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Las Mejores Actuaciones del 2014

Cada año, hay un puñado de personajes que se quedan grabados en la memoria. Incluso en películas de dudosa calidad, se puede encontrar actuaciones para el recuerdo. He aquí la lista de los mejores trabajos actorales del 2014, según mi propio criterio y en ningún orden en particular.

Una colección de tipos rudos, psicópatas desequilibrados (de ambos sexos), monos y la resurrección de uno de los cómicos más queridos de Latinoamerica. Algunas no han sido estrenadas en Lima, así que a darles un jalón de orejas a las distribuidoras.

Y sí, probablemente esto diga mucho sobre mis gustos particulares en cine.

 

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Denzel WashingtonThe Equalizer

El gran Denzel sigue el ejemplo de Liam Neeson, reinventandose como tipo rudo y maduro en el papel de Robert McCall, un héroe en todo el sentido de la palabra. No es un loco con traumas, sino un tipo bueno que sólo quiere ayudar a la gente. Es todo un placer ver a Washington romper caras y hacer justicia. Sólo falta que haga dupla con Neeson, algo que ojalá alguien en Hollywood ya haya pensado.

 

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Guy PearceThe Rover

Un hombre viaja a través de una desolada Australia post-apocaliptica con una sola misión: encontrar a los bastardos que robaron su auto. Es un lugar para hombres fuertes, un sitio donde la esperanza se perdió hace rato. Y toda esa desesperación queda plasmada en Pearce, como un hombre duro, de pocas palabras pero cuyos ojos tristes dicen todo lo que hay que saber; estamos ante un tipo que lucha por mantener la poca humanidad que le queda.

 

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Cate BlanchettBlue Jasmine

Jasmine es un desastre. Una millonaria venida a menos, forzada a vivir por su cuenta pero completamente ajena a su realidad. Cate Blanchett compone a una mujer desequilibrada, errática, impredecible y fascinante. Como si se tratase de un accidente vial, no quieres ver su colapso mental pero no puedes evitarlo. Sin esta tremenda actuación, este film de Woody Allen no sería ni la mitad de lo que es; Blanchett ES la película, sencillamente.

 

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Matthew McConaugheyDallas Buyers Club

Sin duda, este ha sido el año de Matthew McConaughey. De ser una cara bonita quitándose la camiseta en comedias románticas, es ahora un actor serio ganador de un Oscar. Un premio más que merecido por su papel de Ron Woodroof, un redneck homofóbico que cambia su vida por completo al contraer VIH. Más allá de su cambio físico – terminó casi en los huesos – McConaughey se sumerge de lleno en su emotivo papel, haciendo uno partícipe de la lucha y determinación de Woodroof.

 

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En el 2005, Wolf Creek de Greg McLean nos presentó a Mick Taylor, un remedo de Crocodile Dundee que además era un asesino en serie. Ocho años después llega la secuela y ahora Taylor es la indiscutible figura principal, un psicópata que bien podría ser visto como un ridículo estereotipo del típico australiano, si no fuera porque es peligroso y llega a dar miedo. Jarratt es tan carismático que uno no puede evitar quedar fascinado.

 

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Carlos AlcántaraPerro Guardián

El conocido Machín deja de lado los papeles cómicos para interpretar a un ex-militar convertido en sicario. Muchos fueron a verla por tratarse de Cachín y se encontraron con un personaje que claramente no es una buena persona, un desequilibrado paranoico y peligroso para todos. El otrora cómico se transforma en un individuo que no habla mucho, pero cuyo rostro perturbado dice mucho sobre su falta de humanidad. Es uno de los mejores trabajos actorales del cine nacional este año y prueba de que Alcántara es un actor con mucha más habilidad de la que se cree.

 

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Andy Serkis – Dawn of the Planet of the Apes

Serkis ha hecho de la actuación motion-capture un arte, dándole vida y personalidad a criaturas como Gollum y King Kong. César, el líder de los simios en conflicto con los humanos, es tal vez su mejor creación. Mucho más que un efecto especial, César es un personaje redondo, un líder que debe mantener unido a su pueblo y evitar cometer los mismos errores que la raza humana. El gran trabajo de Serkis hace a uno simpatizar con los simios, las indiscutibles figuras principales de esta gran secuela; monos más realistas sólo se podrán ver en un zoológico.

 

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Oscar JaenadaCantinflas

Este no es el biopic definitivo del recordado cómico mexicano, apenas un grandes éxitos. Pero lo del actor español es admirable, casi como estar viendo al mismo Cantinflas vuelto a la vida. Es más que una simple mímica; Jaenada captura perfectamente el carisma y sencillo sentido del humor que hicieron de Mario Moreno un ícono en Latinoamerica y el mundo, sin obviar que también tenía su lado oscuro. La película tiene fallas, pero es un afectuoso tributo a un personaje inolvidable. Ahí está el detalle, chato.

