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Lo Mejor de 2016

Este ha sido un año triste para los mundos de la cultura y el espectáculo. En los últimos doce meses, hemos perdido a: David Bowie, Prince, Leonard Cohen, George Michael, Gene Wilder, Anton Yelchin, Eliseo Subiela, George Kennedy, Alan Rickman, Umberto Eco, Muhammad Ali, Rubén Aguirre y Juan Gabriel, entre otros. Hace poco perdimos a la Princesa Leia, Carrie Fisher; en una cruel jugarreta del destino, su madre, la recordada actriz Debbie Reynolds, falleció un día después. En Perú, nos despedimos de Ricky Tosso y la cantante criolla Lucila Campos.

De a pocos, se están yendo las figuras de toda una generación. No queda duda de que este ha sido un año bastante macabro.

No queda más que disfrutar del cine para superar los malos ratos; menos mal, el 2016 no estuvo exento de algunas joyas, a pesar de lo limitado de la cartelera local. A veces no queda otra que acudir a Torrents, o últimamente a Netflix. Tras mucho reflexionar, pensar, criticar, maldecir, filosofar y examinar los astros, hago una síntesis de otras listas publicadas en distintos medios para llegar a este, mi Top 10 del año. En orden de preferencia, de menor a mayor.

 

NOTA: Esta es prácticamente la misma lista publicada hace algunos días en la revista 15 Minutos, con un par de leves cambios. Si prefieren escuchar mis exabruptos en vez de leerlos, vean este Top 10 que realicé junto a mi colega Sebastián Zavala, del blog Proyectando Ideas.

 

Menciones Honrosas:

No Respires (Fede Álvarez); Under The Sun (Vitaly Mansky); Solos (Joanna Lombardi); The Wolfpack (Crystal Moselle); The Invitation (Karyn Kusama); Epitafio (Yulene Olaizola & Rubén Imaz); Av. Cloverfield 10 (Dan Trachtenberg)

 

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ENEMIGO INVISIBLE de Gavin Hood

 

Además de ser un trepidante thriller que te mantiene al borde del asiento, esta es una fuerte crítica al aparato militar estadounidense de la actualidad. La modernidad permite que un piloto de avión pueda lanzar una bomba sobre un objetivo desde kilómetros y continentes de distancia, pero no se toma en cuenta cómo puede afectar esto al que debe apretar el botón. Todo debería más eficiente, pero aquí sólo lleva a una pesadilla burocrática donde todos velan por sus propios intereses sin pensar en el costo humano de un conflicto. Gavin Hood se redime por blockbusters mediocres como X-Men Origins: Wolverine y muestra estar mucho más cómodo en el cine de corte político. Contiene además la última y genial actuación de Alan Rickman, el recordado Hans Gruber.

 

DEADPOOL de Tim Miller

 

Deadpool, el mercenario piquito de oro con un motor 4×4 en la lengua, es por lejos el mejor superhéroe del año. Una cinta que funciona como ejercicio de acción al mismo tiempo que deconstruye y se burla sin piedad de su propio género. Con un inspirado Ryan Reynolds (quien pareciera nació para interpretar este papel), es irreverente, políticamente incorrecta, de mal gusto y una genialidad. La patada en el trasero que necesitaba el subgénero del cómic, siempre en peligro de caer en la repetición, para ponerse a innovar.

 

GREEN ROOM de Jeremy Saulnier

 

Una banda punk presencia un asesinato en un club neonazi y pronto deberán pelear para salir vivos de ahí. Un crudo y minimalista ejercicio de suspenso que atrapa a uno desde las primeras escenas y no da cuartel, es el tipo de filme que te hace comerte las uñas. Sin nada que se asemeje a un final feliz y con pocos momentos para tomar aire y sentir alivio, Green Room opta por el realismo y es tremendamente efectiva. Uno de los últimos papeles del joven Anton Yelchin, trágicamente fallecido en un bizarro accidente automovilístico y que aún tenía mucho por ofrecer.

 

CREED de Ryan Coogler

 

Parecía una mala idea: otra secuela más en una franquicia que para muchos ya no tenía dónde ir, otra excusa para hacer dinero usando un personaje reconocible. Pero en manos de Ryan Coogler, el retorno de Rocky Balboa a las pantallas, esta vez entrenando a Adonis Creed, hijo de Apollo, es un emotivo y emocionante adiós a una de las figuras más queridas de la gran pantalla y una sólida cinta deportiva, de esas que nos hacen querer aplaudir al final. El gran Silvestre pocas veces ha trabajado tan bien como lo hace aquí.

 

CHOQUE DE DOS MUNDOS de Heidi Brandenburg y Mathew Orzel

 

En lo que se refiere al llamado “Baguazo” del 2009, sería fácil decir “Eso pasó en la selva, yo vivo en la ciudad y no me afecta” pero este documental te obliga a prestar atención y a reaccionar. Cualquier líder, ya sea de un partido político o de una etnia, no puede ser tan irresponsable como aquí se muestran el gobierno aprista de Alan García y los indígenas liderados por Alberto Pizango. El saldo del conflicto entre nativos y policías fue más de 30 muertos y siete años después, nadie ha asumido la responsabilidad de lo ocurrido. Un filme que no puede dejar indiferente a nadie, que choca e indigna; probablemente esa era la reacción que querían.

 

 

ESTACIÓN ZOMBIE de Yeon Sang-ho

 

Ahora que los zombies se han vuelto mainstream y aparecen en todos lados, resulta cada vez más difícil que este manoseado subgénero haga algo nuevo. Train to Busan (mejor llamarla por su nombre original; esa genérica traducción no dice mucho) toma los típicos elementos de una cinta de muertos vivientes – un poco de crítica social, la omnipresente idea de que “los humanos somos el verdadero peligro”, etc. – y entrega un imparable ejercicio de tensión que, al igual que el tren del título, no se detiene. De lo mejorcito del terror este año.

