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Memorias Mundialistas

El Mundial termina esta semana. Mientras algunos hacen apuestas sobre quien saldrá campeón, otros ya están preguntándose de que otra cosa van a poder hablar todo el día. Y es que es dificil ser ajeno a la fiesta del fútbol; se convierte en el pan de cada día durante un mes y aún si no te gusta el deporte, te enteras de todo. Lo más probable es que, si nos ponemos a hacer memoria, recordemos algo especial de cada uno de los Mundiales.

La primera vez que yo tomé conciencia de este magno evento fue en Italia 90 y sólo porque llené el álbum. Recuerdo que me mataba de la risa con el peinado del Pibe Valderrama y que todos los jugadores coreanos me parecían iguales, pero nada más. Tenía apenas seis años y no me acuerdo de nada de aquel torneo donde Camerún fue la revelación y Roger Milla popularizó el bailecito alrededor de la bandera. Mientras todos gozaban con el campeonato, yo me quedaba viendo las figuritas. Hasta el mítico Ron Jeremy se contagió de la fiebre del balompié y salió en la versión XXX del Mundial, donde vestía la camiseta de Maradona.

 

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Dos ídolos en uno.

 

Para Estados Unidos ’94, la familia estaba radicada en un campamento minero en Honduras. Fue aquí que vi el partido inaugural entre Bolivia y Alemania junto a un amigo que decía que era nuestra obligación, viviendo en un país de habla hispana, de apoyar a los latinoamericanos. Dentro de mi limitado conocimiento deportivo, yo le aseguré que los Panzers ganarían sin problemas. Su respuesta fue que una vez entrara el ‘Diablo’ Etcheverry las cosas serían distintas. En efecto, el crack boliviano ingresó a la cancha, sólo para ser expulsado minutos después por meterle una patada a Lothar Matthaus. Se perdió el siguiente partido y para el tercero, Bolivia fue eliminada. No tuve que ser el Pulpo Paul para pronosticar el resultado: Alemania ganó 1-0.

Los grandes ídolos entre los jóvenes del campamento, los que hacían suspirar a las chicas, eran jugadores gringos como Alexi Lalas o Cobi Jones, aún si Estados Unidos no era conocido precisamente por su calidad futbolística. Al final, el recuerdo más doloroso de este Mundial fue que con la familia estuvimos en Florida durante el torneo y no aprovechamos de ir a ver un partido al Citrus Bowl de Orlando; aún tratándose de un Bélgica-Marruecos, (que debe ser como ver un Aurich-Melgar) debió ser una fiesta y la oportunidad de poder decir, “estuve en un Mundial”.

Cuatro años después, ya estábamos de nuevo instalados en Lima. Camino al colegio todas las mañanas, mi padre escuchaba a un comentarista de Radio Miraflores que se la pasaba despotricando acerca del bajo nivel del fútbol peruano y de como nunca llegaríamos a un Mundial (profecía que se cumple hasta hoy). Su ira llegó a niveles estratosféricos cuando se supo que Jamaica iría a Francia: “¡Hasta ese país donde bailan reggae y fuman pitos va a ir, y nosotros no!”

Fue justamente el equipo jamaiquino al que recuerdo ver recibir una soberana goleada por parte de Argentina en un quiosco en La Cantuta, en Chosica, en un soleado fin de semana. Argentina tenía un muy buen equipo, pero los verdaderos ídolos eran los brasileros y sus coloridos apodos, liderados por el pelado Ronaldo. En aquel entonces, Francia era una incógnita para mi y Brasil eran imbatibles, por lo que no me entró en la cabeza como es que perdieron la final 3-0. Sólo ahora me vine a enterar que en parte fue porque el ‘Gordo’ sufrió un ataque de epilepsia la noche anterior y fue repuesto en el equipo poco antes del pitazo inicial, recién salido de la clínica y totalmente dopado, por lo que deambuló por la cancha como un espectro.

 

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Estaba estudiando en Chile cuando se dio Corea-Japón, el primer Mundial donde muchos sufrimos con la diferencia de hora. Había que madrugar para ver los partidos en sesiones maratónicas, por lo que varios compañeros se aparecían en clase con unas ojeras de campeonato y resinosos, sólo para quedarse dormidos en sus asientos. Los más sensatos optaron por quedarse en casa, incluyendo a uno que otro profesor pelotero.

Por estas épocas, escribía de todo: desde cuentos, pasando por críticas de cine, hasta un diario. Durante el campeonato, se me dio por escribir pequeños resúmenes de los partidos. Me creía El Veco, pero no sabía nada. Algunas perlas de mi innoble periodo como relator deportivo, que menos mal no duró demasiado:

 

Alemania 8, Arabia Saudita 0: Ay, que fea goleada. Alemania es una máquina.

Francia 0, Uruguay 0: El perdedor aquí cagaba y al principio ninguno de los dos parecía darse cuenta de ello.

Alemania 2, Camerún 0: Las figuras fueron los africanos por HUEVONES!!!.

México 1, Italia 1: México tiene buenos jugadores y desde ahora les hago barra a falta de sudamericanos.

 

Volví a Lima para Alemania 2006, con un poco más de conocimiento futbolistico a cuestas. Fue aquí donde me di con la cobertura local del torneo, que abusó de los mismos comerciales durante un mes entero; al final se veían hasta en la sopa. Como olvidar aquel irritante spot del taxista que se parecía a Ronaldinho, repetido una y otra y otra vez; todos aquellos que ahora quieren gritarle al televisor cuando sale el Viejito HD a contar sus anécdotas de abuelito senil deben saber de lo que estoy hablando.

