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Trucos

 

Ir al cine tiene algo de ritual. Uno compra su entrada, entra a la sala, toma asiento y cumple su papel de espectador por dos horas o más, observando atentamente las imágenes en pantalla y conectando o no con lo que ve. Es una actividad, si se quiere, pasiva. Pero ha habido intentos por hacer del cine algo más interactivo, de hacer del público más partícipe de la acción para así darle un añadido en la experiencia.

Uno de los pioneros en estos “trucos”, fue el estadounidense William Castle, especialista en hacer cintas Serie B de terror de bajo presupuesto durante los 60s y 70s, al igual que su compañero de promoción, Roger Corman. Castle siempre tuvo la meta de asustar al público y recurrió a todo tipo de artimañas para lograrlo: poniendo aparatos vibradores bajo los asientos en funciones de The Tingler (1959) para dar la ilusión que el monstruo en pantalla se encontraba en la misma sala; entregar lentes tridimensionales especiales para ver 13 Fantasmas (1960), que mostraban o escondían a los espectros según por donde se mirase; dejar al voto del público el destino final del villano en Mr. Sardonicus (1961), justo antes del clímax (al parecer nadie mostró piedad y sólo se mostró su muerte en cines); darle a cada persona un certificado para un seguro de vida en caso se muriesen de miedo durante la función de Macabre (1958), con enfermeras y carrozas fúnebres esperando afuera de la sala para cualquier eventualidad; y así sucesivamente. Trucos elaborados que le dieron renombre a Castle e hicieron de estas películas clase B memorables, algo que no pudieron repetir un par de remakes a principios de siglo, a pesar de contar con mayores presupuestos y la dirección estilizada de la época MTV, popular en aquel entonces.

 

 

El cine ha intentado varias veces lograr interactividad con el espectador, con éxito variable. Clue de Jonathan Lynn, tal vez la mejor adaptación de un juego de mesa que existe (lo cual no es difícil cuando tu competencia directa es Battleship), se valió de la idea detrás del juego – encontrar al autor del asesinato y que arma usó – para presentar tres finales distintos, que eran mostrados aleatoriamente en los cines; se tuvo que especificar cuáles darían en qué salas para que la gente no terminase comprando una entrada para repetirse una película que era exactamente igual hasta los últimos 10 minutos. En los 90s se estrenó Mr. Payback: An Interactive Movie, que dejaba claras sus intenciones en el título. Billy Warlock – una de las tantas caras bonitas de Guardianes de la Bahía y seguro la única persona con tiempo libre para aparecer en algo así  – es el personaje del título, un androide justiciero que le da una lección a todos los malhechores con los que se cruza, que van desde pandilleros y ladrones de bicicleta hasta malos conductores y borrachos agresivos. Mediante unos joysticks instalados en los asientos, el público votaba sobre como humillar a tanto malo elemento, desde desarmándoles el auto hasta prendiéndoles fuego.

A pesar de ser escrita y co-dirigida por Bob Gale, el de Volver al Futuro (lo que explica la presencia de Christopher Lloyd), este corto de apenas media hora (para el que se filmaron dos horas de metraje en total) no tuvo suerte en cines y no pasó de ser una curiosidad, un experimento que no dio resultado del todo. Es algo que ha sido largamente abandonado, salvo excepciones como Bandersnatch, película derivada de la serie Black Mirror que permite al espectador escoger distintos caminos adonde llevar la historia, como los libros Choose Your Own Adventure (“Escoge tu Propia Aventura”) de antaño.  La interactividad con el público floreció en el lugar idóneo: en los videojuegos. Ahí está Heavy Rain, que es prácticamente una película donde uno ocasionalmente aprieta botones, o los productos de Telltale Games, que han creado “capítulos” interactivos de series como The Walking Dead o Juego de Tronos, dejando que sea uno el que decida lo que sucede; lamentablemente, aún no hay manera de evitar que Bran Stark ocupe el Trono de Hierro.

Uno de los trucos más duraderos y cuestionados de Hollywood ha sido el de la tecnología 3D, la de los lentes de cartón azules y rojos diseñada principalmente para lanzarles cosas al espectador y esperar una reacción – casi siempre que salten la butaca por reflejo. Popularizada en los años 50s, tuvo un breve auge en los 80s cuando parecía que toda las franquicias de terror y suspenso quería echarle mano:  la tercera Viernes 13 (cuando te caía encima el ojo reventado del pobre diablo al que Jason le aplasta el cráneo como una uva), Amityville 3 (como podrías usar el efecto en una casa que no se mueve); y Tiburón 3 (se nota un patrón), que quiso sacarle el máximo provecho al animal del título en un acuario bajo el agua, pero que fracasa miserablemente cuando te das cuenta que el escualo que se acerca a la cámara y que deberías sentir en la punta de la nariz es una foto sacada de National Geographic sobreimpuesta en un fondo marino.

 

 

El 3D volvió a resurgir con el estreno de Avatar en 2009; James Cameron supo usarlo para crear el mundo extraterrestre de Pandora y hacerlo sentir real. Los estudios, sin embargo, aprendieron la lección equivocada, con conversiones en post al formato que no hacían más que oscurecer la imagen y que no aportaban mucho, excepto el lanzarle cosas al espectador de manera forzada (Brendan Fraser te escupe a la cara en Viaje al Centro de la Tierra 3D) y el poder inflar más los precios de las entradas. Salvo contadas excepciones como la de Cameron, Scorsese con Hugo y algunas películas animadas como Coraline de Henry Selick, el 3D no ha sido bien aplicado en el cine actual y hoy por hoy ya está cayendo en desuso, visto cínicamente como una excusa para vaciar más las billeteras de los cinéfilos.

