ser el galán por el que todas las mujeres piensan en dejar a sus maridos. Vin Diesel hacía breakdancing, algo que probablemente nunca veremos hacer a Dom Toretto. Uno de los primeros papeles de Michael Fassbender fue de un vampiro nazi inmortal. La lista es larga.

Antes de llamar la atención de todo el mundo con la intensa Whiplash y su oda a los musicales, La La Land, el actual niño maravilla de Hollywood, Damien Chazelle (que a los 32 años podría convertirse este domingo en el Director más joven en ganar un Oscar, obligando a varios compañeros de promoción a preguntarse qué exactamente están haciendo con sus vidas) también pagó derecho de piso, escribiendo guiones para películas de género thriller/terror como El Último Exorcismo 2 y la divertida aunque completamente inverosímil Grand Piano, del español Eugenio Mira.

 

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Siguiendo la tradición de aquellas películas de suspenso minimalistas ambientadas en el espacio más reducido posible – véase a Ryan Reynolds dentro de un ataúd, Adrien Brody atrapado en un auto chocado o Colin Farrel embutido cual sardina en una cabina telefónica – esta nos presenta a Elijah Wood tocando el piano en un concierto de música clásica (tal vez se vea muy joven para ser un pianista de fama mundial, pero eso es algo con lo que el petiso Bilbo Bolsón, con su eterna cara de querubín, va a tener que lidiar siempre), hasta que una voz desconocida le advierte que si falla una sola nota o trata de pedir ayuda en el escenario, morirá. Todo es parte de un descabellado y exageradamente elaborado plan para hacerse de un secreto relacionado al instrumento. Un plan tan jalado de los pelos que hasta un personaje hace hincapié en que había formas menos complicadas de llevarlo a cabo.

Mira no nos da mucho tiempo para pensar en lo ridículo de todo el asunto, tomando elementos de directores como De Palma o Hitchcock para un estilizado ejercicio de suspenso. Pero si uno se fija, esta es tanto una película de Chazelle como del español. Está ahí el buen documentado amor por la música de este melómano – el jazz en sus dos filmes más aclamados, aquí la música clásica – y Wood es un protagonista en el mismo molde del sufrido Miles Teller de Whiplash, tocando batería hasta hacerse sangrar, o el terco Ryan Gosling de La La Land, aferrado al jazz más tradicional: un músico virtuoso, obsesivo y perfeccionista que sólo quiere ser el mejor y debe sufrir por su arte. Teller tenía al pelado J.K. Simmons empapelándolo de insultos y Wood tiene a John Cusack apuntándole con un rifle, pero el resultado es el mismo: alcanzar la perfección.

Grand Piano es entretenida y deja claro que, aún en proyectos primerizos y en apariencia comerciales, los mejores cineastas siempre se las arreglan para sacar a relucir su propia voz. Su carrera recién está empezando, pero ya se puede empezar a decir eso de Chazelle.

 

Lo Mejor de 2016

Este ha sido un año triste para los mundos de la cultura y el espectáculo. En los últimos doce meses, hemos perdido a: David Bowie, Prince, Leonard Cohen, George Michael, Gene Wilder, Anton Yelchin, Eliseo Subiela, George Kennedy, Alan Rickman, Umberto Eco, Muhammad Ali, Rubén Aguirre y Juan Gabriel, entre otros. Hace poco perdimos a la Princesa Leia, Carrie Fisher; en una cruel jugarreta del destino, su madre, la recordada actriz Debbie Reynolds, falleció un día después. En Perú, nos despedimos de Ricky Tosso y la cantante criolla Lucila Campos.

De a pocos, se están yendo las figuras de toda una generación. No queda duda de que este ha sido un año bastante macabro.