Los Bodrios del 2014

Viendo tanta película, uno está expuesto a tremenda cantidad de bodrios. Lo lógico sería ignorarlos, pasar la página y prestarle atención a películas que valgan la pena, que justifiquen el pasarse horas sentado frente a una pantalla. Pero de vez en cuando es bueno acordarse de las innombrables, por último para saber que evitar a futuro y porque no, reírse un rato. Así que aquí van las bostas del año, las que me hicieron considerar seriamente el ponerme a leer más libros.

 

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La que me rompió el corazón

En el lejano 2005, cuando recién empecé este blog y mi pluma seguía en pañales, proclamé a Sin City de Robert Rodriguez y Frank Miller como la mejor película del año y aún lo mantengo. Esperé nueve largos años para la secuela… y no valió la pena. Una Dama Fatal mantiene la genial estética en blanco y negro, pero en todo lo demás es una inferior copia. Se siente barata; la mitad de la película parece ocurrir en el Bar de Kadie’s y para cuando muestran la decimonovena toma de Jessica Alba bailando sobre un escenario, uno empieza a bostezar. Rodríguez y Miller ignoran por completo la cronología de su propia serie; es inexplicable que Marv siga vivo (está más demacrado que de costumbre, aunque eso debe ser culpa de Mickey Rourke y no del maquillaje). Ni a ellos parecía importarles mucho y cuando llega ese final abrupto con gusto a nada, uno se da cuenta que la película llegó demasiado tarde.

 

Como malgastar tiempo, talento y dinero

Cada año hay algún gran estreno hollywoodense repleto de grandes estrellas que promete mucho y resulta ser un sonoro fracaso. Este año, ese dudoso honor recayó en Transcendence, el debut en la dirección de Wally Pfister, director de fotografía siempre asociado con Christopher Nolan. Eso puede explicar la presencia de tremendo reparto, aunque parecen aburridos de estar ahí – Johnny Depp es frío y apático incluso antes de que su personaje se convierta en una inteligencia artificial. Es un film de buenas ideas, pero ninguna llega a cuajar: manifiesto anti-tecnología, romance trágico, thriller cibernetico, y más, todo hecho a medias y somnífero hasta decir basta.

 

La prueba de que has madurado

Antes de ver Transformers: La Era de la Extinción, pensé: “será al menos un poco mejor que las tres anteriores, o me daré cuenta que estoy un poco más viejo y este tipo de películas ya se me hacen insoportables”. Adivinen que pasó. A pesar del cambio de reparto e historia, esta es otra incoherencia de Michael Bay que se hace interminable con sus casi tres horas de duración. Se suben a una nave espacial a mitad de película y salen ilesos, y aún así faltan más de 90 minutos. No es más que un exceso de ruido y efectos especiales; hasta Optimus Prime parece cansado de estar protegiéndonos. Luego de cuatro películas sin aparente mejoría, ya es tiempo de mandar a los robots a dormir.

 

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Para no hacerla larga, vamos a hacer un resumen de las demás:

 

47 Ronin de Carl Rinsch

Keanu Reeves andaba desaparecido y aquí demostró no ser el mejor actor del mundo. Me cae bien, pero en papel de samurai, es tan expresivo como un tronco.

Winter’s Tale de Akiva Goldsman

Un caballo volador, demonios y Will Smith haciendo de Satanás. No hay manera de tomarse eso en serio.

The Legend of Hercules de Renny Harlin

Te hace apreciar el carisma y talento de La Roca en la otra película sobre Hércules del año.

Need for Speed de Scott Waugh

La vi sólo para ver como le iba a Aaron Paul en la pantalla grande ahora que acabó Breaking Bad. Extrañé horrores a Jesse Pinkman.

Brick Mansions de Camille Delamarre

Paul Walker se merecía un mejor homenaje póstumo que este inútil remake de la francesa Distrito B13 que llegó con diez años de atraso y que nadie pidió.

Dracula Untold de Gary Shore

Una película de vampiros sin sangre es como una pizza sin queso.

 

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Me detendré aquí para evitar hacer más bilis. Para que no todo sea queja y protesta, pronto se vienen las mejores películas del año, aunque siempre me cueste encontrar diez; y las mejores actuaciones del año, de las cuales hubo mucho para escoger. Hasta entonces.