 

DOS TIPOS PELIGROSOS de Shane Black

 

Un detective privado y un matón de poca monta unen fuerzas para investigar la muerte de una actriz porno en Los Ángeles en los años 70. Es una trama enredada digna del mejor cine negro, que tal vez sea necesario ver más de una vez para entender del todo. El verdadero placer de esta película es ver con qué payasada van a salir Russell Crowe (burlándose de su imagen de malhumorado) y un inolvidable Ryan Gosling, tan dispuesto a hacer el ridículo, en cada escena. Humor negro y más de un diálogo ácido cortesía de Shane Black, quien ha hecho de estas buddy movies de acción un arte. Una de las mejores comedias del año.

 

LA BRUJA de Robert Eggers

 

No es la típica película de terror que llega a nuestras salas. La Bruja muestra terrores mucho más reales que cualquier monstruo, fantasma o psicópata con machete, a pesar de estar ambientada en la época colonial. La Iglesia Satánica le dio el visto bueno y es fácil darse cuenta por qué; lo que sugiere esta película es perturbador y cala hondo. Cargada de una atmósfera oscura, es enervante y difícil de olvidar una vez vista; y todo sin echar mano de los acostumbrados jump scares u otros recursos típicos del género.

 

LOS OCHO MÁS ODIADOS de Quentin Tarantino

 

Sólo Tarantino puede ambientar un western dentro de una casa, darle tres horas de duración y hacerlo tan jodidamente divertido. Ocho inmorales son reunidos bajo el mismo techo durante una tormenta, sacando a la luz lo peor de la sociedad norteamericana (tanto o más hoy que en el Viejo Oeste): misoginia, xenofobia, racismo y un largo etcétera. No pasa mucho antes que todo estalle en una orgía de violencia que Tarantino lleva a los extremos del absurdo. Los fans del director ya saben que esperar; otra infalible joyita de un director que a estas alturas, hace lo que le viene en gana. Sólo le quedan dos películas antes de su anunciado retiro; hay que disfrutarlas mientras se pueda.

 

SPOTLIGHT de Tom McCarthy

 

Con el reciente caso del Luis Fernando Figari y el Sodalicio, Spotlight resulta más que relevante, una recreación de la investigación por parte de un grupo de periodistas del Boston Globe que en 2001 destaparon un sinfín de casos de abuso sexual infantil dentro de la Iglesia Católica; las repercusiones se sienten hasta hoy a nivel mundial. En una época donde los medios impresos están perdiendo piso frente a lo digital, la película rescata la labor tradicional del periodista, aquel que recorre las calles grabadora en mano en busca de una historia. El periodismo aún tiene un importante papel que cumplir dentro de la sociedad actual y, utilizado bien, puede ser una verdadera fuerza de cambio. Un gran reparto que funciona cual fino engranaje le da vitalidad a una historia importante y muy difícil de olvidar. Justa ganadora del Oscar a Mejor Película este año, Spotlight es de visión obligada.

 

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Las Mejores Actuaciones de 2016

Un personaje memorable es el que te hace querer ver la película más de una vez. Aquí vamos con mi lista de aquellos individuos que resaltaron, un puñado de buenas actuaciones que bien vale la pena recordar. Aunque más que llamarlas las mejores actuaciones, son los personajes más destacables.

Por tercer año consecutivo, me doy cuenta que tengo un serio déficit de actuaciones femeninas, lo cual tal vez me dice que tengo que variar un poco en las películas que veo.

En ningún orden de preferencia, sólo alfabético…

 

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Ramón García – La Luz en el Cerro

Este thriller de la vieja escuela ambientado en los Andes (que recién veremos en salas el próximo año) es una historia sobre cómo la codicia puede corromper hasta a las personas más bienintencionadas. Y dentro de este juego de traiciones, el centro moral es el rudo Padilla, la única persona decente que quiere hacer las cosas bien. Ramón García se luce con una interpretación intensa pero humana.

 

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John Goodman – 10 Cloverfield Lane

El gordo Goodman es un tesoro actoral y no hay mejor prueba que el desequilibrado y posiblemente psicótico Howard, sobreviviente de un (aparente) cataclismo y dueño del bunker donde se desarrolla esta historia. Lo solemos ver en papeles cómicos o de tipo bonachón, pero aquí el actor es tan impredecible e intimidante que inspira terror.

 

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Ryan Gosling – Dos Tipos Peligrosos

Holland March es un detective privado y un inepto de marca mayor, un tarado que no puede ni salir de un baño sin hacer el ridículo; al más puro estilo del Inspector Truquini, es su pequeña hija quien le hace todo el trabajo. El fotogénico Ryan Gosling, hasta ahora conocido por papeles serios y/o de galán, muestra unos insospechados dotes para la comedia haciendo buena dupla con el matón de Russell Crowe. Gran parte de la hilaridad de la película viene de sus constantes metidas de pata.

 

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Robert Redford – Mi Amigo el Dragón

En películas infantiles, los papeles de los adultos suelen ser reducidos, apenas un mero complemento donde no se les pide a los intérpretes esforzarse demasiado. En el caso de Mi Amigo el Dragón, es un alivio ver que los actores mayores se tomaron la historia totalmente en serio y nadie más que el veterano Robert Redford, que irradia simpatía como el tipo de abuelo que todos quisiéramos tener, un hombre sabio y de buen corazón al que provoca darle un abrazo y escuchar sus historias.

 

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Ryan Reynolds – Deadpool

Es un caso de casting perfecto: no hay nadie mejor para hacer de un mercenario bocón e inmortal que nunca se calla la boca que Ryan Reynolds, conocido por ser un lengualarga que siempre tiene chistes a la mano. El actor fue el principal responsable de llevar el políticamente incorrecto personaje de la Marvel a la gran pantalla y se adueña por completo del papel; nos hace superar con creces el trago amargo que fue Linterna Verde.