Australia era un equipo al que no se le tenía mucha fe, pero en este torneo, fueron una grata sorpresa. También mostraron la importancia de contar con un buen técnico; de la mano de Guus Hiddink, mostraron suficiente habilidad como para pasar a octavos, donde sigo pensando que Italia les robó la clasificación con más de un truco sucio.

 

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Justamente fue en el país de los canguros donde me encontró Sudáfrica 2010; de nuevo había que madrugar para ver todos los partidos. Australia fue goleada por Alemania en su primer partido y ya nadie quiso saber más. Instalaron una pantalla gigante al costado del río Yarra para ver el segundo partido contra Ghana, donde unos hinchas africanos me amenazaron para que haga barra a su equipo. Cuando las Estrellas Negras metieron un gol, la mitad del público maldijo a viva voz y se fue, sólo para regresar corriendo cuando los Socceroos lograron empatar.

En pleno torneo, fui a visitar a una prima a Bundaberg, un pueblo a horas de Brisbane conocido por la marca de ron del oso polar. Ahí me desconecté del mundo, dedicándome a caminar por la playa, leer, escribir y jugar Fifa con el novio de mi prima en el Playstation, recibiendo unas goleadas épicas que me hacían tirar el control contra la pared. Fue en este idilio donde madrugué para ver la final entre España y Holanda, que a la postre fue bastante aburrida (a Manolo el del Bombo le debe haber dado un paro cardíaco de la emoción). Eso sí, la semifinal entre Holanda y Uruguay fue un partidazo, una final de verdad.

Vi el mundial enteramente a través de SBS, que hicieron una cobertura bastante completa de todo el evento. La gran mayoría de periodistas locales lo encontraban aburrido por 1) considerarlo un juego muy táctico donde casi ni se hacían anotaciones; y 2) porque los jugadores eran unas nenas que lloraban al menor contacto, cuando en el Australian Rules Football  no era raro que los atletas saliesen a jugar sangrando o vendados (en esto sí hay que darles algo de razón, porque algunos futbolistas merecen un Oscar; De Niro, vete a casa). Los de SBS se lo tomaban totalmente en serio y estaban bastante preparados. En el canal pasaban un spot que, si bien podía pecar de meloso, sensiblero y parcializado, resumía bastante bien el sentimiento detrás del fútbol y la fiebre que genera a nivel mundial.

 

 

Y así llegamos a Brasil 2014, de nuevo en Lima y con horarios decentes. A pesar de que sigo sin ser un erudito en el deporte, no me he perdido ningún partido. No sé que anécdotas estaré contando en algunos años. Tal vez lo mucho que nos hemos vacilado con las narraciones de Fleischmann. O tal vez el que este haya sido el Mundial de los memes, que han aparecido en tiempo récord para inmortalizar todo lo sucedido: la eliminación de España, la mordida de Súarez, las celebraciones del Piojo Herrera, el parecido de Pitbull con Voldemort, etc, Pero de que dará anécdotas, las dará.

Así Es El Fútbol

Empezó la gran fiesta del fútbol; cada cuatro años, la gente deja de trabajar y la productividad baja a cero cuando todos se pegan a sus televisores por un mes para ver a 22 compadres correr de un lado a otro de la cancha, pateando pelotas y a veces, a sí mismos. Es la Copa del Mundo.

Debo confesar que no sé nada de fútbol y soy de palo para patear pelotas. En la universidad, mis amigos chilenos pensaron que siendo peruano, seguramente movía el balón como (Ella era un travesti) Flavio Maestri; luego de un par de pases, fui invitado amablemente a volver a mi casa y no regresar. Lo único que me queda es desquitarme jugando PES o Winning Eleven y vaya que me demoró aprender para que sirve cada botón.

Aún así, me gusta ver el Mundial. No sólo porque el deporte se juega a su más alto nivel, sino por el ambiente festivo que se crea (tienen razón cuando dicen que este deporte junta a todos los pueblos) y por la cantidad de anécdotas que quedan para la historia.

Está La Batalla de Santiago en 1962, un partido entre Chile e Italia que se convirtió en un combate digno de una pandilla callejera, con los jugadores ignorando la pelota para repartir patadas y puñetazos; el espectacular Gol del Siglo de Diego Maradona, que hizo olvidar a todos que el 10 había metido un gol con la mano con toda la concha del mundo sólo minutos antes; la aparición de Corea del Norte y sus 60 hinchas uniformados en el mundial pasado, lo cual gatilló mi excesivo interés por conocer la historia del problemático país.

La lista sigue: un partido entre Kuwait y Francia en 1982 que fue interrumpido por un jeque millonario, miembro del comité olímpico, que ordenó a sus jugadores no moverse hasta que el árbitro no permitiese un gol francés. La soberana goleada 6-0 que nos metió Argentina en 1978 (una época muy, muy lejana en la que teníamos un buen equipo capaz de dar pelea a nivel global), un resultado que hasta hoy se rumorea fue comprado por el régimen de Jorge Rafael Videla.

Pero uno de los hitos del balompié, la historia que todos hemos escuchado, seamos hinchas o no, es la del inolvidable Maracanazo de 1950, cuando Uruguay y Brasil se enfrentaron por la copa en Rio de Janeiro. Maracaná, de Sebastián Bednarik y Andrés Varela, nos lleva a revivir aquel fatídico campeonato a través de imágenes de archivo de la época y testimonios de los participantes.

