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Héctor

Hay intérpretes anónimos a quienes tal vez no conocemos de nombre, pero que resultan inmediatamente identificables. Y no se trata de las superestrellas, los papeles principales, los que llevan a la gente al cine solo con su nombre; sino los secundarios, los que están detrás en la toma, los que a veces apenas tienen un par de diálogos pero se las arreglan para llamar la atención.

Como ejemplo está Al Leong, el chino de barbita recordado por robarse un chocolate en pleno ataque a la Torre Nakatomi en Duro de Matar; esa pequeña acción lo hizo tal vez el más memorable del variopinto grupo de matones de Hans Gruber (hasta aún más que el rubio de la juventud hitleriana que vuelve a aparecer al final cuando se le creía muerto) y fue a partir de ahí que Al Leong, con su calva y su barba Fu Manchu, pasó a la historia como secundario de lujo en cuanta película de acción se hiciese en los 80s y 90s.

Más recientemente, está Jesse Heiman. El nombre tal vez no les suene, pero de seguro lo han visto en alguno de los más de 30 créditos que tiene desde principios de este siglo: un gordito de lentes que, con su pinta inequívoca de nerd, siempre aparece de extra en cualquier escena ambientada en un colegio o universidad, un papel que sigue haciendo a pesar de ya tener 40 años y que tuvo su momento cumbre en un comercial donde pudo besar a la supermodelo israelí Bar Raffaeli.

Pero tal vez el más grande de estos héroes anónimos es otro pelado de barba. Su nombre es Noel Gugliemi, pero es más reconocido por un solo nombre, mismo Prince o Seal: Héctor.

Sí lo han visto: casi siempre vestido con un short negro demasiado grande, zapatillas, camiseta blanca y algunos collares, fiel representante de su ciudad natal de Los Angeles, y casi siempre con el nombre de Héctor. Ha hecho de Héctor tantas veces, que bien podría tratarse de la misma persona apareciendo en diferentes realidades paralelas, casi su propio universo cinematográfico. Entre sus aventuras están haber recibido un puñete en la cara por parte de Michelle Rodríguez en alguna de las 27 entregas de Rápido y Furioso, ser reventado a balazos durante La Purga, o sufriendo cuando Jim Carrey utilizó sus poderes divinos para hacer que un mono le salga del trasero en Todopoderoso. Pero su momento más memorable es, de lejos, el juego de cartas que termina con Ethan Hawke rogando por su vida en una tina en Día de Entrenamiento, un enredo del cual solo se salva por aquellas grandes coincidencias que solo pueden ocurrir en los guiones. Que gran película es Día de Entrenamiento.

Podría ser un ejemplo de los estereotipos en los que suele encasillar Hollywood a los intérpretes: un latino venido de Los Angeles solo puede hacer de matón callejero que repite “homes” y “ese” a cada rato. Pero no hay que sentirse mal por el buen Noel; se ha hecho de una nutrida filmografía a punta de Héctores, ha podido dar el paso a guionista, productor y orador motivacional, guiando a la juventud de LA para que eviten caer en una vida de crímenes y excesos y aunque muchos no sepan su nombre, se le reconoce siempre en pantalla. Eso, a fin de cuentas, es lo que quisiera cualquier actor.

Miyagi

 

Obtener un papel icónico puede ser un arma de doble filo para cualquier intérprete. Por un lado, los vuelve famosos, fácilmente reconocibles, parte del imaginario popular; dejan huella con fans que siempre los recordarán con afecto. Pero por otro lado, les puede resultar difícil desentenderse de ese papel y probar cosas nuevas; ya han sido encasillados y el público no quiere verlos en otro contexto.

Uno de estos intérpretes es Noriyuki “Pat” Morita, eternamente reconocido como el sabio conserje y experto en karate Miyagi en la hoy clásica Karate Kid. Identificado por siempre con el amable aunque férreo anciano que tenía facilidad tanto para cuidar bonsáis como para romperle la nariz a algún matón, Morita quedó, mal que mal, por siempre vinculado a su papel, que incluso le valió una nominación al Oscar como Mejor Actor Secundario.

Pero la carrera de Pat Morita fue mucho más que el “wax on, wax off” y atrapar moscas con palitos chinos. More Than Miyagi: The Pat Morita Story, documental de Kevin Derek, es tanto un homenaje al actor como un intento de repasar su carrera y cimentar su legado.

Nacido en Estados Unidos de padres japoneses – tal vez lo que más llamaba la atención es que el actor hablaba como un norteamericano más, sin rastro del dejo “oriental” e inglés algo masticado de su personaje – Morita sobrevivió, contra todo pronóstico, a los campamentos de internamiento para anglo-japoneses durante la II Guerra Mundial y a una tuberculosis espinal que lo mantuvo postrado en una silla de ruedas por casi toda su infancia. Empezó su carrera contando chistes como cómico stand-up, lo que lo llevó a la televisión y a la fama como el dueño de restaurante Arnold de la serie Happy Days.

