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El Extraño Caso de Nicolas Cage

Hoy se estrena 12 Horas Para Vivir, lo más reciente de Nicolas Cage. Todo sobre esta película hace pensar que pasará sin pena ni gloria por las salas: la génerica premisa de un ladrón obligado a realizar un gran golpe para salvar a su hija raptada; la inoportuna fecha de estreno (fue filmada hace un año); un marketeo no existente, con afiches mal hechos (en serio, mírenlos, parece que fueron hechos en Photoshop en cuestión de un par de minutos), en fin. La mayor señal de alerta es, desgraciadamente, el mismo Cage, que lleva años protagonizando un sinfín de bodrios y cuya presencia en una película ahora me hace salir corriendo.

 

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“Tomb Rider”

 

No siempre fue así. Cage nació dentro de la dinastía Coppola: sobrino de Francis Ford y de Talia Shire (¡Adrian!), primo de Sofía, estaba cantado que Nicolas se dedicaría al entretenimiento y, no queriendo que su apellido le abra puertas como tantos otros casos de nepotismo en Hollywood (osea tú, Will Smith), optó por cambiarse el nombre a Cage, en honor al personaje de cómic Luke Cage, y lograr el éxito por si solo.

Así, Cage se ganó fama como un intenso actor “de método” en filmes bien recibidos como Wild At Heart de David Lynch o Raising Arizona de los hermanos Coen. Todo culminó con su Oscar a Mejor Actor en 1995 por el papel de Ben Sanderson en Adiós a Las Vegas, un alcohólico que va la Ciudad del Pecado con un deseo suicida. Película deprimente, un retrato del colapso total de un personaje para nada simpático, pero una actuación que se ganó unas merecidas palmas.

Luego de esto y por quien sabe qué razón, Cage quiso convertirse en un héroe de acción. Aquí empezó su larga asociación con Jerry Bruckheimer y filmes como La Roca, Contracara y la delirante Con Air, divertidisima y estúpida en iguales dosis (la definición de “placer culposo”) donde Cage aparecía con una melena a lo Lorenzo Lamas y un acento redneck que a ratos lo hacía parecer pariente de Cletus de Los Simpson.

Sin embargo, fue aquí que Cage se reveló no sólo como un actor intenso, sino como un excéntrico lleno de tics nerviosos y fijaciones obsesivas. Es un fan confeso de los cómics: tiene tatuajes de Superman y le puso a su hijo el nombre de Kal-El (para los no nerds, el nombre kryptoniano del superhéroe), asegurándole una infancia de burlas e incomprensión. Ni bien se anunciaba una adaptación al cómic, Cage mostraba interés por el papel principal sin importar si era adecuado para él o no; estuvimos demasiado cerca de verlo como el Hombre de Acero, una idea mala por donde se le mire.

Llegó a interpretar a Ghost Rider, convirtiendo a uno de los personajes más singulares de la Marvel (un espiritu de venganza, no cualquier otro musculoso con los calzoncillos encima del pantalón) en otra ridícula adaptación del comic. Quedó claro que, ya mayorcito y con una incipiente calvicie, Cage ya no está para hacer papeles de héroe de acción y ponerle una casaca de cuero y un peluquín no fue suficiente para hacerlo pasar como Johnny Blaze.

 

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Igualitos

 

Las actuaciones de Cage se volvieron de caricatura: grita, gesticula en exceso, pone los ojos en órbita, ríe como hiena y da la impresión de que ha aspirado toda la cocaína en Colombia. O eso, o está tan carente de energía que parece se está quedando dormido. Esto además de su insana obsesión con su calva: Cage no ha sabido envejecer con dignidad y trata de esconder sus entradas con unas pelucas tan obvias que ya hasta merecen un crédito aparte en sus películas.

