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Fiesta de Terror

En el 2010, me encargaron cubrir la inauguración de un festival en Melbourne llamado Fantastic Asia. El afiche era una imagen de la actriz softcore japonesa Asami ligera de ropa y con una espada samurai en la mano. Era un perfecto resumen de lo que se venía: una fiesta con cine de terror, cine gore, películas fantásticas, etc.; mientras más bizarro, mejor. Un festival de género que sólo buscaba entretener.

FAFF debutó con toda una declaración de principios: Helldriver, un alucinado filme de zombies japonés repleto de gore extremo, humor negro y hasta referencias a Dragon Ball Z. Resulta difícil de describir: no se me ocurre como hacer justicia a un filme donde se utilizan cabezas aún conectadas a la espina dorsal como látigos. Hace parecer al antiguo Peter Jackson como mesurado y puritánico. La responsable de este delirio fue la productora Sushi Typhoon, especializada en cine fantástico de bajo presupuesto, obviando todo lo que se pueda considerar de buen gusto; hacen del Cine B un arte (aprovecho de hacerme un poco de propaganda: aquí pueden encontrar un artículo mío sobre esta pandilla de orates, escrito para el blog hermano También Los Cinerastas Empezaron Pequeños).

El director es un tal Yoshihiro Nishimura, un loco con afición por las camisas hawaiianas chillonas, que es o un lunático de cuidado o un genio incomprendido. Aquella función finalizó con este personaje irrumpiendo en la sala vestido con un pañal, llevando consigo un souvenir de su película: un bebé zombie que agitaba sobre su cabeza como un látigo, pegando gritos y salpicando a todos con sangre artificial. No quedaba otra que reírse; la misión de este festival era divertir y para los que abandonaban los prejuicios (o los que no se ofendían frente a una película sobre zombies hechos de excremento) y se dejaban llevar, cumplía con creces.

La experiencia me llevó a una conclusión: Lima necesitaba un festival de cine de género. Es bastante notable la cantidad de festivales que han aparecido en los últimos años, representando una sana alternativa a nuestra alicaída cartelera. Pero lo cierto es que a veces estos eventos se empiezan a parecer demasiado entre sí: películas “serias”, ganadoras de premios, avaladas por un exitoso paso por un festival internacional, etc. Y dado que estos eventos suelen darse uno tras otro, sucede que muchas películas empiezan a repetirse. Lo que hacía falta era un festival que no se concentre sólo en aquel cine de prestigio, sino en ese otro que busca dar rienda suelta a la imaginación y no tiene mayor meta que hacer reír, asustar o emocionar al público. Y justamente, llegó el Terror Fest Perú para ocupar esa brecha.

 

AFICHE BANNER ENTREVISTA

 

Hay que admitirlo: al público peruano le encanta el cine de género, o más concretamente, el cine de terror. Basta con ver el sinfín de películas de ese corte que parecen estrenarse cada semana, o el que dos de los filmes nacionales más taquilleros de los últimos tiempos se centren alrededor de fantasmas y demonios. A la gente le gusta asustarse, le gusta la inyección de adrenalina que significa ver cosas terroríficas en pantalla; es algo innegable.

Es bueno entonces que el Terror Fest acerque al público a obras inéditas de género. A través de una saludable muestra de cortometrajes provenientes de diversas partes del mundo, se le da vitrina a noveles cineastas con nuevas propuestas, además de dejar fe de la afinidad de nuestros directores por el cine de género; más de la mitad de la muestra proviene de nuestro país. Puede no ser cine “de autor”, del que gana premios internacionales, pero merece su lugar en las salas.

Al Terror Fest le falta mucho por recorrer, tal vez aprovechar más su concepto; y el público también tiene que adaptarse a un festival con una mentalidad diferente. El grueso del público limeño tal vez no esté listo aún para que un loco en Pampers entre a la sala a ensuciar a todos con jalea roja, pero tiene cancha para hacer cosas realmente interesantes y divertidas.

