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Detrás de Cámaras

A veces, las historias detrás de la filmación de una película pueden resultar igual, o incluso más, de interesantes. Ya sea por los caprichos de la naturaleza, peleas dentro del equipo realizador o un sinfín de razones, siempre existe gran curiosidad por saber como una película se llevó a la pantalla. Miren si no la problemática filmación de Apocalipsis Ahora de Coppola: una odisea en las Filipinas que demoró más de un año, donde el director tuvo que lidiar con el paro cardíaco que casi fulmina al actor Martin Sheen, con un huracán que destruyó buena parte del set, con la incomodidad tremenda de filmar en un clima tropical, con un Laurence Fishburne de 14 años que mintió sobre su edad para no perder su trabajo, y con los caprichos del errático aunque brillante Marlon Brando, quien era legendario por ser un dolor de cabeza para cualquier director. A través de los 16 meses de filmación, el estrés fue tal que Coppola consideró el suicidio más de una vez; al final, le esperaba la bonita tarea de editar casi 200 horas de metraje y una montaña de deudas que demoró años en pagar. La película es un justo clásico, pero la historia de su realización es igual de fascinante.

 

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Los detrás de cámaras son de interés para cualquier cinéfilo, ya sea por simple morbo o por aprendizaje. Una figura que tiene más de un relato que contar es el productor inglés Michael Deeley, cuyo libro de memorias, Blade Runners, Deer Hunters, And Blowing The Bloody Doors Off es una colección de anécdotas de los 60s, 70s y 80s donde el autor profesa su admiración por algunos realizadores y su total antipatía por otros. Si algo me enseñó este libro, es que el productor es mucho más que “el tipo que pone la plata”: es el encargado de juntar todos los elementos de una filmación, el que hace los acuerdos para que una película reciba distribución, el responsable de que el proyecto se lleve a buen puerto y el que debe lidiar con cualquier capricho o problema que tengan directores o actores; y vaya que le ha tocado lidiar con algunos personajes.

El Francotirador es tal vez el momento cumbre en la carrera de Deeley y si bien el inglés asegura estar orgulloso de haber ganado el Oscar, lo que le incomoda es ver en la estatuilla el nombre de Michael Cimino junto al suyo. La película partió como algo muy distinto, un drama centrado en unos hombres que se ganan la vida jugando a la ruleta rusa. Fue Cimino quien decidió ambientarla en la época de Vietnam, cambiando el enfoque de la historia y de paso negando cualquier crédito a los dos escritores que crearon la historia original. Cimino solía contar que el film estaba basado en sus propias experiencias como soldado; luego quedó comprobado que nunca puso pie en un cuartel. Tenía además una manía inexplicable de rebajarse la edad.

El perfeccionismo del director alargó la filmación hasta el infinito, inflando el presupuesto y dándoles canas prematuras a los productores. Lo que se suponía sería una película de dos horas terminó durando tres; la introducción de casi 60 minutos puso nervioso a más de un distribuidor. Cimino también se dio maña para adjudicarse todo el crédito por la cinta, incluso usurpando las labores de productor; el gran insulto para Deeley fue ver el nombre del director en solitario durante todos los créditos, como si hubiese hecho la película por sí solo. Esto después de que todo el equipo técnico confesó odiar a Cimino, sintiendo que no apreciaba el trabajo de nadie. El Francotirador es otro justo clásico, pero Michael Cimino resultó ser problemático: su siguiente obra, La Puerta del Cielo, se ha vuelto famosa por sus excesos, una filmación eterna y repleta de problemas cuyo fracaso dejó en bancarrota al estudio United Artists y borró a su director del mapa.

 

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Otras “joyas” con las que Deeley tuvo que lidiar fueron: Sam Peckinpah, con quien se encontró en un momento en la que la afinidad del director por las drogas y el alcohol ya era cosa conocida, cuyo hobby era hacer todo lo posible por joder a sus productores y equipo técnico, desde darle cargos “fantasmas” a sus amistades hasta desaparecer por días enteros sólo para regresar con feroz resaca y rehusándose a trabajar; y el gran Christopher Lee, estrella de la cinta de culto The Wicker Man en 1973; la única manera de lograr que los cines la muestren en Inglaterra fue en funciones dobles de cine B y editando gran parte del contenido, incluyendo un discurso del actor sobre manzanas. Lee consideraba su papel en este film como el mejor de su carrera y creía indigno tener que tomar el segundo lugar en una función doble; luego de ver removido gran parte de su papel, montó en cólera y hasta hoy detesta a su productor junto a varios fans de la cinta que consideran que Deeley nunca hizo lo suficiente por darle el lugar en salas que merecía.