La “evolución” de este formato fue el 4D; se trata de otro de estos añadidos caros que en realidad no aporta mucho, pero que vale la pena experimentar siquiera una vez. No había otra forma de ver una película como Hansel y Gretel: Cazadores de Brujas. Salpicadas de agua simulando sangre de decapitaciones; un olor inconfundible a pasto mojado cuando los personajes entraban en un bosque; la butaca inclinada en 90 grados cuando las brujas volaban en sus escobas; y así sucesivamente. Un formato resucitado hace poco para la comedia nacional La Cosa de Álvaro Velarde, una curiosidad que no necesita de estos añadidos pero que aportan a la excentricidad de una mezcla del cine de Almodóvar, Wes Anderson y John Waters pero filtrada por un lente local. Por más que el 4D no sea necesario, asegura que la experiencia de ver esta película, que ha esperado casi una década para estrenarse y es muy diferente a la típica comedia peruana sea algo diferente, recordable y digno de un filme que ha esperado casi una década para estrenarse.

Quién sabe en que evolucionarán los trucos del cine a futuro; la realidad virtual es una gran posibilidad. Pero ya sea 4D, 5D, 5DX, XXL o lo que sea, cabe recordar que son sólo añadidos. Lo principal de la experiencia sigue siendo disfrutar de una historia bien contada.

Sobre el Papel

 

Cuando se anunció hace ya casi una década, Red Social parecía para muchos una mala idea: una película acerca de la fundación de Facebook, la red que nos ha esclavizado a todos en busca de Likes y Shares, comandada por un nerd con el carisma de una pared sin pintar; parecía casi tan emocionante como escuchar ajedrez por radio.

Sin embargo, bajo la dirección del siempre solvente David Fincher y con un guión de Aaron Sorkin, el especialista en diálogos dinámicos que te ametrallan con información hasta dejarte mareado, Red Social resultó ser una de las mejores películas de su año y de la década pasada, algo que pocos se esperaban antes de su estreno. Convirtió la anodina historia de la fundación de una página web en un drama sobre un tipo que canalizó sus propias frustraciones e inseguridades en una industria millonaria, una historia de traiciones y amistades arruinadas que puede incluso leerse como una gran tragedia.

La lección parece ser que no existe historia que no pueda ser llevada al cine. Lo que suena insoportablemente aburrido sobre el papel puede resultar interesante; todo depende de que director, guionista, actores y demás se encarguen del proyecto (y si es necesario, cambian detalles, porque como dice el dicho, “no dejes que los hechos se interpongan en una buena historia”). Al momento de hacer sus películas acerca de la crisis financiera en EE.UU – tema complejo que pocos que no tengan una maestría avanzada en Finanzas entenderán del todo – Adam McKay y J.C. Chandor superaron la complejidad y posible somnolencia de su material; el primero utilizó el humor en The Big Short y el segundo pobló Margin Call de buenos actores y los obligó en pantalla a explicar la situación “como para un niño”.

The Founder, la historia de la fundación de McDonald’s, fue un Valium asegurado para muchos cuando escucharon sobre ella por primera vez, pero bajo la dirección de John Lee Hancock y con una sólida actuación de Michael Keaton, resulta ser un atrapante drama acerca de Ray Kroc, un hombre de negocios manipulador y de principios cuestionables pero que supo antes que nadie lo que tenía entre manos, viendo una oportunidad donde todos pasaban de largo y que supo aprovecharla para construir un imperio en base a hamburguesas; una película que además funciona como una lección rápida de marketing y negocios.

 

 

Una Guerra Brillante (The Current War en inglés) de Alfonso Gómez-Rejón, es otra película que suena aburrida en teoría: la historia de la rivalidad entre Thomas Edison y George Westinghouse para iluminar todo Estados Unidos a principios del Siglo XX, cada uno con su novedoso sistema de corriente directa y corriente alterna, respectivamente y algo que tal vez suene a chino para quien apenas sabe cambiar un foco. No suena precisamente cinematográfico y tal vez sabiendo esto, Gómez-Rejón compensa con un estilo frenético digno del mejor videoclip; utiliza todos los trucos de cámara y ángulos poco convencionales que puedan existir (y probablemente se invente otros), todo para darle dinamismo a una historia que sobre el papel, no lo tiene.

La película era uno de los caballitos de batalla del infame Harvey Weinstein hace tres años; luego de destaparse los abusos de aquel triste remedo de Fat Tony, fue enviada al cajón para reaparecer ahora en una nueva versión. Sin embargo, la influencia del gangsteril productor – famoso por aplicar tijera a sus películas sin ningún reparo – es palpable en un filme apurado, que salta de un momento histórico a otro en lo que uno se demora en pestañear.

Sin embargo, dentro de todo su desenfreno, Guerra Brillante eventualmente encuentra una historia digna de contarse: la rivalidad y el contraste entre Edison, un genio arrogante y soñador que insiste en que todas sus creaciones lleven su nombre (Benedict Cumberbatch hace uso de la soberbia de su Dr. Strange); y Westinghouse, un hombre de negocios pragmático y calculador, que prefiere el anonimato y que su trabajo hable por sí solo (Michael Shannon, a veces encasillado en papeles intensos, da un giro para hacer de un tipo tranquilo y amable). Son básicamente los Steve Jobs y Bill Gates de su época, adelantados a su tiempo. Entre los dos está Nikola Tesla (Nicholas Hoult), el inventor serbio que fue instrumental en llevar esta modernidad a la sociedad pero que casi nunca ha sido reconocido por ello; la película intenta redimir a un hombre que ha sido tachado de excéntrico, charlatán y si uno le cree a El Gran Truco de Christopher Nolan, un literal mago.