Al igual que el FAFF, el film inaugural del Fest fue una declaración de principios. Así En La Tierra Como En El Infierno de John Erick Dowdle es otra película más en el ya añejo formato de found footage – aquel donde la cámara se mueve en espasmos esquizófrenicos y más de uno queda mareado – pero logra ser interesante. Un grupo de exploradores va en busca de la Piedra Filosofal (sin necesidad de ir a Hogwarts), que yace en lo profundo de las catacumbas de París. Parte como una aventura digna de Lara Croft para luego convertirse en algo mucho más siniestro.

Es debatible si toda la mitología detrás de la dichosa piedra es cierta o una completa ridiculez; pero el filme cumple como un claustrofóbico ejercicio de terror que pone a uno tenso, al borde del asiento, sudando frío y con ganas de gritarle a la pantalla, es decir, a lo que apunta cualquier película de terror. Una vez que se toman en cuenta las veladas referencias a La Divina Comedia de Dante. se sabe que estamos frente a una película que busca ser mucho más que una excusa para que un grupo de jóvenes incautos sufran muertes espantosas (aunque de eso también hay de sobra).

A juzgar por las risas nerviosas, los comentarios a viva voz y el alto nivel de estrés que se percibía en la sala, la película logró su cometido. Todo Festival de género debería apuntar a crear este ambiente festivo, lleno de sorpresas y que no se toma demasiado en serio y parece que tras la noche inaugural, este evento va por buen camino. Felicitaciones a la gente de AV Films por organizar un certamen que hacía falta en nuestro calendario fílmico; que vengan muchas ediciones más.

Más información aquí.

 

Armando Broncas

Su nombre era Armando Flores, pero nadie nunca lo conoció así. A la tierna edad de 12 años, durante un inocente partido de fútbol en el recreo, Armandito le dio tremendo chutazo al balón, atravesando la ventana del director que estaba en un tercer piso con la fuerza de un meteorito cayendo a la tierra. Fue aquí que todos – sus compañeros, sus profesores – se dieron cuenta que se iba a dedicar inevitablemente al fútbol. Cuando el mismo director apareció en el campo buscando al mocoso irresponsable que había hecho le lloviese vidrio encima mientras tomaba una taza de té y Armando le propinó una patada en la canilla que lo dejó tirado en el suelo, todos se dieron cuenta además que tenía un genio de cuidado. Fue así como se ganó el mote de Armando Broncas, por el que sería conocido y venerado el resto de su vida.

Luego de su paso por la secundaria, donde convirtió las pichanguitas de los recreos en unas batallas campales dignas de romanos y sajones y se volvió parroquiano asiduo de la oficina del director – el moretón que le quedó  a este en la canilla empezaba a pulsar cada vez que Armando tocaba a la puerta, como una alarma – este chico problema probó suerte en varios trabajos menores, hasta que su supervisor en el McDonalds lo reprendió por no trapear bien el piso del local y fue respondido con un balde de metal en la cara. Armando no quiso saber nada de la universidad y sus padres no querían que acabe matando a algún jefe de carrera luego de recibir un 11 en parciales. Necesitaba una vía para desfogar su ira, canalizar sus impulsos violentos hacia algo constructivo. El fútbol se presentó así como una oportunidad dorada.

Broncas pasó a formar parte de las divisiones de menores de Alianza Lima. En su primer día de entrenamiento, a los 18 años, una formidable patada suya hizo que el balón volara por sobre el muro de la cancha, aterrizando como una piedra sobre el parabrisas del Audi último modelo que se acababa de comprar Chocolatín González, estrella indiscutible del cuadro íntimo. En el subsiguiente altercado, González quedó con una leve cojera que le duró un par de meses y Broncas se ganó el respeto de todos sus compañeros.

Tras un año de lesionar a las menores de equipos rivales y a sus propios compañeros cuando no le daban el pase correcto, Broncas se graduó al primer equipo. Gracias a su liderazgo – nadie se atrevía ni a mirar feo a este moreno y macizo ropero andante – y a sus potentes y furiosos remates de media cancha que no paraba ni Richard Tex Tex, Alianza conquistó el título nacional tres años seguidos. Broncas se volvió un ídolo para la hinchada; su semblante aparecía en los grafitis, la Trinchera coreaba su nombre, se le compusieron canciones: Broncas, de patada fina; Broncas, te rompe la chimba. En un ambiente futbolístico que celebraba la indisciplina y las indiscreciones, se pudo ver a Broncas en los videos inéditos de los programas de espectáculos, agarrando a combos al simio de la seguridad que no lo dejó entrar al club, o al pobre hincha de Universitario que se atrevía a encararlo en medio de una noche de copas.