No queda más que disfrutar del cine para superar los malos ratos; menos mal, el 2016 no estuvo exento de algunas joyas, a pesar de lo limitado de la cartelera local. A veces no queda otra que acudir a Torrents, o últimamente a Netflix. Tras mucho reflexionar, pensar, criticar, maldecir, filosofar y examinar los astros, hago una síntesis de otras listas publicadas en distintos medios para llegar a este, mi Top 10 del año. En orden de preferencia, de menor a mayor.

 

NOTA: Esta es prácticamente la misma lista publicada hace algunos días en la revista 15 Minutos, con un par de leves cambios. Si prefieren escuchar mis exabruptos en vez de leerlos, vean este Top 10 que realicé junto a mi colega Sebastián Zavala, del blog Proyectando Ideas.

 

Menciones Honrosas:

No Respires (Fede Álvarez); Under The Sun (Vitaly Mansky); Solos (Joanna Lombardi); The Wolfpack (Crystal Moselle); The Invitation (Karyn Kusama); Epitafio (Yulene Olaizola & Rubén Imaz); Av. Cloverfield 10 (Dan Trachtenberg)

 

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ENEMIGO INVISIBLE de Gavin Hood

 

Además de ser un trepidante thriller que te mantiene al borde del asiento, esta es una fuerte crítica al aparato militar estadounidense de la actualidad. La modernidad permite que un piloto de avión pueda lanzar una bomba sobre un objetivo desde kilómetros y continentes de distancia, pero no se toma en cuenta cómo puede afectar esto al que debe apretar el botón. Todo debería más eficiente, pero aquí sólo lleva a una pesadilla burocrática donde todos velan por sus propios intereses sin pensar en el costo humano de un conflicto. Gavin Hood se redime por blockbusters mediocres como X-Men Origins: Wolverine y muestra estar mucho más cómodo en el cine de corte político. Contiene además la última y genial actuación de Alan Rickman, el recordado Hans Gruber.

 

DEADPOOL de Tim Miller

 

Deadpool, el mercenario piquito de oro con un motor 4×4 en la lengua, es por lejos el mejor superhéroe del año. Una cinta que funciona como ejercicio de acción al mismo tiempo que deconstruye y se burla sin piedad de su propio género. Con un inspirado Ryan Reynolds (quien pareciera nació para interpretar este papel), es irreverente, políticamente incorrecta, de mal gusto y una genialidad. La patada en el trasero que necesitaba el subgénero del cómic, siempre en peligro de caer en la repetición, para ponerse a innovar.

 

GREEN ROOM de Jeremy Saulnier

 

Una banda punk presencia un asesinato en un club neonazi y pronto deberán pelear para salir vivos de ahí. Un crudo y minimalista ejercicio de suspenso que atrapa a uno desde las primeras escenas y no da cuartel, es el tipo de filme que te hace comerte las uñas. Sin nada que se asemeje a un final feliz y con pocos momentos para tomar aire y sentir alivio, Green Room opta por el realismo y es tremendamente efectiva. Uno de los últimos papeles del joven Anton Yelchin, trágicamente fallecido en un bizarro accidente automovilístico y que aún tenía mucho por ofrecer.

 

CREED de Ryan Coogler

 

Parecía una mala idea: otra secuela más en una franquicia que para muchos ya no tenía dónde ir, otra excusa para hacer dinero usando un personaje reconocible. Pero en manos de Ryan Coogler, el retorno de Rocky Balboa a las pantallas, esta vez entrenando a Adonis Creed, hijo de Apollo, es un emotivo y emocionante adiós a una de las figuras más queridas de la gran pantalla y una sólida cinta deportiva, de esas que nos hacen querer aplaudir al final. El gran Silvestre pocas veces ha trabajado tan bien como lo hace aquí.

 

CHOQUE DE DOS MUNDOS de Heidi Brandenburg y Mathew Orzel

 

En lo que se refiere al llamado “Baguazo” del 2009, sería fácil decir “Eso pasó en la selva, yo vivo en la ciudad y no me afecta” pero este documental te obliga a prestar atención y a reaccionar. Cualquier líder, ya sea de un partido político o de una etnia, no puede ser tan irresponsable como aquí se muestran el gobierno aprista de Alan García y los indígenas liderados por Alberto Pizango. El saldo del conflicto entre nativos y policías fue más de 30 muertos y siete años después, nadie ha asumido la responsabilidad de lo ocurrido. Un filme que no puede dejar indiferente a nadie, que choca e indigna; probablemente esa era la reacción que querían.