Si bien Cage ha dado buenas actuaciones en los últimos 10+ años – Matchstick Men, Adaptation, The Weather Man, Lord of War, Bad Lieutenant – estas son excepciones en un curriculum atiborrado de películas flojas y olvidables como El Aprendiz de Brujo, Drive Angry, Season of The Witch y un largo etcetera, alcanzando su cenit con The Wicker Man, remake de una aclamada cinta inglesa de los 70s, una comedia no intencional que ha alcanzado un status legendario en Internet. Así, Cage de a pocos ha ido a parar al mercado del directo al video.

Ojalá que Nicolas Cage pueda algún volver a alcanzar sus momentos de gloria; por ahora, parece alguien que toma cualquier papel por dinero y se esfuerza lo mínimo posible, a menos que exista un director que se resuelva sacarle el jugo como actor. Uno no puede evitar pensar que se está desaprovechando, por más divertido que sea verlo volverse loco en pantalla. Esa es la excusa perfecta para presentarles este video, los Greatest Hits de Nicolas Cage:

 

El Gran Abrams

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Empezó el otoño y con él, llega la temporada de blockbusters a los cines. Aún faltan más estrenos, pero desde ya, Star Trek: En La Oscuridad está entre los mejores, una muestra de todo lo que este tipo de películas deberían ser: divertidas y sin insultar la inteligencia del público.

No soy fan de Star Trek para nada. A primera vista, lo único que veo en la serie original es un grupo de señorones sentados en una sala de control hablando en términos científicos. Ni que decir que William Shatner me parece un pésimo actor que no da risa. Nunca he entendido el fanatismo. Aún así, el remake de la serie del 2009 me sorprendió, una película entretenida que encontró la manera perfecta de rendirle tributo a su antecesora y al mismo tiempo actualizarla para un público moderno. Un Star Trek para fans acérrimos y para los que, como yo, no tenían idea de nada.

La secuela sigue la misma línea: llena de acción, humor, un reparto que ya se siente cómodo dentro de sus papeles, la extraña relación entre el impulsivo Kirk y el frío y analítico Spock, un villano memorable, en fin: todo lo que se le podía pedir a un film de aventuras con la tripulación del Enterprise. Y todo es gracias a J.J. Abrams, guionista, director, productor y una de las mayores promesas del Hollywood actual. Creador de series como Alias o Lost (que algunos aún no terminan de entender) y director de películas como Super

y Misión Imposible 3, Abrams es un director que sabe como crear un gran espectáculo visual, pero sin sacrificar historia y personajes. Se ha convertido, con justa razón, en un ídolo nerd. En mi opinión, su habilidad se debe a dos factores importantes que justamente van en contra de lo que suele hacer la industria hoy en día.

Muchas personas suelen quejarse de que las películas llegan a las salas sin sorpresas. Los trailers revelan demasiado; y con la Internet, resulta casi imposible no enterarse de cada pequeño detalle de una producción. Hay spoilers, videos detras de cámaras, trailers y un sinfín de contenido que puede hacer a uno sentir que ya vio la película sin que se haya estrenado. Abrams hace lo opuesto, manteniendo todas sus producciones en secreto.

Véase el caso de Cloverfield, cuyo nombre y críptico marketing dejó a muchos rascándose la cabeza, sin revelar que se trataba de una película de monstruos. Misión Imposible 3 contó con un trailer que mostraba un tenso enfrentamiento entre Phillip Seymour Hoffman y Tom Cruise, seguido de pirotecnia, pero todo sin dar ningún detalle de la trama misma; ver las amenazas del villano era suficiente para querer verla. Super 8 se basó en una campaña que la hacía parecer un oscuro filme de ciencia ficción (siendo su nombre una de las interrogantes), sin revelar que se trataba de un emotivo homenaje a los filmes de Steven Spielberg, E.T. en particular. Y la nueva Star Trek ha causado muchos debates, más que nada centrándose en el actor Benedict Cumberbatch y si el villano que interpreta es o no el mítico Khan. El marketing de la película ha generado expectativas, aunque no revela mucho de la trama.

 

 

Abrams sabe como llamar la atención de su público; logra generar expectativas sin echar a perder la película y hace que uno mayormente las vea sin saber que esperar. Resulta más placentero verlas así y eso es algo que no muchos realizadores hacen hoy en día.