Lo que intenta Gómez-Rejón es darle un lado humano a lo que fue un momento clave para el desarrollo de la humanidad; la electricidad es algo que damos por sentado hoy en día, pero como esta película nos muestra, en algún momento fue algo monumental que iba a cambiar el mundo; el mayor acierto es hacernos partícipes de ese asombro frente a un nuevo descubrimiento, junto a las figuras que lo hicieron posible. Esto la hace más que un simple ensayo técnico acerca de los diferentes tipos de corriente.

Películas como Una Guerra Brillante son prueba de que todo puede ser cine de interés dependiendo de cómo se aborde y filme, aún si sobre el papel pareciera no va a funcionar. Así, uno puede emocionarse no sólo con explosiones, peleas o momentos lacrimógenos, sino también con una película basada en un blog de cocina o con la creación del limpiaparabrisas. Para el cine, todo es posible.

 

Apuntes al Vuelo II

Era una típica tarde para pasarla frente al televisor. Mi padre, como es su costumbre, se puso a hacer zapeo hasta llegar a uno de los tantos canales de películas de Fox, donde estaban pasando, por tal vez tercera o cuarta vez en un lapso de siete días, Día de la Independencia de Roland Emmerich.

Las quejas no se hicieron esperar; el siguiente diálogo fue más o menos así:

“¿Por qué dan esta película a cada rato? Más encima una tan mala…”

“Es del año 96. Viejo, ¿te acuerdas de cuando la anunciaron ese año? ¿De toda la campaña que le hicieron? Pasaban ese avance en la tele donde un rayo láser destruía la Casa Blanca y con eso bastó para que todo el mundo la quiera ver. Fue LA película de ese año, la que todo el mundo TENÍA que ver, un evento.” Esto en las épocas en la que bastaba uno o dos blockbusters al año y no salía uno cada semana en un período de tres meses para canibalizarse entre ellos en las salas de cine.

“Sí lo recuerdo.”

“Ya, y ahora, ¿Recuerdas qué película ganó el Oscar a Mejor Película en el 96?”

(Pausa) “Ni idea.”

La ganadora, claro, fue El Paciente Inglés del fallecido Anthony Minghella, el tipo de película que algunos llamarían “Oscar Bait”, pensada y hecha mayormente para ganar premios y prestigio. Película que admito hasta ahora no veo, simplemente porque hay tanto por ver que siempre se nos van a pasar varias, pero también porque hace más de 20 años me llamaban más las películas de extraterrestres (y si bien ahora uno tiene un gusto más informado y variado, esto se mantiene).

Fue difícil recordar El Paciente Inglés; pero nada complicado recordar a Will Smith dándole un puñetazo en la cara a un alien (“Bienvenido a la Tierra”), varias ciudades a nivel mundial siendo atomizadas, al perro salvándose de milagro de una bola de fuego, a Jeff Goldblum siendo Jeff Goldblum, al excesivamente patriotero discurso de Bill Pullman antes de subirse a un avión (junto al misterio de quien es el tipo con lentes y barba que parece salido de Duck Dynasty que siempre está parado al lado suyo) o incluso al extra más entusiasta de la historia.

 

 

Incluso está grabado el recuerdo de haberla visto en el ahora clausurado Cine Real y luego haber ido a comer al chifa del sótano, donde vendían Crush en esas botellas de vidrio marrón oscuro, para hablar de lo increíble que fue ver como la casa de Clinton volaba en pedazos. ID4 (como la llamaba el material promocional) no es precisamente una buena película, pero entretiene dentro de su locura y hasta hoy es recordada.

Esto me lleva a plantear una teoría (que ojalá no resulte controversial). Las películas que resultan más memorables, las que uno recuerda haber visto de joven o se repitió una y otra vez, las que a la larga perduran en el tiempo, son justamente esas películas de género que cierto sector mira en menos como desechables, sin contenido o simplemente para pasar el rato. Películas de terror, de acción, ciencia ficción, comedia, policial, hasta la Serie B (o Z) más barata,  todas de alguna manera lo marcan a uno. Y no es necesario haber crecido en los 80s/90s para esto; quien sabe si la juventud cinéfila de ahora piensa lo mismo en 20 años de la saga de Harry Potter, las producciones de terror de Blumhouse o las películas de Marvel.

Tengo que recurrir a Google para acordarme de que 1987 fue el año en el que El Último Emperador ganó el Oscar a Mejor Película; pero sé de sobra que ese fue el año en el que Arnoldo y su grupo de comandos se enfrentó a un extraterrestre cazador en la selva. 1984 fue el año en el que Freddy Krueger empezó a invadir sueños y no dejar dormir a nadie en la saga de Pesadilla, una película que hasta hoy tiene muchos devotos; me atrevería a pensar que son más de los que se repiten Amadeus.

 

Con Freddy en las buenas y en las (muy) malas

 

Sin desmerecer los méritos de estas películas consideradas más “serias” o “de prestigio”, pero lo cierto es que varias películas de festivales o que protagonizan premiaciones como el Oscar existen dentro de su propia burbuja – y no todas persisten fuera de esta. Viste una grandiosa película en un festival, pero es difícil recomendarla puesto que no se va a estrenar hasta dentro de varios meses (o tal vez más) y un gran sector de los espectadores no puede acceder a ella, a menos que recurran a la célebre piratería “cartelera alternativa”, pero ese ya es tema para otra discusión. Las películas voceadas para Oscar refrescan la cartelera, sí (dentro de esa fórmula ganadora de premios que algunas aplican al dedillo), pero algunas pierden su brillo y/o interés una vez la temporada termina; sin ir más lejos, fue necesaria otra sesión de zapping para recordar que Vice, el ácido biopic sobre Dick Cheney, estuvo nominado a Mejor Película el año pasado.