Pronto, Broncas tocó un techo en el fútbol nacional y contra todo pronóstico, un club alemán de tercera división tomó interés por él. Así, el máximo artillero del fútbol nacional hizo maletas y viajó a Berlín, donde pasó a formar parte de las reservas del Goebbelstrasse FC. El cuerpo técnico pasó más de un dolor de cabeza tratando de inculcar disciplina a este descarriado, aunque supieron apreciar sus potentes cañonazos. Sin embargo, el fútbol europeo tenía poca paciencia con sus exabruptos violentos, por lo que Broncas se pasó buena parte de la temporada en la banca, de vez en cuando entrando al campo para darle la victoria a su equipo de tiro libre.

Uno que no quedó impresionado con esta nueva figura del fútbol teutón fue Helmut Reinhardt, el goleador del equipo rival,  Sauerkrautt FC. Alto, fornido, rubio, de ojos azules y con piernas del ancho de las de un elefante, era un vivo representante de la raza aria pura, un Ubermensch hecho y derecho, célebre por su mal genio y ganas de reventar a quien se le cruzara en la cancha.  Hizo de Armando Broncas, aquel foráneo que venía a usurpar su lugar como el Rey de los Fouls, su proyecto personal.

Tras meses de repartirse insultos y ataques en cuanto programa deportivo existiese en tierras alemanas – una especie de telenovela en tiempo real que la fanaticada seguía con fervor – Broncas y el Ubersoldaten Reinhardt se encontraron en la final del campeonato de tercera. Entre remates y corridas, se buscaron durante todo el partido, pero fue el alemán quien supo aprovechar la oportunidad: Broncas empezó una imparable corrida desde su propia área, pasando por encima de sus rivales como una locomotora – ninguno quería meterle pierna, o serían merecedores de su ira, de proporciones bíblicas – hasta que, a pocos metros del arco, la colosal pierna de Reinhardt chocó contra la suya, un golpe seco que resonó en todo el estadio. Broncas voló por los aires y aterrizó de cara en el pasto, la pierna partida en tres lugares. Está lesión significó el fin de su carrera futbolística, un momento que pasó a formar parte de las jugadas más criminales en la historia del fútbol, superando incluso al cabezazo del pelado Zidane.

Broncas rápidamente desapareció del ojo público. Nunca se supo que pasó con él, pero corrían los rumores: se dedicó a hacer taxi en Lima, teniendo el récord de ser el único conductor que nunca fue asaltado; se fue a vivir a la selva, donde le enseñó fútbol a las tribus del Amazonas; buscando la paz interior, se enclaustró con los monjes budistas de Chosica; otros decían que se había quedado en Europa como guardaespaldas de algún anónimo miembro de la corona española, de esos que no salían en la portada de Hola.

La figura de Armando “Broncas” Flores pronto se volvió un mito dentro del fútbol nacional, una leyenda urbana que era celebrada por los fervientes devotos de la Trinchera. En una de las esquinas del estadio, sobrevivió por muchos años un grafiti que mostraba a un macizo Broncas desnucando a Adolfo Hitler de una certera patada. Broncas, de patada fina, se siguió coreando hasta en versión cumbia en los estadios y fiestas populares. Mientras tanto, tal como el jugador en sus inicios, los chiquillos aprendían a patear la pelota con todas sus fuerzas, al mejor estilo de Armando Broncas, el ídolo que pasó a la historia por su mal genio.

Buscando a Rodríguez

Los años 60 y 70 en Estados Unidos fueron una época de cambio social que quedó plasmado, entre otras cosas, en la música: cantautores de protesta como Bob Dylan dieron voz a toda una generación insatisfecha con el status quo y que necesitaba un gran cambio. El folk rock se convirtió en el género predilecto de varios “poetas callejeros”, que sólo necesitaban una guitarra y los ojos bien abiertos para notar lo que sucedía a su alrededor. Una de estas figuras fue Sixto Rodríguez.