Tras una extensa trayectoria tanto en cine como en televisión, Morita llegó al papel de Miyagi; irónicamente, el productor Jerry Weintraub se rehusaba a siquiera darle una prueba en cámara, considerándolo un actor cómico que no servía para el papel. El tiempo puso las cosas en su lugar; Morita se ganó un sitial en la historia del cine y Miyagi se convirtió en un personaje icónico, entregando sabiduría mediante tareas caseras y repartiendo patadas, incluso sentando un récord por la pelea más corta del cine, cuando el anciano castiga a Johnny Lawrence y su pandilla de calaveras en diez segundos exactos.

 

 

Pero el impacto de Morita fue más allá. En tiempos más lejanos, los intérpretes asiáticos en Hollywood (y por qué no, miembros de otras minorías también) tenían dificultades para no ser encasillados, por siempre obligados a hacer de karatecas o dueños de lavandería que fuman pipa, mientras actores caucásicos eran maquillados para interpretar los papeles que no les correspondían, dando como resultados caricaturas grotescas como el tristemente célebre Señor Yunioshi, interpretado por Mickey Rooney, en Breakfast at Tiffany’s. Otros tristes ejemplos de esta tendencia eran Marlon Brando haciendo de japonés en La Casa de Té de la Luna de Agosto y al vaquero John Wayne haciendo de Genghis Khan en El Conquistador.

Pat Morita, sin embargo, no se dejó encasillar; tuvo una trayectoria variada, mostrando aptitudes tanto para la comedia como para el drama y demostrando que lo suyo iba más allá de sabios karatecas. De cierta manera, obligó a los productores a ver más allá de las apariencias, sentando el camino para varios actores y actrices de distintos orígenes étnicos que en pantalla lo ven como un ejemplo en la búsqueda de representación, algo en lo que Hollywood aún tiene que mejorar, por más avances que se hayan dado (este año hay una apreciable presencia asiática en los premios Oscar, por ejemplo).

More Than Miyagi puede parecer una hagiografía; es un documental que destila cariño por el entrañable Morita, en especial por parte de Ralph “Daniel-San” Macchio, William “Johnny Lawrence” Zabka y el resto del equipo de Karate Kid, que lo recuerdan como un tío querendón o hasta una figura paterna. Pero la película tampoco pasa por alto los demonios del actor, que encontró un triste final debido a su incurable alcoholismo. Su adicción a la bebida fue lo que impidió que su carrera creciese aún más, un amargo punto final para un actor icónico para una generación.

Pero este documental es mayormente para recordarlo y celebrarlo, un homenaje no sólo aquel gran personaje que hizo de Karate Kid un clásico, uno que hasta hoy continua en Cobra Kai con kilos de nostalgia, sino a un actor que hizo mucho por la representación en Hollywood.

 

Sin Fin

 

Es una pregunta de rigor para cualquier cinéfilo: ¿Cuál fue la primera película que viste en el cine?

En mi caso, fue La Historia sin Fin de Wolfgang Petersen. Pero estoy haciendo trampa; tenía apenas dos años cuando se estrenó, en 1984; y al Perú no debe haber llegado hasta un par de años después. No tengo manera de recordarlo. A duras penas recuerdo lo que pasó hace dos años.

Son mis padres los que han llenado ese vacío. Mi padre asegura habernos llevado a mí y a mis hermanas mayores al cine a verla (muy probablemente al Cine Real, que era la sala de cabecera en aquellos años). Recuerda que lloramos desconsolados cuando Artax el caballo se rinde ante la desesperación y se hunde en el Pantano de la Tristeza, una escena traumante que marcó a varios y que hasta hoy saca lágrimas. Recuerda que yo me hice una bola cuando apareció Gmork, el lobo en las sombras, muerto de miedo, llorando que quería a mi mamá.

Eso es suficiente para afirmar que mi primera incursión a una sala oscura fue con las aventuras de Bastian en el reino de Fantasia. Y resulta apropiado, porque me identifiqué bastante con aquel niño en mis años mozos.

Al igual que él, yo era un lector consumado. Devoraba libros; mi madre solía llevarme a la Librería Virrey en Dasso y ahí me quedaba yo leyendo en el suelo hasta que nos recordaban que había que pagar. Algunos amigos temían invitarme a sus casas por sus cumpleaños porque prefería parquearme al lado de cualquier repisa antes de jugar a la pelota; les llevaba libros de regalo y los terminaba leyendo yo. Hasta hoy devoro libros, aunque ya no con la misma velocidad; me gusta echarle la culpa a las nuevas tecnologías, pero no es sólo eso.

 

 

Por ello, me identifiqué con Bastian, porque yo también me hubiese escapado de las clases para encerrarme en el ático en plena tormenta a leer. Todo para ingresar al reino mágico de Fantasia, uno de los primeros que me brindó el cine.

Hasta hoy recuerdo esas imágenes, menos mal no todas tan terroríficas como la del pobre caballo de Atreyu, el guerrero que parecía demasiado joven para salvar a un reino entero. Ahí estaban el dandy con sombrero de copa y su caracol supersónico; el Duende Nocturno y su murciélago narcoléptico; el Gigante de Piedra que andaba en moto buscando bocadillos de piedra caliza; Moria, la tortuga asmática; y por supuesto, ese bendito lobo que tantas pesadillas causó. Años después, captas que Gmork estaba en las sombras no para intimidar, sino para disimular que era literalmente una cabeza en un palo.