 

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Saoirse Ronan – Brooklyn

Eilis Lacey, una inmigrante irlandesa en la Nueva York de los 50, debe tomar una difícil decisión: hacer una nueva vida en Estados Unidos junto a un novio italiano o volver a su país natal, donde también encontrará el amor. Eilis es una mujer de buen corazón, pero no perfecta; aún si comete errores, sin embargo, es tan encantadora que no cuesta mucho estar de su lado. Y eso es gracias al carisma y presencia de una radiante Saoirse Ronan; imposible no quedar embelesado con Eilis. Me caso.

 

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Sylvester Stallone – Creed

Stallone vuelve al ring por última vez como el campeón Rocky Balboa, recordándonos que sus dotes actorales van mucho más allá de los mediocres papeles de acción que viene haciendo últimamente. Aquí nos muestra a un Rocky vulnerable y humano contemplando su propia mortalidad y tratando de dejar una huella a futuro; es también Stallone pasando revista a su propia trayectoria. No ganó el Oscar pero sí el cariño de todos. Un digno adiós a uno de los personajes más entrañables de la historia del cine.

 

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Patrick Stewart – Green Room

El recordado Jean-Luc Picard cambia de registro para interpretar al villano en este compacto y efectivo thriller. Una pandilla de neonazis acosan a una banda punkete que tuvo la mala fortuna de presenciar un asesinato; Darcy, el líder, es metódico, calculador y de una frialdad inhumana que disimula con una calma que enerva. Stewart ni siquiera tiene que alzar la voz para que a uno le den escalofríos; aquí interpreta a un monstruo que se siente demasiado real.

 

YAPA: Sausage Party, la más reciente fumada de Seth Rogen y compañía, es irreverente, absurda y políticamente incorrecta. Más que sus escenas finales, que es mejor descubran por su cuenta, nada es tan hilarante como un traumado frasco de mostaza al borde del colapso tratando de advertir a los demás productos de supermercado que toda su existencia es una mentira. Es un papel animado y bastante breve, pero no puedo dejar de compartir el épico monólogo de un Danny McBride acelerado por un Red Bull.

 

Los Bodrios de 2016

Uno siempre trata de evitar las malas películas, pero a veces es inevitable caer redondo en algo que parecía tener siquiera una pizca de promesa, sólo para darte cuenta que mientras hay gente en el mundo trabajando para encontrar la cura contra el cáncer, tú estás malgastando el tiempo viendo ofensas audiovisuales y preguntándote si no hubiese sido mejor estudiar contabilidad.

Generalmente, uno trata de encontrarle algo bueno a cada película que ve; pero algunas simplemente no tienen arreglo. Estas son mis decepciones del año, las que me hicieron cuestionarme mi propia existencia; una lista que sirve como catarsis y para reírse un rato.

 

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A DC no le sale ni una

DC le está tratando de hacer la competencia a Marvel, construyendo un universo fílmico interconectado de superhéroes. El problema es que han querido hacer en tres años y tres películas lo que la competencia ha hecho en ocho años, 14 filmes y cuatro series (y contando). Batman vs Superman quiso apurar todo el proceso y terminó siendo un desorden colosal, pero al menos tenía a Ben Affleck haciendo de un buen Hombre Murciélago y una genial batalla entre ambos héroes, al menos hasta que dicen el nombre “Martha” y todo se va al tacho.

Pero con Escuadrón Suicida, DC demostró no tener idea de lo que hace. Desde su concepción inicial está todo mal: juntar a un grupo de antihéroes de segunda categoría no tan poderosos – un sicario, un militar, uno que tira boomerangs, una loca con un bate de béisbol, un cocodrilo y un pirómano que no quiere pelear – y enfrentarlos a un dios azteca superpoderoso no tiene ni pies ni cabeza; todos debieron haber muerto en cuestión de segundos.

David Ayer tiene películas tan sólidas como Fury o Training Day en su haber, pero aquí está completamente perdido. Malgasta a actores tan carismáticos como Will Smith o Margot Robbie, que hacen lo que pueden y salen con la dignidad intacta. Y mientras menos se diga del Joker punkete de Jared Leto, que nada tenía que hacer aquí, mejor; Heath Ledger debería penarlo. A menos que La Mujer Maravilla los salve el próximo año. DC va a terminar haciendo papelón.

 

¿Dónde estás, Tim?

Los fanáticos de Tim Burton estamos esperando hace años que recupere la magia que nos mostró en Beetlejuice, Ed Wood y otras joyas. Su reconocido estilo gótico/dark se estaba convirtiendo en una parodia de sí mismo y si bien Frankenweenie y Big Eyes nos dieron esperanza, Miss Peregrine y los Niños Peculiares de nuevo nos hace preocuparnos.

Luego de lo que parecen décadas, Burton no está trabajando con su musa Johnny Depp ni con su novia de turno (pero vaya que le debe tener ganas a Eva Green, y quien no), pero ni así su particular versión de los X-Men logra alzar vuelo. Una historia confusa que no termina de cuajar y que es al final parte de la nueva moda hollywoodense de adaptar cuanta saga de novelas juveniles exista para encontrar el próximo fenómeno estilo Harry Potter; algunas escenas dan indicios del Burton de antaño, pero aquí el director es absorbido por un subgénero bastante repetitivo. Esta película la pudo haber filmado cualquier persona.

 

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Los videojuegos y el cine no van de la mano

Warcraft pudo haber sido la película que al fin, le dé algo de respetabilidad al mediocre género de adaptaciones de videojuegos. Duncan Jones es un director en alza gracias a joyas de ciencia ficción como Moon o Source Code, pero definitivamente los blockbusters no son su fuerte.

No hay manera de hacerle justicia a una historia de largo aliento como la del juego en dos horas. El resultado es una incoherencia que apenas se entiende y que, a pesar de sus buenos efectos especiales, resulta ser una gran cura para el insomnio; cabeceé al menos tres veces. Ahora que Assassin’s Creed está siendo machacada por los críticos, parece ser que los videojuegos en el cine ya no tienen remedio.