Malas Prácticas

La industria hollywoodense está repleta de malas ideas. Basta con ver ciertas “modas” que se vienen repitiendo en los últimos años. Remakes de películas de terror ochenteras, sanitizadas para un público adolescente (díganle adiós al gore); películas de acción que disimulan la esperada violencia con cortes rápidos y cámara epiléptica, emasculando a los héroes de acción de antaño como Stallone y compañía en busca de la ansiada clasificación PG-13; precuelas que cuentan la historia previa a alguna saga que a la larga resultan innecesarias porque ya sabemos cómo van a acabar; reboots, un borrón y cuenta nueva para contar de nuevo la misma historia sin añadir nada nuevo, a veces de manera apresurada, apenas algunos años luego de terminada la versión anterior (osea tú, Spider-Man). Y luego está la más ridícula moda de todas: trailers que anuncian otros trailers, chispazos de 10 segundos que no cuentan nada, no aportan nada y son totalmente inútiles. He aquí la más reciente víctima: Jurassic World, la próxima entrega de la saga de dinosaurios.

 

 

Ahora añadan otra mala idea: adaptar la última novela en alguna popular saga y dividirla en dos partes, sin importar si el material amerita contarse en 4+ horas, y hacer que el público espere el doble de tiempo para ver el final.

El primero en caer en esta infame práctica fue Harry Potter. Luego de seis exitosas películas, llegó el momento de Las Reliquias de la Muerte, en el que el niño mago se enfrentaba a su archienemigo Voldemort para salvar a la Escuela Hogwarts. Pero antes de llegar a la pelea esperada por todos, hubo que ver una previa de dos horas y 26 minutos en el que apenas se dejaba todo listo para la gran batalla, que vendría un año después. Para alguien que no había leído nunca las novelas, o no se había puesto al día viendo de nuevo las seis entregas anteriores, esta primera parte era como un crucigrama en chino: confusa hasta más no poder. Y sí querían que uno se emocionara con la muerte de un personaje clave, hubiese sido una buena idea hacerlo más visible en toda la saga en vez de desaparecerlo luego de la segunda película para que todos se olviden de su existencia. Lo siento, Dobby.

 

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“Aguanta, ¿quien era ese enano que se parece a Putin? Ya me olvidé.”

 

La infame saga de Crepúsculo también practicó la división en su última entrega, Breaking Dawn. Difícil que este bodrio, basado en unas novelas pésimamente escritas, hubiese mejorado con limitarse a una entrega, pero alargarla a dos películas ya rayaba en el masoquismo. Cualquiera que no sea una chica de 15 años y haya podido ver la saga entera sin sentir un gran vacío en su vida se merece mi más sincera admiración.

Tal vez el caso más obsceno sea el de El Hobbit. Peter Jackson optó por volver a la Tierra Media adaptando una novela de corte infantil, de apenas 283 páginas y pensada para leerse de un tirón, en un coloso de nueve horas (o más si es que uno busca las versiones extendidas), alargado lo más posible con material tomado de las otras novelas fantásticas de Tolkien (Legolas ni se asoma en la novela y ahí lo tenemos en La Desolación de Smaug haciendo piruetas; al menos, Orlando Bloom no se quedó sin trabajo). Claro, es bastante entretenido vivir las aventuras de Bilbo Bolsón y sus amigos enanos, pero la duración de tres horas de las dos primeras entregas se sintió; debe haber sido una gran cantidad de traseros dormidos en las butacas cuando se dio paso a los créditos.

Y así llegamos, no sin un poco de fatiga, a La Batalla de los Cinco Ejércitos. Falta ver que ha hecho Jackson con esta tercera parte, especialmente considerando que en el libro, la gran amenaza de Smaug es resuelta en un par de páginas y la mentada batalla es apenas un epílogo extendido, contando de manera muy resumida todo lo que sucede para dejar a la Tierra Media tal como la encontramos después en La Comunidad del Anillo. Entretenido, sí, pero uno no puede dejar de pensar que dos películas eran más que suficientes para contar toda la historia. Al menos, han empezado con buen pie; el último trailer es épico, emocionante y si no hace que quieras comprar tu entrada desde ya, pues es que no deberías estar viendo este tipo de películas en primer lugar.

 

 

Esta semana se estrenó Los Juegos del Hambre: Sinsajo – Parte 1, la más reciente víctima de las tijeras de los estudios. Esta es una saga que apuntaba más alto que la típica novela juvenil. Es más, el tercer libro es tal vez el mejor de la saga, en el que se abandonan los Juegos y Katniss Everdeen lidera a los rebeldes en una guerra para vencer al tiránico Capitolio y liberar a Panem.