Junto a experiencias malas también las hay buenas: Deeley fue el responsable de popularizar el Mini Cooper al llevar a la pantalla The Italian Job en 1969, con Michael Caine en sus épocas de galán absoluto: la filmación en Turin recibió gran ayuda de Gianni Agnelli, presidente de Fiat y quien prácticamente controlaba la ciudad. Luego está su profesa admiración por Ridley Scott, con quien trabajó en Blade Runner, incomprendido clásico de ciencia ficción. Esta fue otra película que cambió mucho en su camino a los cines: empezó como una simple historia de amor entre un hombre y una cyborg. Fue Scott, detallista y perfeccionista hasta decir basta, quien la convirtió en la alucinada visión de una Los Ángeles futurista que es ahora. Tuvo sus problemas: una trama confusa que tuvo que ser retocada varias veces (existen hasta seis versiones diferentes de este film), exceso de costos, problemas entre Harrison Ford y su director, peleas con el estudio que no tenía idea de como vender una obra así, hasta un episodio en el que Deeley echó del set a Steven Spielberg sin reconocerlo, lo que le valió varios enemigos en Hollywood. Aún así, el productor está orgulloso de su trabajo y si bien la película tuvo la mala suerte de ser estrenada el mismo año que E.T., hoy en día es un clásico en su género.

 

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Luego de sufrir con Blade Runner, a la cual le dedica tres extensos capítulos en su libro, Deeley se retiró de Hollywood, sólo trabajando en televisión un par de veces más; dice ya no saber que hacer dentro del cine actual, donde los remakes se han vuelto cosa común y las peliculas se hacen mayormente pensando en generar ingresos. Así, el inglés da cierre a un libro que detalla el trabajo de un productor y da cuenta del alucinante e impredecible proceso de realizar una película, un trabajo de años donde se puede tener éxito como fracasar; es casi como jugar a los dados. Deeley, a pesar de su impresionante currículum, también admite errores. Él y su director fetiche, Peter Yates, rechazaron hacer la adaptación de una novela de “un autor ítalo-americano que no conocía nadie”, por considerarla muy difícil de traducir a la pantalla. Fue así que Coppola terminó consagrándose con El Padrino, mientras que Deeley se fue al Orinoco a filmar un filme bélico con Peter O’Toole que pasó sin pena ni gloria, donde tuvo que lidiar, entre otras cosas, con la caprichosa naturaleza, un submarino antiguo prestado por el gobierno que amenazaba con hundirse si lo sumergían, y el haberse salvado por un pelo de morir en un accidente de avión, luego de que el tráfico de Caracas y el mal clima le impidieran llegar a tiempo al aeropuerto. Errar es humano, como dicen.

Perro Guardián

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Carlos Alcántara es uno de nuestros intérpretes más queridos. Desde las épocas de Pataclaun que la gente lo admira por ser un tipo gracioso, con chispa, carismático y a todas luces sencillo. Pero todos los que vayan a ver Perro Guardián porque “¡Sale Cachín!” se van a llevar tremenda sorpresa: este es un drama sombrío y totalmente serio, sin ningún atisbo de humor, donde Machín Alberto decide pasarse al lado oscuro sin ningún reparo.

Alcántara interpreta a Perro, un ex militar convertido en sicario. Solitario y de pocas palabras, trabaja para un misterioso grupo de ex colegas sin hacer muchas preguntas. Es el año 2001, durante el gobierno transitorio de Valentín Paniagua y mientras espera a que se apruebe la mentada Ley de Amnistía para los militares, Perro vive en la clandestinidad, alejado de su familia.

Su existencia dará un giro cuando uno de sus trabajos lo pone en contacto con una secta religiosa liderada por un histriónico predicador (Reynaldo Arenas). Mientras se adentra más en la religión, trabará una incierta amistad con una aproblemada joven (Mayra Goñi). Esto remite inevitablemente a El Profesional de Luc Besson, pero las intenciones de la dupla Bacha Caravedo-Daniel Higashionna son otras, mucho más arriesgadas.

Alcántara ha dicho más de una vez que este es el papel más complejo que le ha tocado interpretar. No se equivoca: Perro es un personaje hermético, de pocas palabras; en su mirada intensa se ve a alguien traumado por las experiencias que le ha tocado vivir durante sus épocas de soldado. A su manera, recuerda al Travis Bickle de Taxi Driver, excepto que Bickle era el alma de la fiesta al costado. Perro resulta tan cerrado que a veces es difícil de leer; cuesta entender su mentalidad, su rollo. Alcántara se sumerge de lleno en el papel; fue un gran riesgo el enterrar el gran carisma por el que se le conoce, pero da buenos resultados, aún si se trata de un personaje tan ambiguo que puede resultar frustrante.