 

El cine peruano: un paso adelante, dos atrás

Sería bien fácil decir que todas las de Tondero califican, pero es una opinión que no comparto; los que dicen eso no han tenido el honor de ver Soledad.com o La Academia. La primera es un tecno-thriller que llega con nueve (!!) años de atraso, para una añeja intriga ambientada en las épocas de los diskettes, CD-Roms, Windows XP y el Snake del celular; la segunda es una historia deportiva que pretende rendir tributo al Deportivo Municipal, pero que para lo que hacen pudo haber sido el Alcides Vigo u otro equipo de segunda; cualquier hincha del sufrido club se ofendería. Ambas contienen una enciclopedia de errores técnicos y si fueron poco vistas, es porque no llegaron a cartelera (hasta los cines tienen que tener un mínimo de criterio). El cine peruano se merece mejor que esto y como espectadores, ya estamos en una etapa donde podemos exigirlo.

 

 

¡Y aún hay más! Pero para que no sea demasiada lata, hagamos un resumen ejecutivo.

 

Gods of Egypt de Alex Proyas

No puede ser el mismo director de Dark City y El Cuervo, ¿verdad? Se toma tantas libertades con la mitología egipcia, que daba igual ambientarla en Narnia.

 

Martyrs de Kevin y Michael Goetz

La cinta original francesa era chocante, cruda, violenta, oscura, cruel y difícil de olvidar. Este inútil remake no es ni la sombra de todo eso.

 

The Forest de Jason Zada

Aokigahara, el famoso bosque japonés donde todos se suicidan, se presta para una gran película de terror. Esta no es.

 

Skiptrace de Renny Harlin

Jackie Chan es un ídolo, pero si sigue haciendo bodrios tan aburridos como este, le voy a perder toda la fe. Extraño las épocas de Who Am I?

 

The Boy de William Brent Bell

Ver este esperpento después de El Conjuro 2 te hace apreciar aún más lo bien que James Wan trabaja el género.

 

Jack Reacher: Never Go Back de Edward Zwick

Un desganado Tom Cruise le patea el trasero a todo el mundo con una inamovible cara de piedra en una secuela donde parece nadie se esforzó demasiado. Como matar una franquicia en dos entregas.

 

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Suficiente veneno; prometo que lo que voy a publicar en lo que resta del año (cuatro días) será todo positivo.

Mentalidad Televisiva II

 

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Continúa de la primera parte…

 

Creada por Vince Gilligan, Breaking Bad es la historia de Walter White, un profesor de secundaria convertido en capo de la droga cuando descubre que tiene cáncer. Lo que empieza como una comedia negra con el inofensivo, correcto e inoperante Walter y su inútil ex alumno drogadicto Jesse Pinkman inmersos en un peligroso mundo que no conocen, se convierte en una oscura tragedia digna de Tony Montana. Walter adquiere poder y deja aflorar al frío y calculador capo que siempre llevó dentro; su aparatosa caída es inevitable. Un drama lleno de giros inesperados que descubrió el talento escondido del gran Bryan Cranston, quien pagó piso apareciendo en todas las series y películas habidas y por haber desde los 80s, siempre en papeles chicos. Antes de BB, era más conocido como el papá tarado de Malcolm in the Middle y aquí se reinventó  como el hombre de familia metido a intimidante émulo de Pablo Escobar; desde entonces, es una sólida presencia dondequiera que aparezca. Vi Breaking Bad en un mes y desde entonces, es recomendación fija para cualquiera que pregunte “¿Qué veo ahora?”.

Lo mismo para su inesperadamente genial spinoff, Better Call Saul, que se centra en el abogado de Walter, Saul Goodman (“It’s all good, man!”), quien detrás de su estrafalaria pinta de payaso arrepentido, se sabe todos los trucos de la profesión. Esta nueva serie relata su transformación de Jimmy McGill – un vivo que aún así sólo quiere hacer el bien – al inescrupuloso leguleyo Saul, el abogado de los bajos fondos. En dos temporadas, esta historia se ha convertido en otra gran tragedia, especialmente en lo que respecta a la relación de Jimmy con su hermano Chuck, un manipulador nato que se ha mostrado como el peor villano de todos. Aunque repleta de referencias a su antecesora, BCS funciona por sí sola como un gran drama.

De la desértica Alburquerque nos vamos al mágico mundo medieval de Westeros. Desde su debut hace seis años, Game of Thrones se ha convertido en parte esencial de la cultura pop actual, la serie que todos comentan semana a semana y que nadie quiere que le espoileen en redes sociales, famosa por sus momentos chocantes (Sólo basta con decir “Boda Roja” para que a un fan le den escalofríos). Es una delicia ver un mundo de fantasía donde todos se apuñalan por la espalda y tejen intrigas, sólo para poder ocupar el Trono de Hierro; esta serie ha demostrado que se pueden hacer historias fantásticas con magia y dragones para un público adulto. Este año, luego de una quinta temporada lenta y donde parecía no sucedió mucho, GoT pisó el acelerador: Cersei Lannister se vengó de todos, descubrimos por qué Hodor sólo dice “Hodor” (Maldita puerta) y la Batalla de los Bastardos nos regaló un combate épico al mejor estilo de Corazón Valiente (William Wallace, vete a casa). Todo queda listo para los 13 capítulos finales y desde ya corren las apuestas sobre quien ocupará el Trono. ¿Será Daenerys Targaryen, la Reina de Dragones (y un sinfín de títulos honoríficos más que necesitarían un párrafo aparte)? ¿O Jon Snow, el torturado emo que sigue sin saber mucho? ¿O hasta Tyrion Lannister, el enano que se ha vuelto un ídolo de multitudes? Habrá que ver… lo cierto es que Game of Thrones ya se ganó un lugar en el imaginario colectivo.