Y claro, estaba Falkor, una especie de perro gigante con escamas, sabio y cálido como un tío o abuelo querendón, siempre dispuesto a ayudar o dar consejos. ¿A quién no le hubiese gustado tener su propio Dragón de la Suerte para volar y obligar a los bullies a meterse al basurero? Falkor podía hacer que te sientas menos solo.

La amenaza al variopinto reino de Fantasia es la Nada, una nube negra que consume todo a su paso. Una nube que simboliza la pérdida de la imaginación, de inocencia, de esa capacidad de asombro que todos tenemos de niños y a veces por diversas razones, va menguando. Cuando Bastian se encuentra frente a la Niña Emperatriz (Tami Stronach, un crush de infancia, probablemente el primero que tuve), ella le pide un nombre, pero lo que en realidad está pidiendo es que no la olvide, que mantenga siempre a ella y al Reino de Fantasía en su imaginación, por más que luego crezca, madure y busque otros intereses.

 

 

La Historia Sin Fin es un gran mensaje a favor de la lectura, de las posibilidades que nos brinda la literatura (eso de “viajar sin subirse a un avión” es cierto, por más cliché que pueda sonar); es un llamado a no olvidar esos viajes que nos brindaron esas hojas de papel con texto y que puede haber quedado suplantado por tanta tecnología moderna y el cinismo con el que muchos se manejan actualmente. Conforme pasan los años, uno puede entender la frustración del señor Koreander, el viejo librero: “Aquí vendemos objetos rectangulares llamados libros. Requieren esfuerzo de tu parte, no hacen ‘bip bip bip’”.

Es el tipo de película que le mostraría a mis hijos. Así ellos podrán descubrir el reino de Fantasia tal y como lo hice yo en su momento, uno que nunca está de más revisitar. Por algo es “sin fin”: es un mundo y una aventura que siempre estará ahí, que uno siempre podrá retomar en cualquier momento y en cualquier edad, viéndola con otros ojos y con otras experiencias cada vez. Eso es lo que distingue tanto a los grandes libros como a las grandes películas.

 

Como la escuchaste en Stranger Things

Lo Mejor de 2020

Empecé el año viendo la película de zombies hipsters de Jim Jarmusch, el arranque de un interminable mes de enero. Todo parecía seguir su curso: sería un año de actividades, de conversas, de mucho cine. Hasta que nos familiarizamos con aquella palabrita que nada tenía que ver con la cerveza favorita de Dom Toretto: Corona.

Dentro de todo lo que ha ocurrido (o no ha ocurrido, dependiendo de como se vea luego de tantos meses de encierro) este año, el cine se ha visto seriamente afectado. Las salas siguen cerradas, esperando un futuro como sitios arqueológicos. No hubo a quien echarle la culpa de nuestra endeble cartelera, ni a las distribuidoras, ni a Tondero, ni a los “tanques hollywoodenses” (háganse una y de una vez eliminen esta condescendiente frasecita del léxico, por favor). Los streamings tomaron la posta y le dieron un hogar a tanta película desamparada, marcando el inicio de una década que de seguro será dominada por estos servicios. Los torrents cobraron aún más relevancia de la que tenían en este país sin ley; todos aquellos que preferían ser castos y no optar por piratería hoy por hoy están graduándose de bucaneros.

La industria en su totalidad se ha visto afectada: nuevos modelos de distribución, nuevos estilos de rodaje, nuevos contenidos. Los verdaderos efectos no los veremos hasta más adelante.

Lo bueno es que, con tanta cantidad de cine al alcance de la mano, no faltaron buenas películas este año; si algo se ha mantenido constante en este 2020 del demonio, es el buen cine. Hecho el preámbulo, van los diez estrenos que más destaco este año, más algunas yapas. En orden de preferencia, de menor a mayor.

 

Menciones Honrosas:

Another Round (Thomas Vinterberg); Babyteeth (Shannon Murphy); Blood Quantum (Jeff Barnaby); Da 5 Bloods (Spike Lee); El Robo del Siglo (Ariel Winograd); Jungleland (Max Winkler); The King of Staten Island (Judd Apatow); Onward (Dan Scanlon)

 

 

ARCHIVE de Gavin Rothery

Es una historia clásica de ciencia ficción: la de la inteligencia artificial que quiere ser más humana. Pero justamente el gran obstáculo para lograr esta ansiada autonomía es el ser un reflejo del lado más vulnerable de sus creadores, sus taras y defectos. Este es un film de ideas que pronto se vuelve una muy humana reflexión sobre la memoria, los recuerdos, el asumir culpas y querer enmendar errores del pasado. Ayudado por una estética cyberpunk propia de un director debutante que se ha curtido en efectos especiales, Archive forma parte de una tradición sci-fi que siempre resulta fascinante.

 

 

EL AGENTE TOPO de Maite Alberdi

Un simpático abuelito acepta una importante misión de un detective privado: infiltrarse en un hogar de ancianos para descubrir a un supuesto ladrón. Es acaso la última gran aventura de su vida, la oportunidad de convertirse en un 007. Ganándose la amistad de sus compañeras mientras las conoce de cerca, este entrañable señor es pronto la sensación del lugar. Con este emotivo y tierno documental, Maite Alberdi muestra la realidad de un sector de la sociedad que a veces tendemos a olvidar o a pasar por alto, pero que está tan lleno de vida como cualquier otro.