Atrás queda el soso triángulo amoroso para dar paso a una alegoría política; es cuando este género novelístico logró madurar. Así, vemos como Katniss se convierte en un instrumento de propaganda de los rebeldes, mientras que su contraparte Peeta es convertido en el portavoz del Capitolio; ambos meros peones en un conflicto mayor, mientras que el resto de Panem decide alzarse en armas. La película narra todo esto con buen pulso, ayudada por un reparto que se siente cómodo en sus roles (en verdad, Philip Seymour Hoffman nos va a hacer falta), pero es apenas una antesala; queda claro que se están guardando lo bueno (léase: la guerra) para la segunda entrega, para la cual, obvio, tendremos que esperar un año. Lo mejor que se puede hacer es ver las dos de un tirón, como debió ser desde un principio. Esta primera parte es apenas una primera mitad inconclusa, un prólogo de dos horas.

Los estudios pueden dar las excusas que quieran: queremos respetar la visión completa del autor, queremos expandir más este detallado e interesante universo, queremos que perdure la experiencia con estos grandes personajes, etc. Pero no nos engañemos: es por el cochino dinero, el hacer que la gente tenga que pagar por más de una entrada para ver una película completa y así doblar la recaudación. Por más que las películas sean entretenidas, es innecesario.

Parece que esta mala práctica no tiene señas de acabar todavía. Hasta Marvel, que está construyendo un universo fílmico a la par con los cómics, va a caer en lo mismo con la tercera entrega de Avengers, que ya ha sido anunciada se presentará en dos (extensas) partes. Aunque como estará basada en una historia en la que el tirano intergaláctico Thanos adquiere unas gemas de infinito poder y las utiliza para destruir la galaxia entera y matar a todos los superhéroes habidos y por haber de un plumazo, uno tiene fe en que hay material de sobra para dos entregas. Habrá que esperar hasta el 2018 y ver.

 

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Ojalá me sigan gustando los cómics a los 36 años…

Sobre Burga y Nuestra Sociedad

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La gran noticia de esta semana fue, que duda cabe, las elecciones en la Federación Peruana de Fútbol y la mínima esperanza de que Manuel Burga, tal vez la persona más odiada en todo el país, se iría luego de 12 años de gestión en los que el balompié nacional decayó hasta volverse el hazmerreír del continente.

Sin embargo, Burga encontró la manera de romperle la ilusión a toda la hinchada; bastaba con que la Asamblea de Bases de la FPF – la misma que él preside – tachara al Comité Electoral que lo había inhabilitado de postular a un tercer período, una provisión que se encuentra en el reglamento. Con esta maniobra, Burga está libre de volver a convocar a elecciones y rehacer el Comité, el cual seguramente estará poblado de allegados suyos.

Así, Burga se presentó en conferencia de prensa a declarar con toda la concha del mundo que “él representa a la democracia en el fútbol”. El mismo Burga cuestionado por prácticas mafiosas, por la pobreza de su gestión y por la gran argolla en la que ha convertido la FPF, se mostró prepotente, sin querer contestar preguntas y riéndose abiertamente, sabiendo que con esta argucia acababa de hacernos idiotas a todos, sin que nadie pueda hacer algo al respecto. Algo completamente indignante.

Mi indignación no tiene nada que ver con el fútbol, en parte porque no lo sigo. Al final, el problema del Deporte Rey en nuestro país está a todos niveles, no sólo el dirigencial y cambiar a Burga no garantiza un cambio; es sólo un primer paso en lo que debería ser una reestructuración total. Pero lo hecho por Burga dice bastante de como funciona nuestra sociedad y es francamente triste.

El Perú es la Tierra de la Pendejada. Aquí no sale adelante el abnegado trabajador, el esforzado, sino el vivo, el que quiere sacar la vuelta, el pendejo. Todo se ha vuelto una argolla, un intercambio de favores; aquí todos quieren sacar provecho con mínimo esfuerzo. Se ve en todos los niveles de nuestra sociedad, una corrupción moral que casi siempre queda impune. Los que lo hacen lo saben, y es por eso que esta semana vimos a Burga burlándose de todo el mundo, sabiendo que la hizo linda y nadie va a tocarlo.

Como siempre, los periodistas piden a gritos que Burga se vaya, el gobierno promete intervenir… y lo más probable es que todo quede en nada y este señor pueda seguir otros cuatro años más en una Federación que prácticamente se ha vuelto su feudo.