 

 

Mi afición por los zombies también me ha vuelto otro incauto que sigue, semana a semana, las aventuras de Rick Grimes y el resto de los sobrevivientes post-apocalipticos de The Walking Dead, la historia de muertos vivientes que nunca termina y que ha contribuido a que los cadáveres ambulatorios se vuelvan mainstream (ya todos se han olvidado que se trata de monstruos que comen cerebros). Una serie que juega a la ruleta rusa con las vidas de sus personajes y que de cuando en cuando le falta el respeto al espectador con trucos sucios para conseguir más rating – esperar tres capítulos para confirmar que sí se puede sobrevivir a una horda de zombies escondiéndose debajo de un basurero, o reventar a alguien a batazos y hacernos esperar medio año para saber quién fue la víctima – pero a la que uno no puede evitar estar pegado. Y aunque recibió una inyección de energía esta temporada al introducir al personaje de Negan, el sociópata que se inclina hacia atrás cada vez que habla y no puede decir nada sin antes soltar un colorido y extenso monólogo que dejaría chico a Adal Ramones, lo que esta serie pide a gritos es un norte, una meta, un propósito, más allá del consabido refrán de “los humanos somos el verdadero peligro”. De lo contrario, se reduce a esperar que muera alguien de manera cruel y todo lo demás es relleno. TWD tiene altibajos, pero de vez en cuando cumple con chocar y hasta hacerte soltar una lágrima.

 

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Narcos, de Netflix, ha demostrado a lo largo de dos temporadas que si de horrores se trata, cualquier monstruo de fantasía queda chico frente a lo real. Una crónica sobre cómo el Cartel de Medellín tuvo en jaque a todo Colombia en los años 80 y principios de los 90, nos presenta a un Pablo Escobar sin ningún escrúpulo, un tipo que se sabía intocable. Como toda persona acostumbrada a tenerlo todo y que se haga siempre lo que él quiere, inevitablemente tuvo su caída, abatido a balazos huyendo de la policía sobre los techos, luego de que su imperio de cocaína se derrumbara. Anteriormente, la  serie colombiana El Patrón del Mal ahondó más en la historia de Escobar, con un genial Andrés Parra poniéndose en la piel del capo. Dejando de lado algunos edulcorados momentos de telenovela, la serie fue tremendamente efectiva en retratar una oscura aunque importante etapa en la historia del país cafetero. Narcos aborda el tema desde el punto de vista de la DEA y los dos agentes que se enfrentaron al cartel, lo que limita su enfoque. No entra tanto en detalle cómo su antecesora, pero resulta una sólida crónica policial que además le ha dado trabajo a un buen número de directores y actores latinoamericanos. Palmas para el brasileño Wagner Moura; a pesar de que resulta muy obvio que el español no es su lengua materna, logra meterse de lleno en el personaje de Escobar, captando su frialdad y facilidad para intimidar.

 

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Una serie que no mira al pasado es Mr. Robot; en estos tiempos de dependencia tecnológica, de Anonymous, de protestas y de descontento social generalizado, esta alucinada historia sobre un hacker resulta más que actual. Desde su primera temporada, la serie nos ha puesto en los zapatos de Elliot Alderson – genial el trabajo del egipcio Rami Malek, el de la mirada a lo Mesut Ozil y a quien pronto veremos interpretando a Freddie Mercury en un biopic – un maestro computín, socialmente limitado, levemente autista y bastante dañado que cuestiona su propia realidad. Vemos el mundo desde el filtro de su protagonista y como todo buen proyecto que altera la realidad (mindfuck, como se les suele llamar), pronto no sabemos que es real y que es producto de la paranoica imaginación de Elliot, dando como resultados unos giros que hacen a uno caer de espaldas. Mr. Robot es un tecno thriller lleno de misterios aún por revelar y que logra lo imposible, hacer tolerable a Christian Slater.

Al igual que en el cine, los superhéroes también están dominando la televisión. Marvel siguió ampliando su cada vez más masivo universo, primero con Daredevil, oscura serie sobre el vigilante ciego con niveles de seriedad y violencia que sus pares fílmicos nunca se permitirían. La productora ha sido criticada más de una vez por malgastar a buenos actores en descoloridos papeles de villano, con el Loki de Tom Hiddleston la única excepción; sumen al Wilson Fisk de Vincent D’Onofrio a esa corta lista. La segunda temporada introdujo además a Frank Castle, alias Punisher, al fin dándonos una interpretación digna del ex militar convertido en máquina de matar, tras tres fallidos intentos en la gran pantalla.

 

 

A Daredevil le siguieron Jessica Jones y este año, Luke Cage, que ganó puntos al enfocarse en la comunidad afroamericana de Harlem, sus costumbres y su cultura pero que no termina de cuajar cuando uno se da cuenta que Luke, un ropero de casi dos metros con fuerza sobrehumana y piel irrompible, es prácticamente inmortal y podría resolver todo conflicto en cuestión de segundos en vez de 13 capítulos. El próximo año llega el maestro de artes marciales Iron Fist y  Marvel, fiel a su fórmula, parece estar a punto de explotar al querer abarcar demasiado.

Mientras DC, el eterno rival, sigue metiendo la pata hasta el fondo en la gran pantalla luego de aquel innombrable desperdicio que fue Escuadrón Suicida, han logrado construir un simpático universo de superhéroes en la pantalla chica. Arrow era muy parecido a otras series de la cadena juvenil CW como para tomarla en serio – actores físicamente perfectos sacados de un catálogo, drama cebollero digno de telenovela – pero Flash ha funcionado al lograr el balance perfecto entre el drama y lo netamente ridículo; es una representación perfecta de lo que debería ser un cómic en la pantalla, aventuras entretenidas que no se toman demasiado en serio y que sirven para pasar el rato. Y todo a pesar de que el velocista de rojo tiene tal vez los enemigos más inútiles de todo el medio el cómic, teniendo sus puntos más bajos en la chica que controla a un enjambre de abejas robot por computadora o el monstruo al estilo Cloverfield que resulta ser un holograma creado por un gordito nerd y virgen.

 

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Este año, la CW estrenó Legends of Tomorrow, reuniendo a un grupo de héroes de quinta categoría y dándoles su momento de gloria en un sinfín de aventuras a través del tiempo; una serie ligera y despreocupada que funciona mucho mejor de lo que debería. DC está haciendo agua llevando a la Liga de la Justicia al cine, pero parecen estar dominando la pantalla chica.