 

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Es una verdadera historia de David y Goliat. A pesar de haber organizado la primera copa del mundo y haber sido campeones, Uruguay estaba en una crisis futbolística de proporciones, con muchos dirigentes y jugadores en paro; incluso, el capitán Obdulio Varela sólo aceptó volver al equipo luego de que se le prometiera un trabajo en oficina pública. Brasil, mientras tanto, era anfitrión por primera vez, su selección era favorita y el país se había convertido en una fiesta.

Ambos equipos llegaron a la final. Nadie daba un peso por Uruguay, mientras que Brasil ya se consideraba campeón. La gente organizó carnavales improvisados afuera del estadio y todos se sentían ganadores. Luego de 90 minutos, las caras de los más de 200,000 asistentes eran de terror: los charrúas lograron un milagro y levantaron la copa tras un 2-1 de infarto. El entonces presidente de la FIFA, Jules Rimet, había preparado un discurso en portugués para los ganadores y fue dejado solo en la cancha con el trofeo en la mano. La Federación carioca había fabricado 22 medallas de oro con los nombres de los jugadores que terminaron en la basura; hasta se compuso una canción de victoria para los brasileños que nunca se tocó.

Brasil fue bajado de las nubes en un instante y el país entero cayó en una depresión severa (el gran Pelé se encargaría de devolverles la sonrisa algunos años después). Tras observar la cara de derrota de la poca gente que quedó en la calle, Varela aseguró arrepentirse de la victoria; el arquero Barbosa comparó los años siguientes al Mundial como estar en la cárcel. Los uruguayos, mientras tanto, volvieron a casa como héroes, aún si muchos terminaron sus días en la miseria. La hazaña es algo que no se ha vuelto a repetir y es algo que la selección charrúa sigue tratando de igualar desde entonces.

El fútbol nunca ha sido muy bien representado en el cine; recordemos a Escape a la Victoria de John Huston, donde unos prisioneros de guerra jugaban un partido contra los Nazis. Stallone era el único que no jugaba a nada, así que terminó en el arco (hasta Michael Caine, como buen inglés, movía su pelota) y al menos, es una oportunidad para ver las proezas de figuras de la época como Bobby Moore, Pelé u Osvaldo Ardiles; pero toda la idea detrás de esta película es un poco ridícula, aún si está basada en la verdadera historia de los ucranianos del Dinamo Kiev, que ganaron a los Nazis en una serie de partidos de exhibición (la diferencia es que fueron ejecutados después). La lista de películas buenas sobre fútbol es bastante corta.

¿Por qué será? Pues simplemente porque la emoción de un buen partido de fútbol es algo que no se puede reproducir. Lo vivido aquel 16 de julio en el Maracaná es tan o más emocionante que cualquier película deportiva y no necesita de la ficción para contarse. Y el fútbol tiene miles de historias de este corte, porque en el Deporte Rey, nada está escrito y siempre hay sorpresas. Por eso es que los actuales campeones España acaban de ser humillados por los holandeses, Costa Rica ha logrado meterle tres goles a los uruguayos y los brasileros están prendiendo velitas para que la historia no se repita este año.

 

 

III FIACID

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Hace poco finalizó la tercera edición del Festival Iberoamericano de Cine Digital (FIACID) y con ella, mi tercera ocasión como jurado APRECI. Fue una maratónica semana de cine latinoamericano, en donde sólo me faltaba mudarme al UVK Larcomar y donde me pudieron haber encontrado cabeceando en una butaca más de una vez. Valió la pena; otra buena ocasión para comprobar que hay cine para todos los gustos y colores, de todas partes del mundo.

Costa Rica no es conocida por su cine, pero aquí tuvo dos dignos representantes: Puerto Padre, un drama ambientado en un ruinoso y abandonado hotel; y Agua Bendita, una fusión de documental y ficción acerca de un poblado de refugiados nicaraguenses que deben lidiar con una escasez de agua. Cine de bajo presupuesto, pero hecho con mucha convicción.

Existe un eterno conflicto entre el cine comercial hecho para entretener a las masas y aquel más artístico, personal y de valor cultural. Este es el motor detrás de la española Ilusión, donde el director y guionista Daniel Castro se interpreta a sí mismo como el típico hipster insufrible que sufre por su arte y mira en menos a los que no comparten su particular visión: un musical acerca de la crisis económica que suena como una colosal ridiculez. Con mucho humor, Castro retrata las dificultades por las que pasa cualquier cineasta que quiere vivir del séptimo arte: falta de presupuesto, indiferencia de las productoras, el no querer comprometer su obra con consideraciones comerciales y la resistencia a abandonar sus metas y dedicarse a algún trabajo anodino que le permita vivir. Todo esto exagerado y para la risa, claro está, con una inolvidable frase para el bronce: “El Padrino no parece muy interesante; son gente de cincuenta años tomando decisiones en habitaciones poco iluminadas”.

 

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Se suele decir que un documental es tan interesante como el tema que trata; este año, el FIACID nos ha presentado a un cuarteto de personajes inolvidables. El que todos provengan de Argentina es una mera casualidad, aunque no debería sorprender; por algo el cine gaucho es considerado el mejor de la región y casi siempre resulta de interés.

Aurora Venturini es una escritora de más de noventa años que se mantiene vigente a pesar de su avanzada edad. Es una persona complicada, exigente y algo excéntrica: cuenta historias de sus mascotas arañas y de su amistad cercana con un cura especializado en exorcismos. Tiene una particular manera de ver el mundo, una donde la ficción de sus escritos juega un gran papel. El documental Beatriz Portinari nos presenta así a este peculiar personaje, además de una mirada al proceso creativo por el que pasa todo escritor.