Otra molestosa tendencia de Hollywood es de querer hacer de cada franquicia una trilogía. Aún si se tiene material para toda una serie filmíca, existe una regla no oficial en que esta no puede pasar de la tercera parte. Esta obsesión por querer hacer todo en tríos hace que las terceras partes salgan apuradas y con un exceso de contenido. Vease las decepción de Spider-Man 3, que metió a Venom – un villano que bien merecía una película aparte – a último minuto sólo para mostrarlo 20 minutos y como un enclenque. Los estudios no se arriesgan a alargar sus series, aún si el contenido lo amerita y terminan abarcando más de lo que pueden, o deberían.

Hasta ahora, ni Abrams ni nadie ha mencionado la palabra “trilogía” sobre esta nueva serie. Es más, salvo algunos pequeños detalles, esta aventura es casi independiente de la anterior y al final deja las cosas abiertas para otras secuelas, pero sin tener que seguir una misma línea argumental; no existe obligación de acabar todo en tres películas, por lo que Star Trek puede tomarse su tiempo. Al parecer, Abrams entiende el concepto de “seriales”, que es lo que toda franquicia en el cine debería ser.

Por estas razones, J.J. Abrams se ha ganado mi respeto: un director que aún cree en las sorpresas y en las buenas historias que nos puede dar el cine, además de un experto en marketing. Falta ver lo que es capaz de hacer con la nueva entrega de Star Wars, a estrenarse en el 2015.

 

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Carta Abierta

Queridos/as Distribuidores/Salas de Cine:

(O a quien corresponda)

Soy un fanatico confeso de los comics. Los he leído por años y años y si bien ya hace tiempo los dejé de lado, le sigo teniendo cariño a sus personajes. Es por eso que he estado siguiendo de cerca todas las películas del universo Marvel, admirado de como han logrado construir todo un mundo a través de cinco entregas. Iron Man 3 es uno de los estrenos que más estoy esperando este año, en especial luego de ver un trailer tan espectacular. He tratado de mantenerme al margen de otros detalles para no arruinarme la historia, cosa muy dificil de hacer en esta época donde la Internet hace imposible que cualquier nimiedad se mantenga en privado.

Llegó el día de estreno y estaba más que dispuesto a comprar mi entrada; hasta que me doy con la sorpresa de que, salvo en CINCO salas, la película sólo está siendo ofrecida en 3D. Por supuesto, no estoy dispuesto a pagar el costo extra para tener que utilizar lentes incómodos al servicio de una tecnología que, salvo casos puntuales como Avatar, no aporta prácticamente nada a la película excepto dolores de cabeza y una imagen oscurecida. Hace poco vi Jack el Cazagigantes en 3D y la imagen estaba tan oscura que a ratos no se podía distinguir nada en pantalla. Yo paso y estoy seguro que no estoy solo.

Mi sorpresa fue aún mayor al constatar que prácticamente todas las salas ofrecen la película doblada. Entiendo que esto se haga para películas infantiles/animadas; total, son para niños y lo último que estos quieren es ponerse a leer. Pero de un tiempo a esta parte, todas las películas que llegan a las salas, sean o no infantiles, o que tengan cualquier asomo de “fantásticas”, de inmediato pasan al doblaje, sin ninguna justificación. No falta mucho hasta que nos den Masacre en Texas doblada al español. Son pocas las películas que merecen verse dobladas y en este momento la única que se me ocurre es Comando (“Voy a hacerte talco“).

Existen algunos que disfrutan ver las películas en idioma original, sabiendo que se puede perder mucho en la traducción; o simplemente algunos no querrán toparse con un “Está chida tu armadura, Tony” que no haría más que romper la inmersión en la historia. Y sin embargo, para poder verla en 2D en idioma original, sólo nos dan la opción de cinco salas, a menos que paguemos el costo extra de los lentes.