Otra tal vez hubiese sido la historia si la Academia le hubiese dado el premio mayor en su momento a películas como Los Cazadores del Arca Perdida, la primera y mejor de las aventuras de Indiana Jones, en 1982; o a Goodfellas, clásico del cine de gangsters de Scorsese, en 1991. Películas famosas, populares, que hasta hoy perduran en el imaginario colectivo, definitivamente mucho más que filmes como Carrozas de Fuego (que nadie parece recordar más allá de la música de Vangelis o la escena de los atletas corriendo en la playa) o Danza con Lobos, que hoy sirve más que nada para acusar a Avatar de plagio.

Mientras tanto, este cine que llamaremos “popular” luego de estrenarse puede volverse de culto; sus frases célebres ingresan inmediatamente al imaginario popular (tantos años que nos repetimos “veo gente muerta”); en los últimos tiempos, dan pie a memes; los vimos una y otra vez en Cine Millonario con algún doblaje; abarrotaron las repisas de las tiendas de video; son luego adaptadas a series, como es el caso de Fargo, que algunos dirán fue la que merecía ganar en vez de El Paciente Inglés; y un largo etcétera.

Esto no se trata de decir que un tipo de cine es mejor que el otro (eso nos llevaría a la eterna discusión de “entretenimiento vs. arte”, donde nunca se va a poder llegar a un consenso definitivo en un tema tan subjetivo); sino que a veces ese cine que algunos miran en menos puede llegar a ser tan o más valioso y/o relevante.

Mejor aún son las películas que logran hermanar ambas ideas; aquellas de valor “artístico” pero que también pueden volverse parte de la cultura popular y ser recordadas. Esto varía según la época (entre las películas que “había que ver” durante la juventud de mis padres estaba la políticamente cargada Z de Costa Gavras, que hoy libraría una batalla digna de un espartano para estrenarse en cartelera), por lo que el verdadero valor de un filme se descubre con el tiempo; démosle algunos años a las nominadas al Oscar del 2020, para ver de cuales estaremos hablando todavía en el 2030 (“The Irishman fue la última gran película de Scorsese y un gran resumen de toda su carrera”); y cuales tendremos que buscar en Wikipedia para recordar (“Esa pues, donde Batman y el soldado Ryan manejan autos”).

Bajo el Agua

Todo empezó con Alien: El Octavo Pasajero. Aquel clásico de la ciencia ficción de Ridley Scott introdujo al mundo al xenomorfo y al arte de H.R. Giger, una mezcla de creaciones estilo cyberpunk/industrial con una inesperada y muy extraña carga de erotismo. La influencia de la película fue tal que de ahí en adelante, cualquier filme que aísla a sus personajes en un espacio reducido para enfrentarse a una innombrable amenaza (que a lo largo de los años ha abarcado desde parásitos demoníacos, hasta monstruos mitológicos de la selva) que los elimina uno por uno, será inevitablemente comparada a la historia de la tripulación del Nostromo.

 

 

Amenaza en lo Profundo (mejor llamarla por su título original, Underwater, para evitar confundirla con otras 672 películas que probablemente usen un nombre similar) es la más reciente “clon de Alien” en adoptar esta fórmula: un grupo de actores sobrecalificados están atrapados en un laboratorio submarino al borde del colapso; deberán encontrar una salida mientras son asediados por unos calamares gigantes que algo de inspiración le deben a H.P. Lovecraft. Y eso, básicamente es todo: no pasan ni cinco minutos antes que empiece la acción y el director William Eubank no suelta el acelerador por 90 minutos; se trata de un competente ejercicio de suspenso que busca entregar ese sencillo entretenimiento muy propio de una película Serie B (pero bien hecha). Destaca además una gran Kristen Stewart, totalmente convincente como una heroína al mejor estilo de Ellen Ripley.

Pero además de deberle una gran cuota de inspiración al filme de Ridley Scott, Underwater es miembro orgulloso de un subgénero que nace del mismo (en el cine, todo género tiene sus subniveles, mismo Inception): el del terror acuático, que traslada la acción a algún laboratorio o sitio industrial bajo las aguas, tal vez sabiendo que hay cosas en las profundidades que desconocemos y que pueden resultar tan o más terroríficas que lo que se pueda encontrar en las estrellas, incluyendo un pez que se podría parecer a uno de los amigos de Doug Narinas.

En 1989, sólo tres años después de filmar Aliens y convertir el clásico de Scott en una cinta de acción, James Cameron se preparaba para estrenar su siguiente filme, El Secreto del Abismo, con un grupo de aventureros enfrentando un misterio en las profundidades.

Como en Hollywood todos se copian y las ideas son repetidas hasta reventar, varios productores se apuraron en crear sus propias cintas de terror acuáticas, para competir con el futuro director de Titanic. El tiro les salió por la culata cuando Abismo resultó no tener nada de terror, los monstruos eran unos extraterrestres muy benévolos a los que no había que temer y el verdadero peligro venía del desequilibrado tripulante de Michael Biehn (el actor que ha tenido el honor de morir en todos los filmes de Cameron en los que apareció).

 

 

La primera de estos clones en llegar a los cines fue DeepStar Six (traducida como Abismo al Terror¸ por lo que seguiremos usando el título original), donde los trabajadores de un laboratorio submarino – un set lleno de luces que parece sacado de Perdidos en el Espacio o alguna de esas series baratas de los años 50 y 60 – se enfrentan a un monstruo gigante muy parecido a una langosta.  Dirigida por Sean S. Cunningham, el creador de Viernes 13, quien trató de aplicar algo de lo aprendido en ese dizque clásico del slasher, sin mucho éxito (la verdad es que fuera de introducir al icónico Jason Voorhees al imaginario popular, toda esa saga tiene varios problemas), la película sufre de un bajo presupuesto y es por eso que el monstruo se deja ver tanto como el tiburón de Spielberg.