 

 

SOUL de Pete Docter y Kemp Powers

La vida no se trata de tener un gran propósito final que nos justifique la existencia; se trata simplemente de vivirla y es este cúmulo de experiencias lo que le dará significado. Esa parece ser la reflexión detrás de la aventura de un músico de jazz en el Más Allá y el Antes De. Pixar nos entrega acaso su filme más maduro a la fecha, tocando temáticas abstractas e incluso espirituales de forma sencilla y accesible. De sensibilidad adulta y aun así uno de sus proyectos más hilarantes. Quien sabe cómo lo hacen, pero siempre logran emocionar y sacarte siquiera una lágrima.

 

 

SOUND OF METAL de Darius Marder

De un momento a otro, Ruben descubre que se está quedando sordo; un golpe descomunal para alguien dedicado a la música, y peor si ya cargaba con varios demonios. Sin sensiblerías de ningún tipo, el debutante Darius Marder captura la negación, frustración, rabia y eventual aceptación de perder aquello que define nuestra vida y el tener que volver a empezar de cero de la noche a la mañana. Un muy buen drama que no va por los caminos fáciles para darle a su complicado protagonista una luz al final del túnel.

 

 

THE DEVIL ALL THE TIME de Antonio Campos

Cuasi-épica saga familiar y multigeneracional ambientada en el sur de Estados Unidos, subgénero conocido como Southern Gothic. El director Campos reúne a un gran reparto para una sórdida historia donde cada personaje se encuentra envuelto en un inacabable círculo de violencia, todos destinados a cometer los mismos pecados que sus antecesores. El que esté basada en una novela no debería sorprender, porque así es justamente como se siente: una de esas narraciones irresistibles que te atrapan sin remedio y te tienen pasando las páginas compulsivamente.

 

 

THE TRIAL OF THE CHICAGO 7 de Aaron Sorkin

Sorkin recrea el juicio de 1968 en contra de los Siete de Chicago, acusados de incitar manifestaciones durante la Convención Democrática. Siete hombres acusados sólo por tener ideas que no iban con el supuesto establishment. Fueron víctimas de un sistema que le daba la espalda a quienes consideraba diferentes; algo que hasta hoy se sigue dando en varios niveles. Con su patentado estilo lleno de humor ácido, Sorkin convierte este drama legal en algo sumamente entretenido (apropiado para lo que en realidad fue un circo), con el tipo de reparto con el que sueña todo director.

 

 

PALM SPRINGS de Max Barbakow

Otra versión del concepto del bucle del tiempo: una pareja repitiendo el mismo día, viviendo el presente de manera infinita y destinados a estar juntos aunque no quieran. Es una oportunidad de iniciar algo nuevo o estancarse en la rutina, o tal vez las dos cosas a la vez. Un Andy Samberg más melancólico que de costumbre y una Cristin Milioti encantadora dan vida a una pareja conociéndose en circunstancias muy particulares. Gran comedia con más de un giro inesperado y una muy buena vuelta de tuerca a la idea básica de Groundhog Day.

 

 

THE WAY BACK de Gavin O’Connor

Mucho más que una simple historia deportiva; el básquet es apenas la excusa para que un hombre que ha tocado fondo alcance la redención. Luego de sus publicitados problemas con la bebida, Ben Affleck se mete de lleno en la piel del dañado Jack Cunningham, acaso buscando exorcizar sus propios demonios. Entrenar a un equipo juvenil es el camino para este protagonista, pero tal y como en la vida real, la sanación no vendrá tan fácil. Luego de Warrior, Gavin O’Connor sabe algo de hacer inspiradores dramas con trasfondo deportivo; este funciona de maravillas.

 

 

UNCUT GEMS de Josh y Benny Safdie

Los hermanos Safdie se vuelven a adentrar en la Nueva York que conocen bien con la odisea de Howard Ratner, un perdedor que corre desesperadamente de un lado a otro intentando cambiar su suerte, metiendo la pata una y otra vez debido a su propia impulsividad y manías y arrastrando a todos dentro de su caótica existencia. Llevada adelante por un Adam Sandler a quien ojalá podamos volver a ver a este nivel, esta es una desenfrenada, agotadora y exasperante aventura propia de un gran thriller; es el estrés hecho película.

 

 

THE VAST OF NIGHT de Andrew Patterson

La mejor ciencia ficción no es necesariamente la que tiene el mayor despliegue de recursos. Y no hay mejor muestra que esta modesta producción indie, utilizando a la perfección los limitados recursos que tiene. Ambientada durante una invasión extraterrestre en un pueblo de Nuevo México en los años 50, el director echa mano de varias influencias – series como La Dimensión Desconocida, cintas clase B, incluso radioteatros – para un intenso y a ratos minimalista (basta una voz en off para tenerte al borde del asiento) ejercicio de suspenso que se siente retro y moderno a la vez. Un gran debut de Patterson que logra lo que no muchas películas pueden: impresionar.