Ramón Ayala presenta a una entrañable figura del folclor argentino, responsable de más de 200 canciones populares. Ayala no es muy conocido, pero es parte vital de la cultura gaucha, en una época donde cada vez menos gente se conecta con sus propias raíces. Acompañado sólo de su guitarra, Ayala significa mucho para varias personas, de todos los estratos sociales; es una música que no tiene barreras.

Un Enemigo Formidable es la historia de Carlos Borghi, un exterminador de ratas de Buenos Aires. Es un gordo bonachón con un trabajo a todas luces ordinario. Sin embargo, el director Lucas Marcheggiano echa mano de recursos y técnicas de los thrillers y el cine de terror para darle otra dimensión; aquí, Borghi es un incansable vigilante nocturno con un conocimiento enciclopédico de las alimañas con las que tiene que lidiar, que sale todas las noches a proteger a los indefensos de las plagas. Recreando anécdotas del protagonista, esta divertida película logra transformar lo cotidiano en algo novedoso y e interesante.

Por último, El Gran Simulador de Néstor Frenkel se centra en René Lavand, un conocido ilusionista argentino que realiza impresionantes trucos con cartas usando una sola mano. Frenkel va detrás de la cortina para observar la vida cotidiana de este hombre, que, más allá de sus habilidades, es además un gran narrador, capaz de encandilar al público con sus historias tanto como con su destreza con los naipes; a Lavand no le gusta que le llamen “mago” y lo suyo va más allá de hacer simples trucos.

 

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El cine nacional no podía faltar en el festival y si bien no alcancé a ver las cinco películas de la Competencia Nacional, la Internacional traía consigo El Averno de Jorge Tembladera (aún no entiendo como un film nacional terminó en el rubro Internacional, pero ni modo). Aunque no trae nada nuevo en lo visual – es en verdad un reportaje extendido – el tema es fascinante, una parte importante de la historia cultural de Lima.

El Averno es un centro cultural ubicado en la cuadra dos de Quilca, abierto en 1998 por Jorge “El Negro” Acosta, músico integrante del grupo Del Pueblo, pioneros en fusionar el rock con elementos de la música andina y el folclor. Aquí se congregaban músicos, artistas y todos aquellos que querían expresarse de forma libre. Fue en este local donde creció la movida contracultural de Lima, una corriente underground que sigue vigente hasta hoy. Tembladera sigue la historia de este local a través de más de un recital de rabiosa música punk y exhibiciones de arte, hasta su cierre en el 2012, con una promesa de reubicación de la municipalidad que nunca se cumplió. No es un documental de denuncia, pero la sola mención del nombre de Susana Villarán sí recibe una sonora pifiada durante la última noche del local.

Lo que este film hace bien es capturar el espíritu del lugar y transmitir la importancia que tenía para muchos. Es un lugar que uno quisiera haber visitado en su mejor momento, y así comprender lo importante que son locales así para el desarrollo cultural de esta caótica ciudad.

 

 

Y así, se cierra la tercera edición del FIACID, un breve descanso de la cada vez más alicaída cartelera local – pero ese ya es tema para otro artículo.

Matthew el Asesino

Uno de los merecidos ganadores de la más reciente entrega de los premios Oscar fue Matthew McConaughey, Mejor Actor por su papel de Ron Woodroof en Dallas Buyers Club. Lo que muchos habíamos olvidado hace ya tiempo es que el tejano es un muy buen intérprete – sólo se había perdido en el camino.

McConaughey tuvo su primera memorable aparición en pantalla en Dazed And Confused de Richard Linklater: el último día de clases para un grupo de adolescentes en una secundaria de Austin a fines de los años 70. En medio de otras futuras estrellas como Ben Affleck o Milla Jovovich, el actor sobresalió como Wooderson, un veinteañero que se resiste a crecer y sigue de parranda con colegiales. A este siguieron toda una fila de diversos papeles, desde un abogado abolicionista en Amistad de Spielberg hasta un rudo cazadragones en Reinado de Fuego de Rob Bowman, que dejó para el recuerdo a un calvo y tatuado Matt, hacha en mano, lanzándose frente a un dragón (y sí, hay spoilers):

 

 

De repente, los estudios tomaron nota del carisma de McConaughey y terminó encasillado igual que todos esos actores caras bonitas, en sosas comedias románticas donde no se le pedía más que sonreír bastante y de vez en cuando quitarse la camiseta. El actor estaba cerca de convertirse en un chiste y ya muchos daban por sentado que no saldría de esta nueva etapa, lo mismo que su ocasional co-estrella Kate Hudson, quien tras sorprender a muchos en Casi Famosos de Cameron Crowe se convirtió en la eterna novia de turno en romances fílmicos.

Todo esto cambió en el 2011 con The Lincoln Lawyer, donde Matt interpreta a un abogado con pocos escrúpulos que hace negocios desde el asiento trasero de su limusina. Una buena actuación que mantuvo el carisma que siempre ha tenido el actor, pero que fue el comienzo de una serie de papeles diferentes, a veces arriesgados, donde McConaughey claramente quería retarse a sí mismo. El resultado fue visto hace pocos días: una total reinvención, un respeto ganado en la industria, y una estatuilla dorada como premio.

Pero hay un papel por el que muchos aseguran que este actor se merecía un Oscar desde antes, en una película retorcida que en su momento pasó casi desapercibida, más que nada porque nadie pudo verla.