No quiero generalizar, porque en el Perú sí existe gente esforzada que quiere hacer las cosas bien sin tener que recurrir a la viveza; pero resulta triste que la gran mayoría se haya vuelto tan acostumbrada a esta mediocridad que no hace nada al respecto. Es como si nos tuviésemos que conformar y no aspirar a que las cosas sean mejores.

Por dar un ejemplo: la reforma de transporte es absolutamente necesaria desde hace años y si bien está pésimamente implementada, debe continuar; pero me resulta increíble ver comentarios de gente (la mayoría en Internet) dando a entender que prefieren el caótico sistema de custers y combis, el mismo que te cobra “china”, donde los choferes manejan como animales, donde uno viaja empaquetado como sardina, donde no se respeta nada. ¿En qué momento eso se volvió una buena opción? ¿Es que acaso no podemos aspirar a tener un sistema de transporte decente?

Es triste que en las últimas elecciones municipales las únicas dos opciones de peso que tenía el ciudadano eran una candidata incapacitada para el cargo y otro acusado de ladrón y corrupto. ¿No podíamos aspirar a alguien mejor? Más de la mitad de los candidatos cargaban con denuncias de todo calibre e incluso uno de ellos salió elegido estando en la cárcel; y pareciera que la gente se conforma con esto y no hace nada al respecto.

Esto es producto de la viveza, de la cultura de la informalidad que se ha asentado sobre el Perú; aquí gana el pendejo y se siente intocable, además. Por ello resulta indignante ver a tanto político llenándose los bolsillos a vista y paciencia de todos, o a un Burga caradura justificando su viveza frente a los periodistas.

Lo que hace falta es que alguien de mano dura se proponga no hacer caso a intereses de terceros y a la informalidad y cambiar todo – ya sea el fútbol, la política o el transporte – de manera contundente. Alguien que esté dispuesto a patear el tablero sin importar que lo juzguen.

Por mientras, la gente tiene que darse cuenta de que no tiene porque conformarse con que gente como esta haga lo que le dé la gana;  y que este país puede aspirar a mucho más. De nosotros depende.

Fiesta de Terror

En el 2010, me encargaron cubrir la inauguración de un festival en Melbourne llamado Fantastic Asia. El afiche era una imagen de la actriz softcore japonesa Asami ligera de ropa y con una espada samurai en la mano. Era un perfecto resumen de lo que se venía: una fiesta con cine de terror, cine gore, películas fantásticas, etc.; mientras más bizarro, mejor. Un festival de género que sólo buscaba entretener.

FAFF debutó con toda una declaración de principios: Helldriver, un alucinado filme de zombies japonés repleto de gore extremo, humor negro y hasta referencias a Dragon Ball Z. Resulta difícil de describir: no se me ocurre como hacer justicia a un filme donde se utilizan cabezas aún conectadas a la espina dorsal como látigos. Hace parecer al antiguo Peter Jackson como mesurado y puritánico. La responsable de este delirio fue la productora Sushi Typhoon, especializada en cine fantástico de bajo presupuesto, obviando todo lo que se pueda considerar de buen gusto; hacen del Cine B un arte (aprovecho de hacerme un poco de propaganda: aquí pueden encontrar un artículo mío sobre esta pandilla de orates, escrito para el blog hermano También Los Cinerastas Empezaron Pequeños).

El director es un tal Yoshihiro Nishimura, un loco con afición por las camisas hawaiianas chillonas, que es o un lunático de cuidado o un genio incomprendido. Aquella función finalizó con este personaje irrumpiendo en la sala vestido con un pañal, llevando consigo un souvenir de su película: un bebé zombie que agitaba sobre su cabeza como un látigo, pegando gritos y salpicando a todos con sangre artificial. No quedaba otra que reírse; la misión de este festival era divertir y para los que abandonaban los prejuicios (o los que no se ofendían frente a una película sobre zombies hechos de excremento) y se dejaban llevar, cumplía con creces.

La experiencia me llevó a una conclusión: Lima necesitaba un festival de cine de género. Es bastante notable la cantidad de festivales que han aparecido en los últimos años, representando una sana alternativa a nuestra alicaída cartelera. Pero lo cierto es que a veces estos eventos se empiezan a parecer demasiado entre sí: películas “serias”, ganadoras de premios, avaladas por un exitoso paso por un festival internacional, etc. Y dado que estos eventos suelen darse uno tras otro, sucede que muchas películas empiezan a repetirse. Lo que hacía falta era un festival que no se concentre sólo en aquel cine de prestigio, sino en ese otro que busca dar rienda suelta a la imaginación y no tiene mayor meta que hacer reír, asustar o emocionar al público. Y justamente, llegó el Terror Fest Perú para ocupar esa brecha.