La mayor parte del metraje consiste en ver a este grupito tratar de sobrevivir a fallas mecánicas y otras emergencias propias del cine de desastres, casi todas causadas por su propia ineptitud; el reparto son todos caras anónimas provenientes de la televisión, con la excepción de Miguel Ferrer, el científico coquero y juerguero que sufre una muerte violenta en Robocop de Paul Verhoeven, el actor al que siempre llamaban en los 80 cuando necesitaban a alguien para hacer de patán antipático; por supuesto, le toca hacer del tripulante que pierde los estribos e intenta matar a todos.

Apenas unos cuantos meses luego de DeepStar se estrenó Leviatán (ninguna relación con el documental del barco pesquero o esa película rusa que vieron en algún festival), del eficiente aunque nunca muy valorado George P. Cosmatos, conocido por esa oda al fascismo ochentero que fue Cobra, donde Stallone comía pizza con tijeras y le metía bala a todo lo que se moviese. El pedigrí ciertamente prometía; el guión fue escrito por David Webb Peoples, el de Blade Runner y por Jeb Stuart, quien apenas algunos años después se haría conocido por la adaptación de El Fugitivo. La música estuvo a cargo de Jerry Goldsmith, que en su extensa lista de créditos musicalizó Star Trek, La Dimensión Desconocida, La Profecía y un larguísimo etcétera. Los efectos estuvieron a cargo del gran Stan Winston, quien entre Parque Jurásico y Terminator 2, no necesita mayor introducción. Y por último, el reparto incluye a más de una cara conocida: Peter “Visión” Weller, Ernie “Winston” Hudson, Richard “Trautman” Crenna, Daniel Stern, el ladrón de Mi Pobre Angelito que no era Joe Pesci y Meg Foster, conocida en los años 80 por sus impactantes ojos azules que miran dentro de tu alma y que la hacían perfecta para hacer de villana, como en este caso.

 

 

Todos estos elementos dieron como resultado una sólida película Clase B; un grupo de mineros subacuáticos (existen) se enfrentan a una peligrosa infección proveniente de un submarino soviético hundido (en los 80s, era costumbre de Hollywood echarle la culpa de todo a los rusos); las monstruosas mutaciones genéticas que siguen nos hacen extrañar las épocas de los efectos prácticos y recuerdan mucho a La Cosa de John Carpenter, otro clásico del terror claustrofóbico. Leviatán se inspira (a veces demasiado) en otras películas, pero cumple con lo que se le pide, ridícula frase para el bronce incluida.

Consagrando a 1989 como el año de las películas acuáticas, también se estrenaron Lords of the Deep, producida por Roger Corman, productor indie por excelencia, el hombre que con 100 dólares y la fachada de una casa te hace una película entera, un tipo que a pesar de su extenso CV en cine barato es una de las figuras más respetadas de Hollywood, principalmente porque le dio sus primeros trabajos a varios de tus directores favoritos; y las anónimas The Evil Below y la co-producción española The Rift. Demás está decir que ninguna de estas películas tuvo el éxito esperado. Algunas se han vuelto objetos de culto, otras han desaparecido en el éter y El Secreto del Abismo es la que terminó llevándose todas las palmas, aunque en su momento también pasó un poco desapercibida.

Underwater rescata esta tradición ochentera; el cine Serie B hoy cuenta con mayores recursos, pero en el fondo, sigue teniendo ese espíritu de diversión sin mayores complicaciones. Un espíritu que sigue vigente cuando vemos a Kristen Stewart escapando de las entrañas de un monstruo ataviada en una armadura subacuática que parece sacada de Los Centuriones; más Serie B, imposible.

 

Héroe sin Capa

 

El 27 de julio 1996, una bomba estalló en el Centennial Olympic Park de Atlanta, Georgia, en plena celebración de los Juegos Olímpicos. El saldo fue una muerte y más de cien heridos, pero muchos coinciden en que pudo haber sido mucho peor, a no ser por una persona.

Richard Jewell era un guardia de seguridad en el evento; fue el que encontró el explosivo y logró alejar a la gente antes que detonara, salvando vidas. Fue un hombre haciendo su trabajo y que casi sin proponérselo, fue además un héroe. O al menos así debió ser; al poco tiempo, Jewell se convirtió en el principal sospechoso del atentado, el FBI empezó a investigarlo y la opinión pública se dedicó a destruir su vida. Más ingratitud, imposible.

El veterano Clint Eastwood cuenta su historia en la película del mismo nombre, siguiendo en su reciente veta de enaltecer y honrar a hombres ordinarios que hicieron grandes cosas para su país; desde el capitán Chesley “Sully” Sullenberger, el piloto responsable del “Milagro del Hudson” en 2009 (Sully) hasta los tres soldados que detuvieron un atentado en un tren parisino en 2015 (The 15:17 to Paris es un fallido experimento de su director, pero la intención estaba ahí). Richard Jewell es otro de estos héroes anónimos sin capa.

Paul Walter Hauser, actor que hasta ahora había sido reducido a papeles de “gordo chistoso” en películas como I, Tonya o BlacKkKlansman, asume su primer protagónico serio como Jewell, un tipo cuyos únicos crímenes eran tal vez ser socialmente torpe e incapaz de respetar espacios personales, pero que tampoco se merecía el trato que le dieron. Apoyado sólo por su abnegada madre (Kathy Bates) y un idealista abogado (el gran Sam Rockwell con una mezcla de ironía y compasión que hace que se meta la película al bolsillo), Jewell se enfrenta a una opinión pública hostil y a unas autoridades urgidas por achacarle la responsabilidad de un hecho que no está siendo bien investigado. Un reflejo de una sociedad que ante cualquier problema mayor se apresura en señalar con el dedo en vez de examinar el problema de fondo. Y no encontraron otro chivo expiatorio que Jewell, que por el simple hecho de ser obeso, solterón y vivir con su madre, por algún criterio descabellado daba razones de sobra para sospechar de él.