 

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Killer Joe de William Friedkin es la segunda adaptación que hace este veterano director de una obra del ganador del Pulitzer Tracy Letts, quien también tuvo presencia en los Oscar con la adaptación de August: Osage County, sobre una familia disfuncional que se agarra a gritos y que le valió a Meryl Streep su nominación No. 322 al cotizado galardón. Al momento de su estreno, Joe recibió la clasificación NC-17, que básicamente hizo que ningún cine quisiera mostrarla; es, en efecto, una sentencia de muerte para cualquier filme.

Es la historia de Chris Smith (interpretado por Emile Hirsch, otra joven promesa que esperamos se consagre algún día), un bueno para nada endeudado hasta el cuello con unos matones. Junto a su padre – otro inútil – idea un macabro plan: asesinar a su odiada madre para así cobrar el dinero de la póliza. Para el trabajo, contratan al personaje del título, un policía que gana algo de dinero extra matando gente en sus ratos libres. Las cosas se complican una vez que el sicario le echa el ojo a Dottie, hermana menor de Chris, una peculiar chiquilla que vive en su propio mundo.

Es una lacerante burla de lo más bajo de la sociedad norteamericana, los denominados white trash. Son todos los estereotipos redneck en un sólo lugar, un mundo de casas rodantes, camionetas con tolva, perros sabuesos y gorras Caterpillar; sólo faltaba que aparezca Cletus de Los Simpson. Un mundo donde el amor familiar no existe y todos están dispuestos a echarse a sí mismos a los leones entre todos. En medio de esta intriga, McConaughey domina las acciones como el frío y metódico Joe, un calculador psicópata que  parece disfrutar mucho de su trabajo. En comparación a los inmorales que buscan sus servicios, al menos tiene principios y no esconde su disgusto al tener que trabajar con este montón de cretinos limitados. Y cuando deja de lado su aire caballeroso y pierde los papeles, nadie se salva.

Killer Joe es una película sucia e inmoral, culminando en un memorable y poco común uso para una pierna de pollo que te hará pensar dos veces antes de ir a comer a KFC. También es increíblemente divertida. Friedkin se burla de esta familia de idiotas al igual que Joe, así que uno tiene permiso de hacer lo mismo. Tan políticamente incorrecta que los cines no supieron que hacer con ella, es una oportunidad para ver a McConaughey en uno de sus mejores y más intensos papeles, aún si después de verla te den ganas de darte una ducha y sacarte la suciedad de encima.

 

El Vientre

 

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En el 2013, el éxito de taquilla de Asu Mare, comedia basada en el unipersonal de Carlos Alcántara, significó un cambio dentro del cine nacional. Más allá de su calidad, la película dejó claro que el cine de género es una opción viable para que los cineastas nacionales encuentren un público. Así, el segundo filme nacional más visto el año pasado fue la cinta de terror Cementerio General. Ahora, muchos cineastas se encuentran probando suerte con el cine de género; entre ellos está Daniel Rodríguez Risco, quien tras su primer filme, El Acuarelista, nos trae ahora el thriller psicológico El Vientre.

Mercedes (Mayella Lloclla) es una joven huérfana que llega a trabajar a la casona de Silvia (Vanessa Saba), una viuda solitaria. Ahí conoce a Jaime (Manuel Gold), un mochilero que se encuentra de paso por el lugar para encontrar dinero y pronto florecerá una relación. Sin embargo, todo es un complot de la dueña de casa, que busca generar un embarazo en Mercedes y quedarse con el bebé a toda costa.

El mayor enemigo de una película como esta es la familiaridad. Los realizadores nacionales (exceptuando a los regionales) sólo han empezado a experimentar con el cine de género desde hace poco, mientras que el cine de Hollywood, por dar un ejemplo (no es el único, pero es el mayor referente que tenemos casi todos) viene haciendo este tipo de películas desde hace años. Thrillers sobre cautiverio o mujeres psicópatas son bastantes; por dar dos ejemplos, está Misery de Rob Reiner o más recientemente, la francesa Inside de Alexandre Bustillo y Julien Maury. Por ello, cualquiera que sea perito en obras de suspenso podrá adivinar lo que va a suceder aquí desde el principio: la suerte echada de Jaime, o la aparición del  tío Miguel (un cameo de Gianfranco Brero), que recuerda al infortunado Arbogast de Psicosis.

Sin embargo, una historia conocida puede funcionar si es que está bien hecha y en este caso, lo está. Rodríguez Risco dirige con sobriedad y sin excesos, dejando que la historia se cuente a buen ritmo y sin caer en el sensacionalismo del gore o imágenes muy gráficas; es casi una manera clásica de narrar una historia, que depende más de atmósferas que otra cosa. Por ello la locación escogida es perfecta: una antigua y enorme casa de campo casi abandonada donde uno podría creer que penan.

El reparto también cumple con lo suyo. En esencia, este es un duelo actoral entre Mayella Lloclla y Vanessa Saba y ambas están a la altura. Saba, en particular, es intensa y convence como esta mujer desequilibrada, que pasa a engrosar las filas de otras memorables psicópatas del cine de suspenso, como Kathy Bates en la mencionada Miseria, Jennifer Jason Leigh en Mujer Soltera Busca, Rebecca de Mornay en La Mano Que Mece La Cuna o Mother’s Day y un sinfín de nombres más.

El Vientre puede ser predecible, sin muchas sorpresas para el público experimentado y tal vez bastante apegada a las convenciones de su propio género, pero aún así, está bien hecha. Da gusto ver a más cineastas peruanos arriesgarse por películas de corte de suspenso o terror; a la par con obras experimentales o de autor, el cine peruano necesita de películas como El Vientre para así lograr llamar la atención del esquivo gran público y darle a la producción nacional un lugar en las salas de cine.