La trama minimalista, sugiriendo muchas cosas sin mostrarlas, no se va por lugares comunes. Perro no es precisamente una buena persona y no está dentro de sus cabales. Tampoco busca la redención, como tantos otros protagonistas de este tipo de historias. Lo suyo no es ser un ángel de la guardia. La relación con la joven, que se debate entre su fe y la rebeldía adolescente, pasa a un segundo plano; la joven Goñi cumple muy bien en un papel que fácilmente pudo caer en la exageración.

Una vez que descubre su lado espiritual, el último refugio para alguien atormentado por su propio pasado, Perro se convierte en otra cosa, acaso algo tan o más peligroso de lo que ya era. No es una crítica directa a la religión, pero tampoco es una celebración de lo espiritual.

La publicidad está vendiendo mal esta película; el avance sugiere un thriller lleno de acción y ciertamente tiene su cuota de violencia cuando Perro lleva a cabo sus trabajos de manera casi robótica, pero en realidad, estamos ante un drama pausado que nos muestra el estado psicológico de un personaje dañado que está perdiendo su humanidad. A pesar de no desarrollar del todo sus ideas, es un film peruano bien hecho que toma riesgos. Vale la pena.

 

 

Salvajes

 

Lo malo de ver tantas películas es que se hace cada vez más difícil que uno se sorprenda dentro de una sala. A veces me resulta complicado despegarme de mi papel de crítico y ver una película sólo para pasar el rato; más aún en estas épocas del año, donde las salas son inundadas por un blockbuster tras otro y uno se empieza a cansar de tanta explosión/efecto especial/robot gigante/etc. Ojo, yo disfruto de estas películas como cualquier vecino, me divertí a lo grande con Guardianes de la Galaxia (un claro ejemplo de como hacer un buen espectáculo), pero luego de haberlas visto, me doy cuenta que ya no queda mucho más, las salas no tienen más oferta y todo empieza a verse igual.

Pero de vez en cuando llega una película que te deja con la boca abierta, de esas que te hacen recobrar la fe en el cine, que te hacen darte cuenta que aún te queda mucho por ver y todavía puedes sorprenderte cuando menos lo esperas. Sales emocionado de la sala, con ganas de contársela a todo el mundo y hacer que todos la vean, para que te den la razón en que se trata de una genialidad, o para que te digan que no les gustó y que tienes gustos bastante bizarros. Siempre es un placer cuando eso pasa y en este caso, me ocurrió con la argentina Relatos Salvajes, de Damián Szifron.

 

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Se trata de una antología de seis historias, todas de alguna manera u otra respondiendo a una simple pregunta: ¿que sucede cuando perdemos la razón? Ya sea por circunstancias que no podemos controlar, o por aquellas cosas chicas que nos fastidian como una piedra en el zapato, como los malos conductores o la maldita burocracia que jode y no dejar hacer nada; son aquellos momentos que nos hacen perder la cabeza, cuando nos comportamos como animales salvajes (por si los créditos iniciales con imágenes de National Geographic no lo dejaban claro).

Así, cada historia parte de una situación “sencilla” – un encuentro casual en un avión, un no-tan-feliz matrimonio, una disputa en la carretera con ecos de Duel de Spielberg – para luego ir creciendo en tensión, utilizando un fino humor negro carbón para llegar a desenlaces inesperados e hilarantes. Estas son historias absurdas, de no creer, de esas que uno lee en los titulares de diarios chicha y no se explica que hayan sucedido de verdad, tan increíbles que no te queda otra que reír. El talento de Szifron está en encontrar el humor en anécdotas serias, trágicas incluso; si eres de los que se ofenden fácilmente, mejor sigue de largo.

Los seres humanos somos de naturaleza impredecible; debajo de nuestra apariencia civilizada, somos animales que actúan por instinto, una regresión que puede ser gatillada por cualquier cosa y que nos puede volver mezquinos  y vengativos. Esta película lleva esta idea hasta los límites de lo absurdo.

Prefiero no decir nada más; este es el tipo de film que es mejor ver sin saber nada y dejarse sorprender. Relatos Salvajes es como leer un muy buen libro de cuentos que te tiene pasando las páginas compulsivamente, al que quieres volver una y otra vez. Se estrena el 21 de agosto, así que hagánse un favor: este es uno de los mejores estrenos del año.