Muchas series y muy poco tiempo; lo cierto es que la pantalla chica tiene mucho que ofrecer para los que piensan que el cine no está innovando lo suficiente. Antes de lanzarme a hacer una tercera parte para explicar que Stranger Things es una joya, como Los Goonies hecha por John Carpenter, un tributo al cine de los 80s que nos dará nostalgia por las épocas de E.T. y John Hughes, recuerdo que las trilogías casi nunca resultan bien, así que detendré este texto aquí. Como dice un columnista de un diario local: apago el televisor.

Mentalidad Televisiva I

 

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Mi intención en estos últimos días del 2016 era ponerme al día con las películas que no he visto en el año; en vez de eso, me he quedado pegado viendo la serie inglesa Black Mirror, una torcida y delirante antología que en cada capítulo nos lanza a la cara los peligros latentes de un mundo cada vez más dependiente en la tecnología. Ya sea con una situación límite que involucra actos impuros con un animal de granja, o con la pena capital convertida en un sádico parque de diversiones, esta serie critica todo lo que está podrido en nuestra sociedad actual con ese fino humor negro que los ingleses han sabido perfeccionar; “me rayó el cerebro” es una frase común, pero se aplica a cada capítulo de esta notable serie.

La televisión, que duda cabe, está pasando por su mejor momento; además de las series que se dejan ver semana a semana por la caja boba, los servicios de streaming como Amazon, Hulu o, el papi de todos, Netflix – que ha estrenado hasta 40 series en cuatro años – han ampliado una oferta que abarca mucho más que las típicas historias de detectives, médicos y abogados.

La tele de hoy no tiene nada que envidiarle a Hollywood, y la Fábrica de Sueños está sintiendo el golpe; mientras los estudios se la pasan filmando secuelas, remakes y blockbusters especialmente diseñados para el público asiático y su caritativa billetera, todo el talento está migrando hacia la caja chica. David Fincher creó el drama político House of Cards, con un inmejorable Kevin Spacey haciendo lo que mejor le sale: ser un bastardo sin escrúpulos. Mientras tanto, fans de todos los países (incluyendo el nuestro, claro está) se han apurado en afirmar que las intrigas del inmoral Frank Underwood son un fiel y triste reflejo de su sistema político.

 

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Steven Soderbergh salió de su auto-impuesto retiro para crear The Knick, una serie de época sobre doctores ingleses. Martin Scorsese lleva dos series en su haber, la saga gangsteril Boardwalk Empire y más recientemente – y con mucha menor fortuna – Vinyl, ambientada en los años 70s y con harto sexo, drogas y rocanrol. Hasta un tipo tan huraño e inamovible en sus ideas como Woody Allen quiso experimentar y entregó este año Crisis in Six Scenes, miniserie que no gustó a casi nadie; fiel a sus varias neurosis, el neoyorquino aseguró que todo había sido una estresante pérdida de tiempo y estaba más cómodo en su acostumbrado ritmo de una película por año.

Incluso varias sagas fílmicas han hecho el salto a la pantalla chica, con diferentes resultados. Hannibal Lecter tuvo su propia serie de tres temporadas y quien mejor que el genial actor danés Mads Mikkelsen para ponerse en los zapatos de Anthony Hopkins; muchos fans siguen llorando su temprana cancelación. Bates Motel nos muestra la infancia del futuro asesino y voyerista hijito de mamá creado por Alfred Hitchcock, aunque la decisión de ambientarla en la actualidad resulta bastante extraña; ver a Norman Bates tomándose selfies no termina de cuadrar. Otros filmes convertidos en series (y antes que un malhablado me diga que me sobra el tiempo, no he visto todas) incluyen 12 Monos, La Profecía (llamada Damien, aunque esa no la vio nadie), El Exorcista, El Transportador (si no vas a poner a Jason Statham ni lo intentes), Del Crepúsculo al Amanecer, Rush Hour (de nuevo, sin Jackie Chan y Chris Tucker no eres nada), Arma Mortal (reemplazar a Mel Gibson y Danny Glover debería considerarse pecado) y Westworld, la nueva joya de HBO, pioneros en series.

 

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Un remake de la cinta de Michael Crichton sobre los robots de un parque de diversiones futuristas que se rebelan contra los humanos (que dio pie a uno de los mejores capítulos de los Simpsons, cuando van a la Tierra de Tomy y Daly), esta supera con creces a su antecesora al ampliar su concepto y universo. Además de jugar con los típicos clichés del western, la serie se convierte en una reflexión acerca de las máquinas y su búsqueda de autonomía y pensamiento propio. Densa, enredada y repleta de intrigantes conceptos, Westworld le pide paciencia de santo al espectador; pero al término de su primera temporada, habrá valido la pena, en gran parte gracias a un reparto por el que cualquier director de cine mataría, que incluye al mencionado Hopkins, Jeffrey “Peoples Hernández” Wright y el siempre genial Ed Harris, entre otros.

La televisión también le ha dado una segunda oportunidad a estrellas de Hollywood caídas en desgracia. Cuba Gooding Jr., ganador del Oscar a Mejor Actor de Reparto en 1996 por gritar “Show me the money” repetidas veces en Jerry Maguire, se encontraba hasta hace poco en el infierno del directo-al-video, con una seguidilla de thrillers olvidables; no estaba filmando películas baratas en algún lejano país de Europa del Este como otras luminarias, pero estaba peligrosamente cerca. Sin embargo, sus bonos renacieron este año cual Ave Fénix gracias a American Crime Story, donde interpretó al ex estrella de futbol americano convertido en asesino O.J. Simpson, una de las personas más odiadas del País del Norte (detrás de Donald Trump, claro). A pesar de no parecerse en nada a la persona real, Cuba demostró que su talento da para más que ser el segundón de una manada de perros husky (véase Snow Dogs, o mejor no).