Tengo la suerte de que una de los mentados cines que exhibe Iron Man 3 en inglés, el de Caminos del Inca, queda prácticamente al lado de mi casa, así que no me es molestia ver la película ahí. Pero aún así, me parece una verdadera falta de respeto al público que prácticamente estén obligando a la gente a pagar por el 3D  y a verla doblada. Al cortarnos las opciones de esa manera, no va a quedar más que ir corriendo donde nuestro casero de Polvos Rosados, o recurrir a un Torrent, aún sabiendo que la mejor manera de ver una película como está es en una sala de cine. Y por ello creo que se merecen un jalón de orejas.

Llevo varios meses diciendo que uno de los problemas es la falta de salas – y reconosco que esto en verdad no tiene qué ver con ustedes. Pero estamos en un mercado donde hay más distribuidoras que en años anteriores y por ende, se están trayendo muchas más películas. Los estrenos grandes son cada vez más constantes y las salas ya no se dan abasto; es por esto que si una película cualquiera llega a durar más de dos semanas, ya es todo un logro. De seguro algunos me dirán, “Si hubiesen más salas, eso sólo significaría más horarios para los tanques de Hollywood” y puede que tengan razón. Pero ayudaría en organizar mejor los horarios y si es que se pusiesen a pensar y a tomar riesgos, le daría oportunidad a una película de respirar, durar un poco más en cartelera, ya sea una superproducción o un film independiente, en vez de que tenga que pelear el espacio con otros estrenos para que luego la saquen a patadas sin más. Y evitaría que los que quieran ver Iron Man 3 en idioma original y en 2D tengan que escoger entre cinco míseras salas en toda la bendita ciudad.

Les agradezco la atención prestada.

Atentamente,

Un fan de Iron Man.

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El Pasado Los Condena

Esta semana, con cuatro años de atraso, llega a cartelera Blood Creek, cinta de terror de Joel Schumacher, un director que se ha paseado por todos los géneros habidos y por haber: drama bélico, comedia de acción, thriller psicológico, cine de superheroes (aunque muchos pretendamos que Batman y Robin no fue más que un mal sueño), y un largo etcétera. Los resultados han sido dispares y por más que tenga algunas joyas en su haber (Un Día de Furia y Línea Mortal son bastante sólidas), el director va a tener siempre que cargar con la cruz de haber hecho la película donde el Hombre Murciélago utiliza la Bati-Tarjeta de Crédito.

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A pesar de su director, Blood Creek resulta una curiosidad y no sólo por tratarse de un Nazi inmortal y vampiro. En su reparto figuran dos actores que eran dos perfectos desconocidos cuando se filmo, pero que hoy están dando que hablar. Por un lado está el alemán Michael Fassbender, que luego de esto apareció en Bastardos Sin Gloria de Tarantino como el pomposo oficial inglés que acaba muerto por no saber pedir unos vasos; luego de eso vino Shame, donde era un adicto al sexo y su posterior consagración definitiva como un intenso Magneto en X-Men: First Class.

El segundo actor es Henry Cavill, alias Superman; a juzgar por su último trailer, Man of Steel se ve épica. Se espera que sea un peliculón y que el actor esté en boca de todos luego de interpretar a Clark Kent.

El caso de estos actores no es nuevo: muchos han empezado su carrera en producciones desconocidas o de bajo presupuesto. Total, a pesar del glamour y los salarios inflados, ser actor es un trabajo tan sacrificado como cualquier otro y todos deben pagar derecho de piso. Algunos son casos conocidos: mucho antes de ser un actor ganador de Óscares, Tom Hanks hacía comedias tontas que a veces resultan más divertidas de ver que sus papeles serios (Despedida de Soltero es un clásico indiscutible); Sylvester Stallone tuvo su primer papel en una porno, A Party at Kitty & Stud’s, que luego del arrasador éxito de cierta serie fílmica sobre un humilde pero algo denso boxeador, fue rebautizada como El Semental Italiano; Penelope Cruz apareció de muy joven en un episodio de La Serie Rosa, dejando poco a la imaginación; Jackie Chan tuvo el honor de que nada menos que Bruce Lee le rompa el cuello en cámara como un extra en Operación Dragón; la lista es larga.