Eastwood no disimula hacia donde van dirigidas sus críticas: tanto a un gobierno inoperante (representado por un arrogante Jon Hamm como el agente de FBI de turno) como a una prensa amarillista dispuesta a todo para conseguir una primicia (Olivia Wilde como la reportera Kathy Scruggs, mostrada aquí como manipuladora y sin ética, lo que le ha valido críticas al director por parte de la familia de la periodista, hoy fallecida). Clint ve las cosas en blanco y negro, sin grises. Esta es una clara historia de David contra Goliat, de Jewell contra el sistema, de héroes y villanos; esta falta de complejidad la hermana con un cine de otras épocas mucho más sencillo pero no por eso sin potencia narrativa.

Y es que Eastwood entiende el poder de los medios y la opinión pública para enaltecer a una persona o hundirla, especialmente en estos tiempos modernos donde las redes y los medios digitales son parte imborrable del día a día. Sin ninguna privacidad, basta un artículo mal informado, un post en Facebook o un solo tweet para destruir la vida de alguien, un arma que muchos utilizan sin reparo alguno; el resultado es que gente como Richard Jewell – quien a la larga sólo estaba cumpliendo con su deber – se vuelven parias en la sociedad. Este particular caso tuvo un final feliz – tras meses de escrutinio, Jewell pudo rehacer su vida – pero hay otros donde no hay vuelta atrás.

El que Clint entienda tan bien como funcionan algunas cosas en la sociedad actual a pesar de su avanzada edad, no hace más que darle vitalidad y relevancia a su cine, uno que prima el contar una buena historia por sobre lucirse demasiado detrás de cámaras. En este homenaje a un hombre común que tal vez muchos no conocían, se confirma como un director que tiene todavía para rato.

 

 

Restauración

Era mediados de 2017 y el Lugar de la Memoria (LUM) organizó un ciclo dedicado al cineasta peruano Federico García. Buena ocasión para alejarse un rato de los multicines y aprender un poco más de la obra de un director de quien confieso sabía poco o nada.

Fue una tarde entera poniéndose al día con tres películas: Kuntur Wachana (1977), El Caso Huayanay (1981) y Tupac Amaru (1984). Más allá de su importancia histórica como muestra de otra época y otro tipo de cine que hoy no suele verse mucho, lo que más llamaba la atención era la calidad de la proyección. Las películas parecían estar en calidad VHS y todos los que alguna vez hemos soplado en el cabezal rogando de que así pueda funcionar (no lo hace) sabemos cómo es: una imagen granulada/borrosa y un audio que pareciera fue grabado con todos cubriéndose las bocas con almohadas. Sólo hacían falta las líneas del tracking ajustándose o el logo de América Televisión en la esquina superior.

La probable respuesta a esto era que estas eran las copias personales que tenía Federico García y fue él quien las prestó al LUM para la muestra. Quedaba la duda de si existían por algún lado copias mejores.

 

 

2019. Se estrena el documental La Revolución y la Tierra para recordarnos (y en este caso personal, enseñarnos) lo que fue el gobierno militar del General Velasco y las secuelas que nos ha dejado como sociedad. La película además rescata un cine de antaño que estaba mucho más comprometido con mostrar la realidad política y social del Perú, en los años 60, 70 y 80. Un estilo de hacer cine que hoy no se suele ver muy seguido y que tuvo sus mayores exponentes en figuras como los miembros del Grupo Chaski, Nora de Izcue y claro, Federico García, entre otros.

Ver imágenes de Tupac Amaru o Kuntur Wachana en el documental trajo a la mente la muestra del LUM de hace un par de años; de nuevo estaba la imagen borrosa calidad VHS. Parecía habían usado las mismas copias, las que al parecer Federico García tiene consigo en cassettes, guardados en un cajón y acumulando polvo. Y esto trajo a la mente la misma duda de dos años antes: ¿Qué va a pasar con estas películas cuando el director ya no esté? ¿Quién se hará cargo? O será que las únicas copias que existen son las de VHS y que estas eventualmente se van a deteriorar hasta tal punto que las películas se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.

Es un tema muy recurrente en estos tiempos en los que se discute una nueva Ley de Cine (una que hasta el momento sólo parece preocuparse de aumentar los presupuestos): la necesidad de preservar y restaurar nuestra memoria fílmica. Y al parecer la mejor manera de lograr eso es a través de una Cinemateca, una entidad que vele por este cine, preservarlo y difundirlo. Esto, claro, es difícil; el Perú es el único país del continente sin una organización de este tipo.

La remasterización y restauración de películas no es una labor fácil; de ahí la importancia de lo hecho en los últimos años por Guarango Cine y Video, que luego de presentar una copia renovada de Gregorio (1984) – el híbrido entre documental y ficción del Grupo Chaski – ahora hace lo propio con Juliana (1989), la muy conocida historia de la niña que se hace pasar por niño para unirse a un grupo de chicos de la calle (“Clavito es su hermano” se ha convertido en una de las frases más repetidas de la cinematografía nacional). El resultado ciertamente amerita una ida al cine; una mejora en imagen y sonido que supera con creces a esa versión dividida en diez partes y grabada de una Zenit con perillas que se puede encontrar en YouTube.

 

 

Esto en parte se pudo lograr por suerte; cuenta la leyenda que la película fue revelada en unos laboratorios suizos, debido a un convenio logrado por el fallecido Stefan Kaspar (1948-2013), una de las cabezas de Chaski con una ONG alemana que co-financió Juliana. Si bien los mencionados laboratorios ya no existían para cuando Guarango puso manos a la obra, los negativos estaban bajo custodia en la Cinemateca Suiza, que los rescató como parte de una ley sobre el patrimonio audiovisual. Estamos ante un país que trata mucho mejor y con respeto a su producción fílmica.