 

YAPA: Reír para no llorar; hay que cerrar este 2020 haciendo catarsis. Y para expresiones desenfadadas de liberación, nada mejor que Mads Mikkelsen al final de Another Round: expresando en el baile lo que tantos hemos llevado guardados este fatídico año.

 

Las Mejores Actuaciones de 2020

El 2020 no ha estado exento de personajes memorables – pero por las razones equivocadas. Desde mandatarios megalómanos, pasando por clases políticas odiosas e inoperantes, hasta periodistas y profesionales de la salud antipáticos, todos apareciendo en nuestros televisores a lo largo del año mientras estábamos encerrados, sin escapatoria; provocaba cambiar de canal o simplemente pretender que las noticias no existían.

Para grandes figuras, también está el cine; algunas con problemas, sí, otras cuestionables, pero todas fascinan y no las podemos dejar de ver. Aquí una muestra de las que más recuerdo, extendiendo el eterno debate entre actuaciones/personajes que año tras año me planteo.

En ningún orden específico salvo el alfabético.

 

 

Ben Affleck, The Way Back

Jack Cunningham ha tocado fondo gracias a la bebida; justo cuando su vida parece haber colapsado, se le presenta una segunda oportunidad entrenando a un equipo de básquet. Dejando de lado cualquier pretensión de héroe o galán – papeles en los que Hollywood lleva años tratando de encasillarlo – Ben Affleck se sumerge de lleno en el complejo y volátil  Jack y sus demonios, casi a manera de redención personal. Es lo más vulnerable que se ha visto del actor/director en toda su carrera.

 

 

Riz Ahmed, Sound of Metal

Sería fácil hacer de la historia de Reuben, el batero metal que se está quedando sordo, algo sensiblero y meloso. Pero Riz Ahmed se va por otro lado, capturando a la perfección la desesperación y miedo de una persona que pierde de golpe lo que ha definido su vida por largo tiempo. Reuben ya estaba al borde del abismo, comete errores y el camino a seguir no se le presentará tan fácil. Ahmed no cae en el facilismo de hacerlo una simple víctima – y esto es lo que lo hace más humano.

 

 

Tom Hanks, A Beautiful Day in The Neighborhood

El animador infantil Fred Rogers era a todas luces un Pan de Dios, un santo en vida, un hombre que, como se dice, tenía ángel. Quien mejor para interpretarlo que Tom Hanks, el Papá de Todos. El actor irradia decencia y nobleza como Rogers, un hombre siempre dispuesto a ayudar y aconsejar y con quien provoca intercambiar palabras y darle un abrazo. La sola presencia de Hanks resulta un bálsamo.

 

 

Delroy Lindo, Da 5 Bloods

Paul vuelve a Vietnam luego de muchos años, pero la guerra nunca lo dejó. Volátil e impredecible, es el centro de la acción del más reciente filme de Spike Lee, un polvorín humano lleno de paranoia, resentimientos y odios producto del estrés post-traumático y el no sentirse parte de una sociedad en constante cambio. Paul quiere reencontrar su humanidad, pero tal vez ya sea demasiado tarde. Intenso como pocos, es un gran papel para Delroy Lindo, uno de esos sólidos intérpretes que lleva años trabajando y merece más reconocimiento. Cuando se dirige a la cámara y al espectador, al borde de perder la cordura, es inevitable no sentir la piel de gallina.

 

 

Julia Louis-Dreyfus, Downhill

Louis-Dreyfus, la recordada Elaine de Seinfeld, es una de las mejores actrices cómicas de Hollywood. Pero también tiene talento para el drama y no hay mejor muestra que en este remake de la sueca Force Majeure. Como una esposa que debe reevaluar su matrimonio luego de un impensado acto de cobardía por parte de su esposo, Louis-Dreyfus no sólo se desenvuelve sin problemas en el humor, sino que se luce en un gran monólogo donde al fin deja ir toda la rabia y confusión contenida, opacando a un Will Ferrell correcto pero que nunca la llega a igualar.

 

 

 

Rachel McAdams, Eurovision Song Contest: The Story of Fire Saga

McAdams ha venido derrochando carisma desde Wedding Crashers y esta no es la excepción. Interpreta a Sigrid, la segunda mitad de un dúo islandés que quiere triunfar en la música. Encantadora y con un gran talento para la comedia, McAdams se toma esta gentil sátira del concurso Eurovision (donde todos los temas suenan ochenteros, sin importar quien los interprete) totalmente en serio, lo que no hace más que dejar en el olvido las típicas payasadas de Will Ferrell, superado con creces por su coestrella por segunda vez en el año.

 

 

Ben Mendelsohn, Babyteeth

Perder a un hijo es lo peor que le podría suceder a cualquier padre; y es una realidad que Henry está enfrentando sin remedio. Pero Mendelsohn no lo hace una persona que se ha rendido. Siempre con buen humor, está afrontando lo que se viene de la mejor manera posible. Y al actor australiano le bastan apenas unos cuantos minutos para entregar uno de los momentos más emotivos del año, uno donde una mirada enternecedora dice más que mil palabras: esto va a suceder, pero saldremos adelante.