La gran mayoría de actores tienen sus inicios en películas de terror. Y porque no, si son de bajo presupuesto, se hacen rápido y no suelen pedir demasiado talento actoral. Así, Brad Pitt tuvo un papel en Cutting Class de 1989, uno de los tantos slashers que aglutinó el género en los 80s luego del éxito de Viernes 13 y filmes similares. Al menos, tiene que haber sido más atractivo para el actor que disfrazarse de Abelardo para trabajar en El Pollo Loco.

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La primera entrega de Pesadilla - la única que da miedo y donde Freddy Krueger no fue reducido a ser un cómico stand-up contando chistes – tiene a un joven Johnny Depp como el pobre diablo al que se lo traga su propia cama, redecorando toda la habitación en un geyser de sangre. La tercera parte, Dream Warriors, donde el tipo del guante con cuchillas amenaza a los pacientes de un hospital psiquiátrico, incluía a un joven Laurence Fishburne como uno de los enfermeros. Desgraciadamente, el actor no llegó a enfrentarse al villano – es de seguro que Morpheus terminaba barriendo el piso con Freddy.

Viernes 13 no es precisamente recordada por su calidad actoral. A lo largo de sus 18 y tantas secuelas, contaba con una serie de anónimas caras bonitas, a las cuales no se les pedía mucho más que parecer asustados y morir de la peor manera a manos de Jason Voorhees y su fiel machete (y en el caso de las mujeres, el estar dispuestas a andar ligeras de ropa). No se volvió a saber nada de muchos de ellos y con justa razón. Por ello resulta una sorpresa ver en la primera entrega (la responsable de tanto loco con máscara) a un joven Kevin Bacon como el “bacán” del grupo, que le hace ojitos a las mujeres, anda en coloridas y varoniles tangas y tiene la muerte más espectacular cuando le atraviesan la yugular con un arpón.

The Texas Chainsaw Massacre, sobre el asesino de la sierra, Leatherface y su familia de rednecks locos, tuvo una cuarta parte en 1994 que, entre otras cosas, convirtió al gigante en un travesti por ninguna razón. Muchos prefieren pretender que no existió, en especial Matthew McConaughey (y en menor medida, Renee Zellwegger, de quien ya no se sabe mucho hoy en día), que tuvo uno de sus primeros papeles como Vilmer, un granjero psicópata y lisiado. Ver al actor tejano pasar toda la película gritando, sudando y con los ojos desorbitados es tal vez la única razón por la que vale la pena buscar esta película, la cual vi por última vez siendo despedazada sin piedad por los cuervos animatrónicos del bloque de Cine Zeta que daban en I-Sat, un lugar más que apropiado.

Por esas épocas, McConaughey también se dio maña para aparecer en una de las recreaciones dramáticas de la serie Misterios sin Resolver. Yo, que era fan acérrimo de los casos de Robert Stack, solía creer en mi inocencia que esas recreaciones eran verdaderas. Si hubiese sabido quien era el actor antes, me hubiese arruinado parte de la infancia.

Luego de esto, hay que bajar un poco los estándares para llegar a Critters, serie sobre unas criaturas peludas y dentudas que mataban gente y que nunca dieron miedo a nadie; su tercera entrega incluía a un joven Leonardo DiCaprio, que de seguro no la incluye en su currículum. Y así volvemos a George Clooney: mucho antes de Batman, de guapo doctor en la televisión, de ser el tipo al que todos los hombres envidian en secreto y al que todas las amas de casa parecen tenerle ganas, tuvo un pequeño papel en El Regreso de Los Tomates Asesinos, cuyo nombre lo dice todo.

Casos como este hay miles; muchos famosos pretenden que estas películas no pasaron, mientras que otros se lo toman con buen humor e incluso están orgullosos. Así que, la próxima que veamos una película de terror clase B, a prestar atención: una de las tantas víctimas podría ser la estrella del mañana.