 

Oscares 2014

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Acaban de anunciarse los nominados a la estatuilla dorada para este año y así, se dan inicio a las especulaciones, las apuestas y las decepciones de varios al no ver a sus favoritos entre los candidatos. Debido a su particular calendario anual, Hollywood casi siempre guarda las películas “de prestigio” para los últimos meses del año (así como los meses de verano gringos son territorio exclusivo de Michael Bay); es casi seguro que muchas películas van a quedar fuera y sólo por el simple hecho de haber tenido tempranos estrenos. Al parecer, los miembros de la Academia no tienen memoria a largo plazo. Los Oscar no representan en verdad lo mejor del año, sino lo mejor visto en noviembre y diciembre.

Aún así, cualquier cinéfilo que se precie no los puede ignorar y siempre resulta divertido comentar y opinar. En Perú, esto resulta bastante complicado ya que, como todos los años, es casi imposible ver todas las nominadas antes de la ceremonia. Las distribuidoras suelen esperar hasta el anuncio de las nominaciones para traer las películas a las salas, por lo que habrá que esperar hasta febrero o incluso marzo para ver la mayoría. Mientras tanto, uno se desespera porque hace meses quiere ver lo último de Scorsese.

Sólo he visto dos de las nominadas hasta ahora, pero me atreveré igual a hacer algunos comentarios…

Gravedad no es una película que quisiera ver otra vez; pasé 90 minutos estresado y gritándole a Sandra Bullock mientras pasaba mil y un problemas para volver a la Tierra, hasta el punto de querer lanzar algo a la pantalla. Pero hay que admitir que en el lado técnico, es una maravilla. Es probablemente lo más cerca que muchos estaremos de ir al espacio y resulta dificil creer que todo es digital. Alfonso Cuarón, quien además se ha vuelto un maestro de las tomas sin cortes, se merece con creces el premio a Mejor Director; lo que ha hecho aquí es algo impresionante.

En el rubro de Mejor Actor, resulta una sorpresa no ver al otrora favorito de la Academia, Tom Hanks. El capitán Richard Phillips es tal vez el mejor papel que ha tenido este intérprete en años. La escena final, en la que el Capitán al fin se derrumba luego de enfrentarse estoicamente a unos piratas somalíes, es de antología. Aún así, no hay quejas con los demás nominados.

 

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Leonardo DiCaprio es otra figura conocida en estas lides. Desde hace ya tiempo que dejó atrás su pasado de niño bonito de Titanic para convertirse en actor serio, tal vez uno de los mejores de su generación (en gran parte debido a su larga asociación con Martin Scorsese). A pesar de haber sido nominado una y otra vez, Leo nunca gana; tiene otra oportunidad este año como el amoral y vicioso Jordan Belfort en El Lobo de Wall Street. No va a ser fácil; el favorito es Matthew McConaughey por Dallas Buyers Club. Su victoria sería justa; tras años de protagonizar comedias románticas donde lo único que le pedían era sonreír y quitarse la camiseta, el actor de Texas se ha reinventado como un excelente intérprete dispuesto a probar suerte con roles diversos. Para muestra, véase Killer Joe de William Friedkin, donde da vida a un desequilibrado asesino a sueldo.

Jonah Hill es nominado a Mejor Actor Secundario por segunda vez. Increíble que se trate del mismo gordito gritón que nunca se callaba la boca en Superbad hace apenas algunos años. Hill se ha convertido en un actor serio y no le podría estar yendo mejor. Si bien el favorito parece ser Jared Leto por Dallas Buyers, no sería malo que el premio recaiga en Barkhad Abdi, un novato que se enfrentó en un duelo actoral con Tom Hanks e impuso su presencia en todo momento sin achicarse. La gran ausencia es Daniel Bruhl como el huraño corredor Niki Lauda en Rush.

En cuanto a actrices, Cate Blanchett y Jennifer Lawrence (que ya lleva un Oscar y varios premios con apenas 23 años – esta chica va a llegar lejos) parecen ser fijas, aunque nunca se puede descartar a la siempre presente Meryl Streep. A estas alturas de su carrera, podría interpretar a una piedra y la nominarían igual.

A pesar de que la categoría de Mejor Película ha sido expandida a diez nominados en vez de cinco, la competencia siempre se reduce a dos o tres títulos. En este caso, parece que la pelea será entre Gravedad, American Hustle y 12 Years a Slave. Esta última ha sido descrita como una brutal y chocante mirada a la esclavitud, una película confrontacional y dificil de ver. Queda ver si la Academia, conocida por ser siempre conservadora en sus elecciones, le da el premio mayor a pesar de la controversia.

Mejor Canción es una categoría a la que no suelo prestarle mucha atención; pero protesto por la ausencia de “Stay Alive” de Jose Gonzalez, tema emblema de La Vida Secreta de Walter Mitty de Ben Stiller. Una buenísima canción dentro de una excelente banda sonora que le va como anillo al dedo a una película sobre un tímido hombre que emprende la aventura más grande de su vida. La Academia no le encontró un lugar, pero sí hubo sitio para una canción de un filme cristiano que parece nadie vio y que ya está siendo acusado de racista y manipulador. Quien entiende.