 

 

Noémie Merlant, Jumbo

Resumiendo: es una tierna historia de amor entre una mujer y un Tagadá. El tipo de premisa que se presta a la burla y a una comedia tonta se convierte en algo muy entrañable gracias a la encantadora Merlant, como una solitaria que sólo busca una conexión real, encontrándola en el lugar más inesperado. Es su vulnerabilidad la que hace que uno se tome esta relación entre una chica y un juego mecánico totalmente en serio.

 

 

Adam Sandler, Uncut Gems

“This is how I win.” Howard Ratner es un perfecto mediocre, un adicto al juego siempre buscando la manera de hacer fortuna y tropezando consigo mismo una y otra vez. Algo vieron los hermanos Safdie en el reconocido (y muchas veces odiado) cómico para pedirle interpretar a un vividor que está siempre al borde del colapso y sumiendo en el caos a todos los que lo rodean. Prueba de que, cuando no está pensando sólo en irse de vacaciones, Sandler puede ser un gran actor.

 

 

YAPA: Yahya Abdul-Mateen II, Sacha Baron Cohen y Michael Keaton, The Trial of The Chicago 7

Estoy rompiendo mis propias reglas: la idea era incluir a un/a intérprete por película, pero el reparto de la película de Aaron Sorkin es tan amplio y de tan buen nivel que resulta difícil destacar sólo a uno. Y entre tantas luminarias, hay que reconocer a Abdul-Mateen II como Bobby Seale, el Pantera Negra que se llevó el peor trato por parte de un sistema judicial discriminador, a pesar de no tener nada que ver con las dichosas protestas; Baron Cohen como Abbie Hoffmann, tal vez el tipo más inteligente en la corte debajo de todas sus payasadas; y el gran Keaton como el ex fiscal Ramsey Clark,  dominando a todos a punta de su presencia en tan solo cinco minutos.

El Caso Cooper

Era 1971 y en un vuelo de rutina – de apenas media hora, o menos – entre Portland y Seattle, un tipo enternado sentado en la cabina llamó a la azafata y calmadamente le hizo entender que llevaba una bomba en el maletín; iba a tomar control del avión. Con los pilotos bajo su mando, el hombre se contactó con las autoridades, pidiéndoles 200 mil dólares y cuatro paracaídas.

Tras una parada en Denver para poner combustible, recibir lo pedido y liberar a los pasajeros, el avión se puso en marcha otra vez, ahora con destino a México. En medio de la noche, con el personal restante y los pilotos encerrados en su cabina, el hombre saltó al vacío desde la puerta trasera del avión en paracaídas, llevándose el dinero.

No se supo más. Ni quien era, como se llamaba, porque decidió secuestrar un avión, que pasó con el botín. Nada. En esa época las cámaras de seguridad no eran cosa común, aún se podía fumar en todos lados, hasta en aviones y las aerolíneas se vendían con comerciales sexualizados dignos de una marca de cerveza. Lo único que queda del hombre misterioso es el retrato hablado de quienes lograron verlo y el nombre de Dan “D.B.” Cooper, el que dio al momento de abordar.

Es el único caso de piratería aérea no resuelto en Estados Unidos. Casi 50 años después, se barajan varias teorías. Parte del dinero fue encontrado en 1980 en las orillas del río Columbia, en el estado de Washington, en muy mal estado; daba a pensar que tal vez el intrépido D.B. no cumplió su hazaña y aterrizó mal en alguna parte. Pero hay los que aseguran que Cooper sobrevivió y es a ellos quienes el director John Dower buscó para The Mystery of D.B. Cooper, intentando desentrañar un misterio que, a estas alturas, parece nunca tendrá solución.

Cooper pudo haber sido el esposo ejemplar que sólo confesó su verdadera identidad en su lecho de muerte. Pudo haber sido la inofensiva vecina de una pareja de viejitos que cambió de sexo. O el tío amoroso que quería a su sobrina y era aficionado a la caza. Tal vez fue el veterano de guerra que intentó un atraco aéreo un año después del suceso, queriendo corregir lo que salió mal la primera vez, para caer abatido por el FBI.

Según The Pursuit of D.B. Cooper, película poco vista de 1980, fue Treat Williams, el Harrison Ford de los pobres. Un webcomic postuló que Cooper es en realidad Tommy Wiseau, aquel vampiro de edad indeterminada y de nebuloso origen europeo; el dinero fue utilizado para hacer esa joya del cine trash que fue The Room. Pudo haber sido cualquiera de las miles de personas que han confesado al intrépido atentado a lo largo de los años.

Pudiste haber sido tú. O yo. Y es que eso parece estar diciendo este modesto documental: la identidad de Cooper, a estas alturas, es lo de menos. Dower no busca resolver el caso; los únicos que siguen investigando son los aficionados a las conspiraciones, mientras que el FBI parece ya haber tirado la toalla. Lo que nos muestra este modesto documental es la creación de una leyenda urbana, una de esas historias que pasan de persona a persona y donde cada uno va añadiéndole todo tipo de detalles.