El Fenómeno Cachín

Asu Mare

Asu Mare – basado en el unipersonal del mismo nombre de Carlos Alcántara – se ha convertido en uno de los mayores éxitos del cine peruano: tras una semana de exhibición, ya ha llevado a medio millón de público a las salas. Incluso ha trascendido el ser una mera película para ser un fenómeno social. Es la película que hay que ver, la que todos discutirán en sus reuniones: “¿Ya viste Asu Mare? ¿Que esperas?” La publicidad ha trabajado a toda máquina, gracias al apoyo de marcas como Brahma o DirecTV; resultaba casi imposible salir a la calle y no encontrarse con algún cartel publicitario con la sonrisa de Machín, los cuales al principio confundí con avisos de Inka Kola. Simplemente, había que verla. Dejando de lado el aparato marketero y la publicidad, la película funciona: cumple con su objetivo de hacer reír y ofrecer un rato agradable.

Carlos Alcántara es un limeño de pura cepa, un tipo de barrio, con calle, que entiende de sobra como son los limeños. Ya sea a través de los momentos de su unipersonal (que debe haber sido para mearse de risa), o con las recreaciones del mismo, se da maña para burlarse de las costumbres y manera de pensar de sus ciudadanos, todo con buen ánimo. Ya sean sus amigos del barrio de Mirones o las alzadas chicas del San Silvestre, deja al descubierto algunos prejuicios, un inevitable “choleo” que mal que mal, aún existe. Basta con ver a Cachín y sus amigos yendo a sacar la libreta militar para ser clasificados según sus rasgos (“¡Nariz, aguileña!”), una práctica que según me dicen era muy común en otros tiempos. Felizmente, esta no es una protesta social, sólo apenas un retrato de nuestra sociedad con cariño y buen humor.

Uno no puede evitar además sentir un poco de nostalgia. Todos de seguro se acordarán de las patotas de barrio, el colarse a las fiestas de Miraflores, los nervios a la hora de hacerle el habla a alguna flaca; de Trampolín a la Fama y Augusto Ferrando, del Aló Gisela (¿Qué ama de casa no se pasaba la tarde viendo a la Señito y llamando al programa?), en fin, de todas esas cosas que hace de un limeño, un limeño. Son momentos y épocas que todos hemos vivido, y esa sinceridad es lo que hace a la película tan entretenida. Es una película totalmente limeña, hasta los huesos: no sería igual en ningún otro contexto. Y todo funciona gracias a Machín, uno de los intérpretes más carismáticos y queridos de nuestro medio.

Asu Mare no busca ser profunda, ni aleccionar: es sólo una comedia ligera que busca divertir, una historia de superación personal por las que es fácil aplaudir. El éxito que ha tenido se debe celebrar de todas maneras y no menospreciar. El cine peruano casi siempre la tiene difícil a la hora de atraer público, estando en directa competencia con más vistosos filmes hollywoodenses en una cartelera abultada donde apenas pueden durar una semana en salas. Aquí tenemos un éxito total que revierte esa tendencia, prueba suficiente de que el cine comercial es una opción viable para la industria nacional y que puede existir codo a codo con producciones más personales o de autor.

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Cine Social

Estando en la Universidad de Melbourne, era costumbre que varios clubes y grupos de interés especial, como Greenpeace o Sea Shepherd, organicen funciones especiales de cine en las salas de clase. A veces, haciendo hora entre una clase y otra, me dejaba caer en ellas. Fue así como vi Holly, de Guy Moshe, un drama acerca de la relación entre un cazafortunas estadounidense y una niña de 12 años, atrapada en el tráfico sexual de Cambodia. Era una película con un objetivo claro: denunciar esta práctica en los países asiáticos y dejar al descubierto las horribles experiencias por las que miles de niñas deben pasar.