 

Planeta de Monos

 

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Más allá de sus irresistibles imágenes de monos a caballo disparando metralletas a dos manos o andando en tanques, El Planeta de Los Simios: Confrontación hace lo que toda buena secuela debe hacer: expandir el universo presentado en la primera parte, continuar la historia de manera natural y no ser un simple calco de su antecesora. Más importante aún, entierra definitivamente cualquier recuerdo del aburrido remake de Tim Burton, que de buena sólo tenía el maquillaje.

Han pasado algunos años desde que una supuesta cura para el Alzheimer mutara en una “Gripe de Simios”, matando a buena parte de la población de la tierra y otorgando a los primates avanzada inteligencia. En una San Francisco abandonada y en ruinas, los sobrevivientes humanos, liderados por Dreyfus (quien no es un déspota gritón echando espuma por la boca, a pesar de ser interpretado por Gary Oldman) buscan reconstruir su sociedad, mientras que, en el bosque, el mono César y sus compañeros – entre ellos el rabioso Koba (el de la cicatriz en la cara) y el orangután Maurice (el que parece que se sentaron en su cara) – construyen su propia civilización, aprendiendo a hablar, a defenderse, a ser padres; las típicas preocupaciones de un simio promedio.

El conflicto será inevitable, pero el director Matt Reeves procura no inclinarse mucho por ningún bando, ya que ambos sólo buscan sobrevivir. Existe la discordia por ambas partes; algunos humanos prefieren ver a los simios en jaulas, mientras que Koba, resentido por haber sido sometido a experimentos en un laboratorio, sólo quiere vernos muertos a nosotros los bípedos. Por más que ambos logren encontrar un lugar común, este lamentablemente será sólo temporal (basta con ver la película original para saber en que termina esto).

Al final, los simios terminan cometiendo los mismos errores que los seres humanos, mostrando que no son tan distintos como César quiere creer. Es la misma historia de siempre: toda nueva civilización sigue el mismo proceso de conflicto y cambio y todas terminan repitiendo las metidas de pata de la anterior. Los simios no son la excepción y sólo falta ver que pasa. Si se animan a hacer una entrega más, la presencia humana ya no es del todo necesaria.

Quien sabe si un estudio se arriesgaría a hacer una película sólo con monos de protagonistas, pero con lo visto aquí, no sería tan jalado de los pelos; sólo vas a ver simios más realistas en una selva. A pesar de estar escondidos bajo la tecnología motion capture, Andy Serkis y los demás intérpretes simiescos hacen un gran trabajo, dándole humanidad a los simios. De ahí a que esta película funcione; se la toman completamente en serio y el espectador también.

 

 

Memorias Mundialistas

El Mundial termina esta semana. Mientras algunos hacen apuestas sobre quien saldrá campeón, otros ya están preguntándose de que otra cosa van a poder hablar todo el día. Y es que es dificil ser ajeno a la fiesta del fútbol; se convierte en el pan de cada día durante un mes y aún si no te gusta el deporte, te enteras de todo. Lo más probable es que, si nos ponemos a hacer memoria, recordemos algo especial de cada uno de los Mundiales.

La primera vez que yo tomé conciencia de este magno evento fue en Italia 90 y sólo porque llené el álbum. Recuerdo que me mataba de la risa con el peinado del Pibe Valderrama y que todos los jugadores coreanos me parecían iguales, pero nada más. Tenía apenas seis años y no me acuerdo de nada de aquel torneo donde Camerún fue la revelación y Roger Milla popularizó el bailecito alrededor de la bandera. Mientras todos gozaban con el campeonato, yo me quedaba viendo las figuritas. Hasta el mítico Ron Jeremy se contagió de la fiebre del balompié y salió en la versión XXX del Mundial, donde vestía la camiseta de Maradona.

 

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Dos ídolos en uno.

 

Para Estados Unidos ’94, la familia estaba radicada en un campamento minero en Honduras. Fue aquí que vi el partido inaugural entre Bolivia y Alemania junto a un amigo que decía que era nuestra obligación, viviendo en un país de habla hispana, de apoyar a los latinoamericanos. Dentro de mi limitado conocimiento deportivo, yo le aseguré que los Panzers ganarían sin problemas. Su respuesta fue que una vez entrara el ‘Diablo’ Etcheverry las cosas serían distintas. En efecto, el crack boliviano ingresó a la cancha, sólo para ser expulsado minutos después por meterle una patada a Lothar Matthaus. Se perdió el siguiente partido y para el tercero, Bolivia fue eliminada. No tuve que ser el Pulpo Paul para pronosticar el resultado: Alemania ganó 1-0.