Acompañando a Gooding Jr. está John Travolta, quien cada vez más se asemeja a un muñeco de cera y a quien era casi imposible de tomar en serio. Pero el actor logra superar un maquillaje algo ridículo para interpretar con solvencia al abogado Robert Shapiro, un tiburón de saco y corbata; así, el recordado Tony Manero vio renacer su carrera por segunda vez. ACS recrea con fidelidad el llamado “Trial of the Century” que tuvo en vilo a todo un país. Cuando el caso dejó de tratarse de dos asesinatos a sangre fría para concentrarse en un estúpido tema racial, se convirtió en un circo mediático sin precedentes. Esta notable miniserie no escatima en detalles, retratando una injusticia que te hace querer patear el televisor; más de 20 años después, el veredicto que dejó en libertad a Simpson a pesar de toda la evidencia en su contra es indignante; menos mal que hoy, esta escoria humana ya se encuentra tras las rejas. Como tantas otras series, ACS ha permitido descubrir (o en algunos casos, redescubrir) a  buenos talentos, como es el caso de Courtney B. Vance (como el teatrero Johnnie Cochran) o Sarah Paulson, que de ser esa cara conocida que siempre sale fumando en papeles secundarios, se muestra como una actriz de cuidado en el papel de la sufrida y maltratada fiscal Marcia Clark.

 

 

Con todo esto, Hollywood se encuentra perdiendo piso frente a la televisión; mientras tanto, los espectadores están siendo engreídos con un sinfín de opciones, tal vez demasiadas – no hay manera de ver todo lo que está disponible, por lo que hay que seleccionar con pinzas. Lo cierto es que cada vez más, la gente está optando por quedarse en el sillón en vez de ir a sentarse en una butaca. Y yo, que solía afirmar que no veía nada de televisión, he caído redondo, aún si me veo forzado a ver casi todo en la pantalla de la laptop. Y esta conversión a las series se la debo sólo a aquella joyita llamada Breaking Bad.

 

Continuará…

Doblar o No Doblar

 

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Hoy se estrena Moana, la más reciente superproducción de Disney y otro intento del estudio en presentar historias más progresistas y étnicamente diversas. Como era de esperarse, todas las funciones son dobladas al español, por lo que no podremos escuchar las voces originales de la debutante Auli’i Cravalho o La Roca, interpretando un papel basado en sus propios orígenes polinésicos. Lo mismo para las canciones de Lin-Manuel Miranda, la nueva sensación del mundo teatral estadounidense que está en boca de todos y no sólo porque le dijo un par de cosas al vicepresidente de Donald Trump en una función.

No debería ser un problema; Disney lleva siglos sin variar su fórmula y esta es otra bienintencionada historia que se puede seguir sin problemas; además, la animación es tan detallada y realista que puede dejar a uno con la boca abierta aun siendo una película muda.

Es una pena que ya no podamos contar con versiones subtituladas de estas películas, pero no debería sorprender; ya se ha vuelto costumbre que todos los filmes infantiles lleguen a nuestras salas en su versión en español, porque los niños pueden perder la paciencia teniendo que mirar seguido las letritas en la parte baja de la pantalla (“¡Ya pues, papi, ya me hacen leer cosas aburridas en el cole!”). Hace bastante tiempo, tuve la suerte de ver Shrek subtitulada en el cine El Pacífico y conforme pasan los años, me convenzo más de que se trató de un espejismo.

El problema está cuando el doblaje también empieza a abarcar todas las películas que llegan a nuestras salas, sean infantiles o no; hace tiempo, escribí una carta de protesta (que nunca mandé a ningún lado y sólo leyeron cuatro gatos, pero valía la intención), publicada en este mismo blog, porque sólo cinco salas en toda la ciudad estrenaron Iron Man 3 en versión subtitulada y sin el costo adicional de los pesados lentes 3D. El blockbuster de Marvel pudo haber estado en chino, portugués o sánscrito e igual hubiese sido una decepción, es cierto; pero el que no le hayan dado al espectador otra opción más que verla doblada, era una ofensa. Tres años después, esa mala costumbre sigue e incluso está empeorando cada vez más.

Si bien gran parte del público no tiene problema con los doblajes, existen muchos que prefieren ver la película en su idioma original;  y es que por más buenas que sean tus voces en español, inevitablemente algo de la magia se pierde en la traducción. O será que en el fondo tememos que el doblaje – la gran mayoría de las veces hecho en México – se ponga muy localista y llene la película de “gueys”, “chidos” y “pinches”. No pretendo ofender a ese país, pero basta un poco de jerga local para romper completamente la inmersión. Prueben ver una película como The Hangover 2 – que de por sí es sólo regular – doblada al español y se encontrarán con una experiencia surreal y hasta incómoda.

 

 

Ni siquiera el Perú se salva de esto, porque a partir de este año algunas películas están siendo dobladas en casa, como es el caso de El Aro vs. La Maldición, el gran enfrentamiento entre los dos clichés de terror japoneses, que no vi, pero estoy seguro que bastaba con unos cuantos carajos para que el espectador se desconecte de todo. Esto también explica porque en la cinta animada española Los Súper Agentes Locos tenemos a un villano pelirrojo, de ojos virolos y nariz deforme llamado Jimmy el Cachondo hablando como Melcochita y soltando sus acostumbrados y coloridos insultos.

 

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Tanto el doblaje como el subtitulado son opciones para el espectador; pero cada vez más, están siendo dejada de lado. El querer obligar a todos a ver las películas dobladas es una falta de respeto hacia el espectador, así como asumir que sólo los cines de los barrios “de clase alta”, como se les dice, se merecen copias subtituladas (aunque esto da pie a toda una discusión de desigualdad social en la que prefiero no ahondar). No estamos aún al nivel de España, que dobla absolutamente todo al castellano, a veces con resultados hilarantes – nos han dado joyas como A Todo Gas, La Salchicha Peleona, Un Canguro Superduro, Tu Madre se Comió a Mi Perro y un larguísimo etcétera – pero estamos peligrosamente cerca.