 

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Me quedó la duda sobre como acercarse a una película así. Como crítico, le podía encontrar varios defectos: un presupuesto demasiado bajo, un final muy deprimente, etc. Sin embargo, me quedó claro que las intenciones de Moshe no eran entretener, sino denunciar, crear conciencia y motivar al espectador a informarse más sobre un tema que lamentablemente es cosa común en los países asiáticos. No pude negar sus buenas intenciones y el impacto no fue menor; algunas secuencias no se me olvidaron con facilidad. Por ello, no podía decir nada malo de ella (pero sí del siguiente filme de Moshe, un bodrio estilizado de artes marciales mezclado con western llamado Bunraku; pero ese es otro tema).

Quedé más expuesto a este tipo de cine (no sé si se le puede llamar un género como tal) cuando me tocó ser programador para el Human Rights Arts & Film Festival en el 2010; me abrió los ojos a toda una camada de cineastas que buscaban plasmar sus realidades en pantalla, y así llamar la atención de un público global. Que una sola persona les preste atención, ya era un gran paso. No era mero entretenimiento, sino cine con conciencia.

Estamos tan acostumbrados a ver el cine como un divertimento – explosiones, peleas, chistes, fantasía, efectos especiales – que es fácil olvidarse que a veces el celuloide puede usarse para otros objetivos. En estos casos, encuentro necesario quitarme la gorra de crítico y ver la película como un espectador más, tratando de empatizar con una situación de la que no tengo conocimiento y probablemente esté lejos de mi propia realidad. Consideraciones como el guión, la dirección o las actuaciones no vienen al caso.

Tal es el caso de Girl Rising, documental de Richard Robbins, que cuenta las historias de nueve niñas de países en desarrollo, enfrentando varias carencias y siempre con la determinacion de hacerse de un futuro mejor. Las mismas jóvenes participan en recreaciones de sus propias historias, narradas por estrellas de Hollywood como Salma Hayek, Cate Blanchett o Meryl Streep.

 

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Entre ellas está Senna, del pueblo minero de La Escondida en Puno, una niña que, inspirada por los poemas de César Vallejo, busca salir adelante en un lugar donde la educación para las mujeres no es una prioridad. A instancias de su fallecido padre minero, que siempre pensó que su hija lograría ser mucho más que él, Senna está determinada a ser alguien, aún con poco acceso a oportunidades.

Se trata de un grupo de niñas para las cuales la educación es su arma más poderosa, una posibilidad de cambiar sus vidas; en el caso de Yasmin, una chica de Afganistán, es una manera de romper con las rígidas tradiciones de un país donde las mujeres tienen muy pocos derechos y son tratadas como meros objetos. Todas estas historias tienen un objetivo, el de mostrar la realidad de estas jóvenes, algunas víctimas de maltratos, dar pie  a mayor discusión e involucrar a cuanta gente sea posible.

Claramente, esta película no está hecha para sólo sentarse en una butaca y comer canchita. Es parte de una campaña global de movilización  social por parte de CARE Perú: “Educar a las Niñas es Cambiar el Mundo“, en alianza con The Documentary Group, un grupo de documentalistas, periodistas y cineastas abocados al cambio social. Este mes, el film tendrá un paso por las salas de UVK, buscando llevar este mensaje al público local. Una iniciativa que no está de más apoyar.

Es también prueba de que, más allá de entretener, el cine, con todos los recursos con los que cuenta, puede ser una poderosa herramienta de cambio si se utiliza bien.

 

Cuadernos

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Dicen que la mejor manera de desahogarse es escribir. Si es que tienes algún problema, algo que no te deja dormir, que ocupa tus pensamientos todo el día y no puedes expresarlo con palabras, entonces lo más sano es plasmarlo en papel. Coge un lápiz y déjate llevar.

En mi primer año de universidad, yo tenía varias cosas dándome vueltas en la cabeza: de la caótica y desordenada urbe limeña, me trasladé a una ciudad provinciana chilena, más chica y tranquila. Estaba estudiando en otro país, conociendo gente nueva, casi todos mayores que yo. Cargaba con el infaltable amor platónico no correspondido de juventud, extrañaba mi casa y amigos y me sentía solo – algo que disminuyó gradualmente conforme conocí más a mis compañeros.