De ascendencia mexicana, afincado en Detroit, Rodríguez logró editar dos discos: Cold Fact (1970) y Coming From Reality (1971)A pesar de su prometedor talento, no fueron un éxito de ventas y el músico desapareció, rápidamente olvidado por una industria musical que no perdona los fracasos. Sin embargo, su historia tomó un giro cuando sus canciones viajaron por diferentes medios hasta el otro lado del mundo, a Ciudad del Cabo, Sudáfrica. En un país dividido por el apartheid, la juventud encontró en las melancólicas letras de Rodríguez un reflejo de su propia realidad, una convulsionada sociedad llena de represión por parte del gobierno. Así, el artista se convirtió en un ídolo en la tierra de Mandela, casi sin saberlo. Fue aquí donde dos eternos fans – Stephen “Sugar” Segerman, dueño de una tienda de discos y el periodista Craig Bartholomew Strydom – se propusieron encontrar a Rodríguez en los 90s, una odisea que quedó plasmada en Searching For Sugar Man de Malik Bendjelloul, que ganó el premio Oscar al Mejor Documental en el 2012.

 

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Es una de esas historias increíbles que uno no se puede inventar. A pesar de que prometía ser uno de los mejores artistas dentro de su género – un productor musical dice no haber escuchado música más emotiva en su vida – Rodríguez pasó sin pena ni gloria por Estados Unidos, uno de tantos artistas olvidados. Su música terminó pegando en el lugar menos pensado, convirtiéndolo en una megaestrella que se decía en un momento llegó a ser más grande en Sudáfrica que el mítico Elvis Presley. En Ciudad del Cabo persistía el rumor de que Rodríguez se había suicidado en el escenario al terminar su último concierto, ya sea con un balazo en la cabeza o echándose gasolina y prendiéndose a lo bonzo. El hombre se convirtió en un mito, una leyenda urbana y nadie lo buscó, hasta que Segerman y Strydom quisieron darle un punto final a su historia.

Tras una larga investigación, en la que la dupla se contactó con las casas disqueras que editaron los discos de Rodríguez, además de analizar sus letras como si se tratasen de jeroglíficos, tratando de buscar pistas sobre su lugar de origen, el músico fue encontrado viviendo con sus tres hijas en Detroit, una vida normal de trabajador de construcción (incluyendo un breve paso por la política, cuando postuló al consejo municipal), totalmente ajeno al mito creado alrededor de su persona. Sus mismos colegas no podían creer que el tipo de los anteojos oscuros con el que se tomaban una cerveza luego de una jornada laboral era un músico con dos álbumes a cuestas y una fanaticada rabiosa en otro continente.

El documental es una crónica de este viaje, una oportunidad de reivindicar a Rodríguez frente a un público masivo que tal vez no supo apreciarlo en su momento. Cuando el artista es llevado a Sudáfrica, es recibido como un ídolo, tocando emotivos conciertos donde todos corean las letras. Un momento de triunfo, prueba de que el reconocimiento llega para todos los que se dedican al arte, aunque sea de manera tardía. Como se ve aquí, el destino tiene sus mañas, pero las cosas pasan por algo. Se podría decir que Rodríguez sabía que esto pasaría tarde o temprano, tomando todo con gran humildad y sin dejar su sencillo estilo de vida; sigue viviendo en la misma casa desde hace 40 años.

La historia de Sixto Rodríguez trae a la mente la de los metaleros canadienses Anvil, considerados pioneros del thrash metal en los 80s que luego cayeron en el olvido total, hasta que un documental los encontró y logró darles el reconocimiento que tenían largamente merecido; pero esa es una historia para otro artículo.

Trágicamente, Malik Bendjelloul se suicidó un año después de ganar la estatuilla dorada, pero dejó para la posteridad este fascinante documental sobre una figura que merece ser mucho más conocida. Es el tipo de historia que te hace querer ponerte de pie y aplaudir al final, además de buscar la banda sonora, claro; detrás de su sencillez, son canciones emotivas y reales.