Los grandes ídolos entre los jóvenes del campamento, los que hacían suspirar a las chicas, eran jugadores gringos como Alexi Lalas o Cobi Jones, aún si Estados Unidos no era conocido precisamente por su calidad futbolística. Al final, el recuerdo más doloroso de este Mundial fue que con la familia estuvimos en Florida durante el torneo y no aprovechamos de ir a ver un partido al Citrus Bowl de Orlando; aún tratándose de un Bélgica-Marruecos, (que debe ser como ver un Aurich-Melgar) debió ser una fiesta y la oportunidad de poder decir, “estuve en un Mundial”.

Cuatro años después, ya estábamos de nuevo instalados en Lima. Camino al colegio todas las mañanas, mi padre escuchaba a un comentarista de Radio Miraflores que se la pasaba despotricando acerca del bajo nivel del fútbol peruano y de como nunca llegaríamos a un Mundial (profecía que se cumple hasta hoy). Su ira llegó a niveles estratosféricos cuando se supo que Jamaica iría a Francia: “¡Hasta ese país donde bailan reggae y fuman pitos va a ir, y nosotros no!”

Fue justamente el equipo jamaiquino al que recuerdo ver recibir una soberana goleada por parte de Argentina en un quiosco en La Cantuta, en Chosica, en un soleado fin de semana. Argentina tenía un muy buen equipo, pero los verdaderos ídolos eran los brasileros y sus coloridos apodos, liderados por el pelado Ronaldo. En aquel entonces, Francia era una incógnita para mi y Brasil eran imbatibles, por lo que no me entró en la cabeza como es que perdieron la final 3-0. Sólo ahora me vine a enterar que en parte fue porque el ‘Gordo’ sufrió un ataque de epilepsia la noche anterior y fue repuesto en el equipo poco antes del pitazo inicial, recién salido de la clínica y totalmente dopado, por lo que deambuló por la cancha como un espectro.

 

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Estaba estudiando en Chile cuando se dio Corea-Japón, el primer Mundial donde muchos sufrimos con la diferencia de hora. Había que madrugar para ver los partidos en sesiones maratónicas, por lo que varios compañeros se aparecían en clase con unas ojeras de campeonato y resinosos, sólo para quedarse dormidos en sus asientos. Los más sensatos optaron por quedarse en casa, incluyendo a uno que otro profesor pelotero.

Por estas épocas, escribía de todo: desde cuentos, pasando por críticas de cine, hasta un diario. Durante el campeonato, se me dio por escribir pequeños resúmenes de los partidos. Me creía El Veco, pero no sabía nada. Algunas perlas de mi innoble periodo como relator deportivo, que menos mal no duró demasiado:

 

Alemania 8, Arabia Saudita 0: Ay, que fea goleada. Alemania es una máquina.

Francia 0, Uruguay 0: El perdedor aquí cagaba y al principio ninguno de los dos parecía darse cuenta de ello.

Alemania 2, Camerún 0: Las figuras fueron los africanos por HUEVONES!!!.

México 1, Italia 1: México tiene buenos jugadores y desde ahora les hago barra a falta de sudamericanos.

 

Volví a Lima para Alemania 2006, con un poco más de conocimiento futbolistico a cuestas. Fue aquí donde me di con la cobertura local del torneo, que abusó de los mismos comerciales durante un mes entero; al final se veían hasta en la sopa. Como olvidar aquel irritante spot del taxista que se parecía a Ronaldinho, repetido una y otra y otra vez; todos aquellos que ahora quieren gritarle al televisor cuando sale el Viejito HD a contar sus anécdotas de abuelito senil deben saber de lo que estoy hablando.

Australia era un equipo al que no se le tenía mucha fe, pero en este torneo, fueron una grata sorpresa. También mostraron la importancia de contar con un buen técnico; de la mano de Guus Hiddink, mostraron suficiente habilidad como para pasar a octavos, donde sigo pensando que Italia les robó la clasificación con más de un truco sucio.

 

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Justamente fue en el país de los canguros donde me encontró Sudáfrica 2010; de nuevo había que madrugar para ver todos los partidos. Australia fue goleada por Alemania en su primer partido y ya nadie quiso saber más. Instalaron una pantalla gigante al costado del río Yarra para ver el segundo partido contra Ghana, donde unos hinchas africanos me amenazaron para que haga barra a su equipo. Cuando las Estrellas Negras metieron un gol, la mitad del público maldijo a viva voz y se fue, sólo para regresar corriendo cuando los Socceroos lograron empatar.