 

 

Por último, en la categoría de Nominados Que Nadie Nunca Se Esperaba y que el año pasado recayó en el osito fumón Ted, encontramos a los chicos de Jackass, con una nominación a Mejor Maquillaje para Bad Grandpa, donde Johnny Knoxville se transforma en un anciano octogenario y se dedica a joder a la gente.

No hay muchas sorpresas; al final, la mayoría de películas que se esperaba estén, están. De cualquier modo, todo esto es pura conjetura. Sólo queda ponerse al día con los estrenos y esperar a la ceremonia para ver los resultados. A continuación, un video que resume algunas de las omisiones de este año. Estén o no estén de acuerdo, los Oscares son una cita imperdible para cualquier cinéfilo.

 

 

Lo Mejor del 2013

2013 fue el año en el que mi cinefilia se disparó. Reabrir este ya añejo blog luego de tres años de inactividad (y darme cuenta que mi pluma ha mejorado demasiado desde que decidí ponerme a escribir en el 2005) fue el primer paso. Luego, el verme escribiendo para medios internacionales como lo son la página de noticias Twitch en Canadá y el portal de la distribuidora Monster Pictures en Melbourne, Australia; un agradecimiento a ambas por darle cabida a mis garabatos y de paso. mantenerme ocupado.

Por primera vez, hice las veces de jurado en festivales, gracias a APRECI. Se me abrieron los ojos frente a cineastas y películas latinoamericanas y peruanas que yo ni sabía existían. Fueron dos maratones filmícos, el primero en Lima Independiente, con un surtido de cortos y mediometrajes y luego en el veterano Festival de Lima, donde me vi 28 películas en el lapso de dos semanas, sacándole el jugo a la credencial y sin contar las que me hicieron repetir plato. Al final, tenía la cabeza abarrotada de imágenes y sonidos, no podía procesar ni el 2+2 y pedía a gritos una almohada (uno se cansa hasta de estar sentado), pero valió totalmente la pena descubrir tantos filmes y cineastas valiosos.

En fin, esto no se trata de echarme flores (al menos, no del todo), así que vamos al grano: los mejores estrenos del 2013 que nos acaba de dejar. Si bien la idea era limitarme a los estrenos vistos en salas de cine, en este caso resultó imposible. Muchas de las mejores películas del año no se vieron en la cartelera local y no las podía pasar por alto; no queda otra que recurrir a su Mercader Pirata más cercano. En orden de preferencia, de menor a mayor:

 

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RUSH de Ron Howard

La rivalidad entre los corredores de autos James Hunt y Niki Lauda en los 70 es recreada en este drama deportivo de Howard. Más que un filme de carreras, es un retrato de la peculiar relación que existía entre dos polos opuestos: Hunt, un impulsivo y egocéntrico piloto acostumbrado a  tomar riesgos; Lauda, metódico, huraño, difícil de llevar y hermético. La película no se inclina por ninguno, mostrando a ambos con fallas; el primero es un irresponsable que pone su propia vida en riesgo y el segundo es tan cerrado que llega a caer antipático. Lo curioso es que ambos hombres se necesitaban mutuamente y a pesar de la rivalidad, no podían vivir el uno sin el otro; de lo contrario, no hubiesen tenido la motivación para ser lo que llegaron a ser. Filme interesante hasta para los que, como yo, no saben absolutamente nada de autos.

 

NO de Pablo Larraín

“La alegría ya viene”. Esta frase fue el emblema de la campaña publicitaria que en 1988 puso fin a 15 años de la dictadura militar de Augusto Pinochet en Chile. Filmando con cámaras de la época, Pablo Larraín recrea esta turbulenta época hasta el más minímo detalle, mostrando como una irreverente campaña publicitaria enfocada en un mensaje positivo decidió un plebiscito del que dependía la suerte de todo un país. Es una divertida lección de historia que muestra un buen ejemplo de publicidad política y del poder que tiene la misma para disuadir a la población. Es algo que tiene total relevancia en el clima político actual; fue oportunamente estrenada durante la tristemente célebre revocatoria en Lima que tuvo a muchos preguntándose si tanto trajín valía la pena.

 

CAPTAIN PHILLIPS de Paul Greengrass

Basada en un hecho real, en el que un buque de carga estadounidense fue asaltado por piratas somalíes, este film es un tenso y bien ejecutado ejercicio de suspenso que no da tregua. El capitan Richard Phillips se mantiene firme, primero para salvar a su propia tripulación y luego para sobrevivir tras ser secuestrado por un grupo de hombres armados que operan por pura necesidad y desesperación. Tras años de anodinos papeles, Tom Hanks de nuevo es memorable como el capitán, un hombre cuya resistencia es admirable. No es hasta los minutos finales, en el que Phillips por fin colapsa por completo que uno entiende el infierno por el que tuvo que pasar y los efectos que tendrá en él; sólo esta secuencia confirma a Hanks como uno de los mejores actores de su generación, un segmento impactante difícil de olvidar.

 

STAR TREK: INTO DARKNESS de J.J. Abrams

Nunca he sido un Trekkie; Star Trek, al menos en su encarnación original, es una serie que no me llama la atención (y nunca he entendido el fanatismo por William Shatner). Al menos hasta que J.J. Abrams la trajo de lleno al nuevo siglo con su versión del 2009, un reboot que supo sacarle el máximo provecho a sus personajes y situaciones. Lo mismo se aplica para esta secuela, una aventura llena de humor, emoción, acción y efectos especiales; en suma, todo lo que uno espera de un blockbuster veraniego. Como siempre, Abrams supo promover su película con el suficiente misterio como para mantener el factor sorpresa, algo que en esta época de Internet es bastante difícil de hacer. Benedict Cumberbatch, el mismo que le da autoridad y carácter al dragón Smaug, se roba las cámaras como Khan, un villano de antología.