Los allegados a los cuatro sospechosos presentados por Dower – la sobrina, los vecinos cariñosos, la esposa, el ex agente federal ya disfrutando de su jubilación – se han convertido sin querer en parte de estas leyendas urbanas, conscientes de que nunca recibirán respuestas a sus dudas. Cooper ha pasado de ser un avezado delincuente a un mito, o para un sector de la población golpeando económicamente en los 70s y 80s, una especie de Robin Hood.

Este es un documental sin resolución; un misterio, como reza el título, que cumple con alimentar la fascinación a veces escondida que tenemos todos por aquellos casos que no tienen explicación y que justamente debido a su carácter misterioso, se vuelven parte de la cultura popular.

Comentarios de la Pandemia

Falta un mes para que termine este fatídico 2020 y pareciera han pasado un buen par de décadas desde que un virus con forma de esponja de baño llegó a cambiarnos tanto la vida. Luego de La Caída, todos intentan retomar sus vidas lo mejor que se pueda, mientras que los cinéfilos nos damos de golpe con que los cines nunca volvieron a abrir y ese afiche con Dave Bautista y una niña que veías en la marquesina ya esta amarillento y apolillado.

Tenemos el cable, los streamings, festivales digitales y repetidos viajes a Isla Tortuga para estar al día con los estrenos, o al menos los que quedan, puesto que la gran mayoría han optado por esperar a ver si el panorama cambia en 2021. Lo bueno es que nunca faltan las películas recomendables; las malas tampoco, pero uno ya esta acostumbrado.

Como antesala al ranking de lo mejor del año (porque algunos habitos son difíciles de dejar), publico estos comentarios a algunas películas vistas durante la segunda mitad del año, con la cuarentena terminada y todos cuidandose lo mejor que puedan en esta nueva Tierra de Nadie.

 

 

PALM SPRINGS de Max Barbakow

Otra variación de Groundhog Day; y aunque han habido mil versiones distintas del mismo tema (desde cintas de terror hasta dramas adolescentes) desde aquel lejano 1993 en el que Bill Murray quedó atrapado en un pueblito bicicletero estadounidense, siempre se las arreglan para darnos una que otra sorpresa. Y esta no es la excepción; es una de las mejores variantes del “time loop” que se han visto en largo tiempo.

La diferencia es que el protagonista de Andy Samberg (más medido y melancólico que haciendo las típicas payasadas de un Jake Peralta) ya lleva tiempo metido en el bucle desde el arranque, hasta el punto que ya todo le dejó de importar; y pronto no estará solo, sino acompañado por Cristin Milioti (la Madre de How I Met Your Mother, de nuevo derrochando carisma en exceso), ambos repitiendo una y otra vez la boda a la que fueron a parar sin querer.

Es una comedia de enredos, pero también la historia de una relación que florece en circunstancias particulares; ambos protagonistas están básicamente viviendo el presente de manera infinita, destinados a estar juntos, que es simultáneamente lo mejor y lo peor que les podría pasar; una oportunidad de empezar algo nuevo o de quedar literalmente estancados – o tal vez las dos cosas a la vez.

Un guión ingenioso que sabe darnos más de una sorpresa, tan absurdo como melancólico; y es que hay consecuencias al estar atrapado en un mini-universo donde básicamente haces lo que te da la gana. Una pequeña gran comedia que a pesar de lo manoseado de su concepto, funciona demasiado bien.

 

 

HOST de Rob Savage

Se han hecho películas que simulan el estar viendo una pantalla de chat antes – ahí está el doblete de Unfriended o Searching con Harold de Harold y Kumar, por dar dos ejemplos – pero Host es la primera que se siente hecha específicamente para el ahora.

Filmada enteramente via Zoom, en plena pandemia, Savage logra hacer buen uso de limitados recursos para que una reunión virtual entre amigas para realizar una sesión de espiritismo acabe de la peor manera posible. Echando mano sólo de lo que ofrece Zoom (no tiene casi ningún adorno; léase efectos digitales o trucos de cámara) es una película que no pierde tiempo en meternos en un buen manejado ejercicio de tensión, que funciona bastante mejor de lo que uno espera.

Todo, claro, ambientado en esta nueva realidad a la que nos hemos tenido que acostumbrar a golpes: el uso de mascarillas, el distanciamiento social, el no poder salir, el tener que compartir espacios con otros por tiempo prolongado y los omnipresentes chats de Zoom que te echan luego de 40 minutos (que dicho sea de paso no sabía existían hasta que empezó todo esto; inserte meme del Abuelo Simpson).

Es más, si eres de los que se empieza a impacientar cuando las reuniones remotas se empiezan a alargar y te empiezas a distraer contando las losetas del techo, Host resulta perfecta; hace lo que tiene que hacer en menos de una hora, sin ningún relleno, para que puedas desconectarte rápido y seguir viendo Netflix.

No va a reinventar este naciente género de películas “digitales”, por ponerle un nombre (por ahí he leído que les dicen “Screenlife”), pero Host funciona. Y además, es un aviso del tipo de cine que seguramente veremos con más frecuencia de ahora en adelante.

 

 

YOU CANNOT KILL DAVID ARQUETTE de David Darg y Price James

David Arquette es conocido principalmente por su papel del oficial Dewey en la saga Scream, el policia que siempre es acuchillado sin misericordia en cada entrega y por algún motivo siempre sobrevive; esto además de innumerables papeles donde hace de payaso. Por ahí dicen que me le parezco. Eso dicen.