Sin embargo y a pesar de la situación, hay que admitir que hay películas que sí merecen verse dobladas. Así como algunos nunca han visto Los Simpsons en su idioma original y ya se acostumbraron a las voces de Humberto Vélez y compañía como las reales – al menos hasta que las reemplazaron por unas más chillonas e insoportables – este humilde redactor ya se ha acostumbrado a ver ciertas películas en español. La Historia sin Fin es un clásico de la infancia y con un lugar reservado en mi Top 20 de todos los tiempos, pero nunca la he visto en su idioma original, ni tampoco quiero. Como olvidar también las noches de Cine Millonario riendo con los doblajes de Robocop (“¡Trabajo para Dick Jones!”), Depredador (“¡Se lo llevó la jungla!”) o Comando, donde las frases para el bronce del gran Arnoldo se convierten en algo inolvidable.

 

 

Así como yo decidí ver estas películas en determinado idioma, el ver una película subtitulada o doblada debería ser opción del espectador, pero a veces no se les otorga; y por esto, las distribuidoras se merecen un buen jalón de orejas. Seguramente La Roca no debe cantar bien, pero al menos nos podrían dar la opción de comprobarlo.

Cine Sobre Cine

 

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Solos de Joanna Lombardi es una road movie, de esas donde – esto es una frase conocida pero se aplica – el viaje importa más que el destino. Pero también es un oportuno comentario sobre el estado actual del cine peruano y las dificultades que enfrenta en su eterna batalla para encontrar un espacio en nuestra cada vez más abultada – y a veces limitada – cartelera.

Diego Lombardi, Wendy Vásquez, Rodrigo Palacios y Alberto Rojas Apel interpretan a unas versiones ficticias de sí mismos (o al menos eso se debe entender, porque usan los mismos nombres), cuatro cineastas que, provistos de una pantalla inflable, equipos, una camioneta y una paciencia de santo, viajan por la sierra y selva proyectando su película en los pueblos remotos. El film – que nunca vemos – fue un fracaso, los cines de la capital les han cerrado las puertas y no queda otra que irse de gira y encontrar un público.

Esta situación será tristemente conocida por más de un cineasta local que ha tenido dificultades para encontrar un espacio en salas, o siquiera para poder durar más de una semana sin que los manden a mudar; y es que el cine peruano en este momento se encuentra explotando una veta comercial que no deja mucho lugar para otro tipo de propuestas. Lo ideal sería que los proyectos hechos específicamente para ganar en taquilla puedan coexistir con películas más personales, de autor; después de todo, ambas son válidas. En este caso, aún no hemos alcanzado ese equilibrio – pero ese ya es tema para otro texto.

Solos reflexiona sobre esta situación y, por esas cuestiones del destino que sólo entienden nuestros Seres Supremos, termina comentando su propia situación luego de que algunos cines la removieran de circulación tras apenas un día de estreno. Por ello, va a ser imposible divorciar el filme de la controversia. Termina siendo una película que casi nadie fue a ver… sobre una película que casi nadie fue a ver. Todo un ejercicio metatextual que tal vez no se proponían, pero que le da al proyecto otra dimensión.

El maltrato hacia el segundo filme de Lombardi es, en todo caso, una gran injusticia, ya que se trata de una propuesta interesante. Como toda road movie, no tiene un destino trazado; es una serie de viñetas donde vemos a cuatro amigos viajando por carretera y conversando sobre el cine, la vida, o simplemente tonteando. Este aire improvisado y relajado le da a todo gran naturalidad, algo que podría poner a prueba la paciencia de varios (a juzgar por la pareja en el cine que lo consideró un buen momento para ponerse a conversar a gritos). Ciertamente, un filme que dedica una escena de más de diez minutos a sus personajes detallando uno de esos juegos sencillos que aparecen en todos los viajes de carretera para paliar el aburrimiento (“Con quien cruzo el puente”, “Ha llegado un barco cargado de…”, “cuenta cuantos autos son azules”, etc.) puede no ser del gusto de todos, pero aun así es un viaje que vale la pena, lleno de frescura y buen humor y que de seguro motivará a más de uno a ponerse la mochila en la espalda y salir a la aventura y a lo que venga, grabándolo todo para la posteridad, claro está.

Solos es una película sobre cine hecha para todos los cineastas, los que han vivido la situación de estos personajes en carne propia y los que, al igual que el Rodrigo Palacios en la ficción, se debaten entre dedicarse de lleno a su arte, asumiendo todos los obstáculos que de seguro aparecerán o echar la toalla y ser un trabajador de saco y corbata en un horario de oficina que probablemente odien, pero que les da seguridad.

Es una película que se plantea una eterna interrogante: ¿Cómo hacer que un público acostumbrado a lo comercial – o en el caso de las personas que nuestros intrépidos cineastas entrevistan a lo largo de su viaje, a películas de artes marciales en la tele o el cine de Bollywood (una industria que hace tiempo asumió su faceta comercial y hace todo lo posible por agradar al público más masivo posible) – enganchen con propuestas diferentes, más personales, de autor? No se trata de que el espectador promedio sea un consumidor sin cerebro, sino que muy rara vez se le da otra opción aparte de los multicines y blockbusters, que mal que mal es el referente con el que crecimos casi todos; ¿Quién no recuerda una infancia viendo a Jackie Chan con doblaje en los canales nacionales, o yendo al estreno de Día de la Independencia para ver como los extraterrestres destruían la Casa Blanca? De nuevo, este es un tema para otro texto.

El cuarteto de Solos no encuentra una respuesta a esta pregunta y el cine peruano actual tampoco; pero esta película es un buen lugar para empezar a pensar en el tema. Se trata de una road movie sencilla pero que tiene mucho que decir sobre una industria que en este momento, se encuentra en pañales. Se merece una mejor suerte de la que le han dado los cines; así como otros filmes que han sido maltratados por las cadenas – El Espacio Entre las Cosas y Gloria del Pacífico (que ha hecho una meritoria gira a nivel nacional los últimos dos años, con buenos resultados) son dos ejemplos recientes – eventualmente han encontrado un público, Solos también lo tiene más que merecido.