 

Detrás de Cámaras

A veces, las historias detrás de la filmación de una película pueden resultar igual, o incluso más, de interesantes. Ya sea por los caprichos de la naturaleza, peleas dentro del equipo realizador o un sinfín de razones, siempre existe gran curiosidad por saber como una película se llevó a la pantalla. Miren si no la problemática filmación de Apocalipsis Ahora de Coppola: una odisea en las Filipinas que demoró más de un año, donde el director tuvo que lidiar con el paro cardíaco que casi fulmina al actor Martin Sheen, con un huracán que destruyó buena parte del set, con la incomodidad tremenda de filmar en un clima tropical, con un Laurence Fishburne de 14 años que mintió sobre su edad para no perder su trabajo, y con los caprichos del errático aunque brillante Marlon Brando, quien era legendario por ser un dolor de cabeza para cualquier director. A través de los 16 meses de filmación, el estrés fue tal que Coppola consideró el suicidio más de una vez; al final, le esperaba la bonita tarea de editar casi 200 horas de metraje y una montaña de deudas que demoró años en pagar. La película es un justo clásico, pero la historia de su realización es igual de fascinante.

 

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Los detrás de cámaras son de interés para cualquier cinéfilo, ya sea por simple morbo o por aprendizaje. Una figura que tiene más de un relato que contar es el productor inglés Michael Deeley, cuyo libro de memorias, Blade Runners, Deer Hunters, And Blowing The Bloody Doors Off es una colección de anécdotas de los 60s, 70s y 80s donde el autor profesa su admiración por algunos realizadores y su total antipatía por otros. Si algo me enseñó este libro, es que el productor es mucho más que “el tipo que pone la plata”: es el encargado de juntar todos los elementos de una filmación, el que hace los acuerdos para que una película reciba distribución, el responsable de que el proyecto se lleve a buen puerto y el que debe lidiar con cualquier capricho o problema que tengan directores o actores; y vaya que le ha tocado lidiar con algunos personajes.

El Francotirador es tal vez el momento cumbre en la carrera de Deeley y si bien el inglés asegura estar orgulloso de haber ganado el Oscar, lo que le incomoda es ver en la estatuilla el nombre de Michael Cimino junto al suyo. La película partió como algo muy distinto, un drama centrado en unos hombres que se ganan la vida jugando a la ruleta rusa. Fue Cimino quien decidió ambientarla en la época de Vietnam, cambiando el enfoque de la historia y de paso negando cualquier crédito a los dos escritores que crearon la historia original. Cimino solía contar que el film estaba basado en sus propias experiencias como soldado; luego quedó comprobado que nunca puso pie en un cuartel. Tenía además una manía inexplicable de rebajarse la edad.

El perfeccionismo del director alargó la filmación hasta el infinito, inflando el presupuesto y dándoles canas prematuras a los productores. Lo que se suponía sería una película de dos horas terminó durando tres; la introducción de casi 60 minutos puso nervioso a más de un distribuidor. Cimino también se dio maña para adjudicarse todo el crédito por la cinta, incluso usurpando las labores de productor; el gran insulto para Deeley fue ver el nombre del director en solitario durante todos los créditos, como si hubiese hecho la película por sí solo. Esto después de que todo el equipo técnico confesó odiar a Cimino, sintiendo que no apreciaba el trabajo de nadie. El Francotirador es otro justo clásico, pero Michael Cimino resultó ser problemático: su siguiente obra, La Puerta del Cielo, se ha vuelto famosa por sus excesos, una filmación eterna y repleta de problemas cuyo fracaso dejó en bancarrota al estudio United Artists y borró a su director del mapa.