En pleno torneo, fui a visitar a una prima a Bundaberg, un pueblo a horas de Brisbane conocido por la marca de ron del oso polar. Ahí me desconecté del mundo, dedicándome a caminar por la playa, leer, escribir y jugar Fifa con el novio de mi prima en el Playstation, recibiendo unas goleadas épicas que me hacían tirar el control contra la pared. Fue en este idilio donde madrugué para ver la final entre España y Holanda, que a la postre fue bastante aburrida (a Manolo el del Bombo le debe haber dado un paro cardíaco de la emoción). Eso sí, la semifinal entre Holanda y Uruguay fue un partidazo, una final de verdad.

Vi el mundial enteramente a través de SBS, que hicieron una cobertura bastante completa de todo el evento. La gran mayoría de periodistas locales lo encontraban aburrido por 1) considerarlo un juego muy táctico donde casi ni se hacían anotaciones; y 2) porque los jugadores eran unas nenas que lloraban al menor contacto, cuando en el Australian Rules Football  no era raro que los atletas saliesen a jugar sangrando o vendados (en esto sí hay que darles algo de razón, porque algunos futbolistas merecen un Oscar; De Niro, vete a casa). Los de SBS se lo tomaban totalmente en serio y estaban bastante preparados. En el canal pasaban un spot que, si bien podía pecar de meloso, sensiblero y parcializado, resumía bastante bien el sentimiento detrás del fútbol y la fiebre que genera a nivel mundial.

 

 

Y así llegamos a Brasil 2014, de nuevo en Lima y con horarios decentes. A pesar de que sigo sin ser un erudito en el deporte, no me he perdido ningún partido. No sé que anécdotas estaré contando en algunos años. Tal vez lo mucho que nos hemos vacilado con las narraciones de Fleischmann. O tal vez el que este haya sido el Mundial de los memes, que han aparecido en tiempo récord para inmortalizar todo lo sucedido: la eliminación de España, la mordida de Súarez, las celebraciones del Piojo Herrera, el parecido de Pitbull con Voldemort, etc, Pero de que dará anécdotas, las dará.

Así Es El Fútbol

Empezó la gran fiesta del fútbol; cada cuatro años, la gente deja de trabajar y la productividad baja a cero cuando todos se pegan a sus televisores por un mes para ver a 22 compadres correr de un lado a otro de la cancha, pateando pelotas y a veces, a sí mismos. Es la Copa del Mundo.

Debo confesar que no sé nada de fútbol y soy de palo para patear pelotas. En la universidad, mis amigos chilenos pensaron que siendo peruano, seguramente movía el balón como (Ella era un travesti) Flavio Maestri; luego de un par de pases, fui invitado amablemente a volver a mi casa y no regresar. Lo único que me queda es desquitarme jugando PES o Winning Eleven y vaya que me demoró aprender para que sirve cada botón.

Aún así, me gusta ver el Mundial. No sólo porque el deporte se juega a su más alto nivel, sino por el ambiente festivo que se crea (tienen razón cuando dicen que este deporte junta a todos los pueblos) y por la cantidad de anécdotas que quedan para la historia.

Está La Batalla de Santiago en 1962, un partido entre Chile e Italia que se convirtió en un combate digno de una pandilla callejera, con los jugadores ignorando la pelota para repartir patadas y puñetazos; el espectacular Gol del Siglo de Diego Maradona, que hizo olvidar a todos que el 10 había metido un gol con la mano con toda la concha del mundo sólo minutos antes; la aparición de Corea del Norte y sus 60 hinchas uniformados en el mundial pasado, lo cual gatilló mi excesivo interés por conocer la historia del problemático país.

La lista sigue: un partido entre Kuwait y Francia en 1982 que fue interrumpido por un jeque millonario, miembro del comité olímpico, que ordenó a sus jugadores no moverse hasta que el árbitro no permitiese un gol francés. La soberana goleada 6-0 que nos metió Argentina en 1978 (una época muy, muy lejana en la que teníamos un buen equipo capaz de dar pelea a nivel global), un resultado que hasta hoy se rumorea fue comprado por el régimen de Jorge Rafael Videla.