 

 

ESTACIÓN ZOMBIE de Yeon Sang-ho

 

Ahora que los zombies se han vuelto mainstream y aparecen en todos lados, resulta cada vez más difícil que este manoseado subgénero haga algo nuevo. Train to Busan (mejor llamarla por su nombre original; esa genérica traducción no dice mucho) toma los típicos elementos de una cinta de muertos vivientes – un poco de crítica social, la omnipresente idea de que “los humanos somos el verdadero peligro”, etc. – y entrega un imparable ejercicio de tensión que, al igual que el tren del título, no se detiene. De lo mejorcito del terror este año.

 

DOS TIPOS PELIGROSOS de Shane Black

 

Un detective privado y un matón de poca monta unen fuerzas para investigar la muerte de una actriz porno en Los Ángeles en los años 70. Es una trama enredada digna del mejor cine negro, que tal vez sea necesario ver más de una vez para entender del todo. El verdadero placer de esta película es ver con qué payasada van a salir Russell Crowe (burlándose de su imagen de malhumorado) y un inolvidable Ryan Gosling, tan dispuesto a hacer el ridículo, en cada escena. Humor negro y más de un diálogo ácido cortesía de Shane Black, quien ha hecho de estas buddy movies de acción un arte. Una de las mejores comedias del año.

 

LA BRUJA de Robert Eggers

 

No es la típica película de terror que llega a nuestras salas. La Bruja muestra terrores mucho más reales que cualquier monstruo, fantasma o psicópata con machete, a pesar de estar ambientada en la época colonial. La Iglesia Satánica le dio el visto bueno y es fácil darse cuenta por qué; lo que sugiere esta película es perturbador y cala hondo. Cargada de una atmósfera oscura, es enervante y difícil de olvidar una vez vista; y todo sin echar mano de los acostumbrados jump scares u otros recursos típicos del género.

 

LOS OCHO MÁS ODIADOS de Quentin Tarantino

 

Sólo Tarantino puede ambientar un western dentro de una casa, darle tres horas de duración y hacerlo tan jodidamente divertido. Ocho inmorales son reunidos bajo el mismo techo durante una tormenta, sacando a la luz lo peor de la sociedad norteamericana (tanto o más hoy que en el Viejo Oeste): misoginia, xenofobia, racismo y un largo etcétera. No pasa mucho antes que todo estalle en una orgía de violencia que Tarantino lleva a los extremos del absurdo. Los fans del director ya saben que esperar; otra infalible joyita de un director que a estas alturas, hace lo que le viene en gana. Sólo le quedan dos películas antes de su anunciado retiro; hay que disfrutarlas mientras se pueda.

 

SPOTLIGHT de Tom McCarthy

 

Con el reciente caso del Luis Fernando Figari y el Sodalicio, Spotlight resulta más que relevante, una recreación de la investigación por parte de un grupo de periodistas del Boston Globe que en 2001 destaparon un sinfín de casos de abuso sexual infantil dentro de la Iglesia Católica; las repercusiones se sienten hasta hoy a nivel mundial. En una época donde los medios impresos están perdiendo piso frente a lo digital, la película rescata la labor tradicional del periodista, aquel que recorre las calles grabadora en mano en busca de una historia. El periodismo aún tiene un importante papel que cumplir dentro de la sociedad actual y, utilizado bien, puede ser una verdadera fuerza de cambio. Un gran reparto que funciona cual fino engranaje le da vitalidad a una historia importante y muy difícil de olvidar. Justa ganadora del Oscar a Mejor Película este año, Spotlight es de visión obligada.

 

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