 

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Otras “joyas” con las que Deeley tuvo que lidiar fueron: Sam Peckinpah, con quien se encontró en un momento en la que la afinidad del director por las drogas y el alcohol ya era cosa conocida, cuyo hobby era hacer todo lo posible por joder a sus productores y equipo técnico, desde darle cargos “fantasmas” a sus amistades hasta desaparecer por días enteros sólo para regresar con feroz resaca y rehusándose a trabajar; y el gran Christopher Lee, estrella de la cinta de culto The Wicker Man en 1973; la única manera de lograr que los cines la muestren en Inglaterra fue en funciones dobles de cine B y editando gran parte del contenido, incluyendo un discurso del actor sobre manzanas. Lee consideraba su papel en este film como el mejor de su carrera y creía indigno tener que tomar el segundo lugar en una función doble; luego de ver removido gran parte de su papel, montó en cólera y hasta hoy detesta a su productor junto a varios fans de la cinta que consideran que Deeley nunca hizo lo suficiente por darle el lugar en salas que merecía.

Junto a experiencias malas también las hay buenas: Deeley fue el responsable de popularizar el Mini Cooper al llevar a la pantalla The Italian Job en 1969, con Michael Caine en sus épocas de galán absoluto: la filmación en Turin recibió gran ayuda de Gianni Agnelli, presidente de Fiat y quien prácticamente controlaba la ciudad. Luego está su profesa admiración por Ridley Scott, con quien trabajó en Blade Runner, incomprendido clásico de ciencia ficción. Esta fue otra película que cambió mucho en su camino a los cines: empezó como una simple historia de amor entre un hombre y una cyborg. Fue Scott, detallista y perfeccionista hasta decir basta, quien la convirtió en la alucinada visión de una Los Ángeles futurista que es ahora. Tuvo sus problemas: una trama confusa que tuvo que ser retocada varias veces (existen hasta seis versiones diferentes de este film), exceso de costos, problemas entre Harrison Ford y su director, peleas con el estudio que no tenía idea de como vender una obra así, hasta un episodio en el que Deeley echó del set a Steven Spielberg sin reconocerlo, lo que le valió varios enemigos en Hollywood. Aún así, el productor está orgulloso de su trabajo y si bien la película tuvo la mala suerte de ser estrenada el mismo año que E.T., hoy en día es un clásico en su género.

 

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Luego de sufrir con Blade Runner, a la cual le dedica tres extensos capítulos en su libro, Deeley se retiró de Hollywood, sólo trabajando en televisión un par de veces más; dice ya no saber que hacer dentro del cine actual, donde los remakes se han vuelto cosa común y las peliculas se hacen mayormente pensando en generar ingresos. Así, el inglés da cierre a un libro que detalla el trabajo de un productor y da cuenta del alucinante e impredecible proceso de realizar una película, un trabajo de años donde se puede tener éxito como fracasar; es casi como jugar a los dados. Deeley, a pesar de su impresionante currículum, también admite errores. Él y su director fetiche, Peter Yates, rechazaron hacer la adaptación de una novela de “un autor ítalo-americano que no conocía nadie”, por considerarla muy difícil de traducir a la pantalla. Fue así que Coppola terminó consagrándose con El Padrino, mientras que Deeley se fue al Orinoco a filmar un filme bélico con Peter O’Toole que pasó sin pena ni gloria, donde tuvo que lidiar, entre otras cosas, con la caprichosa naturaleza, un submarino antiguo prestado por el gobierno que amenazaba con hundirse si lo sumergían, y el haberse salvado por un pelo de morir en un accidente de avión, luego de que el tráfico de Caracas y el mal clima le impidieran llegar a tiempo al aeropuerto. Errar es humano, como dicen.

Perro Guardián

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Carlos Alcántara es uno de nuestros intérpretes más queridos. Desde las épocas de Pataclaun que la gente lo admira por ser un tipo gracioso, con chispa, carismático y a todas luces sencillo. Pero todos los que vayan a ver Perro Guardián porque “¡Sale Cachín!” se van a llevar tremenda sorpresa: este es un drama sombrío y totalmente serio, sin ningún atisbo de humor, donde Machín Alberto decide pasarse al lado oscuro sin ningún reparo.

Alcántara interpreta a Perro, un ex militar convertido en sicario. Solitario y de pocas palabras, trabaja para un misterioso grupo de ex colegas sin hacer muchas preguntas. Es el año 2001, durante el gobierno transitorio de Valentín Paniagua y mientras espera a que se apruebe la mentada Ley de Amnistía para los militares, Perro vive en la clandestinidad, alejado de su familia.