Y es que esfuerzos como los de Guarango o la Filmoteca PUCP, por dar sólo dos ejemplos, son ciertamente loables pero no dejan de ser iniciativas privadas; hace falta una labor unificada de parte de alguna entidad estatal para que la total preservación del cine sea una realidad, más que nada porque se trata de un proceso costoso y largo y que no puede emprenderse con cierta regularidad sin apoyo.

Y lo más importante, que estas películas puedan verse por la mayor cantidad de gente en salas; de poco sirve restaurarlas, mostrarlas en dos funciones en algún festival y después guardarlas de nuevo en el cajón. Esto sucede con muchas películas peruanas, ya sean antiguas o más recientes. Se presentan en festivales, se estrenan en salas de cine (algunas con mejor suerte que otras) y luego, ¿Qué? Hay que esperar un buen trecho hasta que aparezcan en señal abierta o en cable; algunas, no todas, son editadas en DVD o BluRay (y lo cierto es que la piratería, los torrents y el streaming ya le ganaron la puesta de mano a los medios físicos hace rato, particularmente en nuestro país, por lo que esto a veces puede no resultar rentable); algunas pocas, acaban en un servicio tipo Netflix; otras, en una página como Cineaparte (y por cierto, hay que agradecerles la iniciativa). Pero varias se terminan perdiendo, particularmente las más antiguas grabadas en soportes que ya no se usan; muchas no se vuelven a ver. De ahí la necesidad de una entidad que haga cualquier remasterización necesaria, las conserve y las promueva; eso es lo que necesita cualquier patrimonio.

¿Y los espectadores? Lo único que se espera es que uno vaya a las salas en casos como el de Juliana y demuestre que este tipo de reestrenos pueden resultar de mucho interés.

Lo Mejor de 2019 (Parte II)

Segunda parte de este notable 2019; ya está casi todo dicho, por lo que podemos pasar directamente a las diez mejores películas del año en la humilde opinión de quien escribe; de esas que merecen verse más de una vez.

Sólo queda esperar que el 2020 nos traiga aún más joyas; obviemos la de Will Smith como agente secreto transformado en paloma. Con lo nuevo de Edgar Wright, Christopher Nolan y Aaron Sorkin, por sólo dar algunos nombres, parece que estaremos en buenas manos.

 

 

10. AD ASTRA de James Gray

Brad Pitt emprende un viaje a través de la galaxia en busca de su padre, en esta incursión de James Gray en la ciencia ficción pura y dura. Inspirada tal vez por El Corazón de las Tinieblas de Joseph Conrad, o Apocalipsis Ahora, de Coppola, es una odisea hacia lo infinito que, a pesar de lo vasto e inacabable del espacio, es una experiencia muy íntima e humana, que no descuida las emociones en el ambiente frío y remoto del espacio. Es una emotiva travesía que parte del sentimiento de que hay que ir muy lejos y volver para poder encontrarnos a nosotros mismos y nuestro lugar en el mundo. Una cinta de aventuras de corte clásico a pesar de su ambientación futurista.

 

 

9. EL INCREÍBLE FINDE MENGUANTE de Jon Mikel Caballero

Sonará a cliché, pero la mejor manera de mantener una relación es simplemente ser honesto y decir las cosas. Así lo aprende Alba, atrapada en un bucle temporal durante unas vacaciones a una cabaña con un grupo de amigos y justo en el día en el que su novio le termina. Al mejor estilo de Groundhog Day, el día se repite sin parar, pero reseteándose una hora antes cada vez. Alba debe correr contra el tiempo para arreglar su relación – o tal vez darse cuenta que ya sea momento de dejarla ir. Ingeniosa y emotiva cinta española que usa la ciencia ficción para decir algo sencillo pero verdadero: las relaciones son de a dos y a veces, lo único que se necesita para que funcionen es que uno sea sincero con lo que quiere y siente; y si no se da, pues no es el fin del mundo.

 

 

8. LA ODISEA DE LOS GILES de Sebastián Borensztein

Luego de caer víctimas del infame “Corralito” en Argentina, los vecinos de un pequeño pueblo unen fuerzas para recuperar el dinero que tenían destinado a una cooperativa y que fue robado por un inescrupuloso y corrupto abogado. Se trata de una heist movie o película de robos donde, fiel a su género, el placer está en ver como se idea y ejecuta el gran plan, llevado adelante por un tremendo cast de talento argentino: Ricardo Darín y su hijo Chino, el gran Luis Brandoni, Rita Cortese y Verónica Llinás, entre otros. Un divertido enfrentamiento entre David y Goliat que muestra que Argentina tiene la fórmula ganadora para hacer cine de corte comercial pero con contenido.

 

 

7. JOKER de Todd Phillips

El fracasado Arthur Fleck recorre una Ciudad Gótica inspirada en la Nueva York de los 70s/80s, un nido de ratas que tantas veces hemos visto en películas de la época. Luego de una humillación tras otra, la frágil psiquis de Arthur colapsa y lo vemos transformarse en el Guasón. Mucho más que una película “de Batman” – en realidad pudo tratarse de cualquier loco disfrazado de payaso – la cinta de Todd Phillips apela a un contexto más realista para plantear al espectador un dilema moral: ¿simpatizar con Arthur o reconocer que siempre fue así, independiente de su entorno? El Payaso del Crimen es un reflejo de una sociedad norteamericana sumergida en tiroteos y muertes sin sentido que sólo busca responsabilizar a terceros sin solucionar el problema de fondo y asumir responsabilidades. Película intensa e incómoda (en el buen sentido), que ya ha resultado muy divisoria pero que intenta ser más que la típica adaptación de cómic, un género que parece tiene para rato.