Pero uno de los hitos del balompié, la historia que todos hemos escuchado, seamos hinchas o no, es la del inolvidable Maracanazo de 1950, cuando Uruguay y Brasil se enfrentaron por la copa en Rio de Janeiro. Maracaná, de Sebastián Bednarik y Andrés Varela, nos lleva a revivir aquel fatídico campeonato a través de imágenes de archivo de la época y testimonios de los participantes.

 

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Es una verdadera historia de David y Goliat. A pesar de haber organizado la primera copa del mundo y haber sido campeones, Uruguay estaba en una crisis futbolística de proporciones, con muchos dirigentes y jugadores en paro; incluso, el capitán Obdulio Varela sólo aceptó volver al equipo luego de que se le prometiera un trabajo en oficina pública. Brasil, mientras tanto, era anfitrión por primera vez, su selección era favorita y el país se había convertido en una fiesta.

Ambos equipos llegaron a la final. Nadie daba un peso por Uruguay, mientras que Brasil ya se consideraba campeón. La gente organizó carnavales improvisados afuera del estadio y todos se sentían ganadores. Luego de 90 minutos, las caras de los más de 200,000 asistentes eran de terror: los charrúas lograron un milagro y levantaron la copa tras un 2-1 de infarto. El entonces presidente de la FIFA, Jules Rimet, había preparado un discurso en portugués para los ganadores y fue dejado solo en la cancha con el trofeo en la mano. La Federación carioca había fabricado 22 medallas de oro con los nombres de los jugadores que terminaron en la basura; hasta se compuso una canción de victoria para los brasileños que nunca se tocó.

Brasil fue bajado de las nubes en un instante y el país entero cayó en una depresión severa (el gran Pelé se encargaría de devolverles la sonrisa algunos años después). Tras observar la cara de derrota de la poca gente que quedó en la calle, Varela aseguró arrepentirse de la victoria; el arquero Barbosa comparó los años siguientes al Mundial como estar en la cárcel. Los uruguayos, mientras tanto, volvieron a casa como héroes, aún si muchos terminaron sus días en la miseria. La hazaña es algo que no se ha vuelto a repetir y es algo que la selección charrúa sigue tratando de igualar desde entonces.

El fútbol nunca ha sido muy bien representado en el cine; recordemos a Escape a la Victoria de John Huston, donde unos prisioneros de guerra jugaban un partido contra los Nazis. Stallone era el único que no jugaba a nada, así que terminó en el arco (hasta Michael Caine, como buen inglés, movía su pelota) y al menos, es una oportunidad para ver las proezas de figuras de la época como Bobby Moore, Pelé u Osvaldo Ardiles; pero toda la idea detrás de esta película es un poco ridícula, aún si está basada en la verdadera historia de los ucranianos del Dinamo Kiev, que ganaron a los Nazis en una serie de partidos de exhibición (la diferencia es que fueron ejecutados después). La lista de películas buenas sobre fútbol es bastante corta.

¿Por qué será? Pues simplemente porque la emoción de un buen partido de fútbol es algo que no se puede reproducir. Lo vivido aquel 16 de julio en el Maracaná es tan o más emocionante que cualquier película deportiva y no necesita de la ficción para contarse. Y el fútbol tiene miles de historias de este corte, porque en el Deporte Rey, nada está escrito y siempre hay sorpresas. Por eso es que los actuales campeones España acaban de ser humillados por los holandeses, Costa Rica ha logrado meterle tres goles a los uruguayos y los brasileros están prendiendo velitas para que la historia no se repita este año.

 

 

III FIACID

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Hace poco finalizó la tercera edición del Festival Iberoamericano de Cine Digital (FIACID) y con ella, mi tercera ocasión como jurado APRECI. Fue una maratónica semana de cine latinoamericano, en donde sólo me faltaba mudarme al UVK Larcomar y donde me pudieron haber encontrado cabeceando en una butaca más de una vez. Valió la pena; otra buena ocasión para comprobar que hay cine para todos los gustos y colores, de todas partes del mundo.

Costa Rica no es conocida por su cine, pero aquí tuvo dos dignos representantes: Puerto Padre, un drama ambientado en un ruinoso y abandonado hotel; y Agua Bendita, una fusión de documental y ficción acerca de un poblado de refugiados nicaraguenses que deben lidiar con una escasez de agua. Cine de bajo presupuesto, pero hecho con mucha convicción.