 

PACIFIC RIM de Guillermo del Toro

Robots gigantes peleando con monstruos; Guillermo del Toro ha apelado al niño que todos tenemos dentro para este entretenido delirio que es, sencillamente, un gran espectáculo visual. Influenciado por Godzilla y otras series japonesas como Mazinger Z, del Toro da rienda suelta a su imaginación en una película que puede no tener mucho sentido, pero que es innegablemente divertida y con una energía que no flaquea. No pude evitar una sonrisa de oreja a oreja al ver a un robot usar un buque carguero como bate de beisból y estoy seguro de no ser el único. Esto es tal vez lo más cerca que estemos de tener una película de Evangelion en carne y hueso. De lo mejor que nos dio la temporada de verano en Hollywood.

 

 

THE PLACE BEYOND THE PINES de Derek Cianfrance

Un motociclista y asaltante de bancos busca asegurar el futuro de su familia. Un policía condecorado se enfrenta a la corrupción. Un joven solitario y sin rumbo encuentra la amistad equivocada. Estas tres historias conforman este drama, una saga coral sobre padres e hijos y como las acciones de los primeros repercuten sin remedio en las generaciones futuras. Estos tres personajes son, en el fondo, buenas personas, pero una sola mala decisión es suficiente para cambiar para siempre su futuro y el de la gente que los rodea. Un reparto inmejorable – Ryan Gosling, Bradley Cooper, Eva Mendes, Ray Liotta, etc. – dan vida a un trío de historias que podrían funcionar como una película entera por sí solas.

 

THE WORLD’S END de Edgar Wright

Gary King es un inmaduro fracasado que reúne a sus amigos de infancia para completar la Milla Dorada, un tour por los 12 bares de su pueblo natal. En el camino se enfrentarán a una invasión extraterrestre. Al igual que en sus anteriores filmes, Shaun of the Dead y Hot Fuzz, Edgar Wright, junto a Simon Pegg y Nick Frost, satiriza un género específico del cine: zombies en la primera, filmes de acción en la segunda y ahora, películas de alienígenas al estilo Body Snatchers. El resultado es divertido pero con un trasfondo serio: Gary es uno de esos tipos que nunca creció ni llegó a nada y vive tratando de recapturar sus años de juventud sin éxito, sabiendo que ya todos sus amigos lo han dejado atrás. Más de uno puede sentir algo similar y esta atención a sus personajes es lo que hace de Wright un maestro que sabe entretener y jugar con géneros conocidos.

 

DJANGO UNCHAINED de Quentin Tarantino

Quentin Tarantino critica la peor etapa de la historia americana – la esclavitud – con su particular e único estilo, en este western ambientado en la época previa a la Guerra Civil. A estas alturas uno ya sabe que esperar de un film de Tarantino: monólogos sobre cualquier tema, violencia en cantidades, una banda sonora atemporal y un humor negro que no perdona a nadie. Django es otra joya para los fans del director, que puede pecar de excesiva y larga (se siente como ver dos películas una tras otra) pero que es enormemente divertida. Christoph Waltz, que se robó el show en Bastardos Sin Gloria, repite plato como King Schultz, un dentista y cazarrecompensas con sentido de la justicia, mientras que Leonardo DiCaprio se divierte como nunca en su vida como el racista Calvin Candie, el diablo en persona.

 

SEVEN PSYCHOPATHS de Martin McDonagh

Un guionista sufriendo con un bloqueo creativo se enreda con peligrosos gángsters, mientras sus excéntricos amigos hacen negocio secuestrando perros. Pronto, la realidad se mezcla con lo ficticio y queda la pregunta sobre qué es real y que no. Más allá de ser una violenta e hilarante comedia negra, es una película acerca del proceso creativo mismo, las dificultades de crear y de como la realidad y lo que nos rodea influye en lo que hacemos. Es una película violenta e irreverente muy difícil de explicar, llena de momentos metareferenciales y referencias a otros géneros; es mejor verla y formar tu propia opinión. Martin McDonagh escribe un guión original e impredecible, actuado por un gran reparto: Colin Farrell, Sam Rockwell, Christopher Walken, el gran Woody Harrelson y el cantante Tom Waits con un conejo.

 

THE WAY, WAY BACK de Nat Faxon y Jim Rash

Tengo una debilidad por historias juveniles coming-of-age, especialmente si están tan bien hechas como esta. La dupla de Faxon y Rash capturan muy bien lo que es ser un adolescente que no encaja, que está buscando su lugar en el mundo. Muchos se podrán identificar con Duncan, un inocente de buenos sentimientos que pasa el peor verano de su vida junto a su madre y a su patanesco nuevo novio mientras es obligado a crecer y conocerse a sí mismo. Está poblada de personajes interesantes, desde la vecina alcohólica hasta los trabajadores del parque acuático donde Duncan consigue trabajo, un montón de adultos con mentalidad de niños; son individuos con los que uno quisiera pasar más tiempo. Graciosa, entretenida y afectiva, es una película sencilla pero eso es justamente lo que la hace especial. Sam Rockwell, un genial actor que a veces no es tan apreciado como debería, se roba la película como el dueño del parque, un tipo divertido al que todos nos gustaría tener de amigo.

 

 

¡Bienvenido 2014! Aquí es donde prometo por decimoquinta vez actualizar este blog más seguido; espero cumplir. A todos, gracias por leer.

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