 

 

6. KNIVES OUT de Rian Johnson

Tributo moderno de Rian Johnson a Agatha Christie y las novelas de detectives; la millonaria y disfuncional familia Thrombey es reunida para investigar la misteriosa muerte del patriarca – y a todos les sobran razones para ser culpables. Johnson se divierte burlándose un poco de una colección de puñaleros y manipuladores, lo más rancio de la clase alta, mientras que su ingenioso guión construye una intriga a resolver para luego llevarla hacia lugares insospechados, dejando pistas para los más atentos que quieran aventurarse a resolver el asesinato de Harlan Thrombey. Ana de Armas destaca en un gran reparto, al igual que Daniel Craig, una especie de Sherlock Holmes redneck que habla como el Gallo Claudio y que parece darse cuenta de lo que nadie, ni el público, logra ver; un investigador digno de recurrir en más aventuras al mejor estilo de Hercule Poirot.

 

 

5. SUMMER OF 84 de Francois Simard, Anouk Whissell y Joann-Karl Whissell

Segunda cinta del colectivo RKSS (“Roadkill Superstars”), especialistas en cine retro. En medio del verano del título, cuatro amigos reparten su tiempo entre las típicas palomilladas de juventud y el investigar si el policía solterón que es amigo de todos en el barrio es en realidad un asesino en serie que lleva una década cobrando víctimas. Lo que empieza como una aventura juvenil se convierte en algo más siniestro y el verano inolvidable se vuelve algo peligroso y traumático. Un cruce entre Los Goonies, una cinta coming-of-age y Viernes 13, esta particular joyita sirve como un gran tributo al cine ochentero, pero con un trasfondo macabro que la lleva más allá de ser un simple ejercicio nostálgico.

 

 

4. BACURAU de Kleber Mendonca Filho y Luciano Dornelles

Los habitantes del pueblito de Bacurau se reúnen para despedir a su vecina más longeva. Unos norteamericanos armados hasta los dientes llegan con la intención de eliminarlos, mientras que su rincón del mundo parece estar desapareciendo del mapa. Tomando elementos como el realismo mágico, el western, la comedia negra, las películas de acción ochenteras y mucho John Carpenter, Mendonca Filho y Dornelles nos traen esta inclasificable película, que además sirve como una certera crítica al capitalismo rampante en Latinoamérica y la resultante apropiación cultural y pérdida de identidad. Mendonca siempre se ha preocupado por el pasado, presente y futuro social y político de su país y ha encontrado en el cine de género un buen vehículo para su mensaje.

 

 

3. ONCE UPON A TIME… IN HOLLYWOOD de Quentin Tarantino

El noveno filme de Quentin Tarantino nos transporta al Hollywood de 1969. Rick Dalton, un actor venido a menos y Cliff Booth, su doble de riesgo y mejor amigo, tratan de salir adelante mientras que la actriz Sharon Tate vive sin preocupaciones y sin darse cuenta que Charles Manson y sus seguidores merodean por la ciudad. Este es un Hollywood idealizado, visto desde la óptica del cine; todo es fantasía y nada, ni siquiera la historia real, va a irrumpir en esta fábula. Es tal vez la película más huevera de QT, que más que desarrollar una trama, prefiere sumergirnos en esta Ciudad de Ángeles que más se asemeja a un set de filmación que a cualquier retrato fiel de sus calles; aquí es donde se crean los mitos de la pantalla. Repleta de referencias a todas las influencias de su director, es una historia que derrocha amor por el cine por todos lados, hecha por un cinéfilo para cinéfilos. Todo condimentado con los estilizados diálogos, humor negro y violencia absurda a la que Tarantino nos tiene acostumbrados.

 

 

2. THE IRISHMAN de Martin Scorsese

La historia de Frank Sheeran, sindicalista y sicario para la mafia y quien hasta el día de su muerte aseguró ser el responsable de la muerte del afamado líder sindical Jimmy Hoffa, cuya desaparición sigue sin resolverse. Scorsese está en terreno que conoce bien, pero a diferencia de cintas anteriores como Casino o Goodfellas, que a ratos presentaban la vida criminal como algo emocionante e impredecible, esta es el total opuesto; muestra un estilo de vida duro, donde poco valen las amistades o las filiaciones familiares. Una vida que sólo puede conducir a un final, el quedarse solo o acabar muerto.  Una última hora que se siente como una agonía prolongada, triste y melancólica. Es el fin de una época, no sólo para sus personajes, sino también para el cine. Martin Scorsese nos entrega otra cinta épica dentro de su genial filmografía, de la mano de un trío actoral insuperable. Larga vida a todos ellos.

 

 

1. PARASITE de Bong Joon-ho

Kim Ki-taek y su familia viven el día a día en base a pequeñas estafas para sobrevivir. La buena fortuna parece llamar a su puerta cuando uno por uno, marido, esposa, hijo e hija, consiguen trabajos con la adinerada familia Park; con manipulaciones y mentiras, la familia logra insertarse en este hogar de clase alta y poder vivir la vida que creen merecer. Decir algo más sobre lo nuevo de Bong Joon-ho sería criminal; mostrando un control total sobre su puesta en escena y todos los cambios de tono repentinos que quiere lograr, el director logra una sorprendente obra maestra que parece una montaña rusa, llevándonos a todas las emociones posibles: desde enormes carcajadas, pasando por la tensión de un thriller hasta llegar a una profunda pena. Bong además satiriza las diferencias sociales de su país y el resto del mundo: tanto los de arriba y los de abajo pueden verse como los parásitos del título, permanentemente atrapados en una existencia co-dependiente y enfermiza. De lejos, Parasite es la mejor película del año y se merece todas las flores que le quieran lanzar; el cine coreano está en otro nivel y tiene en Bong Joon-ho y al resto de su generación (Park Chan-wook y Kim Jee-woon son sólo dos nombres) a unos enormes talentos.