En un afán de desahogarme, compré un cuaderno marca Torre de tapa roja y me puse a escribir. Cualquier cosa que se me viniese a la mente. La idea era escribir una novela, interminable, sin estructura clara, un relato en primera persona lleno de inseguridades, cuestionamientos, anécdotas divertidas y nostalgia. Lo cierto es que uno siempre termina escribiendo sobre sí mismo, sobre lo que ha vivido y lo que siente: de lo que sabe. Así, sin darme cuenta, estaba escribiendo un diario que quería ser ficción pero era demasiado personal. “Este soy yo y esto es lo que estoy sintiendo ahora – ¡Novela, las huevas!”

Mis amigos sabían de mi veta literaria, por eso no les extrañaba verme sentado solo en una banca meditando frente a una página en blanco. Si una clase se ponía demasiado aburrida, garabateaba algunas líneas para pasar el rato. ¿Qué habrán pensado los profes? “Que aplicado es, no para de tomar apuntes este chiquillo.”

En un momento, cayó en mis manos un volumen del diario personal de Julio Ramón Ribeyro, un recuento de los pensamientos del célebre y huraño cuentista peruano, uno de mis ídolos. Fue a raíz de ese libro que empecé a ponerle fechas a mis escritos, tal vez pensando que eso me convertiría en el próximo Ribeyro.

Pronto, mi fiel Torre de tapa roja paso a la historia, carcomido y lleno de dibujitos por todas partes (cuando no tenía que escribir, me la pasaba dibujando caricaturas deformes). Y a este le siguieron un Torre Uno naranja y un Isofit negro.

A la par con escribir, me volví cinéfilo y el Torre Uno pasó a tener doble función: escribía pequeñas reseñas de cada pelicula que veia y en un arranque deportista que no sé de donde me salió, también comentaba los partidos de futbol del Mundial Corea-Japón, al menos los que lograba ver porque los transmitían de madrugada y había que trasnocharse. Como El Veco pero sin saber nada.

Cuando me di cuenta que escribía más sobre películas que sobre mi mismo – al final, se supone que para eso son los diarios – las trasladé a otro cuaderno y a otra serie de escritos. Lo del fútbol nunca se volvió a repetir; como relator deportivo me moría de hambre

Pasaron los años y varios cuadernos desfilaron por mis manos; el mejor de todos fue uno de tapa dura que compré en una tienda en Santiago que vendía manualidades – lámparas de papel, tableros de ajedrez tallados en madera, maceteros de céramica y demás cosas raras y artesas para decorar el hogar.

Hasta que volví a Lima y de repente, ya no escribía tanto como antes. En parte fue por engreído: me acostumbré a los cuadernos Torre y al no encontrarlos en casa, no fue lo mismo. No sentía el mismo cariño por los Minerva grandes, incómodos, con renglones poco espaciados y tan chicos que tuve que encoger aún más mi letra, que de por sí ya es microscópica; un querido profesor de la universidad decía que parecía una cagada de mosca. “Señor Zelaya, parece que a usted le enseñaron caligrafía en un boleto de micro.”

También me ganó la flojera y con el Internet, me dediqué a chatear y escribir mails más que otra cosa. El teclado reemplazó al lapicero. Debo admitir que mi diario quedó un poco en el olvido, y no porque no tuviese cosas que escribir, de las cuales desahogarme (varias de las cuales tuvieron que pasar por el ojo clínico de la terapia). Fue por flojera.

Eso es algo que trato de rectificar escribiendo estas líneas. Si me propongo ser escritor, debo hacerlo más seguido. Y para eso estaban esos cuadernos, los mismos cinco vólumenes que ahora están en un cajón esperando algún día ser publicados, al más puro estilo ribeyriano, los pensamientos de un escritor que no fuma como chimenea ni vive frente al mar, pero que tiene cosas que contar.

 

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