 

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Hay que admitirlo: al público peruano le encanta el cine de género, o más concretamente, el cine de terror. Basta con ver el sinfín de películas de ese corte que parecen estrenarse cada semana, o el que dos de los filmes nacionales más taquilleros de los últimos tiempos se centren alrededor de fantasmas y demonios. A la gente le gusta asustarse, le gusta la inyección de adrenalina que significa ver cosas terroríficas en pantalla; es algo innegable.

Es bueno entonces que el Terror Fest acerque al público a obras inéditas de género. A través de una saludable muestra de cortometrajes provenientes de diversas partes del mundo, se le da vitrina a noveles cineastas con nuevas propuestas, además de dejar fe de la afinidad de nuestros directores por el cine de género; más de la mitad de la muestra proviene de nuestro país. Puede no ser cine “de autor”, del que gana premios internacionales, pero merece su lugar en las salas.

Al Terror Fest le falta mucho por recorrer, tal vez aprovechar más su concepto; y el público también tiene que adaptarse a un festival con una mentalidad diferente. El grueso del público limeño tal vez no esté listo aún para que un loco en Pampers entre a la sala a ensuciar a todos con jalea roja, pero tiene cancha para hacer cosas realmente interesantes y divertidas.

Al igual que el FAFF, el film inaugural del Fest fue una declaración de principios. Así En La Tierra Como En El Infierno de John Erick Dowdle es otra película más en el ya añejo formato de found footage – aquel donde la cámara se mueve en espasmos esquizófrenicos y más de uno queda mareado – pero logra ser interesante. Un grupo de exploradores va en busca de la Piedra Filosofal (sin necesidad de ir a Hogwarts), que yace en lo profundo de las catacumbas de París. Parte como una aventura digna de Lara Croft para luego convertirse en algo mucho más siniestro.

Es debatible si toda la mitología detrás de la dichosa piedra es cierta o una completa ridiculez; pero el filme cumple como un claustrofóbico ejercicio de terror que pone a uno tenso, al borde del asiento, sudando frío y con ganas de gritarle a la pantalla, es decir, a lo que apunta cualquier película de terror. Una vez que se toman en cuenta las veladas referencias a La Divina Comedia de Dante. se sabe que estamos frente a una película que busca ser mucho más que una excusa para que un grupo de jóvenes incautos sufran muertes espantosas (aunque de eso también hay de sobra).

A juzgar por las risas nerviosas, los comentarios a viva voz y el alto nivel de estrés que se percibía en la sala, la película logró su cometido. Todo Festival de género debería apuntar a crear este ambiente festivo, lleno de sorpresas y que no se toma demasiado en serio y parece que tras la noche inaugural, este evento va por buen camino. Felicitaciones a la gente de AV Films por organizar un certamen que hacía falta en nuestro calendario fílmico; que vengan muchas ediciones más.

Más información aquí.

 

Armando Broncas

Su nombre era Armando Flores, pero nadie nunca lo conoció así. A la tierna edad de 12 años, durante un inocente partido de fútbol en el recreo, Armandito le dio tremendo chutazo al balón, atravesando la ventana del director que estaba en un tercer piso con la fuerza de un meteorito cayendo a la tierra. Fue aquí que todos – sus compañeros, sus profesores – se dieron cuenta que se iba a dedicar inevitablemente al fútbol. Cuando el mismo director apareció en el campo buscando al mocoso irresponsable que había hecho le lloviese vidrio encima mientras tomaba una taza de té y Armando le propinó una patada en la canilla que lo dejó tirado en el suelo, todos se dieron cuenta además que tenía un genio de cuidado. Fue así como se ganó el mote de Armando Broncas, por el que sería conocido y venerado el resto de su vida.

Luego de su paso por la secundaria, donde convirtió las pichanguitas de los recreos en unas batallas campales dignas de romanos y sajones y se volvió parroquiano asiduo de la oficina del director – el moretón que le quedó  a este en la canilla empezaba a pulsar cada vez que Armando tocaba a la puerta, como una alarma – este chico problema probó suerte en varios trabajos menores, hasta que su supervisor en el McDonalds lo reprendió por no trapear bien el piso del local y fue respondido con un balde de metal en la cara. Armando no quiso saber nada de la universidad y sus padres no querían que acabe matando a algún jefe de carrera luego de recibir un 11 en parciales. Necesitaba una vía para desfogar su ira, canalizar sus impulsos violentos hacia algo constructivo. El fútbol se presentó así como una oportunidad dorada.