Además de actor, Arquette es fan rabioso de la lucha libre y fue en 2000, como parte de una campaña de marketing para Ready to Rumble, una comedia sobre catchascanistas que nadie más que su familia vio, que el actor ganó el campeonato de la WCW, ganándose el odio de los fans y los luchadores profesionales.

20 años después y por razones que sólo él entiende, Arquette decidió volver al ring y ganarse el respeto de todos; este documental presenta este extraño viaje de autosuperación en clave de película deportiva a lo Rocky, con Arquette sufriendo una humillación tras otra (reventado a combos en un ring clandestino, o casi degollado con un vidrio frente a cientos de personas) en su afán de hacerse de un nombre entre las cuatro perillas. El resultado tiene mucho del patetismo de la odisea de Randy “The Ram” Robinson en The Wrestler de Aronofsky.

A lo largo de 90 minutos, la pregunta es obvia: ¿Por qué? A sus 46 años y con más de un problema aparente, Arquette se obsesiona con volver a un deporte que lo trató mal; deben haber mejores y más seguras maneras de revitalizar su carrera que agarrarse a golpes con gente que lo considera un cero a la izquierda. Pero como toda buena historia de caída y ascenso, como toda buena fórmula deportiva en el cine, uno no puede evitar acompañarlo en este bizarro viaje.

Tal vez sea el sueño de toda su vida; o tal vez sea una jugada de marketing para autopromocionarse, como cuando Joaquin Phoenix se dejó crecer barba, dejó la actuación y quiso hacerle creer a todos que quería ser rapero, todo para un documental semi ficticio que tenía mucho de burla. Tal vez Arquette ya quemó cerebro; y viendo el documental, la duda persiste.

 

 

PENINSULA de Yeon Sang-ho

Train to Busan fue uno de los mejores estrenos del 2016; una película que tomó los elementos básicos de una película de zombies, metió a todos en un tren de alta velocidad y el resultado fue una intensa y enérgica película de suspenso que a diferencia de la mayoría de filmes del género que se hacen hoy en día, se tomó completamente en serio.

Yeon Sang-ho vuelve al ruedo con Peninsula, promovida como una secuela a su anterior filme. Y eso es tal vez lo que le hace daño; no tiene nada que ver con la anterior, salvo el estar ambientada durante el mismo brote zombie, pero el ponerle Train to Busan 2 (uno sospecha que por motivos de marketing) la hace generar expectativas que probablemente no cumpla al ser otro tipo de película.

En esta ocasión, un grupo de aventureros vuelve a la ciudad de Busan, convertida en una tierra de nadie, para una misión que, era de esperarse, se complica demasiado. Es una alucinada y adrenalínica mezcla de Escape de Nueva York (donde estás, Snake Plissken), Mad Max, un inumerable número de películas de zombies, Rápido y Furioso y telenovelas lacrimógenas. No alcanza los niveles de tensión de la primera parte, está más cargada de humor y pica la cebolla sin ningún pudor (algo que su antecesora también hizo, seamos justos), pero vista como película de acción, funciona.

Si algo demuestra es que Yeon Sang-ho tiene buena mano para crear espectáculos a gran escala, con unas persecuciones en auto con zombies y piruetas imposibles que derrochan energía; Dom Toretto, vete a casa. Peninsula es jodidamente entretenida, siempre y cuando no te esperes otra Train to Busan, porque eso no es.

 

 

ARCHIVE de Gavin Rothery

Archive no busca cambiar el ya visto subgénero de la inteligencia artificial, tan prevalente en la ciencia ficción. En su historia de un científico aislado en un laboratorio, experimentando con la robótica y la I.A para encontrar una manera de devolver a la vida a su fallecida esposa, esta humilde cinta toca varias temáticas ya vistas, pero con absoluta convicción.

Son ideas varias: la dependencia del ser humano en la tecnología y como estas creaciones artificiales son un reflejo de los intereses, debilidades e impulsos más oscuros de sus creadores; y de cómo esto es el mayor obstáculo para que estos seres alcancen la total autonomía y puedan sentirse más humanos.

Se han hecho películas así antes, cierto. Pero en algún momento, Archive da un vuelco y se reinventa como una historia humana sobre asumir las culpas, enmendar los errores del pasado y preservar recuerdos; sentimientos universales que nos hacen repensar esta claustrofóbica historia sobre un científico a todas luces loco y sus acompañantes cibernéticos.

Algunos no podrán más que verla como un capítulo más de Black Mirror, como suele suceder con varias de las películas de ciencia ficción hechas hoy en día (bendito seas, Charlie Brooker, te adelantaste a todo el mundo y ahora fijas la pauta); pero por algo es que estas historias sobre la inteligencia artificial y sus fallas muy humanas nos han fascinado por tanto tiempo y nos siguen fascinando hasta hoy.

Archive es otro buen ejemplo de las posibilidades de este subgénero, ayudada por un minimalista aunque refinado estilo visual derivado del cyberpunk; no debería sorprender que el director Gavin Rothery, en su debut, venga de una larga trayectoria en efectos visuales.