Su existencia dará un giro cuando uno de sus trabajos lo pone en contacto con una secta religiosa liderada por un histriónico predicador (Reynaldo Arenas). Mientras se adentra más en la religión, trabará una incierta amistad con una aproblemada joven (Mayra Goñi). Esto remite inevitablemente a El Profesional de Luc Besson, pero las intenciones de la dupla Bacha Caravedo-Daniel Higashionna son otras, mucho más arriesgadas.

Alcántara ha dicho más de una vez que este es el papel más complejo que le ha tocado interpretar. No se equivoca: Perro es un personaje hermético, de pocas palabras; en su mirada intensa se ve a alguien traumado por las experiencias que le ha tocado vivir durante sus épocas de soldado. A su manera, recuerda al Travis Bickle de Taxi Driver, excepto que Bickle era el alma de la fiesta al costado. Perro resulta tan cerrado que a veces es difícil de leer; cuesta entender su mentalidad, su rollo. Alcántara se sumerge de lleno en el papel; fue un gran riesgo el enterrar el gran carisma por el que se le conoce, pero da buenos resultados, aún si se trata de un personaje tan ambiguo que puede resultar frustrante.

La trama minimalista, sugiriendo muchas cosas sin mostrarlas, no se va por lugares comunes. Perro no es precisamente una buena persona y no está dentro de sus cabales. Tampoco busca la redención, como tantos otros protagonistas de este tipo de historias. Lo suyo no es ser un ángel de la guardia. La relación con la joven, que se debate entre su fe y la rebeldía adolescente, pasa a un segundo plano; la joven Goñi cumple muy bien en un papel que fácilmente pudo caer en la exageración.

Una vez que descubre su lado espiritual, el último refugio para alguien atormentado por su propio pasado, Perro se convierte en otra cosa, acaso algo tan o más peligroso de lo que ya era. No es una crítica directa a la religión, pero tampoco es una celebración de lo espiritual.

La publicidad está vendiendo mal esta película; el avance sugiere un thriller lleno de acción y ciertamente tiene su cuota de violencia cuando Perro lleva a cabo sus trabajos de manera casi robótica, pero en realidad, estamos ante un drama pausado que nos muestra el estado psicológico de un personaje dañado que está perdiendo su humanidad. A pesar de no desarrollar del todo sus ideas, es un film peruano bien hecho que toma riesgos. Vale la pena.

 

 

Salvajes

 

Lo malo de ver tantas películas es que se hace cada vez más difícil que uno se sorprenda dentro de una sala. A veces me resulta complicado despegarme de mi papel de crítico y ver una película sólo para pasar el rato; más aún en estas épocas del año, donde las salas son inundadas por un blockbuster tras otro y uno se empieza a cansar de tanta explosión/efecto especial/robot gigante/etc. Ojo, yo disfruto de estas películas como cualquier vecino, me divertí a lo grande con Guardianes de la Galaxia (un claro ejemplo de como hacer un buen espectáculo), pero luego de haberlas visto, me doy cuenta que ya no queda mucho más, las salas no tienen más oferta y todo empieza a verse igual.

Pero de vez en cuando llega una película que te deja con la boca abierta, de esas que te hacen recobrar la fe en el cine, que te hacen darte cuenta que aún te queda mucho por ver y todavía puedes sorprenderte cuando menos lo esperas. Sales emocionado de la sala, con ganas de contársela a todo el mundo y hacer que todos la vean, para que te den la razón en que se trata de una genialidad, o para que te digan que no les gustó y que tienes gustos bastante bizarros. Siempre es un placer cuando eso pasa y en este caso, me ocurrió con la argentina Relatos Salvajes, de Damián Szifron.

 

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Se trata de una antología de seis historias, todas de alguna manera u otra respondiendo a una simple pregunta: ¿que sucede cuando perdemos la razón? Ya sea por circunstancias que no podemos controlar, o por aquellas cosas chicas que nos fastidian como una piedra en el zapato, como los malos conductores o la maldita burocracia que jode y no dejar hacer nada; son aquellos momentos que nos hacen perder la cabeza, cuando nos comportamos como animales salvajes (por si los créditos iniciales con imágenes de National Geographic no lo dejaban claro).