Broncas pasó a formar parte de las divisiones de menores de Alianza Lima. En su primer día de entrenamiento, a los 18 años, una formidable patada suya hizo que el balón volara por sobre el muro de la cancha, aterrizando como una piedra sobre el parabrisas del Audi último modelo que se acababa de comprar Chocolatín González, estrella indiscutible del cuadro íntimo. En el subsiguiente altercado, González quedó con una leve cojera que le duró un par de meses y Broncas se ganó el respeto de todos sus compañeros.

Tras un año de lesionar a las menores de equipos rivales y a sus propios compañeros cuando no le daban el pase correcto, Broncas se graduó al primer equipo. Gracias a su liderazgo – nadie se atrevía ni a mirar feo a este moreno y macizo ropero andante – y a sus potentes y furiosos remates de media cancha que no paraba ni Richard Tex Tex, Alianza conquistó el título nacional tres años seguidos. Broncas se volvió un ídolo para la hinchada; su semblante aparecía en los grafitis, la Trinchera coreaba su nombre, se le compusieron canciones: Broncas, de patada fina; Broncas, te rompe la chimba. En un ambiente futbolístico que celebraba la indisciplina y las indiscreciones, se pudo ver a Broncas en los videos inéditos de los programas de espectáculos, agarrando a combos al simio de la seguridad que no lo dejó entrar al club, o al pobre hincha de Universitario que se atrevía a encararlo en medio de una noche de copas.

Pronto, Broncas tocó un techo en el fútbol nacional y contra todo pronóstico, un club alemán de tercera división tomó interés por él. Así, el máximo artillero del fútbol nacional hizo maletas y viajó a Berlín, donde pasó a formar parte de las reservas del Goebbelstrasse FC. El cuerpo técnico pasó más de un dolor de cabeza tratando de inculcar disciplina a este descarriado, aunque supieron apreciar sus potentes cañonazos. Sin embargo, el fútbol europeo tenía poca paciencia con sus exabruptos violentos, por lo que Broncas se pasó buena parte de la temporada en la banca, de vez en cuando entrando al campo para darle la victoria a su equipo de tiro libre.

Uno que no quedó impresionado con esta nueva figura del fútbol teutón fue Helmut Reinhardt, el goleador del equipo rival,  Sauerkrautt FC. Alto, fornido, rubio, de ojos azules y con piernas del ancho de las de un elefante, era un vivo representante de la raza aria pura, un Ubermensch hecho y derecho, célebre por su mal genio y ganas de reventar a quien se le cruzara en la cancha.  Hizo de Armando Broncas, aquel foráneo que venía a usurpar su lugar como el Rey de los Fouls, su proyecto personal.

Tras meses de repartirse insultos y ataques en cuanto programa deportivo existiese en tierras alemanas – una especie de telenovela en tiempo real que la fanaticada seguía con fervor – Broncas y el Ubersoldaten Reinhardt se encontraron en la final del campeonato de tercera. Entre remates y corridas, se buscaron durante todo el partido, pero fue el alemán quien supo aprovechar la oportunidad: Broncas empezó una imparable corrida desde su propia área, pasando por encima de sus rivales como una locomotora – ninguno quería meterle pierna, o serían merecedores de su ira, de proporciones bíblicas – hasta que, a pocos metros del arco, la colosal pierna de Reinhardt chocó contra la suya, un golpe seco que resonó en todo el estadio. Broncas voló por los aires y aterrizó de cara en el pasto, la pierna partida en tres lugares. Está lesión significó el fin de su carrera futbolística, un momento que pasó a formar parte de las jugadas más criminales en la historia del fútbol, superando incluso al cabezazo del pelado Zidane.

Broncas rápidamente desapareció del ojo público. Nunca se supo que pasó con él, pero corrían los rumores: se dedicó a hacer taxi en Lima, teniendo el récord de ser el único conductor que nunca fue asaltado; se fue a vivir a la selva, donde le enseñó fútbol a las tribus del Amazonas; buscando la paz interior, se enclaustró con los monjes budistas de Chosica; otros decían que se había quedado en Europa como guardaespaldas de algún anónimo miembro de la corona española, de esos que no salían en la portada de Hola.

La figura de Armando “Broncas” Flores pronto se volvió un mito dentro del fútbol nacional, una leyenda urbana que era celebrada por los fervientes devotos de la Trinchera. En una de las esquinas del estadio, sobrevivió por muchos años un grafiti que mostraba a un macizo Broncas desnucando a Adolfo Hitler de una certera patada. Broncas, de patada fina, se siguió coreando hasta en versión cumbia en los estadios y fiestas populares. Mientras tanto, tal como el jugador en sus inicios, los chiquillos aprendían a patear la pelota con todas sus fuerzas, al mejor estilo de Armando Broncas, el ídolo que pasó a la historia por su mal genio.