Existe un eterno conflicto entre el cine comercial hecho para entretener a las masas y aquel más artístico, personal y de valor cultural. Este es el motor detrás de la española Ilusión, donde el director y guionista Daniel Castro se interpreta a sí mismo como el típico hipster insufrible que sufre por su arte y mira en menos a los que no comparten su particular visión: un musical acerca de la crisis económica que suena como una colosal ridiculez. Con mucho humor, Castro retrata las dificultades por las que pasa cualquier cineasta que quiere vivir del séptimo arte: falta de presupuesto, indiferencia de las productoras, el no querer comprometer su obra con consideraciones comerciales y la resistencia a abandonar sus metas y dedicarse a algún trabajo anodino que le permita vivir. Todo esto exagerado y para la risa, claro está, con una inolvidable frase para el bronce: “El Padrino no parece muy interesante; son gente de cincuenta años tomando decisiones en habitaciones poco iluminadas”.

 

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Se suele decir que un documental es tan interesante como el tema que trata; este año, el FIACID nos ha presentado a un cuarteto de personajes inolvidables. El que todos provengan de Argentina es una mera casualidad, aunque no debería sorprender; por algo el cine gaucho es considerado el mejor de la región y casi siempre resulta de interés.

Aurora Venturini es una escritora de más de noventa años que se mantiene vigente a pesar de su avanzada edad. Es una persona complicada, exigente y algo excéntrica: cuenta historias de sus mascotas arañas y de su amistad cercana con un cura especializado en exorcismos. Tiene una particular manera de ver el mundo, una donde la ficción de sus escritos juega un gran papel. El documental Beatriz Portinari nos presenta así a este peculiar personaje, además de una mirada al proceso creativo por el que pasa todo escritor.

Ramón Ayala presenta a una entrañable figura del folclor argentino, responsable de más de 200 canciones populares. Ayala no es muy conocido, pero es parte vital de la cultura gaucha, en una época donde cada vez menos gente se conecta con sus propias raíces. Acompañado sólo de su guitarra, Ayala significa mucho para varias personas, de todos los estratos sociales; es una música que no tiene barreras.

Un Enemigo Formidable es la historia de Carlos Borghi, un exterminador de ratas de Buenos Aires. Es un gordo bonachón con un trabajo a todas luces ordinario. Sin embargo, el director Lucas Marcheggiano echa mano de recursos y técnicas de los thrillers y el cine de terror para darle otra dimensión; aquí, Borghi es un incansable vigilante nocturno con un conocimiento enciclopédico de las alimañas con las que tiene que lidiar, que sale todas las noches a proteger a los indefensos de las plagas. Recreando anécdotas del protagonista, esta divertida película logra transformar lo cotidiano en algo novedoso y e interesante.

Por último, El Gran Simulador de Néstor Frenkel se centra en René Lavand, un conocido ilusionista argentino que realiza impresionantes trucos con cartas usando una sola mano. Frenkel va detrás de la cortina para observar la vida cotidiana de este hombre, que, más allá de sus habilidades, es además un gran narrador, capaz de encandilar al público con sus historias tanto como con su destreza con los naipes; a Lavand no le gusta que le llamen “mago” y lo suyo va más allá de hacer simples trucos.

 

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El cine nacional no podía faltar en el festival y si bien no alcancé a ver las cinco películas de la Competencia Nacional, la Internacional traía consigo El Averno de Jorge Tembladera (aún no entiendo como un film nacional terminó en el rubro Internacional, pero ni modo). Aunque no trae nada nuevo en lo visual – es en verdad un reportaje extendido – el tema es fascinante, una parte importante de la historia cultural de Lima.

El Averno es un centro cultural ubicado en la cuadra dos de Quilca, abierto en 1998 por Jorge “El Negro” Acosta, músico integrante del grupo Del Pueblo, pioneros en fusionar el rock con elementos de la música andina y el folclor. Aquí se congregaban músicos, artistas y todos aquellos que querían expresarse de forma libre. Fue en este local donde creció la movida contracultural de Lima, una corriente underground que sigue vigente hasta hoy. Tembladera sigue la historia de este local a través de más de un recital de rabiosa música punk y exhibiciones de arte, hasta su cierre en el 2012, con una promesa de reubicación de la municipalidad que nunca se cumplió. No es un documental de denuncia, pero la sola mención del nombre de Susana Villarán sí recibe una sonora pifiada durante la última noche del local.

Lo que este film hace bien es capturar el espíritu del lugar y transmitir la importancia que tenía para muchos. Es un lugar que uno quisiera haber visitado en su mejor momento, y así comprender lo importante que son locales así para el desarrollo cultural de esta caótica ciudad.

 

 

Y así, se cierra la tercera edición del FIACID, un breve descanso de la cada vez más alicaída cartelera local – pero ese ya es tema para otro artículo.

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