Así, cada historia parte de una situación “sencilla” – un encuentro casual en un avión, un no-tan-feliz matrimonio, una disputa en la carretera con ecos de Duel de Spielberg – para luego ir creciendo en tensión, utilizando un fino humor negro carbón para llegar a desenlaces inesperados e hilarantes. Estas son historias absurdas, de no creer, de esas que uno lee en los titulares de diarios chicha y no se explica que hayan sucedido de verdad, tan increíbles que no te queda otra que reír. El talento de Szifron está en encontrar el humor en anécdotas serias, trágicas incluso; si eres de los que se ofenden fácilmente, mejor sigue de largo.

Los seres humanos somos de naturaleza impredecible; debajo de nuestra apariencia civilizada, somos animales que actúan por instinto, una regresión que puede ser gatillada por cualquier cosa y que nos puede volver mezquinos  y vengativos. Esta película lleva esta idea hasta los límites de lo absurdo.

Prefiero no decir nada más; este es el tipo de film que es mejor ver sin saber nada y dejarse sorprender. Relatos Salvajes es como leer un muy buen libro de cuentos que te tiene pasando las páginas compulsivamente, al que quieres volver una y otra vez. Se estrena el 21 de agosto, así que hagánse un favor: este es uno de los mejores estrenos del año.

 

Planeta de Monos

 

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Más allá de sus irresistibles imágenes de monos a caballo disparando metralletas a dos manos o andando en tanques, El Planeta de Los Simios: Confrontación hace lo que toda buena secuela debe hacer: expandir el universo presentado en la primera parte, continuar la historia de manera natural y no ser un simple calco de su antecesora. Más importante aún, entierra definitivamente cualquier recuerdo del aburrido remake de Tim Burton, que de buena sólo tenía el maquillaje.

Han pasado algunos años desde que una supuesta cura para el Alzheimer mutara en una “Gripe de Simios”, matando a buena parte de la población de la tierra y otorgando a los primates avanzada inteligencia. En una San Francisco abandonada y en ruinas, los sobrevivientes humanos, liderados por Dreyfus (quien no es un déspota gritón echando espuma por la boca, a pesar de ser interpretado por Gary Oldman) buscan reconstruir su sociedad, mientras que, en el bosque, el mono César y sus compañeros – entre ellos el rabioso Koba (el de la cicatriz en la cara) y el orangután Maurice (el que parece que se sentaron en su cara) – construyen su propia civilización, aprendiendo a hablar, a defenderse, a ser padres; las típicas preocupaciones de un simio promedio.

El conflicto será inevitable, pero el director Matt Reeves procura no inclinarse mucho por ningún bando, ya que ambos sólo buscan sobrevivir. Existe la discordia por ambas partes; algunos humanos prefieren ver a los simios en jaulas, mientras que Koba, resentido por haber sido sometido a experimentos en un laboratorio, sólo quiere vernos muertos a nosotros los bípedos. Por más que ambos logren encontrar un lugar común, este lamentablemente será sólo temporal (basta con ver la película original para saber en que termina esto).

Al final, los simios terminan cometiendo los mismos errores que los seres humanos, mostrando que no son tan distintos como César quiere creer. Es la misma historia de siempre: toda nueva civilización sigue el mismo proceso de conflicto y cambio y todas terminan repitiendo las metidas de pata de la anterior. Los simios no son la excepción y sólo falta ver que pasa. Si se animan a hacer una entrega más, la presencia humana ya no es del todo necesaria.

Quien sabe si un estudio se arriesgaría a hacer una película sólo con monos de protagonistas, pero con lo visto aquí, no sería tan jalado de los pelos; sólo vas a ver simios más realistas en una selva. A pesar de estar escondidos bajo la tecnología motion capture, Andy Serkis y los demás intérpretes simiescos hacen un gran trabajo, dándole humanidad a los simios. De ahí a que esta película funcione; se la toman completamente en serio y el espectador también.

 

 

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