Buscando a Rodríguez

Los años 60 y 70 en Estados Unidos fueron una época de cambio social que quedó plasmado, entre otras cosas, en la música: cantautores de protesta como Bob Dylan dieron voz a toda una generación insatisfecha con el status quo y que necesitaba un gran cambio. El folk rock se convirtió en el género predilecto de varios “poetas callejeros”, que sólo necesitaban una guitarra y los ojos bien abiertos para notar lo que sucedía a su alrededor. Una de estas figuras fue Sixto Rodríguez.

De ascendencia mexicana, afincado en Detroit, Rodríguez logró editar dos discos: Cold Fact (1970) y Coming From Reality (1971)A pesar de su prometedor talento, no fueron un éxito de ventas y el músico desapareció, rápidamente olvidado por una industria musical que no perdona los fracasos. Sin embargo, su historia tomó un giro cuando sus canciones viajaron por diferentes medios hasta el otro lado del mundo, a Ciudad del Cabo, Sudáfrica. En un país dividido por el apartheid, la juventud encontró en las melancólicas letras de Rodríguez un reflejo de su propia realidad, una convulsionada sociedad llena de represión por parte del gobierno. Así, el artista se convirtió en un ídolo en la tierra de Mandela, casi sin saberlo. Fue aquí donde dos eternos fans – Stephen “Sugar” Segerman, dueño de una tienda de discos y el periodista Craig Bartholomew Strydom – se propusieron encontrar a Rodríguez en los 90s, una odisea que quedó plasmada en Searching For Sugar Man de Malik Bendjelloul, que ganó el premio Oscar al Mejor Documental en el 2012.

 

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Es una de esas historias increíbles que uno no se puede inventar. A pesar de que prometía ser uno de los mejores artistas dentro de su género – un productor musical dice no haber escuchado música más emotiva en su vida – Rodríguez pasó sin pena ni gloria por Estados Unidos, uno de tantos artistas olvidados. Su música terminó pegando en el lugar menos pensado, convirtiéndolo en una megaestrella que se decía en un momento llegó a ser más grande en Sudáfrica que el mítico Elvis Presley. En Ciudad del Cabo persistía el rumor de que Rodríguez se había suicidado en el escenario al terminar su último concierto, ya sea con un balazo en la cabeza o echándose gasolina y prendiéndose a lo bonzo. El hombre se convirtió en un mito, una leyenda urbana y nadie lo buscó, hasta que Segerman y Strydom quisieron darle un punto final a su historia.

Tras una larga investigación, en la que la dupla se contactó con las casas disqueras que editaron los discos de Rodríguez, además de analizar sus letras como si se tratasen de jeroglíficos, tratando de buscar pistas sobre su lugar de origen, el músico fue encontrado viviendo con sus tres hijas en Detroit, una vida normal de trabajador de construcción (incluyendo un breve paso por la política, cuando postuló al consejo municipal), totalmente ajeno al mito creado alrededor de su persona. Sus mismos colegas no podían creer que el tipo de los anteojos oscuros con el que se tomaban una cerveza luego de una jornada laboral era un músico con dos álbumes a cuestas y una fanaticada rabiosa en otro continente.

El documental es una crónica de este viaje, una oportunidad de reivindicar a Rodríguez frente a un público masivo que tal vez no supo apreciarlo en su momento. Cuando el artista es llevado a Sudáfrica, es recibido como un ídolo, tocando emotivos conciertos donde todos corean las letras. Un momento de triunfo, prueba de que el reconocimiento llega para todos los que se dedican al arte, aunque sea de manera tardía. Como se ve aquí, el destino tiene sus mañas, pero las cosas pasan por algo. Se podría decir que Rodríguez sabía que esto pasaría tarde o temprano, tomando todo con gran humildad y sin dejar su sencillo estilo de vida; sigue viviendo en la misma casa desde hace 40 años.

La historia de Sixto Rodríguez trae a la mente la de los metaleros canadienses Anvil, considerados pioneros del thrash metal en los 80s que luego cayeron en el olvido total, hasta que un documental los encontró y logró darles el reconocimiento que tenían largamente merecido; pero esa es una historia para otro artículo.

Trágicamente, Malik Bendjelloul se suicidó un año después de ganar la estatuilla dorada, pero dejó para la posteridad este fascinante documental sobre una figura que merece ser mucho más conocida. Es el tipo de historia que te hace querer ponerte de pie y aplaudir al final, además de buscar la banda sonora, claro; detrás de su sencillez, son canciones emotivas